28 de junio de 2025 542 p. m.
Con un gesto le pide que entre en la portería. Necesita intimidad. La conversación no será fácil. Eduardo, con la mochila al hombro y las botas de fútbol colgando, se aproxima lentamente. Andrea no se atreve a detener la mirada en su semblante. No quiere reconocer en él la decepción o el enfado.
El chico no la abraza, no la besa. Ni tan siquiera la saluda. Las botas amarillas se estrellan contra el suelo cuando deja la mochila en un escalón.
Hasta hace unos meses Eduardo Lasarte jugaba al fútbol con un equipo del barrio, siempre fue un defensa solvente y esforzado.
Acaba de fichar por un equipo algo mejor y competirá en una liga superior.
Quiere seguir jugando aunque intuye que su futuro profesional no está en un estadio, le falta técnica; por eso ha decidido prepararse para ser profesor de Educación Física.
No participó en el corto viaje de fin de curso para no abandonar los primeros entrenamientos con sus nuevos compañeros.
Andrea sabe que empiezan con el atardecer, cuando el sol afloja.
Necesita hablar con él y quizás no tengan mucho tiempo.
Se sienta en los escalones del primer tramo, el que desemboca en el zaguán, y lo hace sin mirarle, esperando que el chico la siga.
Edu se sienta a su lado y se arrima tanto como puede a la barandilla.
Mira al frente, hacia el portal, como si esperara ver llegar a alguien que le permitiera poner fin al encuentro.
Tampoco Andrea le mira por miedo a lo que pueda ver.
Entre ambos se ha abierto un abismo. Se diría que no se conocen, que no se han visto antes.
Unos segundos después, sin haber roto el silencio, Andrea se aparta para que Rebeca pase y se aleje.
El mutismo entre ambos es como la lava. Quema. Duele.
—Necesito explicarte lo que pasó.
—No creo que puedas.
—Pues necesito que me escuches y necesito que me creas. Yo no te mentiría.
—Ya sé lo que tengo que saber. Lo sé. Te lo aseguro.
Me ha quedado muy claro. Todo el mundo lo sabe.
Todo el mundo sabe lo que hicisteis. —Se golpea la rodilla con el puño—.
¿Qué es lo que esperas que entienda? ¿Que te importo una mierda?
¿Que te vas con el primero que te hace algo de caso?
¿Es eso? —Y con las palabras escupe humillación. Se diría que la aborrece.
—Por favor, Edu, no sigas. Déjame hablar. Imagino lo que te han dicho y cómo te sientes, pero…
El chico la interrumpe alzando la voz. La mira por primera vez y lo hace como si no la hubiera visto nunca.
—¡No tienes ni puta idea de cómo me siento! Y la verdad es que prefiero no… No he venido a pedirte explicaciones, no quiero… —Se detiene.
Andrea ruega casi en un susurro:
—Por favor, por favor, Edu, escúchame. Deja que te explique cómo pasó. Lo hice por Míriam, ella quería…
—¿Te enrollaste con un tío por Míriam? Eso es nuevo. Como excusa es un poco floja, ¿no te parece?
Edu se gira y la mira a la cara. Andrea trata de sostener su mirada. No se tocan. Permanecen distanciados como si el roce pudiera contaminar.
—Vamos, Andrea, no me vengas con esas. ¿Crees que soy idiota? Además, no erais tan amigas.
—Solo fueron unos besos, íbamos borrachas. Un gran pedo. Yo no bebo casi nunca, ya lo sabes. Lo siento, lo siento, lo siento. Pero solo fue eso. No hubo nada más. Nada. No volveré a verlo en mi vida. No significó nada. Nada.
—¡Que te den! Podías haberlo pensado mejor antes de morrearte o de lo que fuera que hicieras con el primero que pillas.
¿No crees? ¡Ah! Y la verdad es que prefiero no saberlo.
No quiero detalles. Solo he venido porque pienso que esto ha de hacerse cara a cara.
Podría haberte enviado un wasap, pero yo no soy así.
Con el rostro entre las manos, Andrea solloza. Está a punto de darse por vencida. No es difícil adivinar lo que está a punto de suceder.
—No fue nada. No significó nada. Te lo aseguro.
—¿Sabes? Cuando lo pienso, siento asco. Mucho. No comprendo cómo has podido. Tres días antes me asegurabas que nunca habías querido a nadie como me querías a mí, jurabas que me echarías de menos y que el tiempo se te haría largo. ¡Hostia! ¡Qué fácil es mentir!
—Lo sé. He sido una idiota y me merezco lo que dices, pero te aseguro que fue una tontería. Unas cervezas en la playa, unos besos… Todos muy borrachos. No pasó nada más. No significó nada.
—Y tengo que creerte. Es eso, ¿no? ¿Cómo sé que no te lo tiraste? Y encima he de soportar que me miren como me miran, que todos hablen de mí porque mi novia decidió que…
—Por favor. Yo no… No te mentiría. Te lo juro. Por favor, Edu.
—Si Míriam no se hubiera matado, nadie se habría enterado, ni los profes, ni los colegas… Nadie. ¿Y yo? ¿Me lo habrías explicado? ¿Me habrías dicho que te enrollaste con un alemán? Lo que me jode es que nunca lo sabré.
Edu se levanta de un salto. Andrea da un respingo. Las botas de fútbol bailotean en el aire cuando el chico tira de su bolsa de deporte y la carga al hombro. Se gira y encara el rostro de Andrea. Ni un asomo de amabilidad.
—Deberías haberlo pensado mejor, Andrea. Quizás no te siente bien la bebida. Ahora ya lo sabes.
Andrea trata de retener su mano. Edu la arranca de entre sus dedos sin miramientos, de un tirón, como si el contacto pudiera resultar dañino. Da un paso atrás. Se aparta. No piensa bajar la guardia.
—Me has hecho daño y no creo que pueda perdonarte. Es mejor que no volvamos a vernos. Eres libre de enrollarte con quien quieras. Con alcohol o sin alcohol. Alemán, noruego o esquimal. Y yo también.
Andrea se pone en pie y trata de abrazarlo.
—Edu, no puedes hacerlo. No podré soportarlo. Ahora no. Es todo un horror. Te necesito. ¡No te vayas! —suplica con la voz entrecortada.
El chico se aleja. Sin mirar atrás.
—Seguro que tienes el teléfono de tu amigo alemán. Igual le gustó y vuelve para hacerte compañía.
—Por favor —susurra y se deja caer en el escalón. No encuentra las fuerzas para volver a casa—. Te necesito.
Inclinada sobre sus piernas y con la cara escondida entre los brazos la sorprende Rosa al regresar a casa tras esquivar a una periodista que aguarda junto al portal y que trata de conseguir unas palabras de Andrea.
La joven ha golpeado el cristal, ha llamado a varios timbres, pero, por fortuna, no ha logrado entrar.
Rosa le cierra la puerta en las narices. La chica insiste. Grita.
—Solo unas palabras, Andrea. Queremos saber cómo te sientes. ¿Sabes que la madre de Míriam está en el hospital?
Alarmada, Rosa la obliga a levantar la cabeza. Advierte que está llorando y que de nuevo le cuesta respirar. Tira de su hija, la fuerza a ponerse en pie y a aproximarse al ascensor. Protege su silueta con su propio cuerpo. No le extrañaría que alguien estuviera grabando la escena desde la calle.
—Respira lentamente. Siente cómo el aire entra en tus pulmones.
Piensa en ese aire. Concéntrate en respirar…
—En voz muy baja le promete que todo se arreglará y que la pesadilla acabará pronto.
Miente. Lo sabe, pero no importa. Jurará, renegará, maldecirá si es necesario para consolar a su hija.
Es lo que debe hacer. Estar a su lado pase lo que pase.
Descalza, llorosa y respirando con un silbido, Andrea la sigue. No le quedan fuerzas ni voluntad para oponerse. Se siente tan asustada y tan perdida que apenas sabe lo que hace.
La joven periodista sigue golpeando el cristal y prometiendo que solo serán un par de preguntas.