La caída 28 de junio de 2025 839 a. m.
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28 de junio de 2025 839 a. m.

Pilar acaba de reconocer al adolescente larguirucho que asoma la cabeza por la puerta; es Xavier, el hermano de Míriam. El corazón le da un vuelco. El momento había de llegar y ya nada puede hacer la profesora por evitarlo. Nada.

En el umbral Santiago García habla con uno de los mossos que monta guardia a la entrada del hotel, se identifica.

Es el padre de la chica muerta. A su lado Lourdes Bernal, la madre de Míriam, observa el vestíbulo.

Busca a los profesores de su hija o a alguno de sus compañeros.

Necesita localizar un rostro conocido. Parece asustada, temblorosa y completamente perdida, como si acabara de extraviarse en una jungla espesa o como si en mitad de un océano esperara un salvavidas.

El mosso no tarda en franquearles la entrada.

Avanzan a pasos cortos, como astronautas que calzan plomo.

Santiago sujeta a Lourdes del brazo. Teme que se derrumbe en cualquier momento.

Y, aunque es lo último que querría hacer en este mundo, Pilar se pone en pie y sale a su encuentro. Miquel Cardona la sigue.

Berta Maestre advierte sus movimientos, sigue los pasos de los profesores con la mirada y supone que se trata de la familia de Míriam; también lo hace, por puro instinto, la joven periodista del top y los pantalones de licra, la misma que minutos antes ha conseguido acceder al vestíbulo asegurando que es una alumna en viaje de fin de curso y que se aloja en el hotel.

Ha añadido que es amiga de la chica muerta.

Se dirige a ellos sin titubear. Le sobran ganas y descaro, pero basta una mirada de la policía que le sale al paso para que se detenga de inmediato, como si acabara de apuntarle a la frente con una pistola.

Los alumnos que se encuentran en el vestíbulo en ese momento cuchichean y, a codazos, señalan unos a otros la presencia del matrimonio que, en compañía de su hijo menor, trata de atravesar el gentío.

A la vista del resentimiento y la desesperación que se desprenden de la mirada del padre de Míriam, uno de ellos susurra:

—Pelea, pelea, pelea.

No tarda en recibir un codazo en las costillas.

Miquel Cardona alcanza a oírlo, se gira e identifica al chaval. Se acerca a él y basta con una mirada; el chico calla como fulminado por un rayo. Tendrán unas palabras. Y no serán amables. Ambos lo saben.

Santiago deja de sujetar el brazo de su mujer.

Lourdes se tambalea ligeramente. Xavier se acerca a ella.

El padre de Míriam ha cerrado los puños y se encara con los profesores.

Jadea. Parece a punto de golpear a Pilar o de asfixiarla hasta la muerte con sus propias manos.

Necesita encontrar culpables, alguien a quien poder atribuir la desgracia que acaba de arruinarles la vida. La profesora retrocede.

—No saben cuánto lo siento. Les aseguro que…

Berta interrumpe las palabras de Pilar. Ya habrá tiempo. Es tanta la cólera que asoma a los ojos de Santiago García que con un gesto la policía indica a uno de los agentes que se aproxime. Quizás necesiten retenerlo.

En algún lugar del abarrotado vestíbulo alguien repite: «Pelea, pelea, pelea».

Miquel Cardona aprieta los puños. A veces detesta su oficio hasta tal punto que abandonaría el instituto si a su edad tuviera una alternativa. Lola ha reconocido la voz. No lo olvidará.

Es Xavier el que sujeta ahora a su madre.

Lleva años velando por ella, procurando que nada la altere, que nada la tense o la entristezca.

La familia entera se desvive por ayudarla a superar un abatimiento del que Lourdes Bernal no consigue librarse desde que Xavier era un crío.

Ni la psicoterapia ni las sucesivas medicaciones propuestas por los especialistas han logrado que pueda dejar atrás una depresión que al final la ha obligado a traspasar la peluquería y que algunos días la sume en un estado cercano a la catatonia.

En su historial médico consta una anotación que no deja lugar a dudas: depresión mayor recurrente.

Una enfermedad paralizante, incapacitante, para la que no han encontrado un remedio eficaz.

Apenas unos meses atrás Lourdes protagonizó una tentativa de suicidio que Santiago explicó a sus hijos quitándole importancia y tratando de presentar como un error el hecho de que hubiera ingerido todas las pastillas que quedaban en los blísteres.

—Ya sabéis cómo es. Pierde la cuenta y después pasa lo que pasa.

Lourdes camina de la mano de su hijo con la mirada extraviada. Viste de negro, como si iniciara el luto.

—Soy Berta Maestre, de la comisaría de Lloret. Llevo este caso. —Al hablar la policía le tiende la mano y Santiago se siente obligado a estrecharla, aunque no pierde de vista a la profesora que presidió la reunión previa al viaje de fin de curso y que se comprometió a velar por sus alumnos.

Lourdes se limita a observar, primero la mano de la policía, que no acepta, después su rostro. No la reconoce. Su semblante no le dice nada, sus palabras tampoco.

—Si me acompañan, les explicaré lo que he podido averiguar hasta el momento.

Santiago baja la vista y sigue a la policía con los puños obstinadamente cerrados y toda la cólera que cabe en una mirada.

Tras él Xavier conduce a su madre como haría un perro lazarillo y la acerca a la mesa en la que minutos antes Andrea respondía a las preguntas de la policía.

La chica ha desaparecido. Berta la ha autorizado a subir a su habitación para lavarse, cambiarse de ropa y recoger algunas cosas siempre en presencia de una agente.

Lourdes deja hacer a su hijo. Apenas le queda voluntad.

Antes de sentarse levanta la mirada y recorre la cafetería, desde la larga barra al ventanal; se encoge igual que si se encontrara en un planeta desconocido y repleto de peligros.

Apenas tarda unos segundos en ver la terraza a través de la cristalera y en ella los restos de la cinta policial que delimitaba el espacio en el que se produjo el impacto mortal.

Junto a una de las mesas distingue la sangre encharcada de su hija.

El grito es desgarrador. También la expresión de su rostro, que carece de color. Como si la sangre hubiera abandonado su cuerpo en un instante para irse a otra parte. Muy lejos.

Xavier reacciona rápidamente y sujeta a su madre por las axilas.

Comprende que está a punto de derrumbarse y trata de impedirlo.

A Lourdes se le aflojan las rodillas y le fallan las piernas.

Miquel Cardona corre a ayudar a su hijo a sostenerla y a evitar que se desplome. Entre los dos consiguen que se siente.

—¿Dónde…? —acierta a pronunciar la mujer, que no separa la mirada de la sangre oscurecida.

Berta sigue la dirección de su mirada y se maldice a sí misma por la falta de previsión y de tacto.

Ha cometido un error grave, de novata, un fallo injustificable.

No se lo perdonará nunca. También su esposo cierra los ojos y, con un gemido, se deja caer en una de las sillas como si el dolor y la ira acabaran de desvanecerse para dejar paso al horror, a la muerte en vida.

—¿Dónde? —insiste ella.

La policía comprende que quiere saber dónde está el cuerpo de su hija, su cadáver. No responde.

—Disculpen. Será mejor que busquemos otro sitio. —Mientras habla sujeta a Santiago por el brazo y tira de él para hacer que se ponga en pie.

El hombre, desfondado, no se resiste.

Se dirigen al despacho del director al que Berta ahuyenta con un:

—Necesitamos su despacho.

No se lo dice dos veces. Mercader no hace preguntas. Se ajusta la corbata, saluda con un gesto al padre de Míriam mientras su mirada resbala sobre la mujer que no se sostiene en pie, prefiere no verla. Desaparece de inmediato dejando en el aire el olor a tabaco y una temperatura excesivamente fría.

La policía comprueba que parte del espacio está ocupado por una mesa de reuniones con ocho sillas. «Bastará», piensa con cierto alivio. Le indica a Santiago que tome asiento y manipula el termostato del aire acondicionado que encuentra junto a la puerta.

Xavier y Miquel ayudan a Lourdes a avanzar muy despacio hasta dejar atrás la cafetería, casi la arrastran.

La mujer, con la cabeza inclinada sobre su hombro, atraviesa el vestíbulo en volandas, apenas acierta a poner un pie delante de otro.

Pilar los sigue de cerca. No puede evitar compadecer a los padres, pero sobre todo lo siente por el chico, por Xavier.

Sabe lo que le espera y no se lo desearía a nadie.

También ella creció a la sombra de un hermano muerto demasiado pronto.

No es fácil sobrevivir entre tanto dolor.

Lola se ha unido a ellos y se aproxima a Berta mientras Lourdes es depositada en una silla junto a su marido.

Su rostro tiene el color de la cera sucia.

No queda tensión alguna ni en sus brazos ni en sus piernas, como si sus huesos se hubieran reblandecido y sus nervios se hubieran aflojado. Una muñeca rota.

—¿Podríamos adelantar la salida del hotel?

—pregunta Lola en voz baja a la policía—.

Esperamos el autocar a las once, pero si nos autoriza, creo que sería mejor…

Han llamado del centro, los padres están intranquilos y quieren ver a sus hijos cuanto antes.

Algunos están allí, en la puerta, esperando y pidiendo explicaciones que la directora no puede dar.

Acaba de llamar, está desesperada. Creo que aquí ya no hacemos nada.

—Sí. Ya tenemos los datos. Pueden irse, pero necesitaremos que pasen a declarar.

La profesora asiente y sale del despacho con el propósito de llamar a la compañía de autocares antes de reunir a los alumnos y ordenarles que preparen el equipaje.

Berta se aproxima a Xavier, que se ha sentado en un extremo. En voz baja le indica:

—Si quieres, puedes marcharte, no creo que…

—Prefiero quedarme —afirma sin dudarlo.

Ese muchacho parece reunir las fuerzas que ya no tienen ni Lourdes ni Santiago.

Berta recuerda que su padre, que también fue policía, hablaba de tener o no presencia de ánimo en situaciones así.

El chico la tiene. Presencia de ánimo por contraposición a la ausencia de ánimo que manifiestan sus padres devorados por el dolor.

—Si tu padre está de acuerdo… —dice buscando la autorización del padre del menor.

Santiago García asiente.

Pilar, sentada a su lado, abandona su mano sobre la de Xavier a modo de consuelo. Es su manera de decirle que lo siente y que no está solo.

El chico no la retira.

—¿Dónde está?