28 de junio de 2025 1152 a. m.
El autocar estaciona frente al instituto entre un escándalo de gritos de alerta.
Los padres, dispersos a lo largo de la acera, se amontonan de inmediato en torno al vehículo.
Parecen dispuestos a arrancar a sus hijos de los asientos cuanto antes.
Algunos los reciben entre lágrimas y los abrazan como si acabaran de regresar de una expedición al desierto, como a los soldados supervivientes de un ejército derrotado.
Un puñado de chicos, algo abochornados por las muestras de cariño, tiran de sus padres respectivos para apartarlos de allí, mientras algunos empleados observan el desembarco desde las puertas de sus comercios.
Todos en el barrio saben ya que una chica ha muerto al precipitarse desde un balcón; también que no hay mayor desgracia que perder a un hijo.
Una mujer, acodada en la barra de un bar, se santigua y murmura un conjuro, la única herencia de su abuela materna, que siempre tuvo fama de bruja en todos los sentidos posibles del término.
Los periodistas, micrófono y móvil en mano, tratan de obtener declaraciones de los recién llegados.
Insisten, no cejan a pesar de las negativas y de las malas caras.
Zumban a su alrededor igual que las moscas en torno a un plato.
Una de las alumnas, que aspira a hacer carrera en los medios de comunicación, se detiene y, con una sonrisa fuera de lugar, se dispone a atender al reportero que quiere saber si era amiga de la chica fallecida y si sus compañeros están muy tristes como consecuencia de su muerte.
—Sí, claro. Éramos amigas. Yo siempre… Nosotros todavía estamos… —Busca la expresión en shock , pero tarda en encontrarla.
Pilar, que acaba de poner pie a tierra, tira de ella sin miramientos y le pide que no haga declaraciones.
—Recuerda lo que hemos hablado. Todavía no, Darlene. Todavía, no —insiste.
El periodista la sigue sin dejar de grabar y asegurando que solo será un minuto.
Darlene se gira y, uniendo las palmas de las manos frente al pecho, le pide disculpas.
Un compañero del joven reportero desairado ha capturado la escena: la profesora impidiendo que su alumna hable ante el micrófono. La mala interpretación está servida.
Martí baja la mirada, aprieta los labios y se aleja tirando de su trolley .
Es tanta la rabia, que él, que nunca ha participado en una pelea y que rehúye todo enfrentamiento, apartaría a los extraños a puñetazos.
Joel, superada la resaca, camina en compañía de su madre y se libra del asedio con un expeditivo:
—¡Que te pires!
El autocar se vacía en un instante. Lola, que se ha sentado junto a Andrea para evitar la visión permanente del asiento vacío que Míriam ocupó durante el viaje de ida, advierte que no se mueve y tira de ella.
—Vamos, hemos llegado.
Ha permanecido durante todo el trayecto con la frente apoyada en el cristal de la ventana, la mirada en el exterior y el pensamiento en las horas vividas.
No ha abierto la boca. Es la última en bajar.
Aguarda unos segundos a que la acera se despeje y los grupos se dispersen.
Algunos se demoran para verla, para reconocer en su cara el rastro de la tragedia, quizás también de la culpa.
No quiere más preguntas, no las soportaría, y no necesita los abrazos de nadie.
Sabe que sus padres no la esperan; ambos trabajan en una clínica dental y tienen visitas concertadas que no pueden anular.
Tampoco estará su hermana, que pasa unos días con su mejor amiga.
Ha hablado con ellos y con Adriana y les ha asegurado que está bien, que los esperará en casa.
¿Qué otra cosa podía decir? También intuye que Edu no aguardará junto al autocar para tomarla de la mano y acompañarla hasta el portal mientras le asegura que todo irá bien.
No ha respondido a sus mensajes, a ninguno, y han sido muchos los que le ha enviado en unas horas.
Andrea no quiere imaginar los días sin él.
Quizás lo haya perdido para siempre. Siente que no puede hacer nada para evitarlo.
Solo desea llegar a su casa cuanto antes y encontrar a Cookie, su perra.
El animal no querrá saber, no la responsabilizará de nada ni la mirará como si albergara una sospecha.
Tampoco le importará que se resista a dar explicaciones, solo ladrará de pura alegría y se arrimará a ella esperando una caricia.
—¿Quieres bajar de una vez? ¿A qué esperas? ¡No tengo todo el día! —El conductor la apremia, tiene otro servicio y la compañía no tolera retrasos.
Sacude la cabeza antes de cruzar la puerta del vehículo; no puede llorar, es el peor momento. Los ojos cruelmente enrojecidos, la mirada esquiva y el pelo tapándole la cara. Los reporteros no necesitan más. La viva imagen de la desolación.
La directora, a la que los periodistas han dejado de asediar al comprender que no piensa hablar, ha suspendido el claustro y saluda a los alumnos y sonríe a los padres, incluso a aquellos que la miran con recelo.
Algunos profesores siguen en la entrada del centro, son muchos los que conocían a Míriam.
Todos ellos tratan de apoyar con su presencia a los compañeros que aceptaron acompañar a los alumnos cuando otros se negaron.
Todos lamentan lo ocurrido y de algunos ojos se escapan las lágrimas.
Elena Estruga se acerca a Andrea enseguida, antes de que se aleje.
—Tus padres no están. He hablado con ellos. ¿Quieres que alguien te acompañe a casa, Andrea? Creo que sería lo mejor.
Ella niega con un gesto, pero se arrepiente en cuanto echa a andar cargando con su mochila.
Un par de jóvenes cronistas la siguen, la rodean, le acercan el micro, la ametrallan con preguntas, apenas le permiten seguir caminando.
Aseguran sin rubor que la gente quiere saber qué es lo que ha pasado, repiten casi al unísono que necesitan su testimonio, que la audiencia tiene derecho a conocer lo sucedido.
Han identificado en el rostro devastado de la chica su proximidad con la víctima.
—Era tu amiga, ¿verdad? ¿Cómo te sientes? ¿Iba colocada?
—¿Puedes explicarnos qué ha ocurrido? ¿Crees que pudo tratarse de un suicidio? ¿Sabes si alguien la acosaba? —aventura el más osado.
Andrea no se detiene ni afloja el paso.
—¿Por qué los profesores no quieren hablar con los medios? ¿Ocultan algo?
La insidia aflora por cualquier grieta.
—¿Te han ordenado que no hables con nosotros?
Un periodista se ha plantado delante y le cierra el paso; está tan cerca que puede oler en su aliento el rastro del último café. Al acercarle el micrófono le golpea la barbilla. Andrea se aparta y lo mira como si pudiera reducirlo a cenizas de un vistazo. Le escupe todo su malestar:
—¡Déjame en paz, gilipollas!
Miquel Cardona advierte lo que ocurre y se apresura a situarse a su derecha como si la escoltase al caminar.
Con un grito que acompaña de gestos poco amables espanta agriamente a los reporteros.
Uno de ellos, que se ha mantenido en segundo plano, recoge su reacción con ayuda de su teléfono móvil y se retira satisfecho.
Misión cumplida. Ya tiene lo que necesitaba y el pie para un «comentario de interés».
Un profesor apartando de la prensa a la alumna. Una joya en la pantalla del televisor.
Elena Estruga contempla la escena, cierra los ojos y suspira.
Imagina las palabras que acompañarán a la imagen de Miquel Cardona ahuyentando a manotazos a los medios de comunicación.
No se lo reprocha. Probablemente ella habría hecho lo mismo.
Los tres profesores están exhaustos, indignados y profundamente abatidos.
La directora sabe que las cosas siempre pueden empeorar, también que empeoran por sistema. Siempre.
Andrea le agradece el gesto a su profesor y ambos caminan en silencio hasta alcanzar un portal cercano. Ninguno de los dos advierte que una joven los ha seguido. Miquel se despide de la chica a la que quizás no vuelva a ver nunca más. Le desea suerte. La necesitará.
La reacción de Cookie es la que Andrea esperaba.
Nunca defrauda. La perra se agita y corre a la puerta al oír las llaves aproximarse a la cerradura.
Ella abandona la mochila en un rincón y se deja querer.
A solas y abrazada al animal, se permite el llanto que ha reprimido durante el trayecto en autocar.
Cookie sigue a su lado con la cabeza color canela descansando en su regazo.
Adriana la bautizó así porque asegura que tiene el color de una galleta y que las manchas oscuras son los fragmentos de chocolate.
Andrea detesta el nombre porque pronunciado suena cursi y apenas se atreve a usarlo en público.
Cuando unos minutos después las sorprende un timbrazo, el animal salta del sofá y se dirige a la puerta. Por su reacción, la perra no reconoce a la persona que aguarda en el rellano.
Andrea no se mueve. No quiere hablar con nadie, no quiere ver a nadie. No abre.
El timbre vuelve a sonar dos, tres veces.
La persona que aguarda no parece dispuesta a darse por vencida.
Quizás sea Edu el que insiste en hablar con ella, piensa Andrea, y se aproxima a la puerta.
No enciende la luz del pasillo. Se acerca a la mirilla, pero no ve a nadie en el rellano.
La posibilidad es remota, casi inexistente.
Sin embargo, abre, necesita saber si es Edu el que espera al otro lado.
Una chica de pelo rubio muy corto, que viste pantalones y camiseta color azafrán igual que sus labios y sus uñas de filigrana, introduce la mano y le acerca un micrófono con el logo de una cadena de radio de gran audiencia.
—Sé que eras amiga de Míriam y quiero hacerte unas preguntas. Merecemos saber la verdad. Solo será un…
La chica retira la mano a tiempo, justo antes de que Andrea cierre la puerta. Ha podido reconocer en sus ojos vidriosos y en sus labios obstinadamente cerrados que no piensa responder y que posiblemente no lo hará nunca. También ha intuido que pensaba cerrar a cualquier precio.
—Solo serán unos minutos —insiste a través de la puerta.
—¡Vete a la mierda!
De vuelta en el sofá, regresa el llanto. Cookie observa a su joven dueña, que no parece dispuesta a salir a pasear. La perra no comprende qué es lo que pasa. Andrea le escribe un nuevo mensaje a Edu. Necesita tanto su compañía que su silencio le resulta terriblemente doloroso. Insoportable.
«Por favor, llámame. Necesito hablar contigo. Necesito explicarte lo que pasó. Por favor, llámame».
Cookie señala el collar con el morro. Andrea se encoge de hombros.
No se atreve a salir a la calle. No quiere encontrarse con nadie, no le quedan fuerzas ni para cruzar unas palabras de compromiso.
Minutos después comprueba que Edu ha leído el mensaje, pero el móvil sigue sin sonar.
Ha recibido algunos wasaps de sus padres y de su hermana, que quieren saber si ya ha llegado a casa. Le envían besos. Muchos besos.
Ni una palabra de Edu.
Mientras responde, recibe un mensaje de Rebeca Molins.
«¿Podemos hablar?».
No contesta.