La caída del Titán (Devils 2) EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

—Oh, Dios mío —susurró, cuando cayó en la cuenta de lo que estaba sucediendo.

—Zoe Brooks —comenzó Thiago, sacando una pequeña caja de terciopelo roja del bolsillo del traje de esquí—. Entraste en mi vida cuando yo era un completo desastre. Me desafiaste cuando nadie más se atrevía, y me viste cuando yo hacía todo lo posible para que nadie me viera realmente.

Abrió la caja, revelando un anillo con un zafiro rodeado de pequeños diamantes. El color recordaba al vestido que Zoe había llevado en la gala, aquel vestido azul que la había hecho parecer una diosa.

—Me has enseñado que el amor es real —continuó Thiago—. Que incluso los CEO gruñones merecen segundas oportunidades.

Zoe sentía las lágrimas formándose en sus ojos.

—Y ahora no puedo imaginar mi vida sin ti. —Thiago tomó aire—. Sin tus canciones de K-pop. Sin tus reprimendas cuando soy un idiota. Sin tu forma de ver el mundo como un lugar lleno de posibilidades.

El sol estaba creando un espectáculo de colores detrás de él digno de un lienzo, como si el universo entero estuviera poniéndose de acuerdo para hacer de aquel momento algo mágico.

Estaba claro que Thiago había elegido muy bien el lugar en el que hacer su petición.

—Así que, Zoe Brooks, ¿me harías el honor de soportarme durante el resto de nuestras vidas?

Una lágrima se deslizó por la mejilla de Zoe.

Luego otra.

Y otra más. Pero a diferencia de aquella noche en el taxi, cuando se alejaba de la mansión, esas eran lágrimas de absoluta felicidad.

—¡Sí! —exclamó, lanzándose hacia él con tanta fuerza que ambos cayeron sobre la nieve—. ¡Sí, sí, mil veces sí!

Thiago rio mientras la abrazaba. Un sonido libre, auténtico, que unos años atrás habría sido impensable escuchar de él.

—Cuidado, no quiero volver a romperme la pierna —advirtió en broma, pero sin hacer ningún intento real de soltarla.

—No te preocupes. —Zoe se incorporó lo suficiente para mirarlo a los ojos—. Si te rompes algo, conozco a la mejor fisioterapeuta de Nueva York.

—¿Ah, sí? —Thiago arqueó una ceja—. ¿Y crees que aceptaría a un paciente tan difícil como yo?

—Estoy segura de que harías que valiera la pena —respondió ella con una sonrisa traviesa.

Thiago se sentó en la nieve, tomando la mano izquierda de Zoe para deslizar el anillo en su dedo. Encajaba perfectamente, como si hubiera sido diseñado específicamente para ella. Lo cual, conociendo a Thiago, probablemente era cierto.

—Gracias —susurró él, apoyando su frente contra la de ella.

—¿Por qué? —preguntó Zoe.

—Por no rendirte conmigo —respondió él.

—Nunca me rendiría contigo —aseguró Zoe, besándolo suavemente—. Aunque a veces me daban ganas de estrangularte con las bandas de resistencia.

Thiago rio de nuevo contra sus labios.

—Lo entiendo.

Se quedaron así, abrazados en la nieve, mientras el sol terminaba de hundirse tras las montañas, creando la imagen más bonita que Zoe había visto en su vida.

El anillo brillaba en su dedo, captando los últimos rayos del sol poniente, mientras Thiago la sostenía como si fuera lo más precioso del mundo.

Porque para él, lo era.

En la cocina de la mansión, Harold colocaba meticulosamente la vajilla de porcelana en la alacena. A su lado, María movía una sopa que olía de maravilla.

Había una energía particular en el aire ese día. Una expectación que tenía a María consultando una y otra vez el reloj de pared y a Harold, siempre impecable en su traje negro, permitiéndose ocasionales miradas hacia su teléfono.

—¿Crees que se lo habrá pedido ya? —preguntó María, volviéndose hacia Harold—. Dijo que sería durante la puesta de sol, ¿no?

—Estoy seguro —respondió el mayordomo.

—¿Y crees que ella dirá que sí?

—Por supuesto que dirá que sí —dijo Harold como si fuera una obviedad—. Es muy probable que en este momento la señorita Brooks ya sea oficialmente la futura señora Calloway.

María esbozó una sonrisa de oreja a oreja.

—Entonces tendremos una boda que organizar en los próximos meses.

—Sí.

María se apoyó en la encimera.

—Nunca pensé que vería ese día, ¿sabes? Después de aquel accidente, el señor Thiago estaba tan... tan perdido. Tan amargado. Pensé que se convertiría en uno de esos hombres ricos y solitarios que terminan rodeados de sirvientes, pero sin nadie que realmente les importe.

Harold movió la cabeza, comprensivo. Él también había temido ese destino para el niño al que había visto crecer, al que había servido fielmente desde que era un joven impulsivo con más inteligencia que paciencia.

—Recuerdo claramente el día que llegó la señorita Brooks. El señor acababa de ahuyentar a su séptimo fisioterapeuta en dos semanas —comentó, permitiéndose una pequeña sonrisa.

María dejó escapar una risilla que llenó la cocina.

—¡Oh, sí! Zoe entró como un vendaval, con esa coleta alta y esa mirada que decía «no voy a aguantar tonterías de niños caprichosos» —recordó con evidente deleite—. La primera vez que la oí hablarle así al señor Thiago, casi se me cae la bandeja al suelo.

Harold sonrió, recordando los inicios.

—Y a pesar de sus gruñidos, le plantó cara como si fuera lo más natural del mundo —dijo.

—¿Recuerdas cuando apostamos cuánto duraría?

Ha sido la apuesta mejor perdida de mi vida —dijo María, refiriéndose a aquellos primeros días en que Zoe había comenzado a trabajar con Thiago, cuando todo el personal especulaba sobre cuánto aguantaría la nueva fisioterapeuta después de los siete anteriores que habían salido pitando.

—Sí, claro que me acuerdo —respondió Harold.

—Yo dije que durarían una semana —recordó María, sacudiendo la cabeza—. Pens é que la pobre chica saldría corriendo como todos los demás.

Harold sonrió, un gesto poco habitual en él.

—Yo aposté para siempre —dijo.

María lo miró con sorpresa.

—¿En serio? Nunca me lo dijiste.

—Bueno, reconozco que tenía mis reservas —respondió Harold, volviendo a su tarea de colocar la vajilla en la alacena—. Pero vi algo en la señorita Brooks que me llevó a pensar que podría obrar en el señor Calloway el cambio que necesitaba.

María sonrió, volviendo a prestar atención a su sopa.

—Para siempre —repitió—. Me gusta cómo suena.