28 de junio de 2025 435 a. m.
La mujer del estetoscopio al cuello se aproxima al cadáver.
Tiene cara de sueño. Se arrodilla junto a Míriam con un gesto de dolor mientras los dos sanitarios que la acompañan esperan sus instrucciones junto a la camilla.
Usa guantes de látex, que se manchan de inmediato con la sangre de la chica muerta cuando le aparta el cabello de la cara.
La doctora suspira al comprobar que se trata de una chica muy joven.
No es la primera vez que ve algo así, pero daría cualquier cosa por que fuera la última.
Su mirada, tras las primeras comprobaciones, basta para certificar su muerte.
Los sanitarios se alejan unos pasos. Correr no servirá de nada.
Así lo entiende Andrea, que se derrumba como si se destensara, como si de repente las fuerzas la abandonaran y las piernas no soportaran su peso.
La doctora se pone en pie apoyándose en el suelo.
Cierra los ojos unos instantes; el dolor en las rodillas es agudo y no desaparece nunca.
El profesor que momentos antes trataba de hacer que se apartara del cadáver sostiene a Andrea como puede.
Con la ayuda del recepcionista, la obliga a dar unos pasos y a sentarse por fin en una silla cercana a la puerta del hotel.
Andrea obedece, no puede hacer otra cosa, no le queda voluntad para resistirse.
También lo comprenden Joel, Martí y las profesoras, que apenas pueden creer lo que están viendo.
Una de ellas se santigua antes de echarse a llorar.
La otra niega como si la escena que se desarrolla ante sus ojos fuera fruto de su imaginación, una pesadilla atroz.
La doctora se quita los guantes y levanta la vista.
Comprueba sin sorpresa que todas las miradas convergen en ella.
A menudo detesta su trabajo. Baja la mirada, saca del bolso un bolígrafo y toma unas notas en un cuaderno diminuto, solo las necesarias para cumplimentar los primeros trámites.
Inmediatamente después busca su móvil y en él uno de los contactos. Realiza la peor de las llamadas.
Los policías obligan a los curiosos que se agolpan en la terraza a regresar al interior del hotel.
Muchos de ellos se resisten. La desgracia ajena resulta fascinante.
Los que siguen los acontecimientos desde balcones y ventanas se retiran unos instantes siguiendo las órdenes de los agentes para volver a asomarse poco después.
Es una batalla perdida, pero hay que librarla.
A la pregunta de quién puede identificar a la víctima es Pilar Sopeña, la profesora más joven, la que facilita su nombre.
También la que presenta a sus compañeros y a los dos alumnos que se encuentran en la terraza junto a ella.
A pocos pasos, Lola Valls, la profesora de Matemáticas que aceptó a regañadientes acompañar a sus alumnos por última vez antes de su jubilación, no acierta a reaccionar.
Sigue llorando. No puede creer lo que está viendo.
Tampoco que pueda tener tanta mala suerte.
—Es un viaje de fin de curso. Segundo de bachillerato.
Lo retrasamos excepcionalmente para después de los exámenes.
Ella es una alumna: Míriam García Bernal —explica Pilar—.
Nos vamos… Nos íbamos mañana, dentro de unas horas.
Es nuestra última noche aquí… —titubea. Desconoce qué es lo que va a pasar.
No quiere ni pensarlo. No se atreve—. Por el momento no puedo decirle qué es lo que ha ocurrido. No sabemos nada.
—Por favor, acompáñenme.
Dirigiéndose al recepcionista, una agente solicita un espacio en el que realizar las primeras indagaciones lejos de miradas indiscretas.
El hombre las conduce a la cafetería, que no abrirá hasta las siete de la mañana y permanece desierta y a oscuras.
Andrea, sostenida por su profesor, cede sin dejar de sollozar.
Tras localizar los interruptores, la policía les indica que se acomoden en torno a una de las mesas más alejadas de los ventanales y de las luces azules que los atraviesan.
Nadie replica. Lola se ha sentado junto a Andrea y le ha pasado el brazo por los hombros.
La chica, inclinada sobre sí misma, la deja hacer.
Está absorta en su propio espanto y no parece darse cuenta de nada.
Junto a la piscina los sanitarios no tardan en cubrir el cuerpo de Míriam con una manta isotérmica de color dorado como si lo envolvieran para regalo.
Resulta casi paradójico y así lo comenta uno de los turistas alojados en el primer piso.
La doctora ha regresado a la ambulancia y sigue al teléfono.
Ha sido cursada ya la solicitud para que se personen el médico forense y un destacamento de la policía judicial con el propósito de proceder al levantamiento del cadáver.
El director del hotel, vestido como para presidir un consejo de administración, acaba de llegar y se presenta a los policías. Lo hace casi sin resuello.
—Álvaro Mercader, soy el director del hotel.
Acaban de avisarme, pero todavía no he podido hablar con nadie.
No sé qué es lo que… —Y al hablar le tiende la mano al primer agente que encuentra junto a la piscina.
Acaba de ver el cadáver y a los huéspedes del establecimiento que siguen en los balcones. Le tiembla la voz. Está horrorizado.
—Por aquí. Venga conmigo —le ordena un agente de uniforme—. Necesitarán hablar con usted. —Y sin más explicaciones el policía lo conduce a la cafetería.
—Pero… ¿puedo saber qué es lo que…? —pregunta mientras camina y se afloja el nudo de la corbata—. La verdad es que no sé qué es lo que ha pasado. He recibido una llamada y aquí estoy, pero…
—Por el momento no podemos decirle nada, acabamos de llegar al escenario, solo que la doctora asegura que la chica está muerta y que ya no puede hacerse nada. Todo apunta a una caída.
Los policías siguen pidiendo a los curiosos que se retiren cuanto antes.
Repiten en vano que no hay nada que ver y tratan de convencerlos señalando el interior del hotel.
Algunos compañeros de la joven muerta han intentado bajar a la piscina y seguir los acontecimientos de cerca, pero han sido obligados a volver a sus habitaciones.
Unos pocos lloran en silencio mientras observan desde el vestíbulo las maniobras de los agentes que señalizan el escenario de la caída o se agolpan en alguno de los balcones que dan a la terraza.
Otros, procedentes de otros países, tratan de aparentar que no comprenden y se resisten a alejarse.
Un agente se dedica a apartarlos con gesto de cansancio. No ahorra algún empujón.
En uno de los balcones del segundo piso dos jóvenes rubios, de ojos claros, piel enrojecida y mirada turbia, parecen impresionados. No se mueven.
La policía judicial acaba de llegar. También un médico forense.
Los vehículos que no consiguen aparcamiento estacionan sobre la acera.
En un rincón, cerca de la ambulancia, aguardan los sanitarios.
Saben que el procedimiento es largo y que es posible que vean amanecer en la terraza del hotel.
Se han sentado y el más joven ha prendido un pitillo, el otro ha sacado el móvil. Se les nota cansados.
Un puñado de técnicos con monos blancos y guantes ilumina ya la terraza y se dispone a buscar muestras y a fotografiar y analizar el escenario.
Parecen astronautas, los protagonistas de una distopía.
Uno de ellos se agacha, señala el sitio exacto en el que lo ha encontrado y embolsa el móvil de Míriam mientras otro captura una imagen de la sangre que escapa de su cráneo fracturado.
La expectación en la terraza del hotel es extraordinaria. También lo es el dolor por la muerte de Míriam. En la piscina el agua tiembla levemente mientras a pocos metros se desarrolla un verdadero espectáculo.
Nadie conseguirá dormir.
La madrugada es azul y parpadea.