CAPÍTULO 62
Thiago abrió los ojos y parpadeó varias veces, ajustando su vista a la claridad mientras los recuerdos del día anterior caían sobre él como una avalancha: Victoria, su sonrisa maliciosa, el rostro pálido de Zoe, la verdad revelada con la precisión de un bisturí, cortando de cuajo lo que creía conocer, lo que creía saber.
«Elizabeth Whitmore», murmuró para sí mismo, probando el nombre en sus labios.
Sonaba extraño, ajeno, como si perteneciera a otra persona.
No a su Zoe, con sus ojos color miel que se iluminaban cuando él lograba algún avance en su rehabilitación, con su risa contenida cuando él hacía algún comentario sarcástico, con sus manos firmes pero amables que lo habían guiado de vuelta a caminar.
Pasó una mano por su pelo negro, desordenándolo aún más.
Apenas había dormido, dando vueltas en la cama mientras intentaba reconciliar esas dos versiones de la mujer que quería. Pero ¿la quería realmente, si no sabía quién era? ¿O la conocía mejor de lo que ella misma creía?
Con un gruñido de frustración, apartó las sábanas y se incorporó.
El reloj de la mesilla de noche marcaba las 9:45. Había dormido mucho más de lo habitual, probablemente como resultado del agotamiento emocional que tenía encima.
Tomó las muletas apoyadas contra la pared (esas mismas muletas que ya no necesitaba constantemente, gracias a ella) y se puso de pie.
Tras una ducha rápida, se vistió con unos vaqueros y una camiseta negra. Después se dirigió hacia la cocina. El silencio en la mansión era inusual a esa hora.
Normalmente, María estaría canturreando mientras preparaba el almuerzo, el personal de limpieza se movería discretamente por los pasillos, y quizás se escucharía la voz de Zoe tarareando alguna de las canciones de Blackpink mientras preparaba la sesión del día.
Zoe.
El nombre reverberó en su mente, enviando una punzada de dolor y confusión a su pecho. ¿Debería buscarla? Pero ¿qué le diría?
«Necesito tiempo», le había dicho.
Sin embargo, en ese momento, a la luz del día, después de una noche en vela y sin ella a su lado, ya no estaba tan seguro de lo que necesitaba.
Al entrar en la cocina, encontró a Harold colocando meticulosamente los platos recién lavados en los armarios. El mayordomo se giró al escuchar el sonido de las muletas contra el suelo de mármol.
—Buenos días, señor Calloway —saludó con su habitual formalidad, aunque Thiago detectó cierta tensión en su postura—. ¿Puedo ofrecerle algo de desayunar?
Thiago se apoyó en la mesa, dejando las muletas a un lado.
—Un café estaría bien, Harold —respondió, pasándose una mano por la barba incipiente que oscurecía su mandíbula—. ¿Dónde está todo el mundo? La casa parece un mausoleo.
Harold se movió con agilidad hacia la cafetera.
—María ha salido a hacer algunas compras para la cena de esta noche —explicó mientras preparaba el café—. Thomas está trabajando en el jardín trasero, y el resto del personal tiene su día libre habitual.
Thiago asintió de forma distraída, con la mente en otro lugar.
—¿Y Zoe? —preguntó finalmente, intentando que su voz sonara casual—. ¿Ya se ha levantado?
Harold se detuvo brevemente, con la espalda hacia Thiago, antes de continuar con su tarea.
—La señorita Brooks se ha marchado esta mañana, señor —respondió con cuidado, como si estuviera midiendo cada palabra.
Thiago irguió la espalda, sorprendido. ¿Cómo que se había ido? El estómago le dio un vuelco.
—¿Se ha marchado? ¿Adónde? —preguntó.
Harold se giró, sosteniendo una taza de café humeante que colocó frente a Thiago.
—A Boston, señor —respondió. Sus ojos grises lo observaban atentamente—. Recibió un mensaje de su tío muy temprano esta mañana. Al parecer, su padre ha empeorado considerablemente. Los médicos le han dado solo unas horas de vida.
La noticia golpeó a Thiago como un puñetazo en la cara.
Se quedó inmóvil, procesando la información mientras un remolino de emociones contradictorias lo invadía: preocupación por Zoe, culpa por haberla dejado sola la noche anterior, confusión sobre lo que debería sentir hacia un hombre que, según lo que ella le había contado, la había culpado por la muerte de su madre.
—¿Cuándo se ha ido exactamente? —quiso saber.
Harold consultó su reloj de bolsillo, un gesto anticuado que encajaba perfectamente con su personalidad metódica.
—Hace aproximadamente tres horas, señor. Vino a la cocina alrededor de las 6:30 de la mañana, mientras yo preparaba el desayuno. Estaba muy afectada, aunque intentaba mantener la compostura. Tomó un taxi hacia la estación de tren.
Thiago dio un sorbo de café, sintiendo cómo el líquido caliente descendía por su garganta, despertando sus sentidos embotados por la falta de sueño.
—¿Te dijo algo más? —inquirió, estudiando el rostro del mayordomo—. ¿Mencionó cuándo volvería?
Harold negó ligeramente con la cabeza.
—No fue específica sobre su fecha de regreso, señor. Mencionó que dependería de cómo se desarrollaran las cosas allí... —Hizo una breve pausa—. Y aquí.
Thiago captó la implicación inmediatamente.
Dejó la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria, provocando un pequeño estrépito.
—Debería haberme avisado —murmuró, más para sí mismo que para Harold.
—Si me permite el atrevimiento, señor —intervino Harold con suavidad—, la señorita Brooks mencionó que usted necesitaba tiempo para pensar. Creo que estaba respetando ese deseo.
Thiago lo miró, sorprendido por la franqueza inusual en el siempre discreto mayordomo.
—Tiempo para pensar…, sí —concedió, pasándose una mano por el cuello en un gesto de frustración—. Pero no para que se fuera sola a enfrentar a su padre. No después de lo que me contó.
Harold permaneció en silencio, con una expresión inescrutable. Thiago lo observó con más atención.
—Zoe nos ha estado ocultando su verdadera identidad —le dijo.
Los ojos del mayordomo se abrieron ligeramente.
—¿De que habla, señor? —farfulló.
—De que Zoe Brooks es en realidad Elizabeth Whitmore, heredera de un imperio farmacéutico. No la fisioterapeuta que todos creíamos. Aunque sí que es fisioterapeuta.
Algo cambió en la expresión de Harold, un sutil endurecimiento en la línea de su mandíbula que delataba cierta desaprobación.
—Si me permite hablar con franqueza, señor...
—Por favor —lo animó Thiago, cruzándose de brazos—. Parece que la franqueza es lo que todos necesitamos en esta casa últimamente.
Harold se irguió un poco, cuadrando los hombros bajo el impecable traje negro. Sus ojos grises se fijaron en Thiago.
—He servido en esta casa durante más de treinta y cinco años, señor Calloway —comenzó.
La voz era tranquila pero firme—. He visto llegar y partir a muchas personas.
He observado cambios, transformaciones, caídas y redenciones.
Y si algo he aprendido es que las personas rara vez son exactamente lo que parecen a primera vista.
Hizo una pausa, como evaluando si debía continuar. Thiago asintió, animándolo.
—La señorita Brooks —prosiguió Harold, enfatizando deliberadamente el nombre— llegó aquí hace unos meses con un propósito claro: ayudarlo a recuperarse. Y eso es exactamente lo que ha hecho, con una dedicación y una profesionalidad que pocos podrían igualar.
Thiago no pudo evitar asentir ante aquella innegable verdad.
—Lo ha hecho, sí —admitió—. Pero me mintió, Harold. Me ocultó quién era realmente.
Harold ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Le mintió sobre sus habilidades como fisioterapeuta? ¿Sobre su compromiso con su recuperación? ¿Sobre los sentimientos que evidentemente ha desarrollado por usted?
Thiago se movió incómodo bajo la mirada penetrante del mayordomo.
—No, pero...
—Permítame preguntarle una cosa, señor —lo interrumpió Harold—. ¿Habría cambiado algo si, desde el primer día, se hubiera presentado como Elizabeth Whitmore? ¿La habría tratado de manera diferente?
La pregunta hizo que Thiago se detuviera a reflexionar. ¿Lo habría hecho? Él mismo era heredero de una fortuna, acostumbrado a moverse en círculos privilegiados. ¿Habría visto a Zoe (a Elizabeth) bajo un prisma diferente si hubiera conocido su verdadero origen?
—Quizás no —admitió finalmente—. No lo sé. Pero esa no es la cuestión, Harold. La cuestión es que me ocultó algo fundamental sobre quién es.
—¿Y quién es exactamente, señor? —preguntó Harold con suavidad—. ¿Es el nombre lo que define a una persona? ¿Su apellido? ¿O son sus acciones, sus valores, su carácter?
Thiago se quedó en silencio. Las palabras del mayordomo resonaban en su mente.
—Me contó lo que sucedió —dijo después de unos segundos. Su voz sonaba algo más baja—. El accidente que provocó la muerte de su madre. Cómo su padre la culpó. Las operaciones a las que fue sometida, la rehabilitación posterior... todo.
Harold asintió, su expresión se suavizó ligeramente.
—Una carga terrible para alguien tan joven —comentó—. Perder a un padre en la muerte es doloroso. Perderlo en vida, cuando más se le necesita, debe de ser devastador.
Thiago recordó su propia experiencia con la muerte de su padre, el remordimiento que aún sentía por las palabras que le había dicho, las disculpas que no le había podido pedir.
Al menos él había tenido la certeza del amor de su padre, incluso en medio de sus desacuerdos de adolescencia. Zoe ni siquiera había tenido eso.
—Ahora está sola —murmuró, más para sí mismo que para Harold—. Yendo a enfrentar a un hombre que la hizo sentir responsable de la peor tragedia de su vida.
—Efectivamente, señor —confirmó Harold—. Está sola.
Algo en su tono hizo que Thiago levantara la mirada, encontrándose con los ojos del mayordomo que, por primera vez desde que lo conocía, mostraban una emoción clara: compasión.
—No sé qué hacer, Harold —confesó Thiago, dejando caer la máscara de seguridad que habitualmente mantenía—. Siento que no la conozco, pero al mismo tiempo...
—Al mismo tiempo, la conoce mejor que nadie —completó Harold—. Porque ha visto su esencia, más allá del nombre o de su pasado. Ha visto su fortaleza, su generosidad, su capacidad para ayudar a otros incluso cuando ella misma está herida.