La caída 28 de junio de 2025 812 a. m.
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28 de junio de 2025 812 a. m.

Andrea levanta la mirada. Es el suyo un gesto incontrolado, casi un automatismo. Se diría que acaba de picarla una serpiente.

—¿Me has oído, Andrea? Han registrado vuestra habitación y solo han encontrado una de las tarjetas de apertura.

¿No te parece raro? Si Míriam se arriesgó fue porque ella no tenía la suya, la había olvidado en la habitación en el dispositivo que acciona la electricidad, donde la hemos encontrado. Pero ¿y la otra?, ¿y la tuya?

Berta hace una pausa. Hay palabras que significan tantas cosas que precisan tiempo, reposo, decantación, como los mejores vinos. Andrea no reacciona. No recoge el guante. Nada de cuanto Berta acaba de decir logra que abra la boca.

—Existen varias posibilidades, pero una de ellas es la más inquietante y preferiría descartarla cuanto antes. Tu actitud no ayuda, ¿sabes? No estás colaborando. Por eso voy a hacerte una pregunta difícil: ¿llevabas tu tarjeta encima y dejaste que tu amiga arriesgara su vida?

Lola se sorprende y se tensa visiblemente. No había previsto una posibilidad tan perversa. La chica levanta la mirada, parece indignada. Tiembla al responder y golpea la mesa con una de sus manos para acentuar sus palabras.

—No. No. ¡No! —repite, abandonando su actitud impasible—.

Yo nunca habría hecho algo así. Usted no me conoce.

Era mi amiga. ¿Cómo puede pensar que…? —A sus ojos asoma el enfado, la ira.

Una suposición aventurada como una carga de profundidad ha ocasionado una reacción auténtica—.

Yo nunca habría mentido, nunca habría hecho algo así.

—Depende de ti, quizás si me lo explicas, conseguiré entenderlo. —No queda empatía ni en sus palabras ni en su rostro, solo determinación.

Con el tiempo ha aprendido a alterar su postura y su gestualidad para adaptarlas a cada fase de la investigación.

Irá hasta el final cueste lo que cueste.

Han desaparecido los gestos afables y las pausas respetuosas y no queda ni rastro de la voz que invitaba a la confidencia.

Necesita la verdad y Berta no conoce otra manera.

Ha llegado el momento de dejar de mostrarse indulgente. Sabe hacerlo, es una experta.

—Por favor, Andrea —susurra Lola a su lado—. Dile lo que sepas.

Tarda unos segundos en decidirse a hablar y lo hace con un suspiro interminable. Ha comprendido que no tiene otra salida.

—Tenía mi tarjeta cuando salimos de la habitación para ir a la discoteca.

La tenía, se lo aseguro, recuerdo haberla cogido.

Sin embargo, cuando regresamos con todos, Míriam tuvo que abrir con la suya.

Yo no la encontré, no estaba en mi bolso con mis cosas.

Solo encontré mi DNI, mi móvil y algo de dinero.

No me habían robado nada, pero la tarjeta no estaba.

Se lo aseguró. No estaba a las dos cuando regresamos al hotel.

—Y Míriam olvidó la suya en la habitación cuando volvisteis a salir. Por eso, no pudisteis entrar.

Andrea asiente y mordisquea la parte interna de sus mejillas.

Reconoce el sabor metálico de la sangre.

Un observador inexperto diría que hace muecas.

Cuando la amenazan el miedo o el dolor, sus dientes muerden y desgarran.

No puede evitarlo. Dolor aparta dolor. Otros mordisquean sus uñas hasta hacerlas sangrar.

—¿Habíais bebido antes de ir a la discoteca? —De nuevo una deducción arriesgada.

—Sí. Todos lo hicieron. En las discos la bebida es muy cara y Míriam y yo pensamos que… —No continúa.

No es fácil para una chica que ha respetado las normas a lo largo de toda su vida reconocer una falta delante de una profesora. Otra más. Y son muchas y de gravedad. Andrea no se atreve a mirar a Lola, que la observa sorprendida y, casi involuntariamente, aparta la mano que la acariciaba.

Berta advierte algo de sangre entre sus dientes. También ella lo hace a menudo, sin darse cuenta.

Lola, junto a su alumna, cierra los ojos y niega con un gesto de derrota.

Está exhausta y se siente fracasada, como si hubiera pasado la vida golpeando un muro con la cabeza, como si acabara de saber que todo su esfuerzo por transmitir algo más que lo previsto en el currículum, todas sus horas de trabajo aguantando desplantes y desconsideración acababan de caer por una borda imaginaria, por un despeñadero.

Es consciente de que han hecho cuanto han podido, de que no han dejado nada al azar, de que repitieron mil veces que estaba terminantemente prohibido consumir alcohol en las habitaciones y que la norma estaba recogida en el protocolo del viaje.

Sabe que en ese sentido nada se les puede reprochar.

Antes de aceptar acompañar a dos de los mejores grupos a los que recuerda haber impartido clase había formulado mil veces las normas y las restricciones que debían respetar si decidían participar en la salida.

Las habían aceptado sin protestar. Como mayores de edad incluso habían firmado un compromiso escrito.

También los padres de los que no habían cumplido los dieciocho.

Todo documentado, todo según las normas.

Como responsables, Pilar, Miquel y ella misma habían advertido sobre el consumo de alcohol en las habitaciones.

También era bien sabido que, si detectaban cualquier otro producto utilizado para colocarse (porros, pastillas…), los alumnos implicados serían enviados a casa en un taxi cuyo importe pagarían los padres respectivos.

Dado que no regresarían el próximo año al instituto no podían imponer sanciones posteriores.

Habían controlado el consumo en la discoteca, no habían bajado la guardia. Y sin embargo…

—Voy a preguntártelo por última vez. ¿Por qué crees que Míriam separó la mano de la barandilla?

Hay sangre en sus labios al encogerse de hombros y responder de nuevo que no lo sabe.

Berta no necesita observar que sus pupilas se dilatan ni que Andrea esquiva su mirada o que acaba de cambiar de postura en la silla para comprender que está mintiendo, que oculta algo.

No tiene la menor duda. Tampoco necesita un manual de criminología.

—Lo que voy a preguntarte no te va a gustar, pero no me dejas otra salida. Estabas con ella en el balcón, aseguras que no pasó nada, que estabais completamente solas, que los chicos no salieron, dices que nada la asustó… ¿Empujaste tú a Míriam?

—¡No, no! ¡¡¡Claro que no!!! Míriam era mi amiga. Ya se lo dicho. Yo nunca habría hecho algo así. Nunca. Nunca —sigue murmurando y negando con la cabeza, hasta que su voz se apaga y las lágrimas regresan a sus ojos.

Otro bloqueo. Berta comprende que no hablará.

De nada servirá seguir empujándola contra las cuerdas.

Probablemente se trate de una muerte accidental, pero se impone seguir indagando.

Hay algo que se le escapa. Piensa mantener una charla con Rebeca Molins, la mejor amiga de Míriam, que, a estas alturas, ya debe de conocer lo ocurrido y que quizás pueda aportar algún cabo del que seguir tirando.

—No te muevas de aquí.

Berta se pone en pie y sale al vestíbulo, debe informar al comisario. Se aparta hasta alcanzar un rincón relativamente tranquilo.

Desde allí observa cómo una periodista muy joven y vestida como para jugar al vóley-playa trata de obtener información de un agente que la mira como observaría un insecto molesto.

Ella le aproxima el móvil a la boca. Ha pintado sus uñas del color de una lata de Coca-Cola y las ha salpicado de puntitos blancos.

El policía se aparta unos centímetros. Solo despega los labios para pedirle que aparte el móvil y que abandone el hotel.

«Bien por él», piensa Berta Maestre, mientras espera que el comisario acepte la llamada.

La periodista obedece a regañadientes, se aleja, remolonea y se dispone a acercarse a uno de los empleados al que identifica porque todos ellos llevan una tarjeta plastificada con su nombre a la altura del corazón.

El joven de brazos muy largos, ojos saltones y bigote incipiente la mira con detenimiento, parece apreciar su aspecto.

Acaba asegurándole que no sabe nada y a punto está de pedirle su teléfono para mantenerla informada.

Si no lo hace es porque se da cuenta a tiempo de que el atildado director del hotel acaba de abandonar su despacho y recorre el vestíbulo con la mirada.

Pilar Sopeña y Miquel Cardona se han sentado en las escaleras que conducen a las habitaciones.

Ambos parecen al límite de sus fuerzas. Pilar atiende la llamada de Elena Estruga.

La profesora no puede responder a sus preguntas y la directora del centro nada puede contestar a los primeros padres que, alertados por sus hijos, se han personado ya en el instituto exigiendo ser informados de lo ocurrido.

Un callejón sin salida.