CAPÍTULO 61
El silencio de la madrugada envolvía la mansión como una manta espesa.
Apenas se distinguía el tenue resplandor del amanecer que comenzaba a filtrase por las cortinas de la habitación de Zoe, proyectando sombras alargadas sobre la alfombra que cubría el suelo.
Llevaba horas despierta, dando vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño después del enfrentamiento con Thiago.
Su mente no dejaba de reproducir la escena una y otra vez: la revelación de Victoria, la confusión y el dolor en los ojos de Thiago, sus propias explicaciones desesperadas, y finalmente, su partida.
«Dame un par de días», había dicho él.
Y aunque Zoe entendía perfectamente la necesidad de ese espacio, la distancia entre ellos le dolía físicamente, como si le hubieran arrancado algo vital.
El zumbido de su teléfono sobre la mesita de noche la sobresaltó, sacándola de su espiral de pensamientos. ¿Quién podría estar enviando WhatsApp a las seis de la mañana?
Durante un instante, su corazón dio un vuelco pensando que podría ser Thiago, pero al tomar el móvil, vio el nombre de su tío en la pantalla.
Con un presentimiento inquietante en la boca del estómago, desbloqueó el teléfono.
«Elizabeth, tu padre ha empeorado esta noche. Los médicos dicen que le quedan unas horas de vida. Probablemente no pase de mañana.
Sé que es mucho pedir, pero si quieres despedirte, es ahora o nunca. Lo siento.»
Zoe dejó caer el teléfono sobre las sábanas y se llevó las manos al rostro.
Una oleada de emociones encontradas la golpeó: dolor, rabia, culpa, miedo... y, sorprendentemente, tristeza, mucha tristeza. A pesar de todo lo que había ocurrido entre ellos, a pesar del daño que le había hecho, Frederick Whitmore seguía siendo su padre.
El hombre que la había llevado sobre sus hombros cuando era pequeña, que le había enseñado a montar en bicicleta, que había llorado de orgullo en su primera obra de teatro en el colegio.
Antes de que la tragedia lo transformara en alguien irreconocible.
Cruel. Brutal.
Sus dedos temblaron ligeramente mientras escribía una respuesta:
«¿En qué hospital está?»
La contestación de su tío llegó casi instantáneamente:
«En el Massachusetts General. En la unidad de cuidados paliativos. Habitación 310. ¿Vas a venir?»
Zoe respiró hondo, sintiendo cómo una decisión irrevocable tomaba forma en su cabeza.
Tecleó.
«Sí. Buscaré un tren ahora mismo. Llegaré lo antes posible.»
Tres puntos aparecieron, desaparecieron y volvieron a aparecer, como si su tío estuviera formulando y reformulando su respuesta.
«Gracias, Lizzie. Sé que esto no es fácil para ti. Tu padre... A pesar de todo, nunca ha dejado de quererte.»
Zoe cerró los ojos, incapaz de procesar esa última afirmación en aquel momento. En su lugar, envió un breve «Te avisaré cuando llegue» y dejó el teléfono a un lado.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, sentada en la cama, dejando que la realidad de lo que estaba a punto de hacer se asentara.
Iba a volver a Boston.
Iba a enfrentarse a su padre agonizante.
Iba a cerrar el círculo que había dejado abierto hacía cinco años cuando huyó sin mirar atrás.
Con una determinación repentina, se levantó y sacó una pequeña maleta del armario. No necesitaría mucho: un par de pantalones, un par de jerséis, y algo más formal para... bueno, para lo que pudiera venir después. La imagen fugaz de un funeral cruzó su mente, pero la apartó.
Mientras metía lo esencial en la maleta, se acercó a la cómoda y sacó la fotografía enmarcada que guardaba en uno de los cajones bajo llave.
Contempló la escena, como había hecho tantas veces.
Era el día de la graduación del instituto con su madre y su padre. Su madre le agarraba la cintura, sonriente, y su padre le pasaba orgulloso el brazo por los hombros mientras la miraba como si fuera el sol, la luna y todas las estrellas.
Había pasado tanto tiempo y tantas cosas desde entonces…
Cogió una bocanada de aire y se tragó el nudo que tenía en la garganta.
Se giró, metió la foto en la maleta y la cerró.
Después se dio una ducha rápida y se vistió con ropa cómoda para el viaje.
Unos vaqueros, un jersey ligero de color turquesa y unas zapatillas Converse negras.
Recogió su pelo castaño rubio en una coleta improvisada, se aplicó un mínimo de maquillaje para disimular las ojeras fruto de la noche en vela, y tomó su bolso y la maleta.
Antes de salir, miró su teléfono para comprobar los horarios de trenes. Había uno que salía a las 7:45 desde Penn Station hacia Boston. Si se daba prisa, podría llegar a tiempo.
El pasillo estaba sumido en una penumbra silenciosa mientras Zoe avanzaba hacia las escaleras sin hacer ruido. A esa hora, la mayoría del personal aún dormía, excepto Harold, quien siempre se levantaba con las primeras luces del alba para supervisar la preparación del desayuno.
Efectivamente, al llegar a la cocina, lo encontró allí, impecablemente vestido con su uniforme a pesar de la hora, preparando lo que parecía ser el café matutino.
Harold levantó la vista al escuchar sus pasos y su expresión habitualmente imperturbable dio paso a una de sorpresa.
—Señorita Brooks —saludó, enderezándose—. Es temprano, incluso para usted.
Zoe esbozó una sonrisa débil, consciente de la imagen que debía proyectar: ojos enrojecidos, expresión cansada y una maleta en la mano.
—Buenos días, Harold —respondió, dejando la maleta junto a la puerta—. Sí, tengo... tengo que hacer un viaje urgente.
El mayordomo la observó con esos ojos grises perspicaces que parecían notarlo todo. A sus sesenta y tantos años, Harold había visto suficiente vida como para reconocer el dolor cuando lo veía.
—¿Puedo ofrecerle algo antes de su partida? ¿Un café, quizás? ¿Un desayuno ligero?
Zoe asintió, agradecida. No había pensado en comer (solo en beber un vaso de leche caliente), pero ahora que lo mencionaba, su estómago le recordaba que no había cenado la noche anterior.
—Un café estaría bien, gracias —dijo, sentándose en una de las sillas de la mesa central—. Y tal vez algo rápido para comer, si no es molestia. Tengo que coger un tren en poco más de una hora para llegar al Massachusetts General Hospital lo antes posible.
Harold asintió y se puso manos a la obra con la eficiencia silenciosa que lo caracterizaba.
Mientras preparaba el café y sacaba algunos ingredientes para un desayuno rápido, Zoe tomó su teléfono y comenzó a buscar y reservar su billete de tren.
—¿Puedo preguntar si está todo bien, señorita Brooks? —inquirió Harold con delicadeza mientras le servía una taza de café humeante—. No es habitual verla salir de viaje con tanta prisa.
Zoe alzó la vista de su teléfono, considerando cuánta información quería compartir. Harold siempre había sido amable y discreto. Un pilar de estabilidad en la (a veces) caótica mansión.
—Mi padre se está muriendo —dijo finalmente. Las palabras salieron con más brusquedad de lo que pretendía—. Mi tío me ha avisado hace unos minutos. Los médicos dicen que le quedan horas.
Harold se detuvo en medio de la preparación de lo que parecían ser unas tostadas. Su rostro mostró una expresión de empatía.
—Lo siento mucho, señorita Brooks —dijo con sinceridad—. Es una noticia difícil de recibir, especialmente de esta manera.
Zoe asintió, tomando un sorbo de café para disimular el nudo que se estaba formando en su garganta.
—No nos llevábamos bien —confesó, mirando el líquido oscuro—. De hecho, hace cinco años que no nos hablamos. Pero es mi padre y... —Se interrumpió, incapaz de articular exactamente lo que sentía.
—Y a pesar de todo, sigue siendo su padre —completó Harold con suavidad, volviendo a su tarea culinaria—.
Los lazos familiares son complicados, señorita Brooks.
A veces nos hieren profundamente quienes más deberían protegernos.
Pero al final del día, seguimos conectados a ellos de formas que no siempre comprendemos.
Zoe lo miró, sorprendida por la profundidad de su observación. ¿Qué historias guardaría aquel hombre reservado tras su fachada de eficiencia profesional?
—Supongo que sí —dijo—. Aunque no estoy segura de qué espero conseguir yendo allí. Probablemente ni siquiera esté consciente cuando llegue.
Harold colocó un plato frente a ella: dos rebanadas de pan perfectamente doradas, una pequeña porción de frutas frescas y un poco de sirope de arce en un bote. El aroma era celestial.
—No siempre vamos a ese tipo de encuentros por lo que podamos obtener —dijo, con la sabiduría de quien entiende las complejidades del corazón humano—. A veces, lo hacemos por lo que podemos dar. Un final, un cierre, una oportunidad de paz... para el otro, o para nosotros mismos.
Zoe tomó el tenedor, conmovida por sus palabras. Harold rara vez se expresaba con tanta emotividad, pero cuando lo hacía, valía la pena escucharle.
—Gracias, Harold —dijo con sinceridad—. No solo por el desayuno, que huele delicioso, sino por... tus palabras. Por entenderlo.
El mayordomo inclinó ligeramente la cabeza como reconocimiento, y continuó con sus tareas, dándole el espacio para comer en silencio.
Zoe probó las tostadas y casi gimió de placer. ¿Cómo conseguía Harold hacer que incluso un desayuno improvisado a las seis y media de la mañana supiera como si hubiera sido preparado en un restaurante de cinco estrellas?
Mientras comía, Harold preparaba más café, moviéndose por la cocina con esa familiaridad que le daba conocer cada rincón como la palma de su mano.
—¿Quiere que vaya a avisar al señor Calloway de su partida para despedirse? —preguntó después de un momento, con un tono estudiadamente neutral.
Zoe se tensó ligeramente ante la mención de Thiago. El recuerdo de su rostro confundido y dolido aún estaba demasiado fresco en su memoria.
—No, por favor —respondió después de tragar un bocado—. Thiago necesita... necesita un par de días para pensar algunas cosas que han ocurrido entre nosotros.
Harold la miró con una expresión que sugería que sabía más de lo que dejaba entrever, pero no insistió.
—Como desee, señorita Brooks —dijo simplemente—. ¿Puedo preguntar cuándo espera regresar?
Zoe dejó el tenedor sobre el plato, considerando la pregunta.
—No estoy segura —admitió—. Depende de... bueno, de cómo se desarrollen las cosas allí. Y aquí.
No necesitaba elaborar más su respuesta. Ambos sabían a qué se refería con «aquí».
—Entiendo —asintió Harold—. ¿Desea que avise a Pavel para que la lleve en coche a la estación?
Zoe sacudió la cabeza.
—Ya he pedido un taxi —respondió, terminando los últimos bocados de su desayuno—. Debería llegar en unos quince minutos. No quería molestar a nadie a esta hora.
—No habría sido molestia —aseguró Harold, recogiendo el plato vacío—. Pero entiendo su consideración.
Zoe tomó el último sorbo de café y se levantó, alisando nerviosamente su jersey.
—Harold…, gracias —dijo—. Por todo.
—No tiene que darme las gracias, señorita Brooks —contestó él.
Un pitido en su teléfono interrumpió el momento. Era una notificación de la aplicación de taxis. El coche estaba a dos minutos.
—El taxi está a punto de llegar —dijo, recogiendo su bolso—. Debería irme.
Harold asintió, agarró el asa de su maleta y la acompañó hasta la puerta principal.
Mientras caminaban por el amplio vestíbulo, Zoe no pudo evitar mirar hacia la escalera que conducía al ala donde se encontraba la habitación de Thiago. ¿Estaría despierto? ¿Estaría pensando en ella como ella pensaba en él?
—Está haciendo lo correcto —dijo Harold, interpretando oportunamente su expresión—. Tanto al ir a ver a su padre como al respetar el espacio que el señor Calloway necesita. A veces, la distancia nos permite ver las cosas con mayor claridad y con otra perspectiva.
Zoe asintió, agradeciendo una vez más la sabiduría de ese hombre que parecía entender las complejidades del corazón humano mejor que la mayoría.
—Espero que tengas razón —murmuró.
El taxi se detuvo frente a la entrada, visible a través de los ventanales que flanqueaban la puerta principal.
—Cuídese, señorita Brooks —dijo Harold, abriendo la pesada puerta de roble—. Y recuerde que, independientemente de lo que encuentre en Boston, siempre tendrá un lugar aquí.
Zoe sintió una oleada de gratitud. Con un impulso repentino, se acercó y abrazó brevemente al mayordomo, quien, tras un momento de sorpresa, le devolvió el gesto con un afecto paternal.
—Gracias otra vez, Harold —dijo, separándose—. Significa mucho para mí.
Él sonrió. Una de esas raras sonrisas que cambiaban por completo su rostro normalmente serio.
—Vaya con cuidado. Y llame si necesita cualquier cosa.
Zoe asintió, tomó su maleta y salió al fresco aire matutino.
El taxista ya había salido para ayudarla con el equipaje, y en cuestión de un minuto, estaba sentada en el asiento trasero, observando cómo la mansión Calloway se hacía cada vez más pequeña.
Una mezcla de emociones encontradas bullía en su interior mientras el vehículo se dirigía hacia la estación.
Dejaba atrás una vida construida con cuidado, una identidad forjada a partir de las cenizas de una tragedia, y un amor que apenas comenzaba a florecer y que ahora pendía de un hilo.
Y se dirigía hacia un pasado que había intentado enterrar a toda costa, hacia un padre en sus últimas horas de vida (que la había culpado por la peor tragedia de sus vidas), hacia una ciudad llena de recuerdos tanto dulces como dolorosos.
En el silencio del taxi, con el paisaje de la periferia dando paso gradualmente a la densidad urbana, Zoe (o Elizabeth, o quienquiera que fuera realmente) se permitió llorar.
Eran lágrimas por lo que dejaba atrás, por lo que enfrentaba adelante, por la incertidumbre de si alguna vez podría reconciliar esas dos partes de sí misma en una persona completa y en paz.
Cuando finalmente llegó a Penn Station, el sol ya había ascendido completamente en el horizonte, bañando la ciudad con una luz dorada que contrastaba con el tumulto en su interior.
Pagó al taxista, recogió su maleta y se adentró en la bulliciosa estación, perdiéndose entre la multitud de viajeros que, como ella, se dirigían hacia destinos que cambiarían sus vidas para siempre.