La caída 28 de junio de 2025 525 p. m.
61%

28 de junio de 2025 525 p. m.

—Necesito saber qué pasó. Dicen muchas cosas, he oído de todo.

Hay quien habla de un suicidio, pero no puede ser, no puedo creerlo.

Por eso necesito hablar contigo, tú estabas con ella cuando pasó.

Míriam no ha podido suicidarse, ella nunca habría hecho algo así, yo me habría dado cuenta. Y menos ahora. Ahora no —repite.

Con las manos cruzadas sobre el regazo, Rebeca niega con un gesto y sigue haciéndolo cuando las palabras se desvanecen ya entre sus labios. Tras una breve pausa, sigue hablando, espera lograr que Andrea le explique lo ocurrido:

—Yo lo sabía todo de Míriam, era mi mejor amiga.

Nos lo explicábamos todo. Sé lo de su madre, sé que lo pasaban mal, que a veces no sabía qué hacer ni cómo ayudarla, que siempre andaba preocupada, que tenía miedo de lo que pudiera hacer.

Me dijo que creía que su madre sí había tratado de suicidarse.

Pero ella lo tenía asumido, llevaba así muchos años.

Muchos. Seguramente desde que nació Xavier.

Yo no tenía secretos para ella y ella tampoco para mí.

Estaba ilusionada, quería ir a la universidad, tenía planes y además… —No acaba la frase.

Ha estado a punto de traicionar a su amiga revelando una confidencia. Rectifica.

—No, es imposible, no puede ser que yo no me diera cuenta de que estaba tan mal. —Ha elevado la voz sin pretenderlo, casi está gritando—. No me lo perdonaría nunca.

Cookie, sentada sobre sus patas traseras y con la cabeza bien erguida, no le quita los ojos de encima. No es capaz de interpretar a qué viene tanto grito, tanto llanto. El mundo, su mundo, parece haber enloquecido.

Andrea la interrumpe:

—Míriam no se suicidó, Rebeca. Puedes estar segura. No se suicidó. Y tienes razón, si hubiera estado mal, tú lo habrás sabido mejor que nadie.

Es tanto el pesar en su rostro, que Andrea decide que merece una explicación.

Aunque sea la misma aclaración incompleta que ha ofrecido a Berta Maestre.

Andrea ni quiere ni puede, a su entender, desvelar los puntos oscuros que Berta ha intuido en su relato, no eliminará de la historia los ángulos muertos. Quizás no lo haga nunca. Es imposible.

Le habla de los chicos alemanes, del encuentro en la playa, de las tarjetas olvidadas, de los balcones muy próximos, del miedo de Míriam a una bronca de los profesores y a un disgusto de sus padres…

Insiste en el alcohol que ambas habían ingerido.

Rebeca la escucha mientras sujeta una mano con la otra para evitar que se agiten.

—No lo entiendo… Míriam no bebe casi nunca, tú también lo sabes. No bebía. Yo tampoco. En eso éramos iguales. Nunca la he visto borracha. Nunca —asegura Rebeca y Andrea sabe que es verdad. Míriam no acostumbraba a beber.

—Dicen que siempre hay una primera vez. Y un viaje así es una buena ocasión. Todos bebían, era difícil mantenerse al margen.

Rebeca trata de comprender la situación, valora las posibilidades y encuentra un resquicio en sus conversaciones previas al viaje por el que se cuela la idea de una Míriam ebria.

—Vale, sé que quería pasarlo bien a toda costa, quería desmadrarse.

Lleva toda la vida… —Con un gesto de dolor Rebeca corrige el tiempo verbal.

No asimila la idea de que esté muerta—. Llevaba toda la vida portándose bien, tratando de ser perfecta, evitando disgustar a su madre para no…

Por eso quería ir a ese viaje, bailar, y…

quizás emborracharse… Como un paréntesis para dejar de ser ella misma durante un par de días.

—Sí, a mí también me lo dijo. El caso es que bebimos mucho.

Antes de ir a la discoteca, en la discoteca y después.

Nos merecíamos pasarlo en grande. Queríamos saber qué se siente cuando te desmelenas, cuando ya no eres tú, cuando eres otra y eres libre.

No sé si me explico, pero era algo así. Teníamos la sensación de que habíamos cumplido, habíamos aprobado todo, habíamos superado la PAU y a las dos nos esperaba la universidad.

Pensábamos que podíamos perder el mundo de vista por una vez en la vida.

Rebeca asiente. Quiere saber:

—¿Tomó algo más? ¿Pastillas?

Andrea niega con un gesto.

—No, nada. Simplemente separó la mano, se soltó. Creo que no se dio cuenta. Fue un accidente, Rebeca, soltó una mano antes de agarrar la barandilla con la otra. Un accidente estúpido, un… Si no hubiéramos bebido tanto… —Afloran de nuevo las lágrimas. No puede evitarlo.

Cookie mira primero a una, después a la otra. Muchas veces. Intenta comprender a qué se deben las lágrimas.

Permanecen en silencio unos instantes. Andrea es la primera en volver a hablar:

—Cuando has dicho que estaba ilusionada por ir a la universidad y que además justo ahora no podías entender un suicidio, no has acabado la frase. ¿Qué querías decir?

Rebeca baja la mirada. Duda. Si Míriam siguiera viva, por nada del mundo traicionaría a su amiga, pero comprende que ya no importa. Que nada importa.

—Se había enamorado. Es lo que decía. Que por primera vez estaba enamorada.

—No me dijo nada. No lo sabía. ¿Alguien del instituto?

Rebeca asiente con los ojos arrasados.

Andrea no pregunta más.

—Me ha llamado una policía, dice que lleva el caso y que quiere hablar conmigo. Le han dicho que era su mejor amiga. ¿Qué puedo decirle? —pregunta Rebeca.

No hay respuesta, solo espanto, Tampoco Andrea sabe qué más decir si Berta insiste en hablar con ella de nuevo.

Desde la habitación oyen el portazo y la voz sorprendida de Andreu. Adriana acaba de llegar y llama a Cookie desde el salón antes incluso de dejar de tirar de su trolley . Es lo primero que hace a diario al llegar a casa.

La perra salta de la cama, gruñe y araña la puerta de la habitación.

Andrea le abre y el animal desaparece.

Segundos después es Adriana la que se asoma.

—No quiero interrumpir, pero Edu está abajo. Creo que quiere hablar contigo.

Andrea se apresura en dirección a la puerta. Su padre, pasmado, solo acierta a pronunciar su nombre y a seguirla hasta el rellano.

—Quizás haya algún periodista. No salgas —le advierte por el hueco de la escalera—. ¡Vas descalza, Andrea!

Su hija baja corriendo los pisos que la separan de la calle mientras trata de peinarse con los dedos. Imposible. Se limita a colocarse el cabello tras las orejas. No se ha calzado y al llegar a la acera el pavimento quema.

Desde el portal llama a Edu, que se ha alejado unos metros. Su silueta se recorta sobre la acera con la mochila roja de deporte colgando de su hombro y las botas balanceándose a la altura de su codo. Son sus piernas ligeramente arqueadas las que avanzan ahora hacia ella.

En la habitación Rebeca se pone en pie, se acerca al salón y se disculpa:

—Yo ya me iba.