La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 64 #2
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CAPÍTULO 64 #2

—Eso es lo peor —admitió Zoe con un suspiro exagerado—. Que incluso cuando querías morderme, seguía pensando que eras condenadamente guapo. Es muy difícil mantener la profesionalidad cuando tu paciente parece un modelo de pasarela incluso en pijama.

Thiago río. Un sonido rico y genuino que hizo que varias enfermeras que pasaban por el pasillo giraran la cabeza para mirarlo. Zoe pensó que podría escuchar aquella risa para siempre y nunca cansarse de ella.

—En mi defensa —continuó él, una vez que se calmó—, tú tampoco me lo ponías fácil. ¿Tienes idea de lo difícil que es concentrarse en hacer los ejercicios de rehabilitación cuando tu fisioterapeuta es la mujer más preciosa que has visto en tu puñetera vida?

Zoe sintió que sus mejillas se calentaban, y agradeció la distracción cuando Thiago se inclinó hacia adelante y, con infinita ternura, capturó sus labios en un beso suave pero profundo.

No era un beso apasionado o urgente, sino uno que hablaba de compromiso, de comprensión, de un amor que había encontrado su camino a través de las máscaras y los secretos hasta la verdad esencial que latía entre ellos.

Cuando se separaron, Zoe apoyó su frente contra la de Thiago. Sus ojos permanecían cerrados como si estuviera memorizando el momento.

—Gracias —susurró, sintiendo que las palabras eran insuficientes pero necesarias—. Gracias por venir. Por estar aquí conmigo en... en todo esto.

Thiago se apartó ligeramente para mirarla a los ojos, mostrando una expresión seria, pero llena de una certeza tranquila.

—Siempre voy a estar para ti, Zoe —prometió—. En los momentos buenos y en los difíciles. No tienes que enfrentar nada sola nunca más.

Ella asintió con la cabeza, sintiendo que una paz que no había tenido en años la envolvía lentamente, como una manta cálida en una noche muy fría.

—Gracias —musitó.

Thiago le dio un beso rápido en los labios para reforzar sus palabras.

—¿Cómo está tu padre? —preguntó después de un momento.

Zoe suspiró. La realidad de la situación volvió a ella.

—Mal —respondió con sinceridad—. El cáncer está muy avanzado. Tiene metástasis. Los médicos dicen que le quedan pocas horas, y la verdad es que se le ve que está muy mal.

—¿Has podido hablar con él? —preguntó Thiago, apretando su mano en un gesto de apoyo.

Zoe sintió una nueva oleada de emoción ante el recuerdo de la conversación con su padre y la reconciliación que había llegado casi demasiado tarde.

—Sí —dijo—. Ha sido... intenso. Me ha pedido perdón, Thiago. Por culparme por el accidente, por no estar conmigo durante mi recuperación... por todo.

—¿Y tú? —preguntó él suavemente—. ¿Cómo te sientes?

Zoe buscó la respuesta en lo más profundo de su ser.

—En paz —dijo—. Al menos con esa parte de mi vida. Como si un peso que había estado cargando durante años finalmente se hubiera quitado de mi espalda. No borra lo que pasó, pero... ayuda a seguir adelante.

Thiago asintió. Sus ojos estaban llenos de comprensión. Él también sabía algo sobre cargar con pesos invisibles, y sobre el poder transformador del perdón, tanto el que se da como el que se recibe.

De repente, Zoe se irguió en su asiento. Una expresión de alarma cruzó su rostro mientras miraba a Thiago como si acabara de darse cuenta de algo.

—Espera un momento —dijo, entrecerrando los ojos—. No se te habrá ocurrido conducir hasta Boston en el estado en el que tienes todavía la pierna.

La pregunta fue tan inesperada, tan perfectamente «Zoe», que Thiago no pudo contener una pequeña carcajada.

—Dios mío, eres increíble —logró decir entre risas—. Estamos en medio de una crisis familiar, acabamos de declararnos nuestro amor, y tú te preocupas por mi pierna.

Zoe mantuvo su expresión severa, aunque sus ojos brillaban con una nota de humor.

—No has respondido a mi pregunta, Calloway —insistió, usando intencionalmente el tono profesional que solía emplear durante sus sesiones de fisioterapia—. ¿Has conducido o no?

Thiago levantó las manos en un gesto de rendición, aún sonriendo ampliamente.

—No, doctora Brooks, no he conducido —aseguró—. Me ha traído Pavel. El pobre ha tenido que soportar mi ansiedad durante todo el trayecto. Probablemente esté considerando pedir un aumento de sueldo mientras hablamos. O despedirse —bromeó.

Zoe exhaló, como si hubiera estado conteniendo la respiración.

—Menos mal —murmuró—. Ya estaba preparando mentalmente la bronca que iba a echarte.

—¿Mentalmente? —bromeó Thiago—. Creía que tenías un repertorio completo de reprimendas listo para usar en cualquier momento.

Zoe le dio un ligero empujón en el hombro, pero no tuvo más remedio que sonreír.

—Eres incorregible —dijo.

—Es otra parte de esas que forman mi encanto, o eso me han dicho —respondió él, guiñándole un ojo.

El sonido de pasos aproximándose interrumpió su momento de complicidad. Richard Whitmore caminaba hacia ellos con expresión cansada pero visiblemente más relajada que cuando Zoe lo había visto al llegar. Al ver a Thiago, arqueó una ceja con evidente curiosidad.

—Lizzie —saludó, utilizando con naturalidad el diminutivo familiar—. Iba a preguntarte si querías tomar un café, pero veo que tienes compañía.

Zoe se levantó, sintiendo una extraña mezcla de nerviosismo y orgullo mientras se preparaba para presentar a su tío al hombre más importante de su vida en aquel momento.

—Tío Richard —comenzó, con una sonrisa que iluminaba todo su rostro—, este es Thiago Calloway. Mi novio.

Las palabras «mi novio» salieron de su boca por primera vez para presentárselo a alguien, y se sorprendió de lo bien que sonaban, de lo naturales que parecían en sus labios.

Thiago se puso de pie, apoyándose brevemente en su muleta antes de extender su mano libre hacia Richard.

—Un placer conocerlo, señor Whitmore —saludó con la seguridad elegante que lo caracterizaba.

Richard tomó su mano, estudiándolo con esa mirada evaluadora que Zoe recordaba tan bien de su adolescencia, cuando llevaba amigos a casa o, peor aún, cuando algún chico iba a recogerla para una cita. Era más protector que su padre, si eso era posible.

—El placer es mío, señor Calloway —respondió finalmente, con una sonrisa en la comisura de la boca—. Y por favor, llámame Richard.

Algo en la postura de Zoe debió revelar su sorpresa ante la cordialidad de su tío, porque este se volvió hacia ella con una expresión ligeramente divertida.

—¿Qué? —preguntó—. ¿Esperabas que le sometiera a un interrogatorio estilo FBI?

Zoe se sonrojó ligeramente.

—Bueno, considerando cómo reaccionaste cuando Jason Miller vino a buscarme para el baile de graduación... —dejó la frase en el aire, con una sonrisa traviesa—. Peor que papá.

Richard soltó una breve carcajada. Sus ojos se arrugaron en las esquinas de una manera que recordó a Zoe lo mucho que había echado de menos a su familia, a pesar de todo.

—Jason Miller tenía un piercing en la ceja, otro en la nariz y olía a cigarrillos baratos —se defendió Richard, antes de volverse hacia Thiago con expresión cómplice—. Además, el señor Calloway aquí presente tiene algo que Jason nunca tuvo.

—¿Y qué es? —preguntó Thiago, entrando en el juego.

—La capacidad de que mi sobrina sonría como no la he visto sonreír nunca —respondió Richard con sencillez—. Eso hace que ganes mi aprobación de forma automática. —Extendió nuevamente su mano hacia Thiago. Aquella vez con mayor calidez—. Bienvenido a la familia, Thiago.

Zoe sintió que sus ojos se humedecían nuevamente.

«Familia».

Una palabra que había estado cargada de dolor y complicaciones durante mucho tiempo, y que ahora, en el espacio de unas pocas horas, comenzaba a recuperar su significado original de pertenencia y amor.

—Gracias, Richard —respondió Thiago, estrechando la mano que le ofrecía con una sonrisa sincera—. Significa mucho para mí.

Richard asintió, satisfecho, y luego miró a ambos.

—¿Habéis comido algo? La cafetería del hospital no es el Ritz, pero tienen un pastel de manzana sorprendentemente decente.

—No he comido nada desde el desayuno —admitió Zoe, súbitamente consciente del hambre que había ignorado durante horas.

—Yo tampoco —añadió Thiago—. Un café bien cargado y algo de comer suena perfecto.

Richard hizo un gesto hacia el pasillo.

—Entonces, vamos. Podemos ponernos al día mientras comemos algo. —Su expresión se suavizó al mirar a Zoe—. Frederick está descansando ahora. Los médicos dicen que es bueno que duerma un poco.

Zoe afirmó con la cabeza, agradecida.

Mientras echaban a andar hacia la cafetería, sintió la mano de Thiago deslizarse alrededor de su cintura, un gesto protector y cariñoso que le transmitía silenciosamente: «Estoy aquí, no estás sola».

Y por primera vez en mucho tiempo, Zoe realmente lo creía. No estaba sola. Tenía a Thiago a su lado, había recuperado a su padre en las últimas horas de su vida, y su tío volvía a formar parte de su existencia.

Las piezas dispersas de su identidad (Elizabeth Whitmore y Zoe Brooks) comenzaban a fundirse en una sola persona, completa y en paz consigo misma.

Mientras avanzaban por el pasillo, Zoe pensó que era curioso cómo los lugares de dolor podían convertirse también en escenarios de sanación.

En aquel hospital, donde su padre se despedía lentamente de la vida, ella estaba, paradójicamente, aprendiendo a vivir de nuevo, con toda la verdad de quién era y con la promesa de un futuro junto al hombre que caminaba en ese momento a su lado, adaptando su paso al de ella.