La caída 28 de junio de 2025 505 a. m.
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28 de junio de 2025 505 a. m.

Mercader ha hablado con un policía cuyo grado desconoce y que permanece varado junto a la gran piscina con forma de riñón.

Poco después el resplandor azul procedente de los vehículos policiales desaparece.

Aunque nada pueda hacerse ya para evitar que el hotel quede salpicado por la muerte de una chica, el director intenta minimizar los daños.

No será fácil. Sabe que el suceso aparecerá en los formatos digitales en pocas horas y que los noticiarios televisivos lo recogerán en las próximas emisiones.

Carnaza para los periodistas que no tardarán en aparecer. Puede imaginarse los titulares.

Contra las indicaciones de Berta, Mercader ordena a Armesto que regrese a la recepción.

Le advierte que ni puede ni debe dejar desatendido el servicio y lo hace con la brusquedad que lo caracteriza.

No por nada le llaman «el Rancio». No sonríe nunca.

Nunca tiene una palabra amable para el personal del hotel, no se interesa por ninguno.

Ha hecho del rango laboral que los separa un verdadero abismo.

Sin embargo, al observar que el recepcionista se dispone a abandonar la cafetería, la policía no tarda en formular una contraorden.

—Usted no se mueve de aquí. Y usted tampoco —añade en dirección a Mercader, que baja levemente la cabeza como un pájaro que bebe de un charco.

Armesto se encoge de hombros y vuelve a sentarse con un suspiro. No recuerda una noche peor.

En el interior Berta Maestre trata de averiguar qué es lo que ha sucedido. Advierte el cansancio en el rostro de los profesores, las bolsas bajo los ojos, el cabello en desorden y los rasgos faciales marcados como tajos. Por nada del mundo se dedicaría a la docencia.

—Bien. Ninguno de ustedes sabe lo que ha ocurrido. ¿Me equivoco?

—No —responde Cardona—. Nos despertaron los gritos de Andrea, nuestras habitaciones están en el mismo corredor.

Cuando bajamos vimos el cuerpo de Míriam y a Andrea arrodillada junto al…

—No pronuncia la palabra «cadáver», no consigue arrancarla de los labios—.

Es todo lo que sabemos. Por lo menos todo lo que yo sé.

Y creo que ellas tampoco… —añade mirando a sus compañeras.

A su lado Lola asiente. Ha apoyado las manos sobre la mesa para evitar que tiemblen.

Se limita a manifestar su conformidad con un gesto porque no puede hablar.

Si lo hace, se echará a llorar. Por Míriam, pero también por sí misma.

No puede evitar repetirse que era su último viaje de fin de curso.

¡El último! ¡El peor! Nunca le gustaron.

Demasiada responsabilidad, demasiada nocturnidad, demasiados problemas.

Y este encima fuera de las fechas habituales.

Había accedido a acompañar a los alumnos a modo de despedida.

Fueron ellos los que le rogaron que participara en el viaje.

Solo unos pocos días y a dos horas de casa.

No pudo negarse. En septiembre no pisará el centro, no regresará a las aulas.

Maldito final de una carrera de la que se sentía tan orgullosa.

—Vamos a partir de cero. Quiero que me hablen de Míriam y de lo que hizo ayer por la noche. Lo que ustedes sepan. —Mira a sus interlocutores directamente a los ojos como si pudiera detectar una mentira con solo observar sus rostros.

Pilar toma la palabra. Lola siente las lágrimas al filo de los ojos. Necesita un pañuelo, pero no lleva ninguno encima. Miquel Cardona le acerca las servilletas de papel.

—Como ya le he dicho, Míriam era una alumna de segundo de bachillerato.

Fui su tutora el año pasado. Y este ha pasado con buena nota la PAU.

Retrasamos este viaje para saber antes los resultados —aclara—.

Pensaba cursar Historia del Arte. Es una…

—Advierte el uso incorrecto del tiempo verbal y rectifica—: Era una buena estudiante.

Tenía facilidad. Su hermano también está en nuestro centro, Xavier; está en cuarto.

Una familia normal. Ninguno de los dos ha dado problemas.

Chicos normales, ella más estudiosa que él.

Xavier no es problemático, pero solo piensa en el baloncesto.

Los padres son buenas personas, de los que asisten a las reuniones y colaboran en lo que pueden.

He hablado muchas veces con su madre. Conozco al padre, pero generalmente es ella la que acude a las entrevistas.

Tiene una peluquería en el barrio. No quiero ni pensar…

Berta no aparta la mirada, tampoco pregunta. La profesora se siente incómoda.

—No sé qué más puedo decirle. Míriam ha cursado en el centro la ESO y el bachillerato, y siempre con buenos resultados, sin dificultades. Escribía bien, mejor que bien, y eso no es frecuente.

—¿Sabe si había empezado a consumir…? —pregunta la policía afilando la mirada.

—¿Consumir?

—Pastillas, cocaína, si fumaba porros…

—No lo sé. Creo que no. Diría que no.

—¿Y había tenido algún problema reciente? ¿Salía con alguien y habían roto? ¿Se había distanciado de alguna amiga?

Pilar niega con un gesto. También Cardona.

—¿Y usted es…?

—Miquel Cardona, su profesor de Historia de España.

La he tenido en clase durante todo el curso y no advertí ningún comportamiento extraño.

Se la veía feliz estos días. No necesitaba una gran nota para cursar Historia del Arte, pero estaba muy orgullosa de cómo le habían ido los exámenes.

Si salía con alguien, diría que no era del centro.

Nunca la vi con nadie por los pasillos. Solo sé que pensaba sacarse el carné de conducir lo antes posible. Quería trabajar en un museo.

Lola considera oportuno señalar:

—Yo durante este curso no le he dado clases, pero la conocía, la veía en los pasillos, hablábamos. No parecía triste ni enfadada. Le ilusionaba ir a la facultad.

—Bien. Así que no hay nada en su comportamiento que les llamara la atención últimamente y, por lo que puedo entender, ustedes descartarían el suicidio. —Balancea la cabeza adelante y atrás mientras sostiene el bolígrafo en el aire.

Los tres asienten varias veces. La policía se aclara la voz antes de proseguir:

—Pongamos que probablemente lo sucedido fue una caída. ¿Cómo creen que pudo caerse desde el balcón de su habitación?

Pilar Sopeña se encoge de hombros. Miquel Cardona y Lola Valls bajan la mirada. No tienen la menor idea.

Berta Maestre sigue preguntando:

—¿Compartía la habitación con…? —Señala hacia Andrea con la barbilla, pero frunce los labios con disgusto al observar que el recepcionista nocturno ha conseguido desaparecer. Le indica a un agente que se acerque—. Busca al de la recepción. Que vuelva aquí.

Advierte que la chica sigue respirando con el rostro encajado en la bolsa de papel y los ojos muy abiertos, como si el aire pudiera acabarse si se relaja un instante.

Está rígida como el palo de una escoba y de vez en cuando sufre espasmos, como breves accesos de apnea, o de llanto.

Es difícil saberlo. Martí continúa a su lado.

Joel, con los codos en las rodillas, tiene la mirada clavada en el suelo.

El director, de pie junto al gran ventanal, observa las maniobras de los policías mientras habla por el móvil sin dejar de caminar.

—Compartía habitación con… —repite a modo de recordatorio.

—Sí, con Andrea Ventura. Ellas lo quisieron así, se llevan bien.

Aunque la mejor amiga de Míriam era Rebeca Molins, pero no ha venido.

Sus padres tienen un restaurante y ella ayuda los fines de semana.

Creo que tampoco tenía muchas ganas. Es tímida, retraída, no se relaciona fácilmente.

Míriam y Rebeca han ido juntas desde pequeñas; creo que viven muy cerca.

Si alguien sabe algo de Míriam, esa es Rebeca.

Andrea también ha aprobado el curso y la PAU bien, aunque va algo más justa. Estaban muy contentas.

La policía anota el nombre de Rebeca Molins.

—Necesitaré hablar con ella.

—No hay problema. En el instituto le facilitarán los datos —asegura Pilar—. Solo tenemos aquí los de los alumnos que han participado en el viaje.

—¿Pueden decirme qué hicieron ayer por la noche?

—Lo que hemos hecho las dos noches que hemos pasado aquí.

Es lo que quieren, lo que esperan, a lo que han venido.

Hemos ido a la discoteca, han bailado, han bebido sin pasarse, piense que tienen casi todos dieciocho años, son mayores de edad.

Hemos controlado sobre todo a los menores, solo son cuatro.

En la discoteca han coincido con otros grupos que han venido a lo mismo.

Si como usted dice han «consumido» alguna otra cosa, no podemos saberlo.

Pilar hace una pausa y cierra los ojos unos instantes.

—A las dos de la mañana todos han vuelto al hotel con nosotros.

Todos. Yo misma comprobé que Andrea y Míriam subieran a su habitación.

También los otros dos chicos, Martí Sales y Joel Bermúdez, que duermen en la habitación de al lado.

Tampoco son de los que dan problemas. Los dejamos a todos en sus habitaciones y nos retiramos.

—No hemos avanzado mucho —comenta la policía poniéndose en pie—. Si recuerdan alguna cosa más, por favor, hablen conmigo. O si algún alumno habla con ustedes y puede ayudarnos, no lo duden. Yo me ocuparé del caso.

—¿Quién avisa a la familia? —pregunta Pilar casi en un susurro. Tiene miedo de la respuesta.

—Nosotros nos encargaremos, pero alguno de ustedes debería…

—Yo lo haré. Me conocen. Aunque no sé qué más puedo decirles —añade con un suspiro—. La verdad es que… —Le tiembla la voz y no acaba la frase.

—También deberían avisar cuanto antes a la dirección del centro. Cuando esto salga a la luz, es mejor que estén preparados. Pilar, necesitaré el teléfono de la familia y el de esa chica, el de Rebeca Molins. ¡Ah! Y el nombre de la discoteca.

—Subo a mi habitación y… —Tampoco esta vez acaba la frase.

—Gracias.

Se aleja en dirección a los ascensores. No puede evitar las lágrimas al pensar en llamar a los padres de Míriam.

Berta Maestre se aproxima a la mesa cercana al ventanal y se dirige a Joel, que ha levantado la mirada. Al chico la mujer le parece más alta al verla de pie a su lado. Con un gesto la policía le indica que debe levantarse.

Lola Valls y Miquel Cardona se sientan junto al recepcionista, que acaba de volver, y al malhumorado director, que ha finalizado la conversación telefónica y se ha servido un café.

Andrea sigue tratando de respirar con regularidad, sostiene la bolsa a pocos centímetros de su nariz y su boca.

Grandes lágrimas escapan de sus ojos. Todavía le tiemblan las manos y se diría que vive un infierno.

Hasta la cafetería llega el rumor de voces procedente del vestíbulo.

Han sido muchos los clientes que han bajado para conocer los detalles de lo ocurrido.

Compañeros de Míriam que permanecen apiñados y llorosos como si pudieran protegerse así de la desgracia, jóvenes de otras latitudes acompañados por sus profesores que tratan de hacer que regresen a sus habitaciones, padres de familia que exigen una explicación…

—Que venga también tu amigo. No sé cómo se llama… —Con la mirada señala a Martí—. Quiero hablar con los dos. Estabais juntos ¿verdad?

Joel asiente y también se pone en pie. La policía advierte que ambos siguen descalzos, despeinados y en camiseta y calzoncillos.

«Mejor así», piensa. La desnudez hace que las personas se sientan frágiles.

Basta con mirar a esos dos chicos que caminan cabizbajos y encogidos en dirección a la mesa situada al fondo de la cafetería para comprender que siguen conmocionados.

«No mentirán», concluye.