CAPÍTULO 63
El Massachusetts General Hospital se alzaba imponente contra el cielo de Boston, un gigante con la fachada blanca que parecía vigilar la ciudad como un centinela silencioso.
Zoe permaneció unos instantes frente a la entrada principal, con la mirada fija en las puertas automáticas que se abrían y cerraban constantemente, permitiendo pasar el flujo incesante de personas que entraban y salían, cada una con su propia historia de esperanza, dolor o incertidumbre.
Una brisa fresca agitó su pelo, haciendo que varios mechones escaparan de su improvisada coleta.
El viaje en tren desde Nueva York había sido largo y silencioso, dándole demasiado tiempo para pensar, para recordar, para temer lo que vendría.
No había logrado conciliar el sueño en ningún momento, a pesar del suave balanceo del vagón y el murmullo monótono de las ruedas sobre las vías.
«Vamos, Elizabeth», se dijo a sí misma, cerrando los ojos brevemente.
Era extraño cómo ese nombre, su nombre real, ahora le resultaba casi ajeno después de cinco años respondiendo a otro.
Con un suspiro hondo que pareció emerger desde algún rincón olvidado de su alma, se ajustó el bolso al hombro y avanzó hacia la entrada.
El interior del hospital la recibió con su característico aroma antiséptico y el zumbido constante de actividad contenida: conversaciones en voz baja, pitidos de monitores lejanos, el suave deslizar de zapatillas sobre el suelo pulido.
Se acercó al mostrador de información, donde una enfermera de mediana edad con cabello canoso recogido en un moño apretado la recibió con una sonrisa profesional.
—Buenos días —saludó Zoe, sorprendida por la firmeza de su propia voz—. Estoy buscando la unidad de cuidados paliativos. Mi padre está ingresado allí, Frederick Whitmore.
La mujer tecleó algo en el ordenador y sus ojos escudriñaron la pantalla a través de unas gafas de montura púrpura.
—Tercera planta, ala este, habitación 310 —respondió amablemente—. Los ascensores están a la derecha.
—Gracias —murmuró Zoe, girándose hacia la dirección que le había indicado.
El trayecto en ascensor fue breve pero intenso. A medida que los números digitales aumentaban, Zoe sentía cómo su pulso se aceleraba.
Su reflejo en la pared espejada le devolvía la imagen de una mujer pálida, con los ojos enrojecidos y los labios apretados en una línea tensa.
No se parecía en nada a la fisioterapeuta segura y profesional que caminaba por los pasillos de la mansión Calloway.
Aquella mujer parecía asustada, vulnerable, como si estuviera a punto de enfrentarse a sus peores demonios.
Y tal vez eso era exactamente lo que iba a hacer.
Cuando las puertas se abrieron en la tercera planta, Zoe salió con pasos vacilantes.
El ala de cuidados paliativos tenía un ambiente diferente al resto del hospital. Era más silenciosa, más íntima, como si el tiempo transcurriera a un ritmo distinto en ese lugar donde la vida y la muerte se daban la mano.
Siguió los números de las habitaciones: 305, 306, 307... Se detuvo frente a la 310. Su corazón martilleaba contra las costillas con tanta fuerza que le sorprendía que no lo oyeran.
La puerta estaba entreabierta, y a través de la rendija podía ver parcialmente el interior. Una ventana con las cortinas corridas, dejando entrar una luz suave y empolvada, y el borde de lo que parecía ser una cama de hospital.
Antes de que pudiera reunir el valor para llamar, la puerta se abrió completamente, revelando la figura alta y delgada de Richard Whitmore, su tío.
Sus ojos de color miel, tan parecidos a los de su padre, se abrieron con sorpresa y luego se suavizaron con una mezcla de alivio y emoción.
—Lizzie —murmuró, usando ese diminutivo que solo su familia conocía, que solo ellos tenían derecho a usar—. Has venido.
Algo se rompió dentro de Zoe al escuchar ese nombre de nuevo en los labios de su tío, al ver su rostro familiar otra vez. Cinco años de ausencia autoimpuesta, de reinvención, de huida, parecieron colapsar en ese instante.
Richard dio un paso hacia ella y, sin previo aviso, la envolvió en un fuerte abrazo.
Olía como siempre: a loción de afeitar cara y a esa colonia de cedro que su esposa le regalaba cada Navidad.
Era un olor que pertenecía a su infancia, a tardes de domingo en la casa familiar, a cumpleaños y celebraciones.
A un pasado que había intentado enterrar.
Por un momento, Zoe se quedó rígida, sorprendida por el gesto. Pero luego, lentamente, sus brazos encontraron su camino alrededor de la cintura de su tío, correspondiendo al abrazo con una intensidad que la sorprendió.
—Gracias por venir —dijo Richard, cuando finalmente se separaron. Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas—. Significa mucho. Para él... y para mí.
Zoe asintió, incapaz de articular alguna palabra en ese momento. Su garganta parecía haberse cerrado, apretada por un nudo de emociones contradictorias: amor, dolor, resentimiento, nostalgia... Todo mezclado en un cóctel que resultaba abrumador.
—¿Cómo está? —logró preguntar finalmente, con una voz que apenas era un susurro.
Richard sacudió ligeramente la cabeza, negando. Su expresión se tornó sombría.
—Mal —respondió con sinceridad—. El cáncer se extendió mucho antes de que lo detectaran. Cuando recibió el diagnóstico, ya estaba en la etapa cuatro, con metástasis en los pulmones y el hígado. Los médicos dicen que es cuestión de horas.
Zoe asintió nuevamente, asimilando la información. Había sabido, desde el momento en que recibió el mensaje de su tío, que esto no era una falsa alarma. Pero escucharlo confirmarlo, con esa claridad brutal, hacía que todo fuera terriblemente real.
—¿Quieres pasar a verle? —preguntó Richard suavemente, colocando una mano sobre su hombro—. Está semiconsciente, va y viene... pero creo que te reconocerá.
Zoe respiró profundamente, intentando calmar los latidos frenéticos de su corazón.
—Sí —respondió, con más firmeza de la que sentía—. Quiero verlo.
Richard asintió y, con un cariño que le recordó a Zoe la chica que fue años atrás, porque siempre había sido su tío favorito, abrió completamente la puerta y la guio al interior de la habitación.
El espacio era más amplio de lo que había imaginado, con un gran ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad.
La cama de hospital estaba situada en el centro, rodeada de monitores que emitían pitidos suaves y constantes.
Y allí, casi perdido entre sábanas blancas y tubos transparentes, se encontraba Frederick Whitmore.
Zoe apenas pudo contener un jadeo de sorpresa.
Su padre, que había sido un hombre imponente de casi dos metros, fuerte y vital, ahora parecía haberse encogido hasta convertirse en una versión frágil y consumida de sí mismo.
Su rostro, antes lleno y saludable, ahora estaba demacrado, con los pómulos prominentes y la piel pegada a los huesos como papel de seda. El pelo, del mismo tono castaño rubio que ella había heredado, era escaso y sin brillo.
Tenía los ojos cerrados, y respiraba trabajosamente a través de una máscara de oxígeno. Su pecho subía y bajaba en un ritmo irregular que hacía que algo dentro de Zoe se contrajera de forma dolorosa.
Richard se acercó a la cama y se inclinó ligeramente, hablando con una suavidad que Zoe nunca le había escuchado usar.
—Fred… —llamó, colocando una mano sobre el hombro huesudo de su hermano—. Mira quién ha venido a verte. Elizabeth está aquí.
Frederick Whitmore pareció despertar de un sueño profundo. Sus párpados se agitaron antes de abrirse completamente, revelando esos ojos de color miel que, a pesar de la enfermedad, seguían siendo intensos incluso en la proximidad de la muerte, y lo único que no había cambiado.
Durante un momento, pareció desorientado. Su vista vagó por la habitación sin enfocarse en nada en particular.
Pero entonces, su mirada encontró a Zoe, de pie a los pies de su cama, y algo extraordinario sucedió. Sus ojos se iluminaron con un reconocimiento instantáneo, y sus labios, agrietados y pálidos, se curvaron en una pequeña pero inequívoca sonrisa.
—Lizzie —susurró. El nombre apenas se escuchaba bajo la máscara de oxígeno.
Zoe sintió que sus piernas amenazaban con ceder. Había imaginado ese momento de mil formas a lo largo de los años. A veces con ira, a veces con tristeza, a veces con una indiferencia fingida. Pero nunca así, nunca con aquella avalancha de emociones que amenazaba con ahogarla.
—Hola, papá —logró decir en un susurro.
Richard miró a su hermano y luego a su sobrina. Una expresión sutil cruzó su rostro.
—Voy a buscar un café —anunció, dirigiéndose a la puerta—. Os dejaré solos un rato.
Zoe le agradeció silenciosamente con la mirada y esperó hasta que la puerta se cerró tras él para acercarse lentamente a la cama. Cada paso parecía costarle un esfuerzo monumental, como si estuviera caminando contra una corriente de viento invisible.
Finalmente, llegó junto a la cabecera y, tras un momento de indecisión, tomó asiento en la silla que evidentemente había estado ocupando su tío.
Frederick la observaba con una intensidad que parecía contradecir su estado físico. Con movimientos débiles pero decididos, levantó una mano temblorosa y se quitó la máscara de oxígeno, a pesar de la evidente dificultad que eso le suponía.
—No deberías... —comenzó Zoe, preocupada.
—Necesito... hablar contigo —interrumpió Frederick. Su voz era un susurro ronco que parecía arañar su garganta al salir—. Sin... esto de por medio —añadió.
Zoe se mordió el labio, debatiéndose entre la preocupación médica y la comprensión de que su padre necesitaba aquella conversación tanto como ella. Finalmente, asintió, pero acercó la máscara al rostro de su padre, manteniéndola a mano.
—Solo unos minutos —dijo—. Luego debes volver a ponértela.
Frederick asintió débilmente. Pero sin que sus ojos nunca abandonaran el rostro de su hija, como si estuviera memorizando cada detalle.
—Has... cambiado —observó, con una sonrisa frágil, y paternal—. Te pareces... más a tu madre ahora.