La caída 29 de junio de 2025 854 a. m.
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29 de junio de 2025 854 a. m.

Ha conseguido dormir unas horas con ayuda del ansiolítico que Rosa la obligó a ingerir. Ha sido el suyo un sueño extraño, frágil, leve como un velo sobre los ojos y plagado de imágenes aterradoras y de largos ratos de vigilia. La mala noche que precede a un día peor.

Se revuelve en la cama y se cubre entera con la sábana blanca que se ha enrollado durante la noche en torno a sus piernas.

Oculta de los pies a la cabeza, se le antoja una mortaja.

Como si todavía siguiera soñando y pudiera ver desde un ángulo imposible, se imagina a sí misma como uno de esos niños que mueren a diario en Palestina a causa del hambre o de los bombardeos, niños envueltos en una tela blanca que descansan sin vida en brazos de sus padres.

Niños muertos. Ella no está muerta. Solo quiere dormir.

Pasadas las cinco de la madrugada, antes de que la luz del sol se cuele entre las rendijas de la persiana, abre los ojos.

No trata de seguir durmiendo, sabe que es imposible.

Algo después, cuando en la habitación penetra algo de luz, cree reconocer un bulto humano derrumbado sobre la silla junto a la mesa del escritorio.

Sabe que no es otra cosa que la ropa que abandonó el día anterior y que lo que ve junto a las ruedas son las deportivas que calzaba.

Y sin embargo, siente miedo. No es la primera vez que cree identificar a alguien agazapado en su habitación, pero sí es la que tarda más en olvidar.

Recuerda haber visto a Rebeca durante el sueño, vestía de negro y corría enloquecida hacia ninguna parte hasta desaparecer.

Parecía asustada, como si la persiguieran; también parecía pedir una ayuda que no llegó.

Durante el sueño Andrea trató de gritar, de correr, de socorrerla.

No consiguió despegar los pies del suelo, como si estuvieran atrapados en cemento.

Recuerda también a Edu chutando un balón con todas sus fuerzas, un proyectil que se estrelló contra su cara.

Solo había rabia y una fuerza sorprendente en su disparo.

No ha visto su rostro airado, pero sí la llamativa bota amarilla con la que ha golpeado la pelota.

Andrea no recuerda haber sentido dolor a pesar de que el balón impactó contra su nariz.

Solo miedo, mucho miedo. Imaginó durante unos instantes la cabeza arrancada del tronco por la fuerza del chute.

En el sueño hacía mucho calor y volvían a fallarle las piernas, como si se reblandecieran.

Cayó sobre una acera desconocida que abrasaba.

Nadie la ayudó, nadie se detuvo. Se diría que nadie podía verla.

Edu se acercó; lo supo porque las botas amarillas se aproximaron.

El chico se inclinó y recuperó la pelota.

Andrea sintió todavía más terror. No la miró.

No existía. Segundos después Edu se alejó cargando su bolsa de deporte.

Andrea no sabe de qué extraña manera, puesto que seguía tendida y asustada, pero, tal y como aseguran que sucede durante un viaje astral, pudo ver más allá de sus limitaciones, de su circunstancia; pudo verlo todo.

Advirtió que Edu, que seguía dándole la espalda, sonreía.

Vio su rostro por primera vez durante el sueño.

Traspasó su cabeza con la vista y fue capaz de contemplar su cara, su mueca de satisfacción, su venganza.

Recupera el móvil y comprueba con desesperación que no hay ningún mensaje de Edu. Nada. Ni una palabra. Fija la mirada en el techo hasta que las luces del alba alumbran levemente la habitación. Así la encuentra su madre cuando se asoma para pedirle, para ordenarle, que se levante para desayunar.

No tiene hambre. No obstante, se levanta y abandona la habitación.