La caída 1 de julio de 2025 912 a. m.
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1 de julio de 2025 912 a. m.

Lleva casi tres días sin poner un pie en la calle y sin apenas abandonar la cama.

Semanas atrás, pensar en no salir de casa durante tantas horas habría bastado para que se volviera loca; la idea la habría desquiciado.

Entonces Andrea aprovechaba cualquier ocasión para dejar atrás el piso familiar y deambular por el barrio a solas o acompañada por Edu.

Otros años, acabadas las clases, acudía a la biblioteca o al gimnasio, daba clases a un par de alumnos de secundaria o bien dejaba correr la tarde en un bar en compañía de alguna amiga.

A veces echaba a andar sin un propósito.

Era su manera de resarcirse de tantas horas de estudio.

—No se te caerá el techo encima, no —le repetía su madre cuando, acabada la comida, se apresuraba a desaparecer a pesar de que un sol de justicia castigara las calles.

No es la misma Andrea Ventura la que apenas sale de su habitación, la que come o se lava por pura obediencia, ni la que continúa precisando ansiolíticos, puesto que no la abandona la maldita ansiedad.

Es otra persona. Es alguien que revive a cada momento el instante en el que su vida se detuvo, es alguien que grita mientras duerme, que sufre pesadillas pavorosas y de cuyo rostro no desaparecen las lágrimas.

Alguien que soporta como puede el inimaginable peso de un secreto y que ya no se reconoce cuando se mira al espejo.

Sigue vigilada de cerca por sus padres, que se turnan para no dejarla sola y que no aciertan a comprender el silencio obstinado de su hija mayor.

No quiere hablar, no responde a sus preguntas y se resiste a recordar.

Asegura que no puede añadir ningún detalle más y que ya lo explicó todo a la policía. Miente.

Adriana, impactada por la evidencia de su dolor, ha dejado de poner la música a todo trapo y de ensayar complejas coreografías frente al espejo de la entrada.

Ya no da portazos que hacen temblar las paredes y por primera vez en su vida habla por teléfono en voz baja.

Tiene su cara y sus gestos, pero se ha transformado en el fantasma de su hermana menor, en una adolescente discreta y juiciosa que ha dejado de airear su euforia o su disgusto y que no se atreve a preguntarle nada para no incomodarla.

De hecho, apenas se dirige a ella y se diría que evita mirarla.

Su dolor la desconcierta, la confunde, ignora cómo debe tratarla, así que simplemente evita incomodarla.

Cookie permanece muy cerca, intuye que necesita ayuda y hace lo que puede.

La sigue en su deambular por el piso y se deja caer a su lado cuando se tiende en la cama para dejar pasar las horas.

Solo la abandona cuando, tres veces al día, Adriana susurra su nombre y balancea el collar ante sus ojos antes de dirigirse a la puerta.

También un animal tiene sus prioridades y la calle es una de ellas.

Es el suyo un confinamiento voluntario. Andrea no quiere ver a nadie, no quiere hablar con nadie y no responde ni a las llamadas de sus amigos ni a sus mensajes.

Durante las primeras horas de enclaustramiento se sucedieron en su móvil los números desconocidos.

Andrea, que solo esperaba un mensaje de Edu, una brecha abierta en el muro que los separa, no solo lo silenció, sino que decidió no recargarlo cuando finalmente el aparato se quedó sin batería.

Los reporteros continúan utilizando el portero automático para tratar de acceder a ella.

Insisten a todas horas. No hay tregua. Han llegado a ofrecer dinero si un miembro de la familia acepta responder a sus preguntas.

La insinuación, que dirigieron a Adriana, enfureció a Andreu Ventura, que pasa las horas en alerta y maldiciendo.

El día anterior se acercaron a ella y la asediaron hasta que echó a correr seguida por una perra asustada.

Querían saber cómo estaba su hermana, si había hablado y si había aportado nueva información.

Buscaban el morboso relato de la tragedia, un resquicio por el que entrever el rastro de la culpa.

Siguen husmeando. No se dan por vencidos y han abordado a los vecinos con el propósito de conseguir algún comentario escabroso.

También han ofrecido imágenes de los dos chicos alemanes abandonando el hotel junto a sus compañeros como si se tratara de una información relevante.

Jonas y Sven no habían tardado en parapetarse tras su profesora, que controlaba que todos subieran al autocar.

En esta ocasión la mujer vestía una larga túnica azul celeste y sandalias a juego y no tardó en ahuyentar a los paparazzi al tiempo que espoleaba a sus alumnos para que ocuparan sus asientos en el vehículo.

Un mal gesto, un grito indignado, una compañía inadecuada, un comentario malintencionado. Todo vale, todo merece un debate y una valoración en un plató televisivo.

Con la madre de Míriam aún en el hospital —inaccesible y acompañada en todo momento por Santiago— y con Xavier sin salir de casa, Andrea se ha convertido en objetivo prioritario.

El padre de Míriam solo se dirigió a un periodista en una ocasión.

Una sola vez aceptó la proximidad del micro, miró directamente a la cámara con los ojos en llamas y aseguró, con la mayor rotundidad, que nadie de su familia haría declaraciones en ningún momento.

—Ni ahora ni nunca. Espero que lo entiendan y que nos dejen tranquilos —dijo. Y, aunque la prensa continúa cercando el portal, nadie ha conseguido nuevas imágenes ni otras palabras que las pronunciadas.

El domingo por la tarde, tras soportar durante horas la insistencia de los periodistas que montaban guardia y que de vez en cuando pulsaban el timbre del portero automático, Andreu Ventura había bajado a la calle y los ahuyentó a gritos.

Sin filtros, sin reservas. Rosa trató de retenerlo, pero fue en vano.

Adriana, alarmada, bajó tras él. Intentó sujetarlo.

Andreu llegó a empujar al que le acercó el micrófono a los labios.

La penosa escena fue captada por un móvil y sirvió de señuelo en algunos programas televisivos para reactivar las sospechas relativas a la muerte de Míriam.

Todo vale. «¿Qué esconde el padre de Andrea?

¿Por qué tanta resistencia a hablar con la prensa?

¿Por qué la chica se niega a hacer declaraciones?

». Cualquier cosa es utilizada para llenar horas y horas de insidiosas suposiciones y de falsos lamentos.

Un verdadero infierno.

Andrea tampoco atendió la llamada de Berta Maestre, que sigue investigando lo ocurrido.

La policía la efectuó cuando el móvil estaba ya desactivado.

Ante la imposibilidad de hablar directamente con la chica, llamó a Rosa Márquez.

A través de su madre logró citar a Andrea en la comisaría cercana a su domicilio.

La entrevista tendrá lugar justo después del funeral de Míriam.

Andrea sospecha que Berta pretende interrogarla en el momento en el que pueda sentirse más vulnerable, tras la despedida definitiva, cuando el dolor aflore.

También sus padres comparten su recelo y han insistido en acompañarla, pero ella se ha negado y lo ha hecho tajantemente.

Es mayor de edad y, como tal, ha prometido acudir y declarar como testigo de los hechos.

Sabe que la policía ha hablado ya con Rebeca y que ha vuelto a entrevistarse con el padre y el hermano de Míriam, y con Martí y Joel.

Todavía no ha decidido qué es lo que responderá a las preguntas de la detective.

No piensa en otra cosa. La verdad, su verdad, es terrible y resulta insoportablemente dolorosa.

Pesa en su ánimo como la losa que sella una tumba.

A primera hora de la mañana y desde el umbral de su habitación, Andreu le explica que se ha dado a conocer el resultado de la autopsia.

Espera tranquilizarla. El informe ha confirmado que Míriam murió a causa de las lesiones sufridas como consecuencia de la caída, también que se ha hallado una elevada concentración de alcohol en la sangre de la chica muerta.

Las conclusiones ratifican todo lo dicho por su hija, no hay en ellas contradicción aparente.

No hay reacción por parte de Andrea. No parece aliviada, ni tan siquiera muestra interés.

No hace preguntas, tampoco parece asimilar la información.

Andreu Ventura, desalentado, se retira. No insiste.

No sabe qué más hacer para recuperar a su hija mayor.

Ignora que la paraliza pensar en volver a hablar con la policía, que la aterra imaginar el instante en el que afrontará la proximidad de Berta Maestre.

Andrea sabe que no será fácil sostener la mirada acerada de la policía, una mirada que es como un escalpelo, que hurga, que remueve y que no conoce clemencia.

La cree capaz de arrancar de raíz los secretos más oscuros.