La caída 1 de julio de 2025 525 p. m.
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1 de julio de 2025 525 p. m.

Falta poco más de media hora para que comience la ceremonia y Andrea está a punto de salir camino del tanatorio.

Rosa le ha ofrecido una pastilla por si regresa la ansiedad, pero se ha negado a tomarla y ella ha dejado de insistir.

Reconoce una derrota cuando la tiene delante. Le da miedo seguir presionando.

Suena el timbre del portero automático y, ante la estupefacción de Adriana, que siempre recibe la orden de ir a abrir, Rosa se apresura, corre hacia la puerta y pulsa el botón que franquea el portal.

Espera a su visitante en el rellano y lo abraza al llegar.

Cookie la ha seguido y aguarda junto a ella con la cabeza muy erguida.

—No sabes cuánto te lo agradezco. A ti y a tu madre. Os debo una.

Antes de acompañarlo al salón, mientras avanzan por el pasillo, le advierte casi en un susurro:

—No le he dicho que vendrías. Está mal, no levanta cabeza y no quiero que vaya sola.

Se sorprenderá y no sé cómo va a reaccionar.

No parece ella. Si te sientes incómodo, te vas.

Sin problema —añade—. No quiero que lo pases mal.

Pero si decides acompañarla y tiene un ataque, le das esto.

—Le tiende una pastilla que va a parar al bolsillo del pantalón.

Andrea no disimula su perplejidad cuando advierte la presencia de Martí Sales plantado frente al sofá con las manos en los bolsillos y cara de pedir disculpas por existir.

El chico ha sustituido los bermudas por unos pantalones largos y oscuros, la camiseta anaranjada por una camisa negra y las chancletas por unas deportivas blancas.

Se ha afeitado el bigote incipiente, y la piel enrojecida ha dejado paso a la palidez habitual.

Observa que ha perdido peso y que algo en su rostro ha cambiado.

Martí ha dejado atrás la cara de crío. Como si, de un día para otro, hubiera envejecido un par de años.

Es evidente que también a él la tragedia le ha pasado factura.

Martí sostiene como puede la mirada de la chica mientras comprueba que ella tampoco parece ya la guapa y alocada adolescente con ganas de fiesta con la que nunca se atrevió a iniciar una conversación.

A su pesar admite que le resulta todavía más atractiva que antes.

Espera ser capaz de dirigirle la palabra.

Andrea se cruza el bolso sobre el pecho y se acerca a su compañero de instituto con una media sonrisa.

Para alivio de Rosa, que contiene la respiración, su hija no parece contrariada. Apenas puede creerlo.

—Gracias por venir. Aunque imagino que no ha sido cosa tuya.

Martí no responde. Sonríe y baja la mirada.

Rosa calla. Adriana, que mantiene una animada conversación por WhatsApp, sigue todos y cada uno de los movimientos de su hermana mayor y comprueba que, por una vez y sin que siente precedente, la intromisión de su madre ha funcionado. La excepción a la regla.

Antes de que desaparezcan en el ascensor, Rosa se acerca a su hija y le tiende una gorra para que oculte el rostro.

—Por si siguen ahí. Te irá bien.

Andrea la rechaza. No va a esconderse tras una visera.

A Martí el descenso hasta la planta baja que ambos efectúan en silencio se le antoja largo, inacabable, como si bajaran juntos hasta el centro de la Tierra.

A su lado Andrea, encogida, acobardada, trata de no dejarse dominar por el miedo y piensa que el chico que permanece envarado junto a ella parece más alto y algo más seguro de sí mismo.

Otro en su lugar no habría aceptado. Sabe que su gesto es doblemente valeroso.

Martí no es el tipo de chico al que le gusta ser el centro de atención.

Ambos son conscientes de que no será fácil, que atraerán muchas miradas y buena parte de los comentarios.

Cuando las puertas se abren y acceden al zaguán, Andrea cree necesario repetir:

—Gracias. Podrías haberte negado.

Martí no responde. Ni se le pasó por la cabeza.

Cuando pisan la calle un joven que viste una llamativa camisa con palmeras sobre unos bermudas rojos y que oculta sus ojos tras unas gafas de sol con las que podría soldar un oleoducto, aparece justo ante ellos como si acabara de materializarse sobre la acera.

Alarga el brazo, sonríe y aproxima un móvil a los labios de Andrea.

Pregunta con desparpajo y una falta absoluta de tacto:

—¿Cómo te sientes? ¿Tienes algo que decirnos? ¿Cómo crees que está la familia de Míriam? ¿Has hablado con ellos?

Sorprendida y algo asustada Andrea salta hacia atrás y se golpea con la puerta del edificio.

Acierta a reprimir un grito mientras su corazón bombea como si pretendiera escapar del cuerpo.

Martí tira de ella para que no se detenga.

No puede hacerlo. A pocos pasos una cámara trata de captar la reacción de la chica.

Incitada por su compañero Andrea se apresura, casi echa a correr y trata de atravesar la calle sin detenerse y sin esperar la luz verde del semáforo.

Se siente acosada, perseguida. Solo piensa en dejar atrás al joven y sus preguntas y a la cámara que le acompaña.

Una moto se aproxima, la tiene a pocos pasos cuando baja de la acera para cruzar.

Martí, que no se ha separado de ella, sujeta su antebrazo, la retiene.

Andrea se tambalea, está a punto de caer.

Le fallan las piernas y le falta el aire.

El motorista grita y consigue frenar a pocos palmos. Pone el pie en el suelo y la increpa:

—Tú, sí, tú. ¿De qué vas? A ver si miras por dónde vas, imbécil.

Martí la sostiene como puede. Tiembla y está a punto de desplomarse. La abraza mientras repite:

—Tranquila. No pasa nada. No pasa nada. Todo está bien.

Andrea endereza la cabeza y trata de controlar la respiración.

Abrazados sobre la acera parecen dos jóvenes que se aman.

La cámara que los ha seguido captura la escena.

Ambos esconden el rostro. Las imágenes no tardarán en aparecer en las pantallas de todo el país con contexto o sin él.

Martí prefiere no pensar en las interpretaciones que los tertulianos puedan hacer.

Con la luz verde echan a andar, se alejan seguidos de un par de reporteros con pocos escrúpulos.

Martí tira de Andrea, que camina despacio y respira con mucho esfuerzo.

Interpone su silueta entre ella y el móvil con el que uno de ellos recoge sus pasos.

En un susurro le ofrece la pastilla que custodia en el bolsillo.

La rechaza. Intuye que lo peor está por llegar.

Calcula que todavía tardarán unos diez minutos en llegar al tanatorio.

Un trayecto interminable si sus perseguidores no abandonan.

El chico, que espera estudiar Periodismo, maldice interiormente una profesión tan envilecida, tan irrespetuosa.

Confía en no verse obligado a hostigar, perseguir o importunar a nadie en un futuro.

No sabría hacerlo, carece del temperamento necesario para abordar a alguien a cualquier precio y en cualquier circunstancia.

Avanzan en silencio. Martí puede oír el aire tratando de alcanzar los pulmones de la chica.

Siente miedo. No sabría qué hacer si el ataque se recrudece, si se ahoga.

No bastaría con un abrazo bienintencionado ni con unas palabras de consuelo.

Si llega el momento, espera que la pastilla obre el milagro.

Andrea camina a su lado, muy cerca, y contempla sin ver a los transeúntes, los vehículos y las calles, como lo haría a través de un velo o de un vidrio empañado.

Minutos más tarde no recordará nada. Ni las caras, ni las plazas ni las aceras.

Tampoco el rumor de los coches ni las palabras alentadoras de Martí. Nada.