CAPÍTULO 64
El tiempo parecía haberse detenido en aquella habitación de hospital donde Zoe y su padre habían reconstruido un puente que llevaba cinco años derruido.
Pero la realidad tenía sus propias normas, inflexibles y ajenas a las necesidades del corazón.
La enfermera de turno, una mujer de rostro amable pero firme, asomó la cabeza por la puerta.
—Lo siento, señorita Whitmore —dijo, consultando su reloj de pulsera—. Ha terminado el horario de visita. Necesitamos realizar algunos procedimientos.
Zoe asintió.
Lo entendía, pero lamentó la interrupción de ese momento tan precioso y frágil.
Se inclinó sobre su padre, que respiraba un poco más tranquilo, como si la reconciliación hubiera aliviado de algún modo su dolor físico.
—Volveré pronto, papá —le prometió, apretando suavemente su mano huesuda, que descansaba sobre la sábana—. Duerme un poco.
Frederick esbozó una sonrisa débil bajo la máscara de oxígeno, y sus ojos le dijeron todo lo que las palabras ya no podían.
Zoe depositó un beso suave en su frente y se dirigió a la puerta, lanzando una última mirada a la figura demacrada de su padre antes de salir.
El contraste entre la intimidad de la habitación y la actividad del pasillo del hospital casi la desorientó. Enfermeras y médicos iban de un lado a otro apresuradamente, y el sonido de conversaciones profesionales se mezclaba con el ocasional pitido de los sistemas de comunicación.
Zoe se sentía extrañamente desconectada de todo ello, como si estuviera observando el mundo a través de un cristal empañado.
Las emociones de la última hora, el reencuentro con su padre, sus disculpas, el perdón postergado, habían drenado sus fuerzas de una manera que ni siquiera las sesiones más exhaustivas de fisioterapia con Thiago habían logrado.
Thiago.
Su imagen apareció repentinamente en su mente, provocando una oleada de nostalgia y preocupación. ¿Qué estaría haciendo? ¿Seguiría enfadado, confundido? ¿Habría decidido ya que una relación basada en una identidad falsa no valía la pena?
Con un suspiro tembloroso, Zoe se dejó caer en una de las sillas de plástico azul alineadas contra la pared del pasillo. Sus piernas ya no parecían capaces de sostenerla, y la sensación de agotamiento emocional era abrumadora.
Apoyó los codos en las rodillas y escondió el rostro entre las manos, permitiendo que las lágrimas que había estado conteniendo fluyeran libremente.
No sabía muy bien por qué lloraba. ¿Por el tiempo perdido con su padre?
¿Por el dolor de aquellos años de separación?
¿Por el alivio de la reconciliación? ¿Por el miedo a perder a Thiago?
Quizás por todo ello al mismo tiempo, o tal vez simplemente porque, después de años de mantener una fachada de fortaleza, finalmente se sentía segura para derrumbarse.
Tan absorta estaba en su propio torrente emocional que no notó los pasos que se acercaban por el pasillo, ni la figura alta que se detuvo frente a ella, observándola con una mezcla de preocupación y afecto.
—Zoe.
La voz, profunda y familiar, la alcanzó a través de su dolor como un rayo de luz en la oscuridad. Durante un segundo, Zoe pensó que su mente le estaba jugando una mala pasada, conjurando la voz que más anhelaba escuchar en ese momento.
Lentamente, levantó la cabeza, parpadeando para aclarar la visión nublada por las lágrimas.
Y allí estaba él.
Thiago, con su casi metro noventa de altura, sus hombros anchos enfundados en un abrigo negro sobre un jersey de punto verde oscuro y un pantalón de traje, el pelo ligeramente despeinado como si hubiera pasado los dedos por él repetidamente, y esos ojos azul glacial que ahora la miraban con una intensidad que le robó el aliento.
Durante un instante, Zoe se quedó completamente inmóvil, convencida de que estaba alucinando, de que el estrés y la falta de sueño habían evocado una imagen tan vívida de la persona que más deseaba ver que casi podía extender la mano y tocarlo.
—¿Qué... qué haces tú aquí? —logró articular finalmente, con un susurro ronco.
Thiago dio un paso hacia ella, apoyándose ligeramente en una muleta (solo una, notó Zoe con su instinto profesional siempre alerta), y una sonrisa tentativa curvó las comisuras de sus labios.
—No quería que pasaras por esto sola —respondió simplemente, como si fuera la cosa más natural del mundo aparecer a más de trescientos kilómetros de distancia, en un hospital de otra ciudad, justo cuando ella más lo necesitaba.
Zoe se puso de pie tambaleante, aún sin estar completamente segura de que no estaba soñando.
—Pero... ¿cómo supiste dónde...? —comenzó, confundida.
—Harold —explicó Thiago, acortando la distancia entre ellos—. Mencionaste el hospital a Harold esta mañana y en la recepción solo he tenido que preguntar por la habitación del señor Whitmore.
Harold. Por supuesto.
El omnisciente mayordomo que siempre parecía saber exactamente lo que necesitaban incluso antes de que ellos mismos lo supieran. Tendría que agradecérselo cuando volviera.
Si es que volvía.
Thiago pareció leer la duda en sus ojos, porque su expresión se volvió más seria, más determinada. Sin decir nada más, se sentó en la silla que había junto a la que ella acababa de abandonar y dio una palmadita al asiento, invitándola a acompañarlo.
Zoe se dejó caer nuevamente en su silla, aún procesando la realidad de su presencia.
El aroma familiar de su aftershave , una mezcla de sándalo y algo cítrico, confirmaba que no era una alucinación. Thiago estaba realmente allí, a su lado, cuando había creído que podría haberlo perdido para siempre.
—Lo siento —dijo él de repente, rompiendo el breve silencio que se había instalado entre ellos—. Siento cómo reaccioné ayer.
Zoe sacudió la cabeza, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—No, Thiago. Es completamente comprensible. Te oculté algo importante, algo fundamental sobre quién soy. Tenías todo el derecho a estar molesto, confundido...
—Quizás —la interrumpió él—. Pero no tenía derecho a hacerte sentir que estabas sola en esto. —Hizo un gesto abarcando el hospital a su alrededor—. No cuando estás enfrentando algo tan difícil.
Sus miradas se encontraron, y Zoe sintió que algo dentro de ella se derretía ante la sinceridad que vio en aquellos ojos azules, que habían pasado de la frialdad glacial de sus primeros encuentros a la calidez profunda que ahora le ofrecían.
—Dijiste que necesitabas tiempo —recordó ella, sin acusación, solo constatando un hecho.
Thiago asintió. Una sonrisa irónica curvó sus labios.
—Resulta que solo necesitaba unas horas y una conversación sorprendentemente profunda con Harold —respondió, con un deje de humor—. ¿Quién iba a decir que nuestro serio mayordomo era también un filósofo especializado en el corazón humano?
Zoe no pudo evitar sonreír ante la imagen, imaginando al siempre formal Harold dispensando sabiduría mientras preparaba el desayuno con su habitual eficiencia.
—¿Y qué perlas de sabiduría compartió contigo? —preguntó, curiosa.
Thiago pareció considerarlo un momento. Su expresión se volvió más seria.
—Me hizo una pregunta muy simple, en realidad —respondió finalmente—. Me preguntó si lo que me importaba era el nombre que usabas o la persona que eres.
Zoe sintió que su corazón daba un vuelco. Tan simple y, sin embargo, tan profundamente revelador.
—¿Y? —se atrevió a preguntar en un susurro.
Thiago extendió su mano y tomó la de ella. Sus dedos se entrelazaron como si ese fuera su estado natural, como si hubieran nacido para encontrarse, para estar así.
—Y me di cuenta de que no tengo nada que pensar, Zoe —contestó—. Te quiero. Estoy enamorado de ti. No me importa si te llamas Zoe Brooks o Elizabeth Whitmore. No me importa si eres fisioterapeuta o heredera de un imperio farmacéutico. No me importa nada, excepto que te quedes conmigo.
Sus dedos apretaron los de ella con más fuerza, como para enfatizar sus palabras.
—Me enamoré de la mujer que me desafió cuando todos los demás me trataban con guantes de seda —continuó Thiago, sin que sus ojos se apartaran ni un solo segundo de los de Zoe—.
La que vio más allá de mi mal humor y mi arrogancia, la que me empujó a levantarme cuando yo solo quería rendirme.
La que me hizo creer que podía volver a caminar no solo con mis piernas, sino con mi corazón.
Zoe sintió que las lágrimas volvían a acumularse en sus ojos, pero aquella vez eran lágrimas diferentes, lágrimas que lavaban el miedo y la incertidumbre, dejando espacio para algo nuevo y brillante.
—Esa mujer eres tú —concluyó Thiago—. No me importa qué nombre uses o qué vida tuvieras antes. Eres tú quien me salvó, en todos los sentidos que importan. Y es a ti a quien quiero, sin condiciones ni reservas.
Las palabras pendían en el aire entre ellos, tan tangibles que Zoe casi podía tocarlas. Había soñado con escuchar algo así, pero la realidad superaba cualquier fantasía que hubiera podido imaginar.
—Yo también te quiero —dijo. Su voz temblaba, pero era clara—. Más de lo que nunca creí posible. Cuando te conocí, estaba tan centrada en reconstruir mi vida, en mantener mi nuevo yo a salvo, que nunca imaginé que terminaría enamorándome del paciente más insufrible de toda mi carrera.
Una sonrisa iluminó el rostro de Thiago.
—¿El más insufrible? Me halagas, Brooks —bromeó, usando intencionalmente el apellido que ella había adoptado—. Y yo que pensaba que era un paciente modelo.
Zoe soltó una risa entrecortada, agradecida por el momento de ligereza en medio de tanta intensidad emocional.
—Eras un completo dolor de cabeza —corrigió, con una sonrisa afectuosa—. Arrogante, terco, malhumorado, gruñón...
—Vale, vale, creo que capto la idea —la interrumpió Thiago, fingiendo indignación, sin embargo sus ojos brillaban con una nota de diversión—. Al menos reconoce que era atractivo, incluso en mi peor momento.