CAPÍTULO 65
La cafetería del Massachusetts General Hospital bullía con una energía peculiar, una energía que desprendía la humanidad de quienes la transitaban: familiares esperando noticias, personal sanitario robando minutos al día para un café rápido, pacientes de paso buscando un respiro de la rutina hospitalaria.
Bajo las luces fluorescentes, todas las emociones parecían intensificarse, como si el lugar fuera un amplificador de sentimientos.
En una mesa junto a la ventana que daba a un pequeño jardín interior, Zoe removía distraídamente los restos de la ensalada de pasta que se había pedido.
Frente a ella, Thiago terminaba un sándwich mientras mantenía una conversación bastante animada con Richard Whitmore sobre las últimas tendencias en tecnología médica, un tema en el que ambos parecían tener un interés compartido.
—La verdad es que las prótesis biónicas han avanzado de manera exponencial en los últimos cinco años —comentaba Richard, gesticulando con entusiasmo con una mano mientras sostenía su taza de café con la otra—.
En Whitmore Pharmaceuticals estamos colaborando con un equipo de bioingenieros del MIT para desarrollar una interfaz neural más sensible.
Los resultados preliminares son prometedores.
Thiago asintió, realmente interesado.
—He seguido esos avances —respondió—. De hecho, una de las subsidiarias de Calloway Industries está invirtiendo en algo similar, aunque enfocado más en la parte de software que en los componentes físicos.
Zoe los observaba con una mezcla de asombro y gratitud.
Ver a aquellos dos hombres, procedentes de mundos tan diferentes pero que ahora representaban las dos mitades de su vida, conversando como viejos amigos, producía en ella una sensación de satisfacción que no había experimentado en años.
Era como si el círculo comenzara a cerrarse, como si las piezas dispersas de su existencia empezaran a encajar.
—¿Estás bien? —La voz suave de Thiago la sacó de sus pensamientos.
Sus ojos azules la estudiaban con esa intensidad que parecía capaz de ver más allá de cualquier barrera.
Zoe esbozó una pequeña sonrisa, agradecida por su preocupación.
—Sí —respondió—. Solo estaba pensando en lo extraño que es todo esto. Hace veinticuatro horas mi vida era completamente diferente.
Richard extendió una mano por encima de la mesa y cubrió la de Zoe con un afecto paternal.
—La vida tiene esa costumbre, ¿no? —comentó con una sonrisa cansada pero verdadera—. De cambiar por completo cuando menos lo esperas.
Su tío había envejecido bien, pensó Zoe.
A sus cincuenta y seis años, Richard Whitmore conservaba ese aire distinguido que siempre lo había caracterizado.
Alto, con el mismo cabello rubio oscuro que su hermano, aunque con entradas más pronunciadas y vetas plateadas en las sienes.
Sus ojos, de un tono miel parecido a los de Frederick, y a los suyos propios, mantenían esa chispa de inteligencia vivaz que Zoe recordaba de su infancia, cuando él la llevaba a museos de ciencia y le explicaba pacientemente cómo funcionaba todo.
—Supongo que sí —concedió Zoe, girando la muñeca para dar un apretón a la mano de su tío—. Gracias por... por no guardarme rencor por irme como lo hice.
Richard sacudió la cabeza, y una expresión de remordimiento cruzó brevemente su rostro.
—¿Guardarte rencor? Lizzie, si alguien debe pedir disculpas, soy yo —dijo con sinceridad—. Debí haber intervenido más, debí haber hecho más por mediar entre tú y Frederick. Cuando te fuiste... —Hizo una pausa, y apretó los labios—. Parte de mí entendió por qué lo hiciste.
Thiago observaba el intercambio en silencio, con ese respeto por los momentos íntimos que parecía contradecir su habitual imagen de magnate impaciente. Su mano encontró la rodilla de Zoe bajo la mesa, ofreciéndole un apoyo silencioso que ella agradeció profundamente.
—Lo importante es que estamos aquí ahora —intervino Thiago con suavidad—. Juntos.
Richard afirmó con la cabeza.
—Así que... —comenzó, con una sonrisa que suavizaba la seriedad del momento—, ¿cómo terminó mi sobrina, la heredera fugitiva, como fisioterapeuta del infame Thiago Calloway?
Thiago soltó una risita, y sus ojos brillaron con diversión.
—¿Infame? —preguntó, arqueando una ceja—. ¿Esa es mi reputación en Boston?
—Bueno, la prensa económica no siempre ha sido amable con tus... digamos, duros métodos —respondió Richard, encogiendo los hombros—. Aunque debo admitir que siempre he admirado tu audacia empresarial.
Zoe los observó hablar con una sonrisa que poco a poco se iba ensanchando en su rostro.
Había olvidado lo bien que su tío sabía navegar por conversaciones que en un principio podían resultar incómodas, convirtiendo la tensión en complicidad con esa elegancia natural que parecía ser parte del ADN Whitmore. Una cualidad que su padre también poseía.
—Es una larga historia —respondió finalmente Zoe a la pregunta original—.
Pero la versión corta es que, después de completar mi formación, busqué trabajos donde pudiera mantener un perfil bajo.
La directora de Recursos Humanos de la empresa de Thiago me llamó para que fuera su fisioterapeuta después de que otros siete se largaran corriendo.
—Y fue la única persona en años que tuvo las agallas de enfrentarse a mí y decirme que estaba comportándome como un niño mimado —completó Thiago, con una mezcla de orgullo y diversión.
Richard rio abiertamente.
—Eso suena a Lizzie —comentó, con evidente cariño—. Incluso de niña, nunca tuvo miedo de decir exactamente lo que pensaba, especialmente cuando alguien necesitaba escucharlo.
—Supongo que algunas cosas no cambian, incluso aunque te pongas otro nombre —reflexionó Zoe, con una sonrisa melancólica.
El teléfono de Richard vibró sobre la mesa. Lo miró rápidamente y su expresión se tensó.
—Es Susan, la enfermera de tu padre —dijo, guardando el dispositivo—. Pregunta si podemos volver, Frederick está preguntando por nosotros.
La ligereza del momento anterior se desvaneció como niebla bajo el sol.
Zoe sintió que su estómago se contraía, consciente de lo que esa llamada probablemente significaba. Los tres se levantaron de la silla, dejando las tazas medio vacías y los platos todavía con comida en la mesa.
El trayecto desde la cafetería hasta la habitación 310 se hizo en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
Zoe sentía la mano de Thiago firmemente entrelazada con la suya, como un ancla en medio de la tormenta emocional que amenazaba con arrastrarla.
Cuando llegaron al pasillo donde se encontraba la habitación de Frederick, vieron a una enfermera de mediana edad esperándolos junto a la puerta. Susan, supuso Zoe, reconociendo el rostro amable que había visto brevemente durante su visita anterior.
—Señorita Whitmore —saludó la mujer con esa mezcla de profesionalidad y compasión que solo los buenos enfermeros logran dominar—.
Su padre está despierto, pero sus signos vitales han comenzado a deteriorarse rápidamente.
El doctor cree que está entrando en sus...
—Hizo una pausa, buscando la manera más suave de expresarlo—… en sus momentos finales.
A pesar de estar preparada para escuchar aquellas palabras, Zoe sintió como si el aire abandonara sus pulmones. Una cosa era ser consciente de que su padre se estaba muriendo, y otra muy distinta enfrentar su inminente partida.
—¿Podemos entrar? —preguntó Richard, con una voz más ronca de lo habitual.
Susan asintió.
—Por supuesto. Ha estado preguntando por vosotros. Especialmente por usted —añadió, mirando a Zoe con ojos compasivos—. Estaré monitoreando sus constantes desde el puesto de enfermeras, pero tómense el tiempo que necesiten para despedirse.
La palabra «despedirse» flotó en el aire como una sentencia, inevitable y definitiva.
Zoe sintió que las piernas amenazaban con fallarle, pero la presencia sólida de Thiago a su lado le dio la fuerza para seguir adelante.
—Estoy aquí —murmuró él, tan bajo que solo ella pudo escucharlo—. Justo a tu lado.
Zoe asintió, incapaz de hablar, y los tres entraron en la habitación.
Frederick Whitmore parecía haber envejecido años en las pocas horas desde que Zoe lo había visto por última vez. Su rostro, ya demacrado por la enfermedad, ahora tenía un tono ceniciento que contrastaba alarmantemente con la blancura de las sábanas.
La máscara de oxígeno seguía en su lugar, pero su respiración parecía más trabajosa, como si cada inhalación requiriera un esfuerzo consciente y doloroso.
Sin embargo, cuando sus ojos se posaron en los recién llegados, una chispa de alegría iluminó su mirada. Con movimientos débiles pero decididos, intentó quitarse la máscara de oxígeno.
—Papá, no... —comenzó Zoe, acercándose rápidamente a la cama.
Pero Frederick insistió, con esa terquedad que siempre lo había caracterizado. Finalmente, Zoe cedió y lo ayudó a retirar la máscara, colocándola a un lado para que pudiera volver a ponérsela cuando la necesitara.
—Estáis... todos aquí —murmuró Frederick. Su voz era apenas un susurro ronco—. Mi familia.
Zoe tomó la mano de su padre entre las suyas.
—Estamos aquí, papá —confirmó, esforzándose por mantener la voz firme.
Richard se colocó al otro lado de la cama, tomando la otra mano de su hermano. Thiago permaneció un poco más atrás, junto a Zoe, ofreciendo su compañía, pero sin entrometerse en un momento tan íntimo.
Frederick dirigió su mirada hacia él, y una pregunta silenciosa se formó en sus ojos.
—Papá, él es Thiago Calloway —le presentó Zoe, siguiendo la dirección de su mirada—. Mi... —dudó un instante, pero luego continuó con firmeza—, mi novio.
Una débil sonrisa curvó los labios agrietados de Frederick.
—Calloway... —murmuró—. De Calloway Industries. Conocí a tu padre. Buen... ojo para los negocios, Lizzie.
Zoe no pudo evitar soltar una risa suave entre las lágrimas incipientes. Incluso al borde de la muerte, su padre seguía siendo el empresario que evaluaba conexiones y oportunidades.
—Un placer conocerlo, señor Whitmore —respondió Thiago, acercándose y colocando una mano sobre el hombro de Zoe.