La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 68
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CAPÍTULO 68

Thiago se había ido a la empresa a hablar con Victoria y Zoe estaba acurrucada en el pequeño sofá que había en su habitación, envuelta en una manta, con una taza de café caliente humeando entre las manos.

El funeral de su padre había sido hacía apenas unos días, y el agotamiento emocional aún pesaba sobre ella. Tenía que gestionar demasiados sentimientos.

Cuando el teléfono sonó, no necesitó mirar la pantalla para saber quién era. Jules había estado enviando mensajes constantemente desde que supo que había regresado a Nueva York.

—Hola, desastre —respondió Zoe, formando una pequeña sonrisa en sus labios.

—¡Por fin! —La voz melodiosa de Jules resonó a través del altavoz—. ¿Sabes cuántos mensajes te he dejado? Empezaba a pensar que te habías fugado a Las Vegas con tu millonario gruñón y me habías abandonado para siempre.

Zoe soltó una carcajada débil.

—No exageres. Solo han sido... ¿cuántos? ¿Doce mensajes?

—Diecisiete, para ser exactos —corrigió Jules—. Y tres llamadas perdidas. Y un correo electrónico desesperado. Y casi contrato a un detective privado, pero recordé que ya sabía dónde vivías.

—Siempre tan catastrofista. —Zoe tomó un sorbo de su café—. Estaba ocupada. Han sido unos días... muy intensos.

La voz de Jules cambió inmediatamente a un tono más suave, dejando atrás el dramatismo.

—Lo sé, cariño. ¿Cómo estás? De verdad.

Zoe suspiró, recostándose más en el sofá y mirando el techo.

—Es extraño —admitió—. Durante años imaginé enfrentar a mi padre, gritarle todas las cosas que me hizo, decirle lo mucho que me había hecho daño. Y al final... solo fue un hombre enfermo en una cama de hospital, pidiéndome perdón.

—La vida tiene un sentido del humor raro —comentó Jules—. Pero lograste hacer las paces con él antes del final. Eso es más de lo que muchos consiguen.

—Sí. —Zoe sintió una lágrima deslizarse por su mejilla—. Me dijo que siempre había estado orgulloso de mí, y que el dolor por la pérdida de mi madre lo cegó sin dejarle ver que yo también lo necesitaba. Que entendía por qué me fui.

—Tu padre siempre fue un hombre complicado —dijo Jules con suavidad—. Pero te quería.

—Lo sé —respondió Zoe—. Y lo más extraño es que, al final, pude decirle que yo también le quería.

Se quedaron en silencio unos segundos. Un silencio cómodo entre dos amigos que habían compartido muchas cosas.

—Bueno… —Jules rompió el silencio. Su voz volvió a su tono habitual, lleno de picardía—. Ahora, dime lo que realmente quiero saber. ¿Cómo se tomó el Titán de las Finanzas la noticia de que su fisioterapeuta es en realidad la heredera de una de las mayores fortunas de Boston?

Zoe no pudo evitar reír ante el apodo.

—Pues... tras un primer momento de confusión, sorprendentemente bien.

—¿Perdona? —dijo Jules—. ¿El mismo hombre que te acusó de ser una cazafortunas? ¿El que hizo una rabieta digna de un niño de tres años porque bailaste con su primo? ¿Ese Thiago Calloway?

—El mismo —confirmó Zoe—. Es cierto que cuando Victoria soltó la bomba, Thiago no supo muy bien cómo reaccionar, pero es normal. Me pidió unos días para pensar en todo. Al fin de cuentas, la chica con la que estaba saliendo no era quien decía ser…

—Espera un momento… ¿La chica con la que estaba saliendo? —la cortó Jules—. ¿Estás saliendo oficialmente con el señor CEO Insufrible?

Zoe se mordió el labio inferior, incapaz de contener la sonrisa que se extendía por su rostro.

—¿Puedes dejar de ponerle apodos, por favor? —dijo.

—¿Y tú puedes contestar mi pregunta?

—Sí. Es oficial —respondió Zoe.

—¡¡No me lo puedo creer!! —Jules prácticamente chilló—. ¡Por fin! Después de meses de tensión sexual no resuelta, de intensas miradas y peleas que eran básicamente preliminares verbales.

—¡Jules! —Zoe se sonrojó violentamente—. No era tan obvio. Además, tú no nos has visto.

—Os vi el día que te visité en la mansión. ¡Ese tío se puso celoso de mí! ¡Pensaba que era tu novio!

Zoe se pasó la mano por el cuello.

—Bueno… Quizás… Tal vez sí que se nos notaba un poco.

—¿Solo un poco? —repitió Jules. Zoe se echó a reír. Sabía que Jules tenía razón—. Estoy feliz por ti, Zoe —habló de nuevo él—. En el fondo, Thiago es un buen tipo.

—Lo es —dijo ella, y su voz se suavizó—. Ha cambiado mucho, ¿sabes? Ahora es más... sensible. Me deja verlo cómo realmente es.

—Ohhh… —Jules hizo un sonido de ternura exagerado—. Eso es adorable. El témpano de hielo se está derritiendo.

—No le llames así. —Zoe intentó sonar severa, pero una sonrisa traicionaba su tono de voz.

—Vale, vale —accedió Jules—. El Adonis Empresarial. ¿Mejor?

—No mucho —rio Zoe.

—Bueno, cuéntame más —le exigió Jules—. ¿Cómo os fue en Boston?

Zoe suspiró.

—Thiago... fue increíble, Jules. Estuvo a mi lado todo el tiempo, me sostuvo cuando casi me derrumbé durante el funeral, y enfrentó a algunos viejos «amigos» de la familia que intentaron acercarse por interés...

—Qué ironía —comentó Jules—. El hombre que te acusó de ser una cazafortunas, defendiéndote de los auténticos cazafortunas.

—Lo sé. —Zoe sonrió ante el recuerdo—. Deberías haberlo visto, fulminando con la mirada a cualquiera que se acercara demasiado. Como un lobo protegiendo a su manada.

—Mmmm, qué sexy —opinó Jules—. Me encantan los hombres posesivos. Bueno, hasta cierto punto. Después se vuelven agobiantes.

—Thiago no es posesivo —lo defendió Zoe—. Es... protector. Hay una diferencia.

—Y ahora, ¿qué sigue para la señorita Zoe Brooks, anteriormente conocida como Elizabeth Whitmore? ¿Vas a retomar tu identidad original? ¿Fusionarás imperios con tu CEO? ¿Os mudaréis a una isla privada?

Zoe rio con ganas ante las ocurrencias de Jules.

—Por ahora, seguiré siendo Zoe Brooks. Es quien soy en estos momentos, quien he elegido ser. Y sobre lo demás... iré paso a paso. De momento, divido mi tiempo entre mi apartamento y la mansión. No quiero perder mi independencia, aunque esté saliendo con Thiago.

—¿Y la fisioterapia? ¿Sigues tratándolo tú?

—Sí —respondió Zoe con firmeza—. Le queda muy poco para finalizar la rehabilitación, y no va a estar en mejores manos que en las mías.

—Ya me imagino que no quieres desperdiciar tus sesiones de «manos a la obra».

—¡Jules! —exclamó Zoe.

—¿Qué? —Jules fingió inocencia—. Me refería a tus técnicas de fisioterapia. ¿En qué estabas pensando, mente sucia?

Ambos estallaron en carcajadas.

Cuando finalmente se calmaron, Jules tomó la palabra nuevamente. Su voz se volvió más seria, pero seguía estando llena de afecto.

—Te mereces estar bien, Zoe. De verdad. Has pasado por tanto... Te mereces esto. Te mereces ser feliz.

Zoe sintió que sus ojos se humedecían, pero esa vez de agradecimiento.

—Gracias, Jules. Por estar siempre ahí. Por ser mi apoyo durante estos años de amistad.

—Para eso están los amigos —respondió él con sencillez—. Ahora, cuando vuelvas a la mansión de tu millonario, por favor, asegúrate de que mi habitación de invitados tenga vistas al jardín. Y un vestidor decente. Y quizás un minibar.

—¿Tu habitación de invitados? —Zoe río—. ¿Ya te estás autoinvitando?

—Por supuesto. Alguien tiene que asegurarse de que ese hombre te trate como mereces. Además, quiero probar esa fabulosa piscina climatizada.

—Ah, así que esa es tu verdadera motivación —bromeó Zoe—. La piscina.

—Y la posibilidad de ver a Thiago Calloway en bañador —añadió Jules sin vergüenza—. Pero solo con fines profesionales, para comprobar cómo se ha recuperado totalmente después de una lesión tan grave, claro. Estoy comprometido con mi novio.

—¿Comprometido? —Zoe casi se atragantó con el café—. ¿Hay algo más que debas contarme?

—Es una forma de hablar, no te emociones. —Jules rio—. Aunque ¿quién sabe? Quizás antes de que nos demos cuenta, podríamos estar planeando una boda doble.

—Ahora sí que estás delirando. —Zoe negó con la cabeza, sin embargo una pequeña parte de ella se permitió imaginar, solo por un segundo, cómo sería una vida junto a Thiago. Como su esposa.

—El tiempo lo dirá —canturreó Jules—. Y cuando llegue el momento, quiero ser el padrino de tu primer hijo. Seré el tío Jules, el que le compra regalos y le consiente.

—Estás yendo demasiado lejos. —Zoe intentó sonar seria, pero la risa se colaba en su voz sin poder evitarlo.

—Solo digo que puedo verlo en mi mente —insistió Jules—. Tú y Thiago. Juntos. Para siempre. Es como una de esas novelas románticas que pretendes hacerme creer que no lees, pero que encuentro en tu estantería cada vez que voy a tu apartamento.

Zoe no pudo contener la risa.

—Te he echado de menos, Jules.

—Y yo a ti, cariño —respondió él con sinceridad—. Ahora, necesito todos los detalles sucios. ¿Qué tal besa Thiago Calloway? ¿Es tan controlador en la cama como en la sala de juntas? ¡Cuéntamelo todo!

—¡Jules, por favor! —exclamó Zoe, aunque no pudo evitar sonreír (de oreja a oreja).

—Vamos, no me dejes así —suplicó él—. Al menos dime algo. Una pista. Una calificación del uno al diez.

—No voy a calificar a mi novio —protestó Zoe.

—¿Un once, entonces? —insistió Jules—. ¿Un veinte? ¿Rompió la escala?

Zoe se limitó a reír, negándose a responder, pero su silencio pareció ser suficiente para Jules.

—¡Lo sabía! —exclamó él triunfal—. El señor Témpano es un volcán en la intimidad. Esas cosas nunca fallan.

—Voy a colgar —amenazó Zoe, aunque sin convicción.

—No te atrevas —advirtió Jules.

Zoe volvió a echarse a reír.

—Joder, eres de lo que no hay —dijo.

—Pero me quieres.

—No sabes cuánto.

—Cariño, tengo que dejarte. Tengo un paciente al que atender dentro de cinco minutos —anunció Jules.

—Adiós —se despidió Zoe.

—Adiós. Un beso.

—Un beso.

Cuando colgaron, Zoe se quedó un rato más en el sofá, contemplando los cambios que su vida había experimentado en los últimos meses. De fisioterapeuta anónima a volver a enfrentar su pasado como Elizabeth Whitmore. De mantener a todos a distancia a enamorarse de Thiago Calloway.

La vida daba muchas vueltas.

Y aquella vuelta, por fin, parecía estar llevándola exactamente donde necesitaba estar.