1 de julio de 2025 1123 a. m.
Han pasado un par de horas desde que su padre le comunicó el resultado del informe de la autopsia y Andrea no ha dado señales de vida.
Andreu está ya en la clínica dental tratando de recuperar la normalidad.
Rosa no puede seguir esperando a que su hija abandone su cama.
La devora el temor a que no logre superar lo sucedido, a que se quede anclada en el trágico suceso que vivió tan de cerca.
Se arma de valor y entra en la habitación sin hacer ruido.
Encogida sobre sí misma y con el cabello tapándole la cara, su hija parece preparada para resistir un bombardeo.
Rosa se sienta en la cama y la contempla.
Un par de minutos más tarde, dado que Andrea no reacciona a su presencia, acaricia sus greñas sucias y enmarañadas. Susurra:
—Acabo de oír en la radio que Lourdes se está recuperando y que pronto abandonará el hospital.
Lo ha dicho uno de los médicos que la atienden.
Es una buena noticia —asegura. Habla en voz muy baja, como a veces se pronuncian las medias verdades—.
Sí, es muy buena noticia —repite con una sonrisa—.
Se recuperará. Es lo mejor que podía pasar —insiste en vano.
No añade que el restablecimiento quizás no sea absoluto, que puede padecer secuelas. Tampoco comenta que no puede ni imaginar cómo será la vida de Lourdes tras la muerte de su hija. Ni la de Santiago, ni mucho menos la de Xavier, su hijo menor. No es necesario.
—¿Y sabes qué? —añade aparentando entusiasmo.
En el rostro de su hija no halla la menor curiosidad.
No la hay. Tiene los ojos abiertos, pero juraría que ni ha parpadeado.
Si no fuera porque el tacto es el de la piel de Andrea, porque es su cabello el que acaba de apartar de su cara, pensaría en una efigie de cartón piedra, en una estatua de un realismo sobrecogedor.
—En la rueda de prensa de los Mossos d’Esquadra, la portavoz ha dicho que todo apunta a una muerte accidental.
Sabe que es lo que su hija espera oír. Un desafortunado accidente, un incidente fatal. No le explica que la policía ha expuesto que, no obstante, mantienen abiertas otras líneas de investigación, que siguen indagando y que todavía no dan el caso por cerrado.
Andrea se mueve, intercambia con su madre una mirada fugaz. No hay alegría en su rostro. No hay nada. Solo unos ojos aparentemente vacíos y una boca sin expresión. Rosa sonríe. Andrea, no. No puede.
—Muerte accidental.
—Y que exculparán a los profesores, que se ha demostrado que actuaron correctamente y que no hubo negligencia. Hicieron lo que debían hacer, lo han comprobado. No habrá sanciones. Me alegro por ellos.
—Muerte accidental —repite Andrea en voz muy baja, como un mantra, con la cabeza descansando sobre la almohada—. Muerte accidental.
—¿Tienes que decirme algo? ¿Hay alguna cosa que no nos hayas explicado, hija? Sabes que puedes hablar con nosotros, que estaremos contigo, que no vamos a…
Niega con un gesto.
Y aunque la sujetaría por los brazos y la sacudiría para obligarla a reaccionar, Rosa no lo hace.
¿De qué serviría? Incapaz de conseguir que levante el ánimo, se limita a apoyar sus manos en las rodillas y a ponerse en pie con un suspiro.
Sabe que no quiere compañía. No insiste. Desde el umbral se dirige a su hija:
—Deberías ducharte y vestirte. —Así trata de recordarle, sin hacer una referencia directa, que faltan pocas horas para la ceremonia en memoria de Míriam, que se celebrará en el tanatorio cercano.
Es su manera de señalar que le conviene asistir, que al hacerlo demostrará que no tiene nada que ocultar y que debe exculparse a sí misma y hacerlo también a ojos de los demás.
Y que solo lo logrará si sale de casa y asiste a la ceremonia, por difícil que resulte.
Sabe que, por deseo expreso de la familia de Míriam, será un oficio laico y muy breve.
Es previsible que asista no solo la familia, también una representación del centro, algunos profesores, muchos alumnos, el equipo directivo…
Y, aunque no entren en la sala, allí estarán, sin lugar a dudas, los malditos medios de comunicación.
—Va, Andrea, levántate.
No se mueve.
—Yo te acompañaré al tanatorio. —Rosa no insiste en seguir con ella hasta la comisaría, a lo cual se ha negado su hija. Ha dejado bien claro que no desea compañía y que, como persona mayor de edad, está en su derecho de hablar a solas con la policía.
Comprende que su madre tiene razón. Aunque sea lo último que desearía hacer, debe asistir a la ceremonia. Mostrarse en público como si no tuviera nada que ocultar.
—Gracias, pero no. Prefiero ir sola.
Cookie, que sigue observando todos y cada uno de sus movimientos y parece haber seguido la conversación, se agita y aproxima el morro a sus manos como si tratara de animarla a ponerse en pie.
—Por favor, Andrea. Deja que te acompañe. Yo también quiero mostrar mis respetos a la familia.
Niega con un gesto, no para de decir que no con la cabeza mientras se levanta, se peina con los dedos y se pierde en el baño seguida por la perra. Rosa se dirige al salón, recupera su móvil, busca un contacto y hace una llamada.
Adriana escucha y frunce el ceño. Como tantas y tantas veces cree que su madre se está equivocando.