28 de junio de 2025 534 a. m.
Berta Maestre se lleva la mano al bolsillo trasero de los vaqueros. El móvil apenas ha sonado, nadie ha podido oírlo.
—Esperadme aquí. No os mováis —ordena a los chicos, que retiran ya las sillas para sentarse—. No tardo nada.
Y así es. Solo necesita un par de minutos para asentir y comentar algo en voz muy baja antes de interrumpir la conversación y regresar junto a ellos.
Martí Sales y Joel Bermúdez siguen cada gesto, cada mueca.
Observan que Berta Maestre tiene la piel de un blanco levemente rosado y que todos sus movimientos, incluso el más leve, son firmes, irradian determinación y una forma infusa de autoridad.
En contraste, ambos tienen la piel enrojecida por el sol, cara de sueño, y lamentan seguir medio desnudos en su presencia arrastrando los efectos del alcohol consumido la noche anterior.
—Bien. Necesito que contestéis unas preguntas.
La miran sin pestañear, como si atendieran en clase a una profesora especialmente exigente.
—Corregidme si me equivoco. Os alojáis en la habitación de al lado, la más cercana a la de la chica muerta.
Asienten. Martí, encogido como si estuviera a punto de recibir un latigazo, esconde brazos y piernas bajo la mesa. Daría algo por tener unos bolsillos en los que ocultar sus manos. Si pudiera, escondería todo su cuerpo, del que no se siente nada orgulloso. El sobrepeso, aunque leve, le martiriza.
—Me han explicado que llegasteis a la terraza detrás de Andrea, que apenas tardasteis unos segundos.
Eso indica que habíais oído alguna cosa.
Imagino que la oísteis gritar. ¿Recordáis si las dos chicas discutían en la habitación de al lado?
¿Voces? ¿Golpes? Quizás había alguien con ellas, otra persona.
¿Recordáis algún grito, algo que dijeran?
Aunque no os lo parezca, todo puede ser importante.
—¿En la habitación de al lado? —inquiere Joel con cara de asombro—. ¿Por qué en la habitación…?
—Sí. Antes de la caída. En la habitación de las chicas —repite y eleva la voz, como si con ello tratara de vencer los efectos de la evidente resaca de los muchachos—. Quiero saber si escuchasteis algún ruido, algún grito… No sé. La gente discute, se pelea…
El silencio apenas dura unos instantes, el tiempo que Martí tarda en comprender, enderezarse y levantar la vista.
—Usted cree que Míriam se cayó desde su habitación —afirma con los ojos muy abiertos y cara de incredulidad.
Ahora es el rostro de la policía el que refleja estupefacción.
En ese momento Pilar se acerca a la mesa y deposita un papel.
Ha anotado el número de teléfono de la familia de Míriam y el del instituto.
Se ha vestido y se ha sujetado el cabello en una coleta baja; tiene mejor aspecto, pero no ha logrado mitigar las profundas marcas de expresión que acentúan la falta de sueño.
La policía ni la mira, se limita a ordenar que no se vaya, que espere cerca. La necesitará.
—¿Qué quieres decir? —Y al hablar apoya los codos sobre la mesa, se aproxima a los dos chicos y mira primero a uno, después al otro.
Martí, amedrentado, se aleja unos centímetros. Sigue con los brazos bajo la mesa, a decir verdad detesta todo protagonismo, prefiere mil veces la comodidad que proporciona sentirse invisible.
—Lo que Martí quiere decir es que Míriam cayó desde el balcón de nuestra habitación. No del de la de al lado. De la nuestra —repite Joel.
La policía observa sorprendida al chico que acaba de hablar y cuyo nombre le viene a la mente.
—Joel, ¿puedes decirme qué hacía Míriam en vuestra habitación?
—Eso me gustaría saber a mí… —Es Martí el que habla y lo hace casi en un susurro.
Cabecea. Le silban los oídos, nota un peso en la frente y siente como si tuviera la mente enfundada en corcho. La policía afila la mirada. Sus ojos son dos arpones. Los chicos no se atreven a apartar la vista.
—Vamos a empezar desde el principio y vamos a intentar aclararnos.
Y tenéis que ser muy conscientes de lo que estáis diciendo, ¿entendido?
—Hace una pausa muy breve—. Los profesores dicen que estabais todos en vuestras habitaciones hacia las dos de la madrugada.
Todos. Y que cada uno estaba en la suya.
Asienten.
—¿Qué hicisteis entonces? ¿Qué hicisteis cuando volvisteis de la discoteca?
—Nos fuimos a dormir. Habíamos bebido más de lo normal. Yo no me aguantaba en pie y Martí… Este estaba fuera de juego.
—Yo no bebo nunca y estaba peor que él. Mucho peor. No recuerdo ni cómo llegué hasta la cama. Todavía no sé… —titubea.
Lo que todavía no sabe es por qué se apuntó a un viaje que no estaba pensado para alguien como él, más aficionado a los cómics que a bailar en la pista de una discoteca.
—¿Solos?
—Sí.
—¿Podéis explicarme qué pasó? ¿Cómo pudo ser que Míriam se precipitara al vacío desde vuestra habitación?
Joel se endereza y sujeta una mano con la otra sobre la mesa como para retenerla, para que no escape a su control.
Se dispone a explicar la parte de los hechos que conoce.
Se aclara la voz. No se ha librado de la cara de susto, tampoco de un ligero temblor que sacude todo su cuerpo como si tuviera frío.
—Llamaron a la puerta varias veces. Me desperté, pero al principio no me levanté, no sabía qué pasaba y tenía la cabeza…
No sabía si estaba pasando algo o si lo estaba soñando.
No sabía ni dónde estaba y no entendía nada.
—Hace una pausa y de nuevo se aclara la voz.
Necesita un respiro—. Volvieron a llamar y alguien dijo mi nombre.
Era una voz de chica. Me llamaba y me pedía por favor que abriera la puerta.
Después dijo que era Míriam y que necesitaba entrar.
—Yo no oí nada. Ni me desperté —señala Martí.
—Me levanté y abrí. Entraron, eran Andrea y Míriam. Me explicaron que se habían dejado las tarjetas para abrir la puerta dentro de la habitación. No podían entrar y no querían bajar a la recepción.
—Pero les habrían abierto sin problema —señala la policía—. En un hotel…
—Cuando llegamos nos advirtieron de que al marcharnos nos harían pagar por cada tarjeta perdida. Aunque lo que no querían era que los profes se enteraran.
—¿De qué? ¿De qué no debían enterarse? A ver, tenían las tarjetas a las dos de la madrugada, porque vuestra profesora dice que comprobó que habían entrado en su habitación. Hay algo que no me cuadra. No sé si te sigo.
—No podían enterarse de que habían vuelto a salir del hotel.
—Vale. Y eso, ¿a qué hora fue?
—No lo sé. Justo antes de que Míriam…
—O sea, que querían pasar de un balcón a otro, para no tener que admitir que habían salido sin permiso. —La policía cabecea al hablar.
Joel asiente.
—¿Y fue Míriam la que decidió intentarlo?
—Sí. Eso creo. No pregunté. Salieron las dos al balcón y ya no vi más.
No salí con ellas, me quedé en la habitación.
Recordaba que los balcones estaban muy cerca, pero no quería verlo y no sabía qué hacer.
Me duraba la resaca, estaba… Estaba out .
Me enteraba a medias. Sé que habría debido impedírselo, habría podido negarme, pero no supe reaccionar.
—Le tiembla la voz al hablar y baja la vista.
—Yo no me enteré de nada hasta que Andrea se puso a gritar, cruzó la habitación y salió al pasillo.
Me asusté. Nunca he pasado más miedo. Pensé que…
—Martí hace una pausa antes de continuar, necesita reunir algo más de valor—.
Sin gafas no veo mucho y no comprendía qué estaba pasando.
Joel echó a correr detrás de ella y yo le seguí.
No sabía qué pasaba, solo le seguí. —Baja la mirada, avergonzado—.
Pensé que huíamos de algo y eché a correr detrás de él.
Sé como suena, pero es la verdad. No supe qué había pasado hasta que llegamos a la terraza y la vi.
Las lágrimas le asoman a los ojos sin remedio. Se siente tan humillado que se encoge todavía más.
—Gracias. Ya podéis subir a la habitación, un agente os acompañará, pero quiero que hagáis una cosa. Salid al balcón, quiero veros.
Aunque no acaban de comprender se ponen en pie y obedecen.
—¡Ah! Os llamarán y tendréis que prestar declaración en comisaría más adelante. Pero si lo que habéis dicho es la verdad, no tenéis que preocuparos.
«Si lo que habéis dicho es la verdad». Se diría que duda de ellos.
O quizás simplemente es lo que los policías acostumbran a decir.
Los chicos siguen asustados y con la mente funcionando a medio gas mientras cruzan el vestíbulo, se acercan al ascensor y aguardan a que se abran las puertas.
Sus compañeros tratan de detenerlos. Pretenden saber lo que ha ocurrido.
Los esquivan. No solo por el agente que los escolta, sino porque las palabras de la policía no se desvanecen. «Si lo que habéis dicho es la verdad».
Martí espera que la puerta de la habitación siga abierta, tal y como la dejaron al salir en estampida. De no ser así, tendrán que volver y pedir que alguien les abra.
Por su parte, Berta Maestre pide a Pilar que la espere.
—No tardo nada —le dice.
Y a buen paso, regresa a la terraza. No se ha desprendido del bolso, que sigue cruzado sobre su pecho.
Los expertos de la policía judicial han instalado focos en el escenario y continúan el análisis enfundados en sus monos blancos.
En muchas de las habitaciones de las primeras plantas las luces continúan encendidas y queda gente asomada a ventanas y balcones.
Berta Maestre se sitúa junto al cadáver y mira hacia arriba. Uno de los técnicos frunce el ceño y le pide que se aparte.
—No puede estar aquí. Esto es…
—Sé lo que es. Me encargo del caso —le interrumpe—. Solo será un momento. Una comprobación.
Los dos chicos aparecen poco después y agitan las manos. A pesar de que todavía tardará más de media hora en amanecer, la policía puede verlos. Comprueba que, efectivamente, el cadáver está en la vertical de las dos habitaciones del tercer piso.
Con un gesto les indica que pueden abandonar el balcón.
Desaparecen. Las palabras de la policía no.
«Si lo que habéis dicho es la verdad».