La caída 28 de junio de 2025 740 a. m.
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28 de junio de 2025 740 a. m.

El agente al que envió en busca de los dos chicos alemanes le hace señas desde el umbral de la cafetería.

Le acompañan dos jóvenes altos de cabello pajizo, ojos claros y aspecto asustado que parecen parientes entre sí y una mujer de larga melena blanca que calza zuecos y viste una llamativa túnica anaranjada que le llega hasta los pies y que no logra disimular unos pechos extraordinariamente grandes.

—Es una de sus profesoras, dice que habla español.

Por fin un golpe de suerte.

Berta los invita a sentarse en una mesa aireada cercana a la puerta que comunica con la terraza.

Los dos chicos lo hacen muy juntos, a la izquierda de la mujer.

La profesora, que se expresa con toda corrección, dice llamarse Sabine y le informa de que los chicos son primos y añade que son buena gente.

Buenos alumnos. Chicos que nunca han dado problemas.

Se dirigieron a ella al ver desde su balcón lo que había ocurrido y explica lo que han dicho.

Berta comprueba que coincide exactamente con lo declarado por Andrea.

Las esperaron en la playa, bebieron, se besaron, se acariciaron, rieron…

Siguieron bebiendo cerveza hasta que ellas decidieron regresar.

Salieron y entraron al hotel por separado para no llamar la atención.

Primero ellas en ambos casos, después Jonas y Sven.

Se despidieron en el pasillo del segundo piso a eso de las cuatro de la madrugada.

Habían quedado en el vestíbulo a las once. Ellos no se van hasta el lunes.

Mientras la mujer habla, Jonas asiente, aunque difícilmente puede asegurar que sus palabras se corresponden con lo que le han explicado pocos minutos antes.

Confía en ella. Un mechón le tapa el ojo derecho y el joven inclina la cabeza a un lado para ver mejor.

Una sombra rubia empaña su labio superior.

Sven, a su lado, parece petrificado. No pierde de vista el rostro de la policía.

Trata de comprender por sus gestos lo que la mujer está pensando.

Berta advierte que se ha mordido las uñas hasta las cutículas.

—Cuando regresemos tomaremos medidas —asegura la profesora—. Ellos no debían volver a salir. Siento mucho lo que ha pasado, pero por lo que sé, no creo que sean responsables…

—De momento necesitaré sus datos —advierte la policía.

—Desde luego.

A pocos pasos, las palomas, ahuyentadas momentáneamente por la presencia de los policías, han regresado a la terraza y zurean junto a las sillas y bajo las mesas. Sven es el primero en ponerse en pie y observa con un escalofrío que una de ellas se ha acercado a la sangre.