La caída 28 de junio de 2025 445 p. m.
57%

28 de junio de 2025 445 p. m.

Andrea se ha encerrado en su habitación tras ingerir la pastilla que su madre le proporciona en ocasiones cuando la angustia la supera y le falta el aire.

Sin moverse de la cama, le ha asegurado que está mejor, que está más tranquila y que respira con normalidad.

No está bien, no se ha tranquilizado y respira con esfuerzo, pero su madre no la dejará sola mientras no la convenza de que la ansiedad ha desaparecido.

Es la manera de conseguir una tregua. Unos minutos a solas.

No piensa salir mientras pueda evitarlo.

Ya que no puede retroceder unas horas, justo hasta el momento en que se dejó convencer para encontrarse en la playa con Jonas y Sven, preferiría desaparecer durante un tiempo.

Espera no verse obligada a abandonar la habitación en muchos días, si no es para hablar con Edu, que sigue sin responder a sus mensajes.

Su padre, Andreu Ventura, acaba de llegar para relevar a Rosa.

Ha oído sus voces durante unos minutos a pesar de que ambos hablaban bajo para no ser escuchados.

Sabe que están preocupados y pendientes de la evolución médica de Lourdes Bernal, de la que ningún canal ha vuelto a dar noticias.

Poco después Andreu ha llamado con los nudillos y ha abierto la puerta, se ha asomado y le ha susurrado:

—Ya estoy aquí, cariño. Tu madre se va. ¿Quieres compañía? —Y ha subrayado sus palabras con una mueca que aspiraba a ser una sonrisa.

Cookie ha aprovechado la brecha abierta para colarse y subir de un salto a la cama. Es una presencia muda, amable. No exige nada, no espera nada. No necesita explicaciones que Andrea no puede dar. La mejor compañía.

Niega con determinación.

—No. Gracias, papá. Tranquilo, estoy bien. —Precisa seguir a solas con el espanto para aprender a convivir con él. Intuye que tardará en librarse del horror que le cierra los bronquios y colapsa sus pulmones.

—Si necesitas cualquier cosa… —susurra su padre antes de desaparecer del umbral con un suspiro.

Él lleva horas siguiendo las noticias en el móvil, espera que informen muy pronto de que Lourdes va a recuperarse.

No quiere ni pensar que pueda no ser así.

Echa de menos prender un cigarrillo y rebusca en el fondo de uno de los cajones del estudio, sabe que dejó un paquete a medias antes de decidir abandonar la adicción.

Lo localiza y comprueba que quedan cuatro cigarrillos.

Logra vencer el deseo de encender un pitillo y llevárselo a los labios.

No es fácil. Con un suspiro oculta de nuevo el paquete de Winston tras las agendas de los últimos años.

Le tranquiliza saber que siguen allí, al alcance de sus dedos.

El timbre de la puerta suena pasadas las cinco de la tarde. Andreu Ventura se sobresalta. No espera a nadie, no quiere ver a nadie. Adriana está a punto de llegar, pero su hija menor siempre utiliza su llave. No es ella.

Abre la puerta apenas unos centímetros preparado para despachar a cualquier entrometido con cajas destempladas, sin miramientos.

—Te puedes largar. No tenemos nada que decir. ¿Me oyes? Ni ahora ni nunca. No te molestes en volver a… —asegura mientras se dispone a cerrar ante la mirada de una joven estupefacta a la que no recuerda haber visto en su vida.

No lo hace. Su aspecto se lo impide.

Observa que la chica que espera en el rellano es la viva imagen de la desolación.

Trata de decir algo, pero las palabras se descomponen y mueren entre sus labios.

No sostiene un móvil en la mano ni hay una cámara en las proximidades, tampoco empuña un micrófono.

Tiene los ojos verdes y muy tristes, los labios temblorosos y el cabello ondulado sujeto sin gracia a la altura de la nuca.

Lleva el pantalón y la camisa negra que acostumbran a vestir los camareros en algunos restaurantes, y se diría que guarda luto.

Andreu detiene la puerta antes de perderla de vista. Advierte que la adolescente agita una mano y que trata en vano de decirle alguna cosa.

—Yo… Yo…

Intenta ayudarla.

—¿Y tú eres…?

—Rebeca, Rebeca Molins. Estudio con Andrea, vamos a la misma clase —pronuncia en voz muy baja. No se atreve a levantar la vista. Ha clavado en sus pies la mirada enrojecida por el llanto.

Duda. No sabe qué debe hacer. Salta a la vista que es una chica tímida y muy apocada que ha hecho de tripas corazón para plantarse en el rellano.

Ignora que sus habilidades sociales siempre han sido escasas y que el paso del tiempo no ha conseguido mejorarlas.

Desconoce que Rebeca vive la obligación de servir mesas en el restaurante paterno como un verdadero calvario.

Desde los dieciséis, cuando alcanzó la edad para trabajar, se ha visto obligada a sonreír, a atender las demandas y las extravagancias de la clientela habitual, una clientela de barrio que espera ser reconocida y saludada amablemente.

Cuando los fines de semana viste el pantalón y la camisa negros, que ha llegado a detestar, debe ser cordial, servicial, debe incluso hablar por hablar, pura cortesía.

Para desesperación de su padre, su única hija parece incapaz de mantener una conversación informal.

Rebeca no añade que es amiga de Míriam desde que ambas cursaban primaria y que, a falta de hermanos, Míriam García Bernal era para Rebeca mucho más que una amiga.

—¿Qué quieres, Rebeca?

—Hablar con Andrea. Yo solo quiero…

—No va a poder ser —la ataja—. Mi hija lo ha pasado muy mal y en estos momentos no puede…

Cookie le roza los tobillos y Andreu, que no la espera, da un respingo.

No acaba la frase. Andrea aparece en el umbral junto a su padre.

Ha corrido a la puerta con la esperanza de que fuera Edu el visitante inesperado.

En su rostro no cabe más decepción, tampoco más desconsuelo.

Le indica a su padre que la deje entrar.

—Creo que no deberías… Date un tiempo, hija. Descansa. Podréis hablar mañana o pasado. Ahora lo que debes hacer es…

—No te preocupes, papá. No pasa absolutamente nada. Estaré bien. —Y con un gesto le indica a Rebeca que pase.

La precede pasillo adelante, atraviesan el salón y se encierran ambas en la habitación.

Cookie entra enganchada a las piernas de Andrea, que se sienta en su cama y con un dedo le señala a Rebeca la silla del escritorio.

La recién llegada se aclara la voz, que se le llena de lágrimas al tratar de explicarse.