La caída del Titán (Devils 2) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Un año después

Los Alpes suizos se desplegaban bajo un cielo de un azul imposible. La nieve resplandecía como diamantes esparcidos bajo el sol de la tarde, y el aire era tan puro que casi dolía respirarlo.

En lo alto de una pista intermedia (muy lejos de la Harakiri que había sido la causa de la caída de Thiago) la nieve crujía bajo sus botas mientras Zoe ajustaba sus gafas de esquí.

Su aliento formaba pequeñas nubes de vapor en el aire frío y cristalino de las montañas. A su lado, Thiago terminaba de asegurar sus propios esquís. Su perfil se recortaba contra el blanco inmaculado de la montaña como una silueta de tinta sobre papel.

El sol de la tarde bañaba las pistas con una luz dorada. Era un día perfecto para esquiar: cielo despejado, nieve en condiciones óptimas y una temperatura fría pero no extrema.

Los meses de rehabilitación había sentado bien a Thiago.

Su cuerpo, siempre atlético, había recuperado toda su fuerza anterior.

Su pelo negro contrastaba con la nieve, y sus ojos azul glacial escaneaban la pista con ese toque de concentración que nunca lo abandonaba del todo.

Pero había algo diferente en ellos: un brillo, una ligereza que antes no existía.

—¿Listo para que te dé una paliza, Calloway? —preguntó Zoe, empujando sus gafas de esquí sobre sus ojos.

Algunos mechones de su pelo castaño con mechas rubias sobresalía del casco, y sus mejillas estaban sonrosadas por el frío y la excitación. Llevaba un traje de esquí blanco y azul turquesa que resaltaba el dorado de sus ojos, y una sonrisa que podría derretir toda la nieve de la montaña.

Thiago sonrió. Una sonrisa verdadera, no esa mueca controlada que solía ofrecer en las reuniones de negocios.

—Qué arrogante te has vuelto, Brooks —respondió, ajustando sus propias gafas—. ¿Debo recordarte quién ganó ayer?

—Por unos segundos —protestó Zoe—. Y solo porque me distraje con ese niño que casi se cae.

—Excusas —canturreó Thiago, inclinándose para robarle un beso—. Admítelo, soy mejor que tú esquiando.

Zoe le sacó la lengua. Un gesto infantil que contrastaba con la estricta profesional que había sido (y seguía siendo) en la sala de rehabilitación.

—En tus sueños —respondió—. Hoy te voy a demostrar quién manda en la montaña.

Thiago se posicionó en la línea de salida, los bastones de esquí firmemente plantados en la nieve, mientras el sol arrancaba destellos a las insignias de sus esquís.

—¿Las mismas reglas? —preguntó, mirándola de reojo—. ¿El último paga la cena?

—Con una condición —añadió Zoe, colocándose a su lado—. Esta vez nada de trampas. Nada de tirarme nieve a la cara como la última vez.

—Fue un accidente —se defendió Thiago, con una expresión de falsa inocencia que no engañaba a nadie.

—Lo que tú digas —respondió Zoe en tono sarcástico.

Thiago sonrió.

—¿A la cuenta de tres? —sugirió, volviendo a posicionarse.

—Uno... —comenzó Zoe.

—Dos... —continuó Thiago.

—¡Tres! —gritaron al unísono, y se lanzaron pista abajo.

El viento azotaba sus rostros mientras descendían por la nieve virgen.

Thiago, con su técnica impecable, tomaba las curvas con una precisión calculada. Zoe, más intuitiva, se dejaba llevar por el terreno, adaptándose como si fuera agua fluyendo entre las rocas.

Estaban empatados, lado a lado, lanzándose miradas desafiantes a través de las gafas protectoras. La risa de Zoe flotaba en el aire frío como música, y Thiago no podía evitar sonreír al escucharla.

Hubo un tiempo en que esquiar solo había sido para él otra forma de demostrar su superioridad, de conquistar la montaña como conquistaba los mercados.

Ahora era... diversión. Pura y simple diversión compartida con la mujer que había entrado en su vida como un torbellino y había reordenado todo, poniendo cada cosa en su lugar. Donde correspondía.

En una curva, Zoe se le adelantó, aprovechando su menor peso para ganar velocidad. Le lanzó una mirada triunfal a Thiago por encima del hombro, mientras sus ojos dorados brillaban con picardía a través de las gafas.

—¡Vamos, Calloway! —gritó—. ¡Pensé que eras más rápido!

El desafío encendió algo en Thiago. Con un movimiento ágil, ajustó su postura y aceleró, reduciendo la distancia entre ellos.

La meta, un banderín rojo junto a la estación del telesilla, se acercaba rápidamente. Estaban prácticamente empatados de nuevo, cada uno dando lo mejor de sí.

Con un último esfuerzo, cruzaron la línea casi al mismo tiempo, derrapando en una nube de nieve pulverizada hasta detenerse.

—¡Gané! —exclamó Zoe, levantando los brazos en señal de victoria.

—Ni hablar —protestó Thiago, quitándose las gafas—. Yo he cruzado primero.

—Ni en tus mejores sueños, Calloway.

Se miraron, ambos jadeando por el esfuerzo y la adrenalina, con las mejillas sonrojadas y los ojos radiantes.

—Empate —propuso finalmente Thiago.

—Empate —aceptó Zoe, quitándose también sus gafas—. Aunque solo porque te quiero.

—Qué generosa —sonrió él—. Aunque te confieso que a veces no entiendo por qué me quieres, considerando lo insoportable que puedo ser.

—Debe de ser por tu dinero —bromeó Zoe, haciendo referencia a aquella acusación que tanto daño les había causado y que ahora, con el tiempo, se había convertido en una broma privada entre ellos.

Thiago puso los ojos en blanco, pero sonrió sin poder contenerse.

—Cazafortunas —murmuró con cariño.

—Gruñón —respondió ella en el mismo tono.

Se quitaron los esquís y caminaron hacia el telesilla, con la intención de subir nuevamente a la pista para una última bajada antes de que el sol comenzara a ponerse.

Durante el ascenso, con sus piernas colgando en el vacío y el silencio de la montaña envolviéndolos, Thiago tomó la mano de Zoe entre las suyas. A través de los guantes de esquí, ella podía sentir su calor, su fuerza.

—¿Te he dicho hoy lo mucho que te quiero? —preguntó él, con esa voz profunda que siempre hacía que su estómago diera un vuelco.

—Mmmm, creo que sí —respondió ella, fingiendo estar haciendo memoria—. Pero no me importaría escucharlo otra vez.

—Te quiero —dijo Thiago, simple y directamente.

Habían recorrido un largo camino desde aquellas primeras sesiones de fisioterapia donde cada palabra era una batalla.

Desde la gala donde todo había estallado.

Desde aquel día en que Zoe había renunciado y había salido de la mansión Calloway en un taxi, con el corazón roto y la determinación de no volver.

Un año después, vivían entre el apartamento de Zoe (que se negaba a abandonar por completo, por independencia) y la mansión de Thiago.

Su tío Richard había resultado ser un pilar fundamental en su proceso de reconstrucción personal.

No solo había asumido la dirección de Whitmore Pharmaceuticals cuando Zoe se lo había pedido.

¿Quién mejor que él para ocupar el puesto de su padre?

Al fin y al cabo, él conocía la empresa mejor que nadie, sino que había apoyado sin reservas su decisión de destinar una parte de su herencia a la creación del Centro de Rehabilitación y Reinserción Deportiva Brooks-Whitmore.

—Tu padre estaría orgulloso —le había dicho el día de la inauguración, con los ojos húmedos pero la voz firme—. Estás combinando lo mejor de los Whitmore, la visión empresarial y la innovación, con lo mejor de ti: tu generosidad y tu deseo de marcar una diferencia en la vida de las personas.

El programa de becas para jóvenes deportistas que hubieran sufrido un accidente y no tuvieran recursos había sido su particular manera de honrar tanto a su padre como al fisioterapeuta que le había ayudado a ella a salir adelante.

¿Quién mejor que Zoe para entender el largo y doloroso camino de la rehabilitación, y la diferencia que el apoyo adecuado podía marcar?

A los pocos días de volver de Boston, después del funeral del padre de Zoe, Thiago despidió a Victoria. Y lo hizo sin miramientos, pese a las súplicas de ella.

Thiago no lograba comprender cómo había podido utilizar la información de la identidad de Zoe como un arma arrojadiza contra ella. Era algo que le había dolido, por el modo y la intención con que Victoria lo había hecho y por el daño que había ocasionado a Zoe.

Thiago no estaba dispuesto a perdonarla, y la echó a la calle. No iba a formar parte de sus tretas nunca más.

El telesilla llegó a la cima, y ambos descendieron de él con agilidad.

—Una última bajada —dijo Thiago—. Pero esta vez, nada de carreras. Quiero disfrutar del atardecer contigo.

Zoe asintió, intrigada por el tono casi solemne de su voz.

Descendieron juntos, a un ritmo pausado, disfrutando de la panorámica. El sol comenzaba a hundirse tras las montañas, tiñendo la nieve de oro y naranja, y creando un espectáculo que quitaba el aliento.

En un pequeño claro con vistas a todo el valle, Thiago se detuvo. Zoe lo imitó, preguntándose qué estaba pasando.

—¿Te acuerdas de la última vez que vine a estos Alpes? —preguntó Thiago, quitándose las gafas y el casco, dejando que su pelo negro cayera libremente.

—Cómo olvidarlo —respondió Zoe—. Fue lo que te puso en mis manos.

—Fue lo mejor que me ha pasado —afirmó él, acercándose—. Romperme la pierna fue lo mejor que me ha pasado en la vida, porque me llevó a ti.

Zoe sonrió, quitándose también el casco. Su pelo se derramó sobre sus hombros.

—Quién lo diría —bromeó—. El gran Thiago Calloway admitiendo que fracturarse la pierna fue algo bueno.

—Ese hecho cambió muchas cosas en mí —dijo él, con una seriedad poco habitual últimamente—. Me ha enseñado que no puedo controlarlo todo. Que a veces las mejores cosas de la vida vienen de los momentos más inesperados y que hay más valor en confiar que en tratar de dominar lo que te rodea.

Zoe lo miró con curiosidad. Había algo en su tono, en su postura...

—Thiago, ¿estás bien?

Él giró la cabeza, y sus labios mostraron una sonrisa nerviosa que raramente se veía en él.

—Nunca he estado mejor —respondió—. Y es gracias a ti.

Se quitó los guantes y antes de que Zoe pudiera reaccionar, Thiago flexionó una pierna y se arrodilló sobre la nieve. El corazón de Zoe se detuvo.

¿Por qué se arrodillaba? ¿Qué estaba pasando?