CAPÍTULO 62 #2
Thiago asintió lentamente, sorprendido por la precisión con la que Harold había descrito sus pensamientos encontrados.
—Estoy confundido —admitió, pasándose una mano por el rostro—. Dolido porque no confió en mí lo suficiente para contarme la verdad desde el principio. Pero no sé si hice bien al pedirle unos días para digerirlo todo. Quizá debí apoyarla desde el primer momento.
—El miedo hace cosas extrañas con nosotros, señor Calloway —reflexionó Harold.
Su voz adquirió un tono casi paternal—. Nos hace construir murallas, crear máscaras, ocultar partes de nosotros mismos que creemos inaceptables para los demás.
No porque no confiemos en ellos, sino porque no confiamos en que puedan amar aquello que nosotros mismos no hemos aprendido a aceptar.
Las palabras de Harold golpearon a Thiago con una fuerza que no esperaba.
¿No era eso exactamente lo que él mismo había hecho después de la muerte de su padre? ¿Ocultar su vulnerabilidad, su miedo, su rabia, porque temía que lo hicieran menos digno de respeto o afecto?
—No sé si tengo derecho a estar enfadado —confesó, sintiéndose repentinamente exhausto—. O confundido. O dolido. Cuando pienso en lo que ella ha pasado...
Harold se acercó un paso, con una postura ligeramente más relajada, más cercana.
—Tiene derecho a sentir lo que siente, señor —dijo con firmeza—. Los sentimientos no requieren justificación. Pero las acciones... las acciones son otra historia.
Thiago lo miró interrogante.
—¿Qué quieres decir?
Harold pareció elegir cuidadosamente sus siguientes palabras.
—Entiendo que necesite tiempo para asimilar esta revelación, señor Calloway.
Es natural. Pero mientras usted procesa sus sentimientos aquí, en la seguridad de su mansión, la señorita Brooks está enfrentando uno de los momentos más difíciles de su vida.
Está a punto de ver por última vez al hombre que, a pesar de haberla herido profundamente, sigue siendo su padre. Y lo está haciendo sola.
La implicación era clara, y Thiago la sintió como un golpe en el estómago.
—Crees que debería estar con ella. —No era una pregunta.
—Creo, señor —respondió Harold con calma—, que cuando queremos a alguien, a veces debemos poner nuestras propias heridas en pausa para ayudar a sanar las suyas.
No porque las nuestras sean menos importantes, sino porque hay momentos en los que el equilibrio del dolor se inclina claramente hacia un lado.
Thiago se quedó en silencio, absorbiendo la sabiduría de aquellas palabras.
Recordó a Zoe sentada a su lado durante sus peores días de rehabilitación, escuchando sus quejas, soportando su mal humor, y nunca abandonó, incluso cuando él hacía todo lo posible por alejarla.
—¿Sabes dónde está exactamente? —preguntó. Una decisión estaba tomando forma en su mente—. ¿En qué hospital?
Una chispa de aprobación brilló brevemente en los ojos de Harold.
—En el Massachusetts General, señor. La señorita Brooks lo mencionó esta mañana.
Thiago asintió.
—Llama a Pavel, por favor —ordenó—. Dile que prepare el coche para salir a Boston lo antes posible.
—Inmediatamente, señor —respondió Harold, y Thiago podría jurar que vio una sutil sonrisa en sus labios antes de que se girara y echara a andar por el pasillo.
—Y Harold —añadió, haciendo que el mayordomo se detuviera—. Gracias. Por... por todo esto.
Harold inclinó levemente la cabeza.
—No hay nada que agradecer, señor Calloway. Solo estoy haciendo mi trabajo.
—Tu trabajo no incluye darme consejos sobre mi vida amorosa —señaló Thiago con una sonrisa torcida.
Harold arqueó una ceja, permitiéndose un raro momento de humor.
—Mi trabajo, señor, es velar por el bienestar de esta casa y sus ocupantes. Y he observado que su bienestar está estrechamente ligado al de cierta fisioterapeuta, independientemente de cómo se llame.
Thiago soltó una risa breve pero verdadera.
— Touché , Harold. Touché .
Mientras el mayordomo se alejaba para hacer los arreglos necesarios, Thiago se quedó pensativo, reviviendo los momentos compartidos con Zoe durante los últimos meses.
Los avances en su terapia, las conversaciones nocturnas, las discusiones acaloradas, las risas inesperadas, los besos robados en rincones de la mansión...
Todos esos momentos, ¿habían sido con Zoe Brooks o con Elizabeth Whitmore?
Y entonces, con una claridad pasmosa, entendió lo que Harold había estado intentando decirle: habían sido con ELLA.
Simplemente ella.
Ni Zoe Brooks ni Elizabeth Whitmore.
Habían sido con la mujer que lo había desafiado cuando nadie más se atrevía, que había visto más allá de su fachada de arrogancia y gruñidos para encontrar el miedo que ocultaba, que había creído en su recuperación cuando él mismo había perdido la esperanza.
Esa persona, ese espíritu, esa esencia...
Eso era lo que quería. No un nombre, no un pasado, no una herencia o una posición social. Sino a ella, en toda su compleja, imperfecta y valiente totalidad.
Con esa certeza arraigándose en su corazón, Thiago tomó sus muletas y se dirigió a su habitación para preparar algo de equipaje.
No iba a dejar sola a la persona de la que estaba enamorado (porque sí, estaba enamorado de Zoe) cuando más lo necesitaba, independientemente de cómo se llamara o de quién hubiera sido en el pasado.