La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO EXTRA
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CAPÍTULO EXTRA

Una tarde tranquila de sábado, Zoe estaba sentada en la terraza, leyendo una de esas novelas románticas que Jules siempre había visto en sus estanterías, mientras el sol se filtraba perezosamente a través de las ventanas.

Vestía unos vaqueros desgastados y una camiseta amplia que había robado del armario de Thiago. Su pelo estaba recogido en un par de moñitos despeinados, y sus pies descalzos descansaban sobre una silla cercana.

Con un suspiro, Zoe dejó caer el libro sobre su regazo. Era precioso cuando los protagonistas acababan juntos.

El sonido de un golpe metálico, seguido por un murmullo de maldiciones, interrumpió sus pensamientos.

Alzó la cabeza, frunciendo ligeramente el ceño. El ruido parecía provenir del garaje.

Curiosa, se levantó y siguió el sonido.

Otro golpe, más fuerte esa vez, la guio a través del pasillo lateral que conectaba la casa con el amplio garaje de seis plazas.

La puerta estaba entreabierta, y a través de la rendija, pudo ver luz y movimiento. Empujó con cuidado, y el olor a aceite de motor, metal, polvo y algo indefiniblemente nostálgico la envolvió inmediatamente.

Lo que vio la dejó sin palabras.

En el centro del espacioso garaje, bajo la luz de unos focos potentes que alguien había instalado, estaba Thiago.

Pero no era el Thiago que el mundo de los negocios conocía, con sus trajes impecables y su postura autoritaria.

Ni siquiera era el Thiago íntimo que ella conocía, con sus sonrisas privadas y su vulnerabilidad cuidadosamente dosificada.

Aquel Thiago parecía haber salido de otra época.

Llevaba unos vaqueros viejos y desgastados, tan manchados de grasa que parecían formar parte de una obra de arte abstracto.

Una camiseta blanca, igualmente manchada, se pegaba a su torso por el sudor.

Su pelo estaba despeinado, con algunos mechones cayendo sobre su frente, y una mancha de aceite adornaba su mejilla derecha como un toque de pintura rebelde.

Pero lo más sorprendente no era su apariencia, sino lo que estaba haciendo.

Se encontraba inclinado sobre el motor abierto de un automóvil clásico, con herramientas esparcidas a su alrededor, absolutamente concentrado en su tarea y ajeno al mundo exterior.

El coche era un Mustang del 67, de un azul metálico profundo que parecía casi negro bajo ciertas luces.

La lona llena de polvo que normalmente lo cubría estaba arrugada en un rincón, como si la hubieran retirado con impaciencia.

El capó estaba levantado, revelando las entrañas mecánicas que Thiago examinaba con tanta concentración.

Zoe reconoció inmediatamente el vehículo.

Era el Mustang que Harold le había mencionado una vez, el proyecto inacabado que Thiago y su padre habían estado restaurando juntos.

El coche que había quedado intacto desde la muerte de Max Calloway, como un recordatorio congelado en el tiempo de lo que una vez fue y nunca más sería.

—¿Thiago? —lo llamó suavemente, sin querer sobresaltarlo.

Él levantó la vista y sonrió al reconocerla.

—Hey —saludó, incorporándose y limpiándose las manos en un trapo que colgaba de su bolsillo trasero—. No te he oído entrar.

—He escuchado ruidos —explicó Zoe, acercándose—. No sabía que estabas aquí.

Sus ojos recorrieron el garaje, advirtiendo detalles que antes había pasado por alto: cajas de herramientas abiertas, manuales técnicos esparcidos sobre una mesa de trabajo, una vieja radio que emitía rock clásico. El espacio entero parecía haber despertado de un largo letargo.

—Estás... —señaló hacia el coche, sin saber exactamente cómo formular la pregunta.

Thiago siguió su mirada, y algo en su expresión cambió.

—Sí —dijo—. Estoy terminándolo de arreglar. O al menos, intentándolo.

Zoe se acercó más, hasta quedar junto al vehículo. Pasó sus dedos por la carrocería, admirando las líneas clásicas y elegantes.

—Es precioso —murmuró—. Harold me contó la historia. Dijo que tú y tu padre estabais restaurándolo cuando…

Dejó la frase sin acabar, sabiendo que no era necesario completarla.

—Fue nuestro proyecto durante casi dos años —explicó Thiago, con la mirada perdida en el motor, como si estuviera viendo fantasmas entre las piezas metálicas—. Lo compró casi como chatarra. Papá decía que tenía potencial, que solo necesitaba que alguien creyera en él.

Sonrió ligeramente ante el recuerdo.

—Era una metáfora bastante obvia, en retrospectiva. Él siempre estaba enseñándome cosas sin que me diera cuenta de que me estaba enseñando.

—Suena como un hombre sabio —comentó Zoe.

—Lo era —asintió Thiago—. Aunque yo en ese momento no lo viera.

Zoe se acercó más a él, viendo la mezcla de nostalgia y determinación en su rostro.

—¿Qué te ha hecho decidir retomarlo ahora? —preguntó con curiosidad.

Thiago pareció reflexionar la respuesta.

—Después de la conversación con mi madre, cuando finalmente pude dejar ir esa culpa que había estado cargando...

—comenzó, refiriéndose a aquel día en la terraza, cuando Francesca le había ayudado a entender que su padre nunca lo había culpado por aquellas últimas palabras airadas—.

Empecé a pensar en todas las cosas que había dejado inacabadas.

No solo físicamente, sino emocionalmente.

Sus ojos azules se encontraron con los de Zoe, sinceros y abiertos de una manera que ella aún encontraba sorprendente, considerando cómo había sido cuando se conocieron.

—Y entonces pensé en este coche. Ha estado aquí todos estos años, cubierto, olvidado, pero esperando. Como si supiera que algún día volvería a él.

Se pasó una mano por el pelo, dejando un nuevo rastro de grasa que a Zoe le pareció entrañable.

—Después de pedirte que te casaras conmigo, después de decidir que realmente quería un futuro junto a ti... me di cuenta de que no podía seguir dejando partes de mi pasado sin resolver.

Señaló hacia el motor con un gesto de la mano.

—Mi padre y yo casi lo terminamos. Solo quedaban unos ajustes en el motor, algunos detalles de la tapicería, y probar que arrancara. Pensé que... tal vez era hora de terminarlo. De cerrar este capítulo, no enterrándolo, sino completándolo.

Zoe sintió que su corazón se expandía dentro de su pecho, lleno de orgullo y amor por ese hombre que había recorrido un camino tan largo desde aquel paciente gruñón y roto que había conocido hacía más de un año y medio atrás.

—Thiago... —comenzó—… creo que es la mejor idea que he oído nunca.

Los ojos de él se iluminaron ante sus palabras, como si hubiera estado esperando su aprobación sin darse cuenta.

—¿De verdad?

—De verdad —confirmó Zoe, acercándose hasta quedar frente a él—. Es perfecto. Es... —buscó las palabras—... es como honrar lo que tuviste con tu padre, pero también avanzar. Terminar lo que empezasteis juntos.

Thiago sonrió.

—Eso es exactamente lo que pensé —dijo—. Y hay algo más...

Tomó su mano, manchándola ligeramente de grasa, pero a Zoe no le importó.

—Quiero que sea nuestro coche de bodas —explicó—. Quiero llegar a nuestra ceremonia en el coche que mi padre y yo restauramos. Que sea un símbolo de cómo el pasado y el futuro pueden existir juntos.

Zoe sintió que las lágrimas se formaban en sus ojos. Era un gesto tan significativo, tan profundo en su simplicidad.

—Es perfecto —susurró, sin confiar en su voz para decir más.

—¿Te parece bien? —le preguntó Thiago.

—Me parece genial —dijo Zoe.

Sin importarle la grasa o el sudor, se lanzó hacia él, rodeando su cuello con los brazos. Thiago la recibió instintivamente. Sus brazos fuertes la envolvieron como si fuera lo más natural del mundo.

—Te amo —murmuró contra su cuello—. Te amo tanto, Thiago Calloway.

Él la estrechó más fuerte, como si intentara fundirse con ella, convertirse en una sola entidad.

—Y yo te amo a ti, Zoe Brooks. Más de lo que creí posible amar a alguien.

Se separaron ligeramente, lo suficiente para mirarse a los ojos. Zoe vio en los de Thiago todo lo que necesitaba: amor, confianza, fuerza. Todo lo que había estado oculto bajo capas y capas de dolor y autoprotección cuando lo conoció.

—¿Crees que a tu padre le habría gustado la idea? —preguntó en voz baja—. ¿Usar el coche para nuestra boda?

La sonrisa de Thiago se volvió más suave, casi nostálgica.

—Le habría encantado —respondió sin dudar—. Siempre decía que este coche merecía ser parte de grandes momentos. Y, además, le habrías caído bien.

—¿Tú crees? —Zoe ladeó la cabeza, curiosa.

—Estoy seguro —afirmó Thiago—. Eras el tipo de persona que admiraba. Auténtica, directa, sin pretensiones. No te habrías dejado intimidar por él, igual que no te dejaste intimidar por mí.

Zoe soltó una risilla.

—Bueno, tú tampoco te dejaste intimidar cuando descubriste quién era yo realmente —le recordó, refiriéndose a su verdadera identidad como Elizabeth Whitmore.

—¿Intimidarme porque resulta que mi novia es una de las herederas más ricas de Boston? —Thiago fingió considerarlo—. Quizás un poco. Pero sobre todo me sentí como un idiota por haberte acusado de ser una cazafortunas.

Ambos rieron ante el recuerdo de aquella terrible pelea en la gala.

—¿Necesitas ayuda con el coche? —preguntó Zoe, mirando hacia el Mustang—. No sé mucho de mecánica, pero puedo aprender.

La sonrisa de Thiago se amplió.

—Me encantaría enseñarte —dijo, y había tanto cariño en su voz que Zoe sintió un nudo en la garganta—. Mi padre también decía que trabajar en un coche clásico enseña paciencia y humildad. Dos cualidades que, según él, me faltaban desesperadamente.

—Sabiduría paternal —asintió Zoe con una sonrisa—. Mi padre decía algo similar sobre navegar. Que el mar te enseña que no importa cuánto dinero o poder tengas, siempre habrá fuerzas mayores que tú.

Thiago la miró con curiosidad.

—Nunca me habías contado que navegabas.

—Hay mucho que aún no sabes de mí, Calloway —bromeó, acercándose y poniéndose de puntillas para darle un beso ligero en los labios—. Pero tenemos toda una vida para descubrirlo.

—Toda una vida —repitió él, como saboreando las palabras—. Me gusta la idea de pasar toda una vida contigo.

Volvió a besarla, esta vez más profundamente. Sus manos manchadas de grasa dejaron huellas en su camiseta, pero a ninguno de los dos le importó.

Cuando se separaron, Zoe miró otra vez hacia el Mustang.

—Entonces, ¿por dónde empezamos? —preguntó, remangándose la camiseta—. Si hemos de tener este bebé listo para septiembre, será mejor ponernos manos a la obra.

Thiago la miró con una mezcla de amor, gratitud y asombro, como si no pudiera creer que aquella extraordinaria chica hubiera elegido estar con él, compartir su vida, e incluso ensuciarse las manos con el proyecto que tanto significaba para él.

—Empecemos por el motor —sugirió, guiándola hacia el capó abierto—. Es el corazón del coche, y si el corazón late fuerte, todo lo demás se colocará en su lugar.

Mientras Thiago comenzaba a explicarle el funcionamiento del motor V8, señalando piezas y contándole anécdotas de cuando él y su padre trabajaban juntos, Zoe lo escuchaba embelesada.

Aquel hombre, que una vez se había escondido detrás de gruñidos y muros de orgullo, ahora compartía abiertamente sus recuerdos más preciados con ella.

El Mustang, que había sido durante tanto tiempo un objeto sagrado e intocable, en ese momento vibraba con un nuevo propósito.

Y mientras trabajaban juntos bajo la luz cálida de los focos, con la vieja radio sonando de fondo y el olor a metal y a aceite llenando el aire, Zoe no pudo evitar pensar que eso, precisamente eso, era lo que significaba sanar.

No olvidar, sino integrar.

No enterrar el pasado, sino construir sobre él un futuro más fuerte.

Y en aquel momento, con grasa en las manos y mucho amor en el corazón, supo con absoluta certeza que habían encontrado el camino a casa.