28 de junio de 2025 450 a. m.
A Andrea Ventura le falta el aire, ha entrado en apnea. Se diría que no recuerda qué es lo que debe hacer para seguir respirando. Trata de jadear con los ojos muy abiertos y los dedos crispados sobre la mesa. Toda ella parece haberse agarrotado. Su rostro es un grito de auxilio.
Miquel Cardona hace ademán de sacudirla para obligarla a reaccionar.
Con una mirada, Pilar le pide que espere.
Lola se acerca a ella, se sienta a su lado y coge las manos de la chica entre las suyas.
Armando Armesto, el recepcionista, se aleja en dirección a la barra y le acerca un vaso de agua que Andrea rechaza haciendo oscilar la cabeza y sin abrir los labios.
Tiene la boca entreabierta y emite un sonido ronco que recuerda a un estertor.
Lola se inclina hacia ella y le repite que debe respirar despacio y profundamente mientras le acaricia una mano.
Tiene una voz delicada, casi sedosa, una voz reparadora.
Ha atendido antes muchos ataques de ansiedad, casi siempre por desengaños amorosos, por traiciones entre amigos del alma o por desencuentros familiares; en un instituto son mucho más frecuentes de lo que cabe esperar.
Sin embargo, ninguno en circunstancias similares.
Andrea se inclina, roza la mesa con la frente.
Lola insiste en que debe incorporarse. La chica niega con un gesto.
Parece a punto de asfixiarse. Cardona se pone en pie de pura impotencia.
Pilar también se levanta y desaparece. La profesora no tarda en regresar con una bolsa de papel que acerca a los labios de su alumna.
Es lo que hacen en los pasillos del centro cuando el ataque tarda en remitir.
Martí y Joel están perplejos y muy asustados. Nunca antes habían visto a Andrea sufrir así.
Álvaro Mercader acerca una silla y toma asiento junto a Miquel Cardona, que ha vuelto a sentarse a la espera de que Andrea recupere el ritmo de la respiración visualizando el aire que infla y desinfla la bolsa.
Lola, junto a la chica, cuenta en voz alta, trata de marcar el ritmo.
La profesora no ha pisado la playa y su cara tiene el color de la mantequilla.
Andrea no la sigue. No puede. Niega con la cabeza como si se diera por vencida.
El profesor se ha quitado las gafas y lleva un par de minutos limpiando los cristales.
Nadie en torno a la mesa lo sabe, pero sin gafas apenas distingue los rostros.
Quitárselas es lo que acostumbra a hacer cuando está demasiado nervioso para permanecer quieto o cuando la realidad le desagrada o le perturba.
—Me llamo Berta Maestre, soy policía y me voy a ocupar de investigar lo ocurrido. —La mujer que ha aparecido junto a la mesa no continúa. No es necesario.
Joel, de espaldas, se sobresalta. Trata de disimular aclarándose la garganta.
No quiere admitir que ha estado a punto de gemir de puro espanto.
Antes de sentarse, la policía les estrecha la mano con firmeza a todos ellos, excepto a Andrea, que sigue inclinada y tratando de respirar con ayuda de una bolsa de papel.
No lleva uniforme y no ha creído necesario facilitar su grado en el escalafón.
El director considera oportuno presentarse y señalar que es el responsable del hotel, pero que no estaba en el establecimiento cuando la chica se estrelló al otro lado de los grandes ventanales de la cafetería.
—Está bien. Muchas gracias. Ahora voy a hacerles unas preguntas. Esto no es todavía un interrogatorio, solo son los preliminares para tratar de saber qué es lo que ha pasado. Me ayudaría que me explicaran todo lo que saben.
Miquel Cardona guarda el pañuelo de papel con el que limpiaba las gafas, las asienta frente a sus ojos y la mira.
La ve por primera vez. Regresa a la angustiante realidad que le ha tocado vivir.
Lola deja de susurrar palabras amables, recoge las manos en el regazo y espera.
Andrea respira algo mejor aferrada a su bolsa. También ella la mira.
Berta Maestre saca un cuaderno y un bolígrafo del bolso que cuelga en bandolera a la altura de su cadera, acerca una silla, se sienta y recorre los rostros de los presentes con la mirada antes de apoyar los codos sobre la mesa.
Sus movimientos son rápidos, decididos. Acaba de agarrar el mango de la sartén.
Es una mujer alta y delgada, casi flaca.
Tiene los ojos oscuros, el pelo entrecano y una nariz en pronunciada pendiente cuyo extremo se inclina levemente al hablar.
No calza tacones como tantas investigadoras televisivas, sino deportivas de un rojo algo chillón y viste como si se dispusiera a hacer senderismo.
Solo un lápiz de labios rosado anima la palidez de su rostro.
A pesar de trabajar en una zona de playa, Berta Maestre parece no haber visto el sol en mucho tiempo.
—¿Alguno de ustedes puede explicarme qué es lo que ha pasado? —Mientras espera se muerde el interior de los labios. Tampoco ella sabe permanecer quieta.
Niegan al unísono como si se tratara de un gesto coreografiado. Resultaría gracioso si la situación tuviera alguna gracia.
—¿Nadie? —insiste en vano.
No hay respuesta. Pasados unos segundos, Pilar insinúa:
—Quizás ella, su amiga, pueda decirle algo, compartían habitación, pero no creo que por el momento…
—Yo tampoco creo que en su estado pueda ayudarnos. Esperaremos a que se tranquilice. ¿El nombre de la chica fallecida?
—Míriam García, alumna de segundo curso de bachillerato. Había cumplido ya los dieciocho años —informa Pilar, que se encargó de organizar la estancia de tres días junto al mar—. Es una salida de fin de curso.
—¿Y su amiga?
—Andrea Ventura. Otra alumna.
—Bien, gracias. Creo que lo mejor será que hable con ustedes por turnos. No se muevan de aquí, hablaré con todos, pero si les parece bien, empezaré por los profesores. Creo que son ustedes. —Al hablar abarca a Pilar, a Lola y a Miquel con la mirada.
Asienten.
—Podemos instalarnos en una de aquellas mesas retiradas. —Señala una mesa cercana a la puerta por la que dentro de un par de horas entrarán los huéspedes que se disponen a arrasar el bufé del desayuno.
Los aludidos se ponen en pie. Lola lo hace apoyando las manos sobre la mesa y con un gran suspiro, como si cargara sobre sus hombros con todo el peso del mundo.
Al hacerlo levanta la mirada y advierte, desalentada, la piel irritada por el sol en el rostro y los brazos de Martí.
No quiere ni pensar en su espalda, que imagina en carne viva.
Recuerda con disgusto haberles ordenado repetidamente que se pusieran crema protectora.
Y, aunque siempre le ha gustado tratar con adolescentes, sabe que a veces la buena voluntad no sirve de nada, como hablar con las piedras.
Se siente cansada, muy cansada. No habría podido imaginar un final peor para su larga carrera docente.
Precedidos por la policía, los tres se dirigen al lugar indicado y se sientan.
Cuando Berta Maestre ya no puede verlo, Joel se esfuerza por no echarse a llorar.
Demasiado alcohol, demasiado espanto. Por su parte, Martí se aproxima a Andrea y ocupa la silla que Lola acaba de abandonar.
A lo mejor puede ayudarla. La chica no le mira y Martí no le habla, no la acaricia, solo espera que, en ausencia de la profesora, no se sienta sola.
En clase apenas se atreve a dirigirse a ella; es una de las chicas más guapas de la clase y él, uno de los muchos jóvenes invisibles que ocupan los pupitres. Su popularidad le intimida.
Álvaro Mercader se acerca al recepcionista y se sienta a su lado.
Armando Armesto se endereza ante la proximidad de su superior, que pretende que le informe de lo ocurrido.
No tardará en comprobar que Armesto —el director del hotel siempre se dirige a sus empleados por su apellido con el propósito de marcar distancias— apenas sabe nada.
Y lo poco que sabe brota a ráfagas de entre sus labios.
Le habla de la chica que gritaba escaleras abajo, del descubrimiento del cadáver, de los dos chicos descalzos y asustados, de la llamada que decidió realizar, de la llegada de la ambulancia…
—¡Joder! ¡Menuda mierda! —exclama Mercader mientras golpea contra la mesa el filtro de un cigarrillo que no puede encender.
Detesta los grupos en viaje de fin de curso.
Siempre traen problemas. Siempre. Alcohol, porros, pastillas…
A menudo pierden el mundo de vista y con él las normas de comportamiento.
Los adultos acompañantes hacen lo que pueden, pero raramente logran evitar que se reúnan en las habitaciones más allá de la medianoche o que recorran los pasillos entre voces, risas y empujones.
Por su culpa, algunos clientes del hotel formalizan una reclamación o, los más numerosos, puntúan el establecimiento a la baja en Booking o en TripAdvisor.
Si por él fuera, ejercería el derecho de admisión y ni hablar de adolescentes en viaje de fin de curso. No hay peor publicidad para un hotel.
—¡Esto no es Magaluf, joder!