28 de junio de 2025 612 a. m.
El director del hotel ha prendido un cigarrillo y espera en un rincón de la terraza para hablar con la mujer policía que se obstina en retenerlo.
No tiene nada que decir. Nada. Ambos lo saben.
Y sin embargo, allí está, aguardando a que se digne a hablar con él.
Cuando la chica se estampó contra el suelo, él dormía en el sofá de su piso de recién divorciado.
Una serie de televisión lo había mantenido despierto hasta más allá de la medianoche y no se había molestado en ir hasta su cama.
Hace días que pasa las noches en el sofá junto al ventanal abierto y un par de latas vacías de cerveza.
Si algo tiene de bueno perder de vista a una esposa como la suya, es que nadie le dice ya lo que debe o no debe hacer.
Para eso están, al parecer, las mujeres policía.
Se lo ha dicho en cada ocasión, que solo sabe lo que el portero de noche le ha explicado, pero Berta Maestre no escucha. Como hablarle a una pared.
De vez en cuando Mercader se acerca a los expertos que analizan el escenario y les ruega que se limiten al espacio pavimentado para no dañar la estrecha franja de césped que sobrevive a duras penas entre la piscina y las últimas mesas.
Los empleados que se ocupan del bufé del desayuno acaban de llegar y se disponen a hornear la bollería, a freír salchichas, a preparar las bandejas de embutidos y a llenar de zumo las grandes jarras de cristal.
Observan con asombro que en el vestíbulo no cabe más gente y que la cafetería está iluminada y algunas de las mesas ocupadas.
Advierten la presencia de policías de uniforme y tratan de averiguar qué ha pasado.
Berta envía a un agente que les sale al paso y les comunica que no pueden entrar, que la cafetería permanecerá cerrada durante toda la mañana. Queda suspendido el servicio de desayuno.
Quieren saber. Protestan. Siguen durante unos minutos en el umbral. Desde el interior el portero de noche señala la terraza y se encoge de hombros. No tardarán en averiguar lo que ha ocurrido.
Mercader observa la escena a través de las cristaleras y, tras aplastar el cigarrillo en una de las grandes macetas que flanquean la entrada a la cafetería desde la piscina, irrumpe y se enfrenta a la policía como lo haría a uno de sus empleados.
En el mismo tono altanero, con la misma actitud arrogante del que se rebaja a tratar con un inferior. Gallea.
—Usted no puede ordenar que se vayan. Son mis empleados. Yo dirijo este hotel y usted no puede hacer que…
—Sí puedo. Se lo aseguro —afirma Berta sin elevar la voz—.
Y lo mejor para todos, pero especialmente para usted, es que ordene colocar un letrero en la puerta lo antes posible.
Ya sabe, lo de siempre: «Por causas ajenas a nuestra voluntad», etcétera.
¡Ah! Y si pone usted dificultades, también puedo ordenar que desalojen temporalmente el hotel.
Solo unas horas, hasta que despejemos el escenario. Usted decide.
—Pero podríamos buscar otro sitio para sus interrogatorios.
No necesariamente tienen que estar aquí.
Puede utilizar mi despacho o alguna de las salas de reuniones.
Este hotel tiene… —También él ha bajado la voz y ha suavizado la expresión.
Está a punto de unir las palmas a la altura del pecho para rogar una gracia—.
Encontraré un lugar más discreto para que pueda usted seguir con lo suyo.
—Quizás no lo haya pensado, pero debería.
Usted es el director, yo solo soy policía.
—En sus palabras no cabe más sarcasmo—. Desde aquí, desde la cafetería, se domina la terraza y el cadáver de esa chica tardará todavía en ser retirado.
No creo que le interesen más imágenes de las que ya deben de correr por las redes.
Está irritada. Suspira. No soporta al sujeto presuntuoso que insiste en recuperar la normalidad a toda costa. ¿Normalidad? Como si algo parecido fuera posible.
—No, no permitiré que esto sea un espectáculo para todos los públicos —insiste—. De hecho ya lo es, pero haré cuanto esté en mi mano para que no se convierta en un circo.
A Berta el papel que Pilar ha dejado sobre la mesa le quema los dedos. No pueden esperar más. Hace una pausa para tomar aliento antes de proseguir mientras busca a la profesora con la mirada y le indica que se acerque. Les corresponde una dura tarea.
Sin embargo, no hay compasión para los estúpidos. No la encuentra para Mercader.
—Pues, sinceramente, no le entiendo. A usted, más que a nadie, no le conviene que los clientes sigan cada movimiento de la policía ni que asistan en vivo y en directo al levantamiento del cadáver desde sus mesas mientras acaban con las salchichas del bufé y se hacen selfis con un fondo de CSI . ¿Me explico o le hago un croquis?
Mercader calla. Aparta la mirada de la de la policía.
No puede sostenerla más. Sus ojos son como clavos.
Se aleja y se dirige a una de las empleadas que sigue en el umbral de la cafetería esperando instrucciones.
Le ordena que imprima los carteles oportunos y que los cuelgue también en el interior de los ascensores.
—Mejor que no se acerquen aquí. Dos de vosotros quedaos en el vestíbulo ayudando a los Mossos d’Esquadra. Que no pasen. ¿Me oyes? No deis explicaciones. No sabéis nada.
La joven se encoge de hombros. Qué explicaciones podrían dar. Ni ella ni los empleados que acaban de llegar saben nada.
—¡Ah! Y después te vas a la recepción hasta que llegue Alain.
Pides disculpas a los clientes y dices que estudiaremos reembolsar el dinero correspondiente al desayuno.
Pero no te comprometas a nada, ¿me oyes?
A nada. Lo estudiaremos. No sé si estamos obligados.
Haremos lo que determine la ley. ¿Entendido?
La joven asiente y se aleja. Sonríe. Ignora todavía qué ha pasado, solo sabe que la rutina ha saltado por los aires. Hoy no preparará bandejas de queso, ni freirá el beicon que apesta, ni explicará cómo funciona la máquina de café.
Mercader cierra los ojos y resopla. A las puertas de la temporada de verano, la mejor en una población costera, algo así es una catástrofe. Una hecatombe.
—¡Mierda!
Pilar se acerca. Sus compañeros la miran.
Intuyen lo que va a hacer. Ninguno de ellos querría estar en su piel.
Lola aplasta una servilleta de papel entre los dedos.
Solloza. Andrea ha hundido la cabeza entre los brazos desnudos que descansan sobre la mesa.
Alguien le ha preparado una infusión que no ha probado.
Respira mejor, el ataque de ansiedad ha pasado, pero toda ella se sacude levemente; resultan evidentes los espasmos del llanto.
Berta se dirige al mostrador de la cafetería y busca la abertura que conduce a la cocina vacía.
Pilar la sigue. No hace preguntas. Necesitan silencio y escapar de las miradas, de todas.
La policía marca un número de móvil y, mientras espera que alguien responda a la llamada, toma aire como si fuera a lanzarse a un estanque de aguas gélidas. Probablemente le resultaría más fácil.
Pilar ha cerrado los ojos. Tiembla.
La voz masculina que responde es destemplada, la voz de alguien que dormía y al que el timbre ha sobresaltado.
La policía se identifica. De inmediato, sin apenas un segundo de demora, la voz se eleva, su propietario, el padre de Míriam, ha sacado sus propias conclusiones. Sabe que Xavier, su hijo, duerme al otro lado del tabique.
Grita:
—¿Dónde está mi hija? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué me llama la policía?
Berta se dispone a dar las primeras explicaciones.
Alterado, descompuesto, fuera de sí, Santiago García grita más, necesita saber:
—¿Qué le ha pasado a Míriam? ¿Qué le ha pasado? ¿Dónde está? ¿Está ahí con usted? Quiero hablar con mi hija.
Berta le habla de un accidente fatal, de una caída desde un balcón con resultado de muerte y de que todavía se desconocen las circunstancias en las que se produjo.
Todos los protocolos aconsejan no esconder la información que se posee.
No dar esperanzas cuando no existen. Sabe que es lo mejor, pero no es lo más fácil.
El hombre respira con dificultad. Puede oír cómo jadea.
Los primeros sollozos interrumpen sus palabras.
Junto a la de su interlocutor, aparece una voz rota, quebrada por el espanto, probablemente es la de la madre de Míriam.
Desconoce lo ocurrido, pero por la expresión devastada de su esposo, por sus ojos desorbitados, por su gesto roto, intuye que Míriam ha muerto. No le cabe duda.
Niega a gritos. Obstinada. Torpe. Niega.
—No. No. No. Mi hija. Mi hija, no. Dime que no, Santiago. Dime que no, dime que está bien, por favor. Míriam, no. Ella no puede…
El padre de la chica apenas acierta a hablar, las palabras anegadas por las lágrimas y el horror no despegan de sus labios.
Nada de cuanto trata de decir resulta inteligible.
Solo logra arrancar un balbuceo insondable que suena a interrogación.
La mujer, a su lado, sigue gritando. El dolor supera las distancias, viaja, no se detiene ante nada, es irrefrenable e inunda hasta el último rincón de la cocina de la cafetería.
El espanto se expande como el agua turbia o el aire emponzoñado.
Pilar llora, tiembla de espanto, tampoco ella puede hablar.
Berta sí. Sigue hablando:
—Lo siento, siento mucho tener que darles tan malas noticias, pero es mi deber anunciar lo ocurrido. Necesitan estar informados y… —La policía se siente incapaz, una inepta. Está a punto de pedir perdón a los padres de la chica por su falta de pericia.
Una voz nueva y más joven, la de alguien que no llora todavía, se impone al llanto.
Alarmado por los gritos, el hermano de Míriam ha entrado en la habitación de sus padres y se ha apoderado del móvil.
Santiago no se ha resistido. Todo su cuerpo se ha destensado.
No le quedan fuerzas, han desaparecido junto a la vida de su hija.
—Por favor, ¿qué ocurre? ¿Qué le ha pasado a Míriam? Soy su hermano. Soy Xavier.
Pilar le pide el teléfono a Berta, que se lo entrega de inmediato.
Le tiembla la mano. No hay nada peor en su oficio que comunicar una muerte.
Nada. Y si el fallecido es una persona joven, el mal trago es mucho peor.
No se olvida. La profesora se arma de valor, se aclara la voz y se dirige a su alumno:
—Xavier, soy Pilar, Pilar Sopeña. Tu hermana ha tenido un accidente.
Explica lo ocurrido en pocas palabras. El chico escucha, la deja hablar. No tiene preguntas. Antes de interrumpir la conversación, le da las gracias.
—Prepárese, Pilar. Estarán aquí en un par de horas —asegura la policía.
Pilar se apoya en una de las mesas de la cocina. Lo peor está por llegar.