La caída 28 de junio de 2025 722 a. m.
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28 de junio de 2025 722 a. m.

En el escenario iluminado todavía por los focos, los técnicos comienzan a recoger el instrumental.

Proceden lenta y sistemáticamente. Berta daría algo por poder examinar ya personalmente el teléfono móvil que ha desaparecido de la vista y que será custodiado por la policía judicial para su análisis.

A menudo la rigurosidad del procedimiento dificulta su trabajo y su lentitud consigue desesperarla.

Tras haber fotografiado cada detalle, han vuelto a cubrir el cuerpo de Míriam con la lámina dorada.

Asoman en un extremo los dedos de su mano, también parte de la sangre que Berta recuerda encharcada en el suelo rugoso junto a su cabeza.

Las uñas pintadas de color vino le permiten presuponer cuál era el vestido que Míriam había lucido en la pista la noche anterior. Anota.

Sabe que no tardarán en retirar el cadáver y espera que lo hagan antes de que llegue la familia.

La ambulancia sigue en el exterior y los dos sanitarios aguardan sentados en el suelo de la terraza y apoyados en el muro que la separa de la calle.

Uno de ellos dormita con la cabeza vencida sobre el pecho.

Junto a él, su compañero tiene los ojos entornados y en los oídos auriculares inalámbricos. Esperan órdenes.

Berta Maestre se dirige al responsable de la policía judicial, que acaba de ordenar que retiren los focos.

Ha clareado y en el cielo se distinguen algunas nubes ligeras, translúcidas como velos tendidos.

Desaparece la iluminación en un instante, también parte del atrezo.

El escenario pierde la similitud con el rodaje de una serie.

Ya no destaca casi irreal y fantasmagórico como en la noche cerrada.

Berta y Marcos Gutiérrez se conocen. Han coincidido antes muchas veces.

Se respetan. Cruzan unas palabras, muy pocas; bastan para entenderse.

El hombre acarrea un evidente sobrepeso y resopla al moverse.

Detesta el verano. Asegura que empieza demasiado pronto y no acaba nunca.

Su calva brilla cuando descubre su cabeza con una imprecación mientras comprueba de reojo que apenas hay nubes sobre las cabezas.

—¡Dichoso sol de las narices!

Embutido todavía en el mono blanco parece un astronauta escaso de presupuesto y de oxígeno. Berta sonríe. No se atreve a imaginar a Gutiérrez pocas horas después a 33 o 34 grados a la sombra.

—Te llamo en cuanto sepa alguna cosa —promete antes de alejarse malhumorado acarreando un maletín blanco—. Pero no será hoy, no esperes milagros. Con las habitaciones, aún tengo aquí para rato.

Berta regresa a la cafetería. Advierte que Andrea ha levantado la cabeza y que sigue todos sus movimientos.

Observa que tiene el rostro enrojecido, que el rímel y la sombra de ojos han ido a parar a sus manos y que sigue respirando con dificultad.

La chica aparta la vista de inmediato, no necesariamente porque tenga algo que ocultar.

A su lado Lola le ofrece un vaso de agua que rechaza de nuevo con los ojos cerrados y los labios fruncidos.

No entiende por qué insisten. Parecen no comprender que no tiene sed.

La policía se aproxima, retira una silla y se sienta. No puede esperar más.

—Tengo que hacerte unas preguntas.

Andrea no la mira. Lola se apoya en la mesa para ponerse en pie.

—¿Puede usted quedarse? —se dirige a la profesora. Lola es una presencia amable, apaciguadora, y sabe que quizás la necesitará si la chica se altera.

La veterana profesora asiente y no abandona su silla.

—Los demás pueden irse. Usted también.

El director, que acaba de acercarse, se aleja desairado.

No entiende por qué lo ha retenido durante tanto tiempo si no necesitaba su testimonio.

Era evidente que él no podía aportar nada.

Sospecha que la policía quería evitar que tomara el mando de la situación.

También se retiran los dos profesores cuya presencia no es requerida.

En el vestíbulo aguardan algunos alumnos rodeados de maletas de todos los tamaños y colores que se disponen a abandonar el hotel y un puñado de adultos que pretenden ser informados de lo que acontece.

El recepcionista, que espera poder irse y dejar atrás una noche infernal, se arma de valor y pregunta:

—¿A casa? Yo he terminado mi turno.

—Sí, pero no apague el móvil, podemos necesitarlo. Y más adelante tendrá que firmar su declaración.

Armando Armesto asiente y se aleja. Andrea, con la mirada baja, sigue ignorando a la policía. La profesora mantiene la mano en su espalda y susurra su nombre:

—Necesita hablar contigo, Andrea. Es su trabajo. Ha de saber qué pasó y cómo pasó.

La chica parpadea repetidamente con las manos arropando sus antebrazos, parece sentir frío.

No reacciona. Tiene los ojos tan enrojecidos que se diría que de las comisuras está a punto de manar sangre.

Trata de ignorar las palabras de Lola, que insiste en que debe hablar con la policía.

Berta reprime el deseo de levantar la voz, de agarrarla por los hombros y de sacudirla hasta lograr que hable.

No lo hace. Buena parte de su oficio consiste en controlar los impulsos. Lo ha aprendido con el tiempo.

—Andrea, no podemos esperar más. Los padres de Míriam no tardarán en llegar y necesitan respuestas.

—El tono de sus palabras es firme, taxativo—.

Los periodistas estarán aquí dentro de nada.

Preguntarán, imaginarán, añadirán lo que les parezca, pueden publicar barbaridades.

Necesito que respondas, necesito la verdad.

Te aseguro que si pudiera… —No acaba la frase.

Ni ella misma sabe qué es lo que haría con su vida si pudiera alterar las consecuencias de sus palabras y de sus actos. Son tantas las ocasiones en las que debería haber actuado de otra manera, en las que una mención, un solo gesto podría haber cambiado las cosas…

—Tienes que hablar conmigo ahora. Más tarde tendrás que pasar por comisaría.

La chica la mira como si la viera por primera vez. Tiene el cabello castaño, los ojos del color del chocolate y una nariz que traza una leve curva ascendente. Alguien le ha prestado un coletero y Lola le ha sujetado la melena en una cola alta que se balancea frente a su nuca con cada movimiento.

Berta decide intentarlo. Sabe que puede volver a sufrir un ataque de ansiedad en cualquier momento, pero no tiene otra salida. No hay mejor testigo que la chica con la que Míriam se encontraba justo antes de precipitarse al vacío.

—Los profesores aseguran que os dejaron en vuestra habitación a las dos de la mañana aproximadamente.

—Espera una respuesta, un gesto, alguna forma de asentimiento.

Solo obtiene un leve parpadeo que decide interpretar como una afirmación—.

¿Había pasado algo en la discoteca? ¿Algún problema?

¿Una agresión? ¿Algo que hiciera que Míriam se sintiera mal?

Niega con un gesto y una leve oscilación de su cola de caballo.

—¿Míriam estaba bien?

No hay respuesta. Solo un silencio obstinado y una mirada esquiva.

—¿Míriam estaba bien? —repite.

—Sí. Íbamos las dos un poco… Habíamos bebido, pero estábamos bien —susurra sin levantar la vista.

—¿Había tomado algo más? ¿Alguna pastilla?

Niega.

—Tengo entendido que volvisteis a salir a escondidas y que fue entonces cuando os dejasteis las tarjetas en la habitación.

Andrea Ventura frunce los labios. No contesta. La policía prosigue, se impacienta, está harta de sobrentendidos.

—Tienes que colaborar con ella, Andrea. Tienes que explicar lo que pasó —insiste Lola sin dejar de acariciarla.

—Conocimos a unos chicos, unos chicos alemanes que también están aquí, en este hotel. Nos habíamos visto en la piscina. Habíamos hablado —susurra—. Quedamos en encontrarnos en la playa.

—¿Tuvisteis algún problema con ellos?

Niega de nuevo.

—¿Recuerdas sus nombres? Quizás necesitemos que testifiquen.

—Jonas y Sven, pero ellos no… No tienen nada que ver con… Nos bebimos un par de cervezas en la playa y…

—¿Tuvisteis relaciones?

—No, no. Nos acercamos a la orilla, jugamos con el agua, Míriam se cayó de espaldas y se mojó. Nos reímos, nos besamos, nos… —No continúa, espera que la policía comprenda que se tocaron, que se acariciaron…

Berta asiente, la incita a continuar. Recuerda los pantalones ligeramente oscurecidos por el agua de la chica muerta.

—No pasó nada más. Lo juro. Habíamos bebido bastante, ellos también. Nos reíamos por todo. Hablábamos en inglés y no entendíamos casi nada, pero reíamos. Como crías, como tontas. Ellos también.

Andrea tiene los ojos arrasados por el llanto y su mano derecha aletea a poca distancia de su boca, pero por fin parece decidida a hablar.

—Mirábamos al cielo, reíamos, estábamos muy bien… —balbucea.

Se aclara la voz y sacude la cabeza antes de continuar.

Lola retira su mano.

—Ellos trajeron unas cervezas. No entendíamos casi nada de lo que decían.

Pillábamos alguna cosa y seguíamos hablando sin sentido y besándonos.

Míriam estaba feliz y borracha, le gustó Jonas desde el primer momento, cuando lo vio en la piscina.

Él la besaba. Sven se acercó a mí y… Era divertido estar allí, en la playa. Solos. Estuvimos un buen rato.

—¿Qué pasó después?

—Nos despedimos en el segundo piso. Ellos duermen allí. Míriam tiene… —Se corrige y palmea la mesa con la mano. La rabia se suma al llanto. No sabe cómo debe hablar de la amiga muerta. Se interrumpe y se concentra en respirar. Le falta el aire.

Berta teme que se bloquee. Cuando un par de minutos después reanuda el relato, lo hace como si se dirigiera a sus manos, que ha entrelazado para sujetarlas, para que no escapen:

—Míriam anotó sus teléfonos en el móvil por si un día íbamos a Hamburgo. Pensábamos despedirnos de ellos antes de irnos.

—Jonas y Sven. Entendido. Necesitaré hablar con ellos.

Le hace una señal a un agente que monta guardia entre la terraza y la cafetería.

Le ordena que averigüe en qué habitación se alojan y que los haga bajar junto a alguno de sus profesores y a alguien que pueda traducir para evitar malentendidos.

El policía se dirige al mostrador de recepción en el que Armando ha sido sustituido por el joven Alain Recarte, que trata en vano de controlar la situación.

Hace lo que puede, pero no conoce las respuestas a tanta pregunta.

—Quisiera que nadie supiera que estuvimos con ellos —ruega Andrea y por primera vez mira a la policía directamente a los ojos.

—Si la jueza decreta secreto de sumario quizás la policía no lo haga público, pero yo no confiaría.

Es posible que no lleguen a conocerse sus nombres, depende de muchas variables que no podemos controlar, pero no sabemos hasta dónde llegará la prensa.

—No quiere mentirle. No puede prometer algo que no está en su mano—.

Has de pensar que, a estas alturas, no solo los chicos de la habitación de al lado, sino también todos los que viajaban con vosotras ya deben de saber que volvisteis a salir.

—No es por ellos —susurra y, a su lado, Lola asiente. Conoce a Andrea y ha podido adivinar el motivo de su preocupación.

El llanto arrecia y Andrea oculta la cabeza entre sus brazos como si de repente todo acabara de empeorar, como si no pudiera soportar más dolor. Los espasmos se apoderan de su cuerpo.

—Creo que sale con Eduardo Lasarte, un chico del instituto que no ha podido venir —susurra Lola—. Hace años que van juntos.

—Lo comprendo —asegura Berta. Y es cierto.

En el cielo, el sol en ascenso ha barrido las últimas sombras.

A pocos metros el cuerpo de Míriam es introducido en la ambulancia y los curiosos se apartan de los balcones y desaparecen en el interior de sus habitaciones.

En el vestíbulo un escándalo de voces exige saber qué está pasando.

Los empleados se las ven y se las desean para mantener a raya a los huéspedes que esgrimen su derecho a la información y a desayunar en la cafetería.

El director ha decidido encerrarse en su despacho hasta que el griterío amaine.

Berta se aleja de la mesa en la que Andrea respira de nuevo con mucha dificultad, se acerca a la doctora que revisa su móvil apoyada en un muro a la espera de que la ambulancia abandone el hotel.

La policía le pide ayuda y la doctora se acerca a la mesa en la que la chica, con la mano sobre las costillas, parece a punto de desmayarse.

—Toma. La necesitas. —Le tiende una pastilla.

Lola le aproxima de nuevo el vaso de agua.

—Te ayudará a superar la ansiedad y te sentirás mejor —afirma la doctora.

Andrea acepta la diminuta pastilla amarilla que la mujer le ha dado acompañada de una sonrisa.

La reconoce. Diazepam. No es la primera vez.

De vez en cuando hurta alguna de aquellas pastillas que la tranquilizan.

Sobre todo cuando se ha peleado con Edu o con su hermana Adriana, que se niega a usar auriculares para escuchar la mierda de música que le gusta.

Adriana consigue sacarla de sus casillas, no comprende que necesita silencio para estudiar.

Conseguirlas no es difícil, su madre las ingiere a diario. Jura que no podría vivir sin ellas.

La policía suspira. Apenas ha avanzado. A ella tampoco le vendría mal una pastilla, piensa y se aleja a buen paso mientras la doctora desaparece en el vehículo que acaba de tragarse el cuerpo de Míriam.