La caída 28 de junio de 2025 420 a. m.
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La caída

La caída

Por Empar Fernandez

© inepub.com

28 de junio de 2025 420 a. m.

Los gritos despiertan al portero de noche, que cabecea frente al cuaderno de sudokus.

La chica aparece en la embocadura de la escalera que lleva a las habitaciones.

No ha esperado al ascensor. No podía. Mientras atraviesa el vestíbulo aúlla como si la atravesaran mil navajas.

Su voz se despedaza en el aire. Está fuera de sí, enloquecida.

Tiene la mirada extraviada, las manos se agitan descontroladas frente a sus ojos y no consigue dar significado a sus gritos.

Hay tanto miedo en su rostro, tanto pavor en su avanzar hacia la puerta que el hombre se levanta de la silla en un automatismo.

Apenas le mira cuando pasa chillando junto a la recepción.

Está pálida como una muerta y, aunque es evidente que necesita ayuda, no se dirige a él, lo ignora.

Es la única persona que, de madrugada, permanece a disposición de los huéspedes, pero se diría que no existe.

El recepcionista no comprende lo que dice, su voz no produce nada inteligible.

Duda unos instantes, no sabe cómo debe proceder, se siente como un pasmarote.

No ha recibido formación para atender situaciones tan extrañas.

Finalmente decide abandonar el mostrador, aunque lo tiene rigurosamente prohibido.

A circunstancias excepcionales, medidas excepcionales.

La sigue a poca distancia cuando se abalanza sobre la puerta giratoria para acelerar el mecanismo y atraviesa el umbral del hotel.

No la pierde de vista cuando alcanza el exterior sin dejar de gritar.

Comprueba que recorre la terraza a la carrera y se dirige a la piscina.

Justo detrás del recepcionista aparecen dos chicos descalzos y en calzoncillos que se agolpan en uno de los compartimentos de la puerta giratoria.

Se sobresalta. Uno de ellos, el más alto, se calza las gafas que lleva en la mano.

Al hacerlo cambia por completo la expresión de su cara, como si acabara de aterrizar en un planeta inexplorado.

No gritan, pero parecen asustados, desencajados, como si en mitad del sueño acabaran de ver un espectro.

Su compañero tiene el móvil en la mano, habla con alguien.

También ellos se precipitan hacia el exterior como si la puerta acabara de escupirlos.

La luna, como una hoz en mitad del cielo, apenas permite reconocer los contornos. Tardan unos segundos en orientarse. Solo la parte de la terraza más cercana a la piscina recibe algo de luz de los focos sumergidos, como una charca mágica.

La chica que corría ha caído de rodillas junto a una mesa y el único gran parasol rojo derribado. Sigue gritando y lo hace cada vez más fuerte. En las habitaciones de las dos primeras plantas se encienden ya algunas luces.

El recepcionista de noche se aproxima con recelo.

No comprende qué es lo que ocurre. Piensa en un ataque de ansiedad, en un brote psicótico, en unas pastillas que le han sentado a la chica como un tiro…

Mil cosas, mil posibilidades, y todas sobrepasan sus rutinas.

Los chicos corren, le adelantan. Puede oír sus pies descalzos y distinguir sus siluetas, que se detienen junto a la chica que sigue aullando.

Cuando está ya a muy pocos pasos, se lleva una mano a los labios.

Comprende lo ocurrido. Apenas tarda una fracción de segundo.

Una chica menuda, en pantalón vaquero corto y top blanco, yace en el suelo rugoso de la terraza del hotel a pocos metros de la piscina iluminada que desprende un fulgor azulado.

Tiene los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta, como si tratara de seguir respirando.

Su cabello rubio está salpicado de mechones rosados y en su hombro distingue el tatuaje de una lagartija que parece culebrear en dirección a su cuello.

Observa que un reguero de sangre corre desde su cabeza hasta su brazo derecho, que descansa sobre el suelo en una postura imposible, y que sus piernas parecen como desbaratadas.

Junto a su pie derecho, el móvil de la chica.

La pantalla está hecha trizas y de nada ha servido la funda color malva.

La mente es caprichosa y muy a menudo la atención se detiene en los detalles.

Poco importa el móvil y sin embargo… El hombre se estremece a pesar de que la madrugada es calurosa, muy calurosa, «tórridas», las llaman ahora.

Duele mirar a la chica tendida junto al parasol derribado y comprobar que cada vez es mayor el charco de sangre en torno a su cabeza; por eso no tarda en apartar la vista.

La joven grita ahora el nombre de su amiga. Comprende que está muerta. Aun así, sigue llamándola como si pudiera despertarla de un sueño muy muy profundo.

—¡Míriam! ¡Míriam! ¡Míriam, por favor! Mírame. Mírame. Soy yo. Soy Andrea. Por favor, por favor —repite.

Míriam no la mira. No respira. No vive.

La chica se inclina sobre el cuerpo y le habla al oído.

Susurra. Sigue pidiéndole que despierte.

Le promete que no tardará en recibir ayuda, le asegura que todo se arreglará.

Miente, pero no importa. Advierte entre lágrimas que Míriam tiene el rímel corrido y que sus ojos son como dos cuevas oscuras y dan algo de miedo.

Ojos de oso panda, los llamaban cuando tras salir de fiesta regresaban a casa de madrugada sudorosas y cansadas.

De seguir viva se habrían señalado la cara la una a la otra y se habrían reído hasta separarse en el portal de la casa de Míriam, la más cercana a la parada del autobús nocturno.

Los dos chicos que han salido del hotel se han detenido junto a la chica sin atreverse a aproximarse al cuerpo.

El que hablaba ha dejado de hacerlo y sigue con el móvil en la mano a la altura de su boca como fulminado por un rayo.

Alguien, quizás a muchos kilómetros, trata de sostener una conversación.

Ambos permanecen paralizados durante unos instantes como si no pudieran creer lo que tienen ante sus ojos.

El muchacho, asustado, absorto y completamente inmóvil, como un maniquí en un escaparate, parece recordar de repente que ha hecho una llamada.

Reacciona y se dirige a la persona que sigue al teléfono.

Está pidiendo ayuda y pronuncia el nombre del hotel.

Cuando finalmente interrumpe la conversación, sigue durante mucho tiempo con el móvil en la mano a la altura de los labios.

La chica acaricia ahora el cabello de su amiga, le tiembla la mano.

A la luz azulada de la piscina parece todavía más pálida, como a punto de desvanecerse.

Ya no grita, pero sigue llamándola con la voz rota por el llanto.

Vencida por el dolor, se inclina junto a ella hasta que su rostro roza casi sus rodillas.

Las puntas de su cabello se empapan en la sangre de Míriam que se encharca en torno a su cabeza.

El recepcionista, demasiado asustado para tomar decisiones, confirma que el chico ha pedido ayuda y regresa corriendo al mostrador.

Necesita contactar con el director del hotel.

Es a él, el máximo responsable, a quien le corresponde hacerse cargo de un asunto así.

Son más de las cuatro de la madrugada y tarda en responder.

Por suerte no ha silenciado el móvil. Cuando lo hace, su reacción es lenta, muy lenta.

Solo cuando le explica por tercera vez lo poco que sabe, el empleado consigue que prometa que estará en el hotel lo antes posible.

Antes de colgar le ordena que avise a la policía y lo hace de inmediato. En la comisaría una mujer de voz muy aguda, que le hace muchas preguntas para las que no tiene respuesta, asegura que los agentes no tardarán y le ruega que se encargue de que nadie toque nada.

«Demasiado tarde», piensa. Y regresa junto al cadáver.

Varias personas están ya en la piscina. Una de ellas, un hombre de unos cincuenta años en camiseta y pantalón corto, trata de apartar a la chica que sigue llorando inclinada sobre el cuerpo de Míriam.

La sujeta por los hombros y tira de ella mientras le habla en susurros.

La chica se resiste como si todavía pudiera hacer algo.

—No debes tocarla, Andrea. La ambulancia ya está en camino. Joel ha llamado. Tú no puedes hacer nada.

Se diría que Andrea sigue hablándole a la chica muerta. Resulta imposible comprender lo que dice.

Una mujer se dirige al joven que sigue con el móvil en la mano.

Se ha recogido el cabello en una coleta y viste una camisola rosa; también ella está descalza.

Respira con dificultad y tiembla visiblemente.

A su lado otra mujer, algo mayor, se ha llevado las manos a la boca para apagar un grito.

Le fallan las piernas y se apoya en una mesa.

Busca un lugar en el que dejarse caer y se sienta como puede en uno de los escalones de la terraza.

Tiene el corazón enloquecido y las piernas como de arena.

—Joel, ¿¡qué ha pasado!? —pregunta mientras sujeta su antebrazo—. Mírame. He dicho que me mires —pregunta la mujer de la camisola rosa.

El chico la mira. Tarda en reconocerla sin gafas ni maquillaje. Aparta la vista y la dirige a la piscina.

—Joel, soy yo, Pilar. ¿Puedes explicarme qué estáis haciendo aquí? ¿Qué es lo que ha…? —No acaba la frase. No puede. Se lleva una mano a la altura del corazón. Le cuesta respirar.

Joel, incapaz de pronunciar palabra, niega sin abrir los labios. La profesora se dirige ahora a su compañero:

—¡Martí, por favor!

Martí observa cómo el recepcionista trata de ayudar al hombre a apartar a la chica.

Entre ambos consiguen que se ponga en pie.

Tampoco él responde. Todavía no. Contempla las manos, las rodillas, el cabello de Andrea.

Impregnada de la sangre de su amiga, parece escapada de una masacre.

Gime mientras la sostienen y la conducen por la fuerza hasta una de las sillas más apartadas del cuerpo, situada casi al borde de la piscina, pero no consiguen hacer que se siente.

La escena parece sacada de una mala película de terror.

Una ambulancia aparca en la entrada y el recepcionista echa a correr.

No tarda en aparecer junto a dos sanitarios, con sus llamativos uniformes anaranjados, y una camilla que traquetea sobre el enlosado antideslizante.

Los precede una mujer con un maletín y un estetoscopio al cuello.

Los curiosos se apartan para facilitarles el paso.

En las ventanas y los balcones que dan a la terraza crece la expectación y se formulan las primeras hipótesis sobre lo sucedido.

Algunos apuestan por el balconing , otros por una posible venganza, por una formidable borrachera o por un suicidio.

Apuntan incluso la posibilidad de que la chica que se ha estampado contra el suelo con resultado de muerte pretendiera alcanzar la piscina; uno de los curiosos comenta que le ha faltado bien poco.

Hablar por no callar. Algunos han sacado el móvil para capturar un selficon cadáver al fondo. Repugnante.

Las luces de los coches de policía que se detienen ya al otro lado de la verja que separa la terraza de la calle hacen que la madrugada sea todavía más azul.