CAPÍTULO 65 #2
Frederick asintió levemente, su respiración se hizo todavía más difícil. Zoe, alarmada, intentó volver a colocarle la mascarilla de oxígeno, pero él negó débilmente con la cabeza.
—No... —susurró—. Necesito... decirte algunas cosas... primero.
Sus ojos, cuyo tono parecía haberse intensificado en contraste con la palidez de su rostro, se fijaron en Zoe con una lucidez sorprendente.
—Elizabeth... mi Lizzie —comenzó—. Gracias... por venir. Por perdonarme. No merecía tu perdón... pero has sido más generosa de lo que jamás yo lo fui contigo.
Zoe sintió que las lágrimas que había estado conteniendo finalmente se desbordaban, deslizándose sin parar por sus mejillas.
—Papá, no hace falta que...
—Sí, sí hace falta —la interrumpió—. Siempre fuiste... lo mejor de mi vida, Lizzie. Lo mejor de tu madre y mío. Y te fallé... cuando más me necesitabas.
Tomó una respiración trabajosa, y Zoe notó con alarma cómo su pecho parecía hundirse más profundamente con cada exhalación.
—Pero ahora puedo... irme en paz —continuó Frederick—. Sabiendo que me has perdonado. Sabiendo que estás bien. Que eres... feliz.
Sus ojos se movieron brevemente hacia Thiago antes de volver a Zoe otra vez.
—Cuídala —dijo, dirigiéndose a él—. Es lo más valioso que hay en este mundo.
Thiago inclinó la cabeza solemnemente. Su mano apretó el hombro de Zoe.
—Con mi vida —prometió, y no había duda de su sinceridad.
Frederick pareció satisfecho con aquella respuesta. Volvió su mirada hacia su hermano, que observaba la escena con ojos vidrioso por las lágrimas que estaba conteniendo.
—Richard... —murmuró—. Mi hermano. Mi mejor amigo. Gracias por... estar siempre, incluso cuando yo no lo merecía.
Richard sacudió la cabeza, incapaz de hablar en ese momento.
—Siempre, Fred —logró decir finalmente, arrancándose las palabras de la garganta—. Hasta el final.
Frederick asintió débilmente, y luego, con un esfuerzo que parecía consumir sus últimas reservas de energía, volvió a mirar a Zoe.
—Sé feliz, mi niña —susurró—. Vive la vida que quieras vivir. Como Zoe, como Elizabeth... como quien decidas ser. Solo... sé feliz. Es todo lo que siempre quisimos para ti, tu madre y yo.
Zoe dejó escapar un sollozó, incapaz de contener por más tiempo la oleada de emociones que la inundaba. Se inclinó y presionó su frente contra la mano de su padre, que aún sostenía entre las suyas.
—Te quiero, papá —logró decir a través de las lágrimas—. Siempre te he querido.
Una sonrisa de paz infinita iluminó el rostro demacrado de Frederick. Con un último esfuerzo, levantó su mano libre y la colocó sobre la cabeza de Zoe, en un gesto de bendición tan antiguo como la humanidad misma.
—Y yo a ti, mi Lizzie —susurró—. Desde el primer momento en que te vi... hasta este último.
Su mano cayó lentamente, como una hoja que se desprende de un árbol en otoño. Zoe la sostuvo, sintiendo cómo la vida se escurría entre sus dedos como agua que no puede contenerse.
Los monitores, que habían estado emitiendo su sinfonía de pitidos de forma monótona y regular, de repente cambiaron su ritmo. Un tono continuo, agudo y definitivo, llenó la habitación.
Los ojos de Frederick, aún fijos en Zoe, perdieron lentamente su brillo, como estrellas que se apagan al amanecer.
Y con una exhalación final que pareció más un suspiro de alivio que un estertor de muerte, Frederick Whitmore dejó el mundo rodeado por las personas que más había amado, y a quienes, a su manera imperfecta, siempre había querido.
—¡Papá! —El grito desgarrado de Zoe rompió el silencio que siguió a ese pitido continuo.
Se inclinó sobre la cama, abrazando el cuerpo inmóvil de su padre, como si con la fuerza de su abrazo pudiera devolverle la vida que acababa de abandonarlo. Los sollozos sacudían su cuerpo, liberando años de dolor, de resentimiento, de amor reprimido y de la nueva pérdida que acababa de sufrir.
Richard, al otro lado de la cama, había bajado la cabeza, y un puñado de lágrimas rodaban por sus mejillas mientras sostenía la mano ya inerte de su hermano.
Thiago permanecía junto a Zoe, con una presencia sólida y reconfortante. No intentó separarla de su padre, comprendiendo la importancia de ese último abrazo. En su lugar, colocó una mano sobre su espalda, ofreciéndole el único consuelo posible en ese momento: la certeza de no estar sola.
Pasaron varios minutos antes de que Zoe finalmente se incorporara. Su rostro se encontraba húmedo y enrojecido, pero con una extraña calma en los ojos. Había algo casi sagrado en su expresión, como si en medio del dolor hubiera encontrado también una paz inesperada.
—Se ha ido —murmuró, más para sí misma que para los demás.
Richard rodeó la cama y, sin decir palabra, envolvió a su sobrina en un fuerte abrazo. Era más alto que ella, y Zoe apoyó la cabeza contra su pecho, dejando que el familiar aroma de su colonia de cedro la transportara a recuerdos más felices.
—No estás sola, Lizzie —murmuró Richard contra su pelo—. Nunca lo estarás. Tu padre se ha ido, pero yo sigo aquí. Siempre te he querido como a una hija, y ahora... —Su voz comenzó a quebrarse, pero se obligó a continuar—. Ahora haré todo lo posible por llenar ese vacío, si me lo permites.
Zoe asintió contra su pecho, incapaz de formar palabra alguna, pero agradecida más allá de lo que podía expresar por aquella promesa, por aquel nuevo comienzo en medio del final.
La puerta de la habitación se abrió y varios miembros del personal médico entraron rápidamente, alertados por la alarma de los monitores. La médica, una mujer de mediana edad con expresión compasiva, se acercó a ellos.
—Lo siento mucho —dijo con visible empatía—. Necesitamos pedirles que esperen fuera mientras certificamos el fallecimiento y... preparamos todo.
Richard asintió, comprensible. Con suavidad, guio a Zoe hacia la puerta, con Thiago siguiéndolos de cerca.
Antes de salir, Zoe se giró una última vez hacia la cama donde yacía su padre, en aquel momento rodeado de personal médico.
—Adiós, papá —susurró, tan bajo que solo Thiago, que estaba junto a ella, pudo escucharla—. Hasta que volvamos a encontrarnos.
Y con esa despedida final, Zoe Brooks (o Elizabeth Whitmore, o quizás en ese momento simplemente ella misma, sin etiquetas ni máscaras) salió de la habitación, sostenida entre el hombre que representaba su futuro y el hombre que era el puente con su pasado.