1 de julio de 2025 552 p. m.
En la acera, a pocos metros de la entrada del tanatorio, un enjambre de reporteros aborda a todos los que llegan.
Sin distinción. Pretenden saber qué vínculo los unía a la chica muerta y qué creen que ocurrió, como si la suposición subjetiva de alguno de los asistentes mereciera algún crédito.
Aseguran que la policía sigue investigando el entorno de la chica muerta porque quizás no se trate de un accidente.
Algunos los rechazan con malos modos; otros, los menos, acceden a manifestar una opinión.
Andrea baja la mirada, Martí se arrima a ella tratando de ocultarla, ambos esperan que nadie la reconozca entre el gentío que se amontona en la entrada.
Se equivocan. Una chica la identifica de inmediato, la misma que consiguió acceder al vestíbulo del hotel haciéndose pasar por una alumna y asegurando que se dirigía a su habitación, la misma que aquella misma tarde trató de aproximarse a Jonas con un gintonic en la mano para averiguar qué había pasado en la playa.
Sigue a la pareja gritando y micrófono en mano.
Tras ella un puñado de periodistas. Andrea se siente como una mosca atrapada y expuesta en una gota de ámbar.
Echan a correr. Entran en el gran edificio levantado en las estribaciones de Collserola e inundado por la luz.
Enormes cristaleras permiten ver buena parte de la ciudad, que se abrasa bajo un sol que empieza a declinar.
Avanzan con la mirada al frente. Como si escaparan.
Esquivan a un par de alumnas que se acercan para abrazar a Andrea.
No se detienen. Por suerte un par de vigilantes de seguridad del tamaño de armarios roperos impiden el paso a los paparazzi .
Pueden oír cómo la chica que los sigue de cerca afirma con descaro que era la mejor amiga de la fallecida. Insiste. No cuela.
Andrea se ahoga, no puede continuar. Se inclina hacia delante durante unos segundos en un vestíbulo repleto de gente.
La miran. Algunos la señalan. Otros se acercan para ofrecer su ayuda.
Antes de entrar en la sala en la que se celebrará el oficio, Martí les asegura que no será necesario y, aproximándose tanto a ella que puede oler su champú, repite que todo estará bien, que todo se arreglará.
No sabe exactamente a qué se refiere, ni qué es lo que puede arreglarse a estas alturas, pero es lo que debe decir.
Y lo hace. Podría seguir durante horas a pocos centímetros de la chica atrapado por el olor a albaricoque de su cabello.
Uno de los empleados, situado junto a la puerta, entrega un recordatorio a todo el que se dispone a asistir y lo hace con cara de ser un allegado de la persona muerta.
Martí lo acepta. Andrea, también. En el frontal, una paloma que levanta el vuelo.
El chico piensa que es una mala alegoría para una persona que murió al caer desde un balcón.
En el interior un poema sustituye a la tradicional oración por el alma de Míriam.
No lo leen. Ya habrá tiempo. Martí observa el rostro del hombre obligado por contrato a mostrar una aflicción impostada. Hay oficios extraños.
Las primeras filas están ya ocupadas por parientes y amigos de la familia.
Junto al pasillo central Santiago y Xavier, con la mirada baja, aguardan el inicio de la ceremonia.
Lourdes Bernal no asistirá. Acaba de recuperar la conciencia y con ella el recuerdo de la trágica pérdida.
Padre e hijo esperan que acabe lo antes posible.
Andrea distingue a Edu en el cuarto banco, entre Omar —su mejor amigo— y Darlene.
El chico, que se ha girado y mira hacia la entrada, la ve y aparta la vista como si acabara de detectar la cercanía de un escorpión.
Observa que viste camisa blanca y pantalón oscuro y que también él parece otro.
El flequillo le cae sobre un ojo y lo retira como tiene por costumbre, con un movimiento brusco.
No puede evitar recordarse abrazada a ese cuerpo joven, perfecto, y bien amarrada a sus labios.
El rechazo duele. Mucho. Nunca imaginó que el abandono pudiera doler tanto.
Santiago, ansioso por regresar junto a la cama de hospital en la que dicen los expertos que Lourdes se recupera lentamente, también vuelve la vista hacia la entrada.
La ve, la mira. Andrea observa sus labios apretados y las brasas en sus ojos.
Imagina sus puños cerrados y su respiración acelerada.
Retira la vista. No sabe por qué lo hace, pero lo hace.
La aparta como si tuviera algo que ocultar.
Martí advierte lo que sucede y con la mano sobre su hombro y en voz muy baja la anima:
—Vamos a sentarnos. Está a punto de empezar. Acabará pronto.
La conduce hasta una de las hileras traseras y le indica un banco.
Joel, que no acierta a reconocer a Martí —el chico apocado, el invisible— en el papel de escudero, se aparta para que ambos puedan sentarse.
La chica se deja caer entre ambos. Son muchos los rostros que se vuelven a mirarlos, sobre todo a ella.
En algunos puede leerse la curiosidad, en otros la sospecha, y en un puñado, una acusación velada.
Tarda unos instantes en levantar la mirada.
Lo hace cuando una música tristísima, el lamento desgarrado de un violín que procede de un altavoz, indica que el oficiante inicia su entrada.
Los asistentes se ponen en pie como lo harían en un oficio religioso.
Desde su asiento Andrea puede ver a Rebeca.
Hundida, derrumbada en un banco de la segunda fila, solloza como si estuviera a punto de reventarle el corazón.
No se levanta, no se mueve. Es apenas un bulto que gime y se convulsiona.
Pilar Sopeña le pasa un brazo por los hombros, trata de sostenerla por si acaba desplomándose.
Andrea no consigue arrancar la mirada de la chica desconsolada que ha perdido a su mejor amiga.
Con su muerte parecen haberse desvanecido también su voluntad y sus ganas de vivir.
Edu no vuelve a mirarla. Tiene la cabeza erguida y las manos cruzadas sobre el vientre.
Ha fijado la vista en el atril desde el que un hombre de mediana edad se dispone a dirigirse a los presentes.
El conductor del oficio tiene la barbilla hundida, la nariz breve y unos grandes ojos grises coronados por unas cejas muy pobladas.
Su rostro resulta extraño, discordante, como si sus rasgos procedieran de semblantes muy dispares.
Inicia su parlamento dando las gracias a los que se han desplazado al tanatorio para despedirse de Míriam.
Andrea deja de escuchar. Un nudo le cierra el estómago y siente náuseas.
Concentra toda su atención en controlar su respiración.
Un ataque de ansiedad en mitad de la ceremonia solo conseguiría focalizar las miradas sobre la chica que estaba junto a Míriam cuando cayó.
La única que sabe exactamente lo que pasó en aquel balcón.
Sigue el ritual resguardada entre los dos amigos y con la mirada clavada en Rebeca Molins mientras acaricia con las yemas de los dedos las estrías de la bancada.
Está sin estar. Ha regresado durante unos minutos al balcón de madrugada y a la luz tenue de una luna en cuarto creciente.
El llanto procedente de diversos puntos de la sala desangelada acompaña las palabras del oficiante a lo largo de todo el acto.
Santiago se ha girado un par de veces y en ambas ocasiones ha afilado la mirada como si pudiera atravesarla.
Cuando la ceremonia finaliza, apenas recuerda nada de cuanto se ha dicho.
Sería incapaz de nombrar a los que han pronunciado unas palabras en memoria de Míriam, pero apenas tarda un par de segundos en recordar que la canción que suena para despedir el duelo es la que Míriam escuchaba de manera obsesiva.
Son muchos los que la reconocen y algunos los que, a modo de homenaje, la tararean en voz baja.
Es una canción alegre que, sin embargo, desata el llanto y aviva la rabia.
El dolor de Rebeca se recrudece, parece incapaz de abandonar el banco.
Lo hace cuando apenas queda nadie, sostenida por Pilar y por Miquel, sus profesores y los de Míriam.
No se detienen para asegurarle a Santiago que comparten su duelo.
No es necesario. Consiguen que Rebeca, que apenas puede caminar, abandone cuanto antes el tanatorio.
La acompañarán hasta su casa. Las cámaras se apresuran a grabar su desconsuelo; sin el menor pudor se recrean en su rostro desarbolado, en sus manos inquietas y en sus piernas que no responden.
La chica que aseguraba sin reparos ser amiga de Míriam le ha acercado un micrófono y ha recogido sus sollozos.
Solo sus sollozos. Miquel Cardona ha estado a punto de arrancárselo de entre las manos y golpearla con él.
La mirada de Pilar le ha indicado que no debía hacerlo, que no debía añadir leña al fuego.
También Xavier ha roto a llorar al abandonar su lugar y acompañar a su padre pasillo adelante.
Ambos se han situado a unos pasos de la entrada de la sala para recibir el pésame de los asistentes.
La mayoría de los amigos de Míriam se aproximan sin saber qué decir.
Algunos de ellos es la primera vez que pisan un tanatorio.
Balbucean, agitan las manos y se retiran.
No siempre consiguen expresar su pesar. La ausencia de Lourdes Bernal junto a su marido y su hijo es el recordatorio constante del dolor extremo.
Martí y Joel custodian a Andrea al acercarse a Santiago García y tender la mano para encajar.
—Lo siento mucho —acierta a decir con la mirada baja.
Santiago no contesta, tampoco alarga su mano. El gesto es para la chica como un mazazo en la nuca. Su mirada es acusatoria, implacable. Andrea retira la suya y se aleja. ¿Qué otra cosa puede hacer?
No hay periodistas en las proximidades que puedan haber captado el rechazo, pero sí personas que comparten las sospechas del desafortunado padre.
Una de ellas, una prima de Míriam, ha capturado la imagen.
Celeste Bernal tiene lágrimas en los ojos y las manos temblorosas mientras sujeta el móvil y enfoca.
Martí ha podido ver cómo fotografiaba la escena.
Sospecha que puede haber grabado un vídeo. No dice nada. ¿De qué serviría?
Decide que ha llegado el momento de salir de allí.
Sabe que Berta Maestre espera a Andrea en comisaría.
Se arma de valor y la agarra de la mano.
Tira de ella, la apremia. Casi la arrastra en dirección a la salida.
Con un gesto pide ayuda a Joel. La chica, que respira con dificultad y apenas acierta a poner un pie delante de otro, no se resiste.
Joel Bermúdez se despide de Santiago y de Xavier y sigue a la pareja, que se dispone a coger el ascensor y a bajar hasta el parking para acceder a la calle desde la rampa de salida de vehículos.
Martí ha pensado con acierto que enfrentarse a los periodistas en el lamentable estado en el que Andrea se encuentra no era una buena idea.
Joel no acierta a creer lo que ve: Martí sujetando la mano de Andrea, tirando de ella, guiándola, obligándola a caminar, indicándole en cada momento lo que debe hacer; Martí, el tímido, el invisible, jugando un rol que no le pertenece.
Martí Sales, el héroe.
Vivir para ver.