La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 63 #2
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CAPÍTULO 63 #2

La mención de su madre hizo que el corazón de Zoe diera un vuelco. Había pasado tanto tiempo evitando pensar en su madre, en el accidente, en todo lo que había perdido aquel día...

—Tu tío me ha contado... que te cambiaste el nombre, que ahora te llamas… Zoe —continuó Frederick. Cada palabra que pronunciaba lo hacía con un esfuerzo evidente—. Te queda bien. Siempre fuiste... mi pequeña vida.

Zoe sintió que sus ojos se humedecían. «Zoe» significaba «vida» en griego. Era una coincidencia que no había considerado hasta ese momento.

—Papá, no tienes que... —comenzó, sin saber exactamente qué quería decir.

—Sí, tengo que hacerlo —la interrumpió Frederick, con una firmeza sorprendente para alguien tan débil—. He esperado... demasiado tiempo. Y ahora... se me acaba.

Tomó una respiración trabajosa, y Zoe instintivamente acercó la máscara a su rostro. Él la aceptó durante unos segundos, inhalando hondo antes de volver a apartarla.

—Lo siento, Elizabeth —dijo, con la voz quebrándose—. Lo siento mucho... por todo.

Zoe sintió que algo dentro de ella se estremecía. La barrera que había construido tan esmeradamente durante años comenzaba a agrietarse.

—Te culpé... por algo que no fue culpa tuya —continuó Frederick.

Sus ojos miel brillaban por las lágrimas que se acumulaban en ellos—.

El accidente... fue eso, un accidente. Pero yo...

estaba tan destrozado por perder a tu madre que...

necesitaba a alguien a quien culpar. Y tú... eras la única que estaba allí.

Una lágrima solitaria se deslizó por la mejilla demacrada de Frederick, y Zoe tuvo que contenerse para no enjugarla.

—Te abandoné... cuando más me necesitabas —prosiguió—. Mientras tú sufrías... operación tras operación, mientras los médicos luchaban por... por salvar la movilidad de tus piernas, yo me hundía en mi propio dolor, me ahoga en él. Como si... como si fuera el único que había perdido a Caroline.

Zoe sintió que sus propias lágrimas comenzaban a caer, creando senderos húmedos por sus mejillas.

—Tú también perdiste a tu madre —continuó Frederick, con la voz sin fuerza—. Y en lugar de... de estar a tu lado, de apoyarnos mutuamente, te dejé sola. Te hice cargar... con una culpa que nunca debió ser tuya.

Necesitó la máscara nuevamente, y Zoe se la acercó con manos temblorosas. Mientras él respiraba, ella intentaba procesar las palabras que acababa de escuchar, palabras que había deseado oír durante tantos años, palabras que había llegado a creer que nunca escucharía.

—No he sido... un buen padre —retomó la conversación Frederick después de un momento—. No desde el accidente. Pero antes... antes de eso, ¿recuerdas cómo éramos?

Zoe asintió, incapaz de hablar.

Sí, lo recordaba. Por supuesto.

Los domingos en el parque, las vacaciones en Cape Cod, las noches de juegos de mesa que siempre terminaban con su padre haciendo trampas descaradas para que ella ganara, las tardes de helado después de sus clases de danza.

—Ese hombre... ese padre... es quien realmente soy —dijo Frederick, con una intensidad que parecía consumir sus últimas fuerzas—. No el amargado, el resentido, el cobarde que te alejó. Ese fue... mi peor error. Y he vivido... arrepintiéndome cada día desde que te fuiste.

Una tos repentina sacudió su frágil cuerpo, y Zoe rápidamente le colocó la máscara de oxígeno. Su instinto de cuidadora se superpuso a todo lo demás.

Esperó pacientemente hasta que la respiración de su padre se estabilizó.

Alargó el brazo y su mano inconscientemente acarició el pelo escaso y sin vida que una vez había sido tan similar al suyo.

—Te busqué —dijo Frederick cuando finalmente pudo volver a hablar—. Durante meses. Contraté investigadores privados. Pero eras... como un fantasma.

—Esa era la idea —admitió Zoe, hablando por primera vez desde que la conversación había comenzado—. No quería que nadie me encontrara.

Frederick asintió débilmente. Había comprensión en su mirada.

—Lo entiendo —dijo—. Y no te culpo. Yo habría hecho lo mismo. —Hizo una pausa y tomó una bocanada de aire—. Pero nunca dejé de buscarte. Nunca... dejé de esperar que algún día... volvieras.

Zoe sintió que algo se rompía dentro de ella. Una última resistencia cedió ante la vulnerable sinceridad de su padre.

—Y has vuelto —prosiguió Frederick. Una sonrisa temblorosa iluminó su rostro demacrado—. Mi Lizzie ha vuelto a mí... justo a tiempo para despedirnos.

Zoe no pudo contener un sollozo. Todas las emociones contenidas durante años (el dolor, la rabia, el resentimiento, pero también el amor que nunca se había extinguido) parecían desbordarse al mismo tiempo.

—Te perdono, papá —dijo finalmente. Las palabras salieron entre lágrimas—. Te perdono.

La expresión de Frederick se transformó, como si alguien hubiera levantado un peso inmenso de sus hombros. Sus ojos brillaron con una paz que Zoe no había visto en ellos desde antes del accidente.

—Ven —susurró, extendiendo sus brazos débilmente—. Por favor.

Zoe se inclinó hacia adelante, con cuidado de no tocar los tubos y cables que conectaban a su padre con las máquinas que monitoreaban sus signos vitales.

Con una delicadeza infinita, lo rodeó con los brazos, sintiendo la fragilidad de su cuerpo, tan diferente del hombre fuerte que recordaba.

Frederick la abrazó con las pocas fuerzas que le quedaban. Sus manos huesudas se aferraron a ella como si temiera que fuera a desvanecerse.

—Te quiero, Lizzie —murmuró contra su pelo—. Nunca he dejado de quererte. A pesar de todo... a pesar de mí mismo.

—Yo también te quiero, papá —respondió Zoe. Las palabras fluyeron desde un lugar profundo y verdadero.

Se quedaron así durante un rato que pareció extenderse eternamente. Un padre y una hija reconciliándose al borde del abismo, encontrando un camino de regreso el uno al otro cuando ya casi era demasiado tarde.

Finalmente, Frederick se separó ligeramente, su respiración era más trabajosa.

—Agáchate —pidió, con una sonrisa que iluminaba sus ojos a pesar de su debilidad—. Quiero... como cuando eras pequeña.

Zoe entendió inmediatamente a qué se refería.

Con lágrimas silenciosas deslizándose por sus mejillas, se inclinó hasta que su frente quedó al alcance de los labios de su padre.

Frederick depositó un beso suave pero firme en ella, exactamente como lo había hecho innumerables veces durante su infancia: antes de la escuela, después de una pesadilla, cuando ganaba una competencia de danza, cuando simplemente necesitaba sentir el amor incondicional de su padre.

—Mi niña —murmuró—. Mi valiente, fuerte y preciosa niña. Estoy tan... tan orgulloso de ti. De la mujer en la que te has convertido. De tu fortaleza para... para seguir adelante a pesar de todo. De tu capacidad para perdonar... incluso a alguien que te ha herido tanto.

Zoe no pudo contener los sollozos que sacudían su cuerpo. Años de dolor, de anhelo, de preguntas sin respuesta parecían disolverse en ese momento de conexión pura y verdadera.

Frederick la observaba con una mezcla de amor y tristeza, como si lamentara todas las lágrimas que no había podido secar, todos los momentos que se había perdido.

—Gracias —dijo, con una sinceridad que atravesó el corazón de Zoe—. Gracias por venir. Por permitirme... verte una última vez. Por darme la oportunidad de... de arreglar al menos una pequeña parte de lo que rompí.

Zoe asintió, incapaz de hablar a través de las lágrimas, y sorbió por la nariz. Tomó la mano de su padre entre las suyas, notando lo ligera que se sentía, como si estuviera hecha de papel y no de carne y hueso.

—Deberías... volver a ponerte la máscara —logró decir finalmente.

El instinto profesional emergió a través de la tormenta emocional que sentía.

Frederick asintió débilmente, permitiendo que ella le colocara la máscara sobre la nariz y la boca. Sus ojos, sin embargo, nunca dejaron los de ella, comunicando sin palabras todo lo que ya no tenía fuerzas para expresar.

Zoe se sentó de nuevo, pero aquella vez más cerca, manteniendo la mano de su padre entre las suyas.

El silencio que se instaló entre ellos no era el silencio tenso y doloroso que había caracterizado sus últimas interacciones antes de su huida, sino un silencio cómplice, lleno de comprensión mutua y, sorprendentemente, de paz.

Los monitores continuaban su sinfonía de pitidos suaves, el sol de la tarde proyectaba sombras doradas a través de las cortinas entreabiertas, y padre e hija, separados durante tanto tiempo por un abismo de dolor y culpa, finalmente encontraban un camino de regreso el uno al otro, en las últimas horas que el destino les había concedido.