La caída 28 de junio de 2025 634 a. m.
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28 de junio de 2025 634 a. m.

Mientras Berta Maestre se dispone a hablar con el portero de noche, Miquel Cardona releva a Pilar en el doloroso trance de comunicar malas noticias.

Es él quien llama a la directora del instituto.

También Elena Estruga duerme todavía cuando su móvil se ilumina y suena en la mesita junto a su cama; todavía faltan unas horas para el último claustro.

Es el punto final para un curso complicado en el que se han sucedido las dificultades de todo tipo: desde unos padres airados que amenazaron a un profesor con utilizar la fuerza física, hasta los problemas estructurales de un edificio que se cae de viejo, pasando por la aparición de imágenes manipuladas mediante inteligencia artificial y subidas a las redes sociales con el propósito de vejar a una alumna.

No lo ha comunicado a su equipo, pero ha decidido no presentarse a la reelección dentro de dos años.

Necesita descansar, dedicar el mes de julio a preparar el nuevo curso y hacerlo sin interrupciones constantes ni visitas inesperadas. Lo necesita como el aire que respira con esfuerzo al despertar sobresaltada por la melodía el móvil.

Miquel le explica lo ocurrido en pocas palabras.

—¿Elena? ¿Estás ahí? ¿Me oyes?

Incapaz todavía de formular las preguntas pertinentes, la directora del centro asiente sin advertir que su interlocutor no puede verla.

Aturdida, Elena Estruga no puede creer lo que está oyendo y apenas acierta a hablar.

Conoce a Míriam. La recuerda perfectamente, también a su familia.

Como alumna nunca ha dado un problema, no se ha metido en líos ni ha planteado dilemas.

Desea con todas sus fuerzas que se trate de una pesadilla, de un mal despertar, pero sabe que no lo es.

El corazón, desbocado, le golpea las costillas, parece a punto de escapar de su cuerpo.

Elena se lleva una mano al pecho como si así pudiera retenerlo.

—¿Elena? ¿Estás ahí?

—Sí, Miquel. Pero no sé… Me cuesta tanto creerlo. Dices que Míriam, precisamente Míriam García, ha caído desde un balcón. Es que no puedo imaginar…

—Nadie podía esperarlo, pero es lo que ha pasado, Elena.

Y ahora toca prepararse. La policía nos aconseja que nos blindemos, que no hagamos declaraciones.

Dice que no tardarán en llegar los primeros periodistas al instituto, que querrán detalles, que insistirán en hablar con cualquiera y que no todo lo que publiquen será cierto; por eso es mejor que tomes precauciones.

Imagino que también llegará pronto el inspector o alguien del Departament d’Educació. Quizás puedas pedirles ayuda.

—Lo entiendo, Miquel. Gracias. Pero no sé…

La muerte de una alumna durante un viaje propiciado por el centro es…

, es algo… No sé, es terrible, escalofriante.

De alguna manera somos… —No continúa. No es necesario.

El profesor entiende que alude a la responsabilidad del centro y de los profesores acompañantes.

—Los dejamos a todos en sus habitaciones y a salvo.

Te lo puedo asegurar. Míriam y Andrea estaban a salvo en su habitación a las dos de la madrugada.

Andrea lo sabe, también los chicos, Joel y Martí.

No hemos sido negligentes; por eso no debes preocuparte.

No podíamos prever que volverían a salir ni que…

—Lo sé, Miquel. Lo imagino, no lo dudo, pero necesito pensar.

Hablaré con Viñales. Dentro de nada empezará el claustro.

Tendremos que informar a los profesores.

Casi todos conocen a Míriam, cursó aquí toda la ESO y el bachillerato.

Y el que no la ha tenido en clase conoce a su hermano, a Xavier. Es..., es… —No encuentra las palabras.

Miquel se despide de ella y le promete mantenerla informada. También él confía en el criterio del jefe de estudios, Carlos Viñales.

Casi en el mismo momento, Berta se pone en pie.

La conversación con el portero ha acabado.

Sus palabras encajan sin fisuras con lo explicado anteriormente por los chicos.

La secuencia es la misma. A la pregunta de si las vio entrar y salir y a qué hora aproximadamente, Armesto ha respondido como era de esperar.

Asegura que durante toda la madrugada entran y salen chicos y chicas acompañados o no de sus profesores y que a menudo lo hacen en diferentes estados de embriaguez.

No forma parte de sus obligaciones hacer comprobaciones ni retener a nadie.

Además de varias parejas y de algunas familias, hay tres institutos alojados en el hotel y son muchos los alumnos que pretenden alargar la fiesta.

Probablemente las vio salir, pero no puede distinguirlas de las treinta o cuarenta chicas de la misma edad que duermen en el hotel. Es imposible.

—Pasan aquí dos o tres noches. No recuerdo sus caras. No las distingo a unas de otras. Llegan y desaparecen.

El hombre no parece saber nada más.

La policía observa a Andrea, que sigue sollozando con el rostro escondido entre sus brazos y cuyo cuerpo experimenta leves sacudidas, como espasmos.

Es ella la que puede aportar la información que precisa, pero la experiencia le indica que todavía es demasiado pronto para hablar con la chica, que sigue muy alterada. No sacará nada en claro.

—Acompáñeme. ¿Puede usted abrir todas las habitaciones?

Armesto se pone en pie y responde que sí.

—Pero debe decirme qué habitaciones debo abrir.

—Quiero ver el balcón desde el que cayó, es el de los dos alumnos que han hablado conmigo. También quiero ver la habitación de las chicas.

Armesto asiente. Se aleja y regresa pocos minutos después.

Se dirigen ambos a los ascensores para subir hasta el tercer piso.

El director aprovecha la ausencia de la policía y abandona la cafetería para tratar en vano de poner orden en el caos.

En el vestíbulo los empleados aguardan instrucciones, mientras algunos de los huéspedes reclaman ser informados de lo ocurrido y otros siguen esperando, contra la información recibida, a que se reanude el servicio de desayuno.

En la tercera planta varios grupos de jóvenes comparten información apiñados en el estrecho corredor; son sin duda compañeros de Míriam.

Martí y Joel, involuntarios protagonistas de los hechos, se han unido a ellos.

Ambos visten ahora bermudas y calzan deportivas.

Parecen mayores. La vestimenta aporta confianza.

Una chica con un mechón azul sobre los ojos llora apoyada en la pared.

Cuando advierten la presencia de la policía en la puerta del ascensor se separan y dejan un pasillo por el que pueda llegar a las habitaciones.

Martí endereza su postura, siempre algo encorvada, y la mira como si se preparara para el pase de revista.

Berta comprueba que poco a poco se desvanece la mirada vidriosa por el alcohol.

—Entrad conmigo. Los demás, a vuestras habitaciones.

Un par de puertas engullen a la docena de alumnos que charlaban en el pasillo. Berta no ignora que seguirán elaborando hipótesis sobre las causas de la caída. Le gustaría poder oírlas. No importa que no hayan regresado a las habitaciones asignadas, solo necesita que desaparezcan de su vista.

El cuarto en el que entra es un desmadre de bañadores, toallas, chanclas, camisetas arrugadas, productos de aseo…

Como si sus ocupantes hubieran vaciado sobre el suelo no solo el contenido de sus maletas, sino también el de sus neceseres e incluso el de sus bolsillos o los cajones de los escritorios. Es evidente que no han tocado nada.

Atraviesa la pieza tratando de no pisar nada que pueda crujir o reventar.

Sale al balcón, en el que una luz encendida sobre la puerta deslizante le permite advertir las dos sillas, testigos mudos de un drama que acaba de empezar.

Alguien encajó una sobre otra para ampliar el espacio libre.

Observa que dos grandes toallas de playa, ambas con motivos marineros, permanecen colgadas de la barandilla, muy cerca de las sillas apiladas en el extremo opuesto al que Míriam utilizó para aproximarse al balcón vecino.

Debe cerciorarse. No puede dejar nada al azar.

—¿Son vuestras? —Señala las toallas que parecen esperar la salida del sol.

Joel asiente.

La policía observa que muy lejos, sobre el mar, apuntan ya las primeras luces del alba.

Es apenas un resplandor mortecino. En otras circunstancias se detendría a contemplar cómo el cielo vira lentamente a morado para dar paso minutos después a jirones de color violeta y, por fin, a un naranja intenso veteado de rosa.

Todo un espectáculo. Una mujer que padece insomnio crónico y que raramente se levanta más tarde de las cinco de la madrugada ha aprendido a valorar el hecho de vivir en una población costera.

Aprecia esos amaneceres abiertos, fascinantes, irrepetibles, que consigue ver desde su piso en cuarta o quinta línea de mar.

Una vivienda con un pequeño balcón esquinero desde el que vislumbra un trozo de playa.

Adora los días como el que despunta, en los que el mar, plácido, manso, parece una gran charca que cambia de color en sintonía con el cielo.

También ella tiene una silla en el balcón.

—¿Quién encendió la luz? —pregunta señalando con la mirada un discreto foco situado sobre la puerta deslizante a poca distancia de sus cabezas.

—No estoy seguro. Quizás fue Míriam. O Andrea. No lo sé. O a lo mejor nos la dejamos encendida nosotros —responde Joel, y repite—: No lo sé.

Martí niega. Tampoco lo recuerda.

—¿Y quién apiló las sillas?

—Ese fue Martí. Después de comer intentó echarse una siesta en el balcón, sobre las toallas. Quería… Ya sabe. Ponerse moreno.

Berta, de piel muy blanca, cierra los ojos y resopla.

También Martí tiene la tez pálida, de las que enrojecen y se inflaman sin virar nunca al ansiado bronceado, una de esas pieles que acaban por dar problemas graves si no las cuidas.

«Por fortuna, en muchos casos la estupidez se cura con el tiempo», piensa.

Berta se gira y mira en dirección a la habitación de las chicas.

Comprueba que apenas unos ochenta o noventa centímetros separan los balcones.

No parece difícil salvar la separación, aunque es evidente que entraña cierto riesgo.

Pero bastaría con inclinarse desde la esquina y extender el brazo para alcanzar la barandilla vecina.

Desde el interior del balcón donde está, Berta comprueba que casi puede tocar con la punta de los dedos el pretil del balcón de las chicas.

Le falta un palmo aproximadamente. Imagina que Míriam lo intentó desde el exterior, porque eso le permitiría inclinarse y acercarse algo más para lograr sujetarse a la barandilla vecina.

—¿Sabrías decirme cuánto mide Míriam?

—¿Cuánto medía? —la corrige Joel involuntariamente—. Creo que más o menos como yo —afirma Joel, y Berta calcula una altura de un metro setenta y pocos centímetros—. Quizás algo menos.

—Habéis dicho que no salisteis al balcón. ¿No puedes decirme nada más?

—No. Solo que Andrea estaba ahí, donde está usted, cerca de la esquina, cuando empezó a gritar.

—Está bien. —Y antes de regresar al caos que impera en el interior, fotografía los balcones desde diferentes ángulos y toma notas en su cuaderno—. No toquéis nada —les advierte.

Joel cabecea en sentido afirmativo. Martí continúa mudo, aunque se ha librado del embotamiento que produce la resaca y ya no parece abstraído, solo triste y asustado.

En el pasillo la puerta de una de las habitaciones se abre. A través de una rendija alguien sigue los movimientos de la policía.

Armesto la espera en el umbral con el duplicado de la otra tarjeta y le franquea la entrada al cuarto de las chicas.

La luz, que debería apagarse al abandonar la habitación y extraer la lámina de plástico, permanece encendida.

Berta Maestre comprueba que en el dispositivo que permite la iluminación de la pieza sigue encajada una de las tarjetas de apertura de la puerta.

Probablemente la olvidaron allí con las prisas por escaparse.

Sobre sus camas respectivas las maletas abiertas y los vestidos arrugados que utilizaron para ir a la discoteca.

Ambos cortos y de tirantes. Uno negro y ligeramente brillante, como de raso; el otro color burdeos.

En una de ellas un bolso abierto. Es diminuto y acharolado, un bolso de fiesta.

En su interior el DNI de Andrea, un pintalabios y dos billetes de poco valor.

En el suelo un par de deportivas de plataforma y unas sandalias negras con un tacón con el que Berta no conseguiría dar un paso.

Resulta evidente que ambas se cambiaron de ropa y se pusieron calzado más cómodo, tal vez para acercarse a la playa.

Y, a pesar de que el desorden es llamativo, nada comparable con lo que acaba de ver al otro lado del tabique.

En el lavabo, sombras de ojos, pintalabios, rímel, bases de maquillaje.

Mezclados, y probablemente compartidos, los cosméticos de ambas.

La policía observa cada objeto, cada prenda, examina el interior de la maleta en la que apenas queda nada, destapa la cama, comprueba entre las sábanas. Fotografía algunas cosas. Parece contrariada.

El recepcionista de noche, varado junto a la puerta, controla el deseo de preguntar. No debe hacerlo. Sin embargo, es evidente que la policía busca alguna cosa. También lo es que, acabado el registro, no la ha encontrado.

Se asoma al balcón. De nuevo captura alguna imagen. Advierte que el cielo es casi púrpura. Bellísimo. Fascinante. Suspira antes de entrar de nuevo en la habitación. Anota sus observaciones y guarda el cuaderno en el bolso.

—Podemos irnos.

En el cielo, sobre las cabezas, el morado es derrotado por un violeta intenso.