28 de junio de 2025 753 a. m.
Berta comprueba que varios carteles en el vestíbulo informan de la interrupción del servicio de cafetería durante toda la mañana y se aproxima a una de las empleadas, que trata de echar una mano al atribulado Alain en la recepción del hotel.
Recuerda que es la misma en la que confió el director para sustituir a Armesto hasta la llegada de su relevo.
Tiene la frente despejada, los ojos vivos y la sonrisa amable.
Ha aplicado un rojo tan intenso en sus labios que parece haber besado una herida abierta.
—Creo que trabajas en la cafetería. Ya sé que el director os ha dicho que no podéis entrar, pero necesito pedirte un favor. Soy la policía que lleva el caso.
La joven no pregunta. Se limita a mirarla y a asentir sin dejar de sonreír.
—Necesito un café. Y otro para una de las profesoras. —Piensa en Lola y en su rostro exhausto—. No te lo pediría si no fuera…
—No se preocupe. No me cuesta nada. Solo será un momento.
La chica abandona el mostrador para desconsuelo de Alain, que sigue asediado por los huéspedes.
—¡Otro para mí, Eva, por favor! Esto no hay quien lo resista.
Al pasar junto a uno de los agentes que trata de mantener a los curiosos lejos del escenario, la policía capta la conversación que mantiene con uno de los camareros de la cafetería que espera instrucciones.
—¡Puto balconing ! Es que no valoran la vida.
Te matas a trabajar para darles un futuro mejor y ellos se meten lo primero que pillan.
Y luego pasa lo que pasa, que se creen capaces de cualquier cosa.
—El mosso d’esquadra , que no es el primer cadáver que ve estrellado contra el suelo, prosigue—: Y ahora esos pobres padres… A saber qué se había tomado la chica…
Su interlocutor no responde. No tiene nada que añadir ni que objetar. Es joven y, a diferencia del policía, no tiene hijos. Ni miedo.
El agente se interrumpe con buen criterio al ver a Berta. La policía afila la mirada y se enfrenta a la del mosso , que la ha reconocido. Se diría que puede atravesarlo y alcanzar con ella la pared opuesta de su cráneo. Casi puede verlo temblar.
—¿No le parece que es un poco pronto para hablar así?
El hombre se traga las palabras y baja la vista.
—Disculpe. No debería haber…
—No. No debería.
Las precipitadas hipótesis del agente ejercen en Berta Maestre el efecto contrario. Aunque carece de pruebas, ella no cree que Míriam estuviera tan colocada como para pensar que podía volar o saltar sin dificultad de un balcón a otro.
Unos minutos más tarde la chica de los labios rojo sangre ha preparado los cafés. Berta, que espera en la barra, recoge dos y regresa a la mesa, mientras la eficiente empleada le lleva uno a Alain.
La policía deposita una tacita junto a las manos de Lola, que se la lleva a los labios con un suspiro.
—Menos mal. Me ha leído el pensamiento.
Andrea tiene los ojos cerrados y la respiración algo más sosegada.
Berta se sienta frente a ella y espera a que la mire mientras paladea un café intenso y todavía humeante.
Abrasivo. La policía lo toma siempre muy caliente y sin azúcar.
Le atribuye la facultad de avivar sus sentidos y de propiciar el estado de alerta.
También la de aliviar el cansancio. No todo es cierto, pero necesita creerlo.
—¿Os separasteis los cuatro en la segunda planta y…? —inquiere la policía cuando Andrea abre los ojos y la mira.
—Subimos a nuestra habitación, pero no encontramos las tarjetas para abrir.
No las teníamos. Míriam se echó a llorar como si…
, no sé, como si fuera un problema gravísimo.
Imagino que pensó en la bronca de los profesores, en que su padre se enfadaría, y seguro que pensó en su madre, que lleva mucho tiempo deprimida y llora por cualquier cosa…
No quería disgustarla. Pensó que si pedíamos otra tarjeta los profesores se enterarían de que habíamos salido y llamarían a su casa.
Y si lo hacían… Bueno, no sé qué es lo que pasa en su casa, pero sé que quería evitar problemas a toda costa.
Hace una pausa. Suspira y apura el agua del vaso.
—Yo no podía pensar con claridad, me habría tumbado a dormir allí mismo, en el pasillo.
—Así que decidió que lo mejor era intentar pasar de un balcón a otro —apunta la policía para impedir que interrumpa el relato.
Andrea afirma con un gesto mientras se muerde el labio inferior y contempla sus manos ennegrecidas por el rímel. Continúa tensa como la cuerda de un violín.
—Joel tardó en abrir. Dormían la mona. Creo que Martí no llegó ni a despertarse, no se movió. Míriam estaba segura de que podría hacerlo y la verdad es que la distancia no era grande. Parecía fácil.
Hace una pausa. Trata de rescatar un recuerdo remoto.
—Le dije que, como ya nos íbamos del instituto y eran vacaciones, aunque nos hicieran pagar la tarjeta extra quizás los profes no llamarían a casa, que podíamos hablar con Pilar, que no era tan grave…
Pensé incluso que podíamos dormir en la habitación de Joel, sobre la moqueta, no se habrían dado ni cuenta.
No sé si se lo dije o si solo lo pensé, sé que le hablé, pero no intenté detenerla. No habría servido de nada.
Se interrumpe y suspira. Se diría que está hallando cierto desahogo al hablar. Rememora los hechos en silencio, trata de ser fiel al recuerdo que conserva. Su expresión ha cambiado cuando continúa hablando. Parece otra, es otra:
—Salió y yo salí con ella. Estábamos solas. Joel había vuelto a la cama. Míriam alargó el brazo varias veces desde el balcón, comprobó que si se inclinaba hacia la derecha casi podía tocar nuestra barandilla. Estaba cerca, muy cerca. También a mí me pareció fácil.
Toma aliento antes de proseguir:
—Pasó las piernas por la barandilla, primero una, después la otra, y se sujetó al balcón desde el exterior, por fuera. Era casi como un juego.
Berta asiente.
—Me miraba y se reía, estaba feliz y borracha.
Yo también me reí. Ahora no sé qué es lo que nos hacía tanta gracia.
La situación era… No sé. Una aventura, algo que nunca habíamos hecho.
Como si no fuéramos nosotras, las buenas chicas, las que lo aprueban todo, las que no protestan, las que no dan problemas. Nunca.
—¿Y entonces?
—Entonces Míriam se inclinó a la derecha, separó una mano y la acercó a nuestro balcón. Casi lo rozaba con los dedos. Me miró riéndose. Estaba a punto de conseguirlo.
—¿Qué mano utilizó?
—La derecha, la que estaba más cerca.
—¿Y qué pasó, Andrea? ¿Por qué cayó?
La chica se aclara la voz, que otra vez se le ha llenado de lágrimas, y baja la mirada. Parece revivir el momento exacto en el que todo dejó de ser un juego.
—De pronto separó también la mano con la que se agarraba a la barandilla. Todavía no había llegado a sujetarse al balcón de nuestra habitación.
—Dices que no había nadie más con vosotras. ¿Por qué crees que lo hizo?
Andrea cierra los ojos y sacude la cabeza como si negara. Trata de alejar de su mente el instante en el que Míriam se precipitó desde el tercer piso.
—¿Pasó algo? ¿Algo la asustó? ¿Un ruido?
¿Alguien que salió al balcón? ¿Alguien la empujó?
—insiste. Se resiste a preguntar directamente si fue Andrea la que empujó a su amiga; es una posibilidad y no puede descartarla—.
Quizás fue un movimiento que no llegó a controlar, un error de cálculo.
Si los chicos dormían, solo tú puedes decirme qué pasó.
Sigue negando con la cabeza. No abre los ojos, es incapaz de continuar hablando. De nuevo se lleva la mano al corazón como para retenerlo en el pecho. Lola la acaricia y le pide que se tranquilice. Sin que nadie pueda preverlo Andrea se pone en pie y lo hace bruscamente. Lola, espantada, grita.
La policía intuye que trata de escapar, de arrancar a correr. Lola acierta a sujetar su brazo unos segundos, la retiene el tiempo suficiente para que la policía, que ha reaccionado de inmediato, le cierre el paso. Berta apoya las manos en sus hombros para disuadirla y le habla en voz muy baja:
—Entiendo que estés alterada, que estés triste, sé que estás asustada, pero tienes que decirme lo que sabes. Si no lo haces ahora, lo harás en comisaría. Debes colaborar, es tu deber. Estoy segura de que lo entiendes.
Andrea guarda silencio. No la mira.
—¿No puedes decirme qué es lo que pasó? —La policía trata de forzar el recuerdo—. Sus padres necesitarán una explicación. Yo necesito una explicación.
Aprieta los labios. No responde.
—Siéntate.
Andrea obedece.
La policía está a punto de darse por vencida.
Está cada vez más convencida de que Míriam no era una chica alocada que se había desmadrado lo suficiente como para jugarse la vida.
No pretendía lanzarse a la piscina desde el balcón, ni tampoco participaba en uno de los absurdos retos virales planteados en las redes, ni se había apostado nada.
No era una descerebrada capaz de arriesgarse por unos cuantos likes .
Tenía sus razones para hacer lo que hizo y, aunque se equivocó, tomó algunas precauciones antes de aventurarse a pasar de un balcón a otro, pensó que podía hacerlo.
Y es verdad que es un disparate, una temeridad, pero la distancia permite pasar de un balcón a otro sin dejar de sujetarse a una barandilla.
Sospecha que Andrea podría añadir alguna cosa, algún detalle más, pero también sabe que, por el momento, no le sacará nada.
La chica no ha vuelto a mirarla y sigue negando obstinadamente.
La pregunta se ha extinguido, pero no su negativa.
Parece determinada a callar lo que sabe, si es que sabe algo.
Berta, que ha vuelto a sentarse frente a la chica, levanta la mirada y advierte la presencia de Marcos Gutiérrez en la cafetería.
Sostiene una botella de agua en una mano y arranca una servilleta de papel del servilletero con la mano libre.
Berta observa que jadea y que retira el sudor de su calva con la servilleta.
Con un gesto la policía le pide que se acerque.
Marcos se aproxima a la mesa en la que Andrea ha vuelto a esconder el rostro entre los brazos desnudos y solloza. Guti, así le llaman los que le tratan a menudo, parece algo más joven en vaqueros y camiseta. Se inclina y le susurra algo al oído.
—Gracias, Marcos. Quizás me sirva de algo. Andrea, mírame —ordena. Y su voz podría cortar el hierro frío.
La chica levanta la vista. Su rostro se ha desbaratado.
Marcos Gutiérrez ha desaparecido.
—En vuestra habitación solo han encontrado una de las tarjetas de apertura de la puerta.