La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 60
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CAPÍTULO 60

Zoe cerró los ojos unos instantes, sintiendo que el peso de cinco años de secretos finalmente la alcanzaba. Cuando los volvió a abrir, había tomado una decisión.

—Sí —admitió, tratando de que el monosílabo sonara firme—. Mi nombre real es Elizabeth Whitmore.

Thiago absorbió aquella afirmación en silencio, pasándose una mano por el pelo en un gesto que Zoe había aprendido a reconocer como señal de agitación interna.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó. La confusión era evidente en su voz—. Después de todo lo que hemos compartido, después de...

Se interrumpió, luchando por procesar esa nueva realidad.

Zoe se acercó a las muletas apoyadas contra la pared y se las ofreció, consciente de que, a pesar del avance reciente, Thiago no debería permanecer de pie sin apoyo durante tanto tiempo.

—Deberías sentarte —sugirió suavemente—. Es una larga historia.

Thiago tomó las muletas mecánicamente, como si fuera un robot, pero no hizo movimiento alguno para sentarse.

—No quiero sentarme, Zoe... o Elizabeth, o quien seas —dijo. Un deje de frustración se coló en su voz—. Quiero entender qué está pasando. ¿Quién eres realmente?

La pregunta, tan directa y fundamental, golpeó a Zoe como un puñetazo. ¿Quién era realmente? Era una pregunta que ella misma se había hecho innumerables veces durante los últimos cinco años.

—Soy ambas —respondió finalmente, con voz temblorosa pero decidida—.

Nací como Elizabeth Whitmore, hija de Caroline y Frederick Whitmore, heredera de Whitmore Pharmaceuticals.

Pero esa persona... —Hizo una pausa, buscando las palabras precisas—.

Esa persona murió hace cinco años, en muchos sentidos.

Zoe Brooks es quien elegí ser, quien soy ahora.

Thiago la observó durante un rato que a Zoe se le hizo eterno, como si intentara reconciliar aquellas dos versiones de la mujer que estaba frente a él.

—¿Por qué? —preguntó, moviendo la cabeza—. ¿Por qué dejar toda tu vida atrás? ¿Por qué cambiar de identidad?

Zoe respiró hondo, sabiendo que había llegado el momento de hablar, de decir la verdad completa.

—¿Recuerdas que te conté que mi madre murió en un accidente de coche? —comenzó. Su voz se mostraba más firme ahora que había tomado la decisión de revelar todo—. Lo que no te dije es que yo conducía.

Los ojos de Thiago se abrieron con sorpresa, pero no dijo nada, permitiéndole continuar.

—Tenía diecinueve años. Mi madre no tenía carné, así que la llevaba yo. —Su voz se quebró ligeramente, pero se obligó a continuar—. Una furgoneta invadió nuestro carril en un adelantamiento. El conductor estaba borracho. No tuve tiempo de reaccionar.

Thiago se acercó instintivamente, pero Zoe levantó una mano. Necesitaba mantener cierta distancia para poder terminar de contar el relato.

—El impacto fue del lado del copiloto. Mi madre murió en el acto. Yo sobreviví, aunque quedé gravemente herida. Mi padre... —Tragó saliva con dificultad—. Mi padre no lo soportó. Me culpó por la muerte de mi madre. Me dijo que, si no fuera por mí, ella seguiría viva.

—Zoe, eso es... —comenzó Thiago, pero ella continuó. Tenía que sacar todo lo que había mantenido encerrado durante tanto tiempo.

—Estuve hospitalizada durante meses. Sufrí daños severos en la columna vertebral. Los médicos no estaban seguros de si volvería a caminar. Necesité siete cirugías. —Se giró ligeramente, señalando su espalda—. Las cicatrices… son de esas operaciones.

Thiago asintió lentamente, recordando las marcas plateadas que había trazado con dedos reverentes en la intimidad de su dormitorio, sin conocer entonces su origen.

—Mi padre apenas vino a verme al hospital —continuó Zoe.

El eco de aquel antiguo dolor se hizo evidente en su voz—.

Estaba consumido por su propio dolor, supongo.

Pero yo estaba sola, muerta de miedo, sin saber si podría volver a caminar, y culpándome también por la muerte de mi madre.

Fue mi fisioterapeuta quien me salvó, en más de un sentido.

No solo me ayudó a recuperar la movilidad, sino que me mostró que merecía una segunda oportunidad.

Por eso hago lo mismo ahora. Por eso quise ser fisioterapeuta.

Hizo una pausa, permitiendo que Thiago procesara todo lo que estaba narrando antes de continuar.

—Después de más de un año de rehabilitación, cuando finalmente pude volver a caminar con normalidad, las cosas con mi padre no mejoraron.

Cada vez que me miraba, veía a la persona que le había arrebatado a su esposa.

Y un día decidí que no podía seguir viviendo así.

No podía ser Elizabeth Whitmore, la chica que mató a su madre, la heredera rota de un imperio farmacéutico.

Sus ojos se encontraron con los de Thiago, suplicando comprensión.

—Así que me fui. Vendí un par de joyas que me había regalado mi madre para tener algo de dinero, cambié legalmente mi nombre y empecé de nuevo. Cuando me alejé de mi padre, decidí que Elizabeth Whitmore moriría. Y nació Zoe Brooks. Esa es la persona que soy ahora, quien soy ahora.

El silencio que siguió a la confesión parecía vibrar con la intensidad de todas las cosas que había revelado.

Thiago la miraba con una expresión difícil de leer. Su mandíbula estaba tensa, sus ojos azules parecían haberse oscurecidos por pensamientos que Zoe no podía adivinar.

Finalmente, agarró las muletas con más firmeza y se apoyó en ellas, creando una distancia física que parecía reflejar una nueva distancia emocional.

—Entiendo por qué te fuiste —dijo después de un largo rato—. Entiendo por qué necesitabas dejar atrás ese trauma, ese dolor. Lo que no entiendo es por qué no me lo contaste a mí.

Su voz no era acusatoria, pero contenía dolor, y Zoe creyó percibir un rastro de decepción, y eso resultaba mil veces peor.

—Me dejaste creer que eras alguien diferente —continuó—. Todo este tiempo, mientras yo te abría mi vida, mi casa, te confesaba mis inseguridades... tú guardabas una parte fundamental de ti misma.

Zoe dio un paso hacia él, pero se detuvo cuando vio que Thiago se tensaba.

—Thiago, yo quería contártelo —dijo. Las lágrimas amenazaban con derramarse por su rostro—. Estuve muchas veces a punto de hacerlo, pero tenía miedo...

—¿Miedo de qué, exactamente? —preguntó él. Su voz era más suave, pero no sonaba menos herida—. ¿De que te juzgara por un accidente del que tú no eras responsable? ¿De que te tratara diferente por ser la heredera de una fortuna? ¿Qué clase de persona crees que soy?

—No es eso —se apresuró a responder Zoe—. No es que no confiara en ti. Es que... cada vez que he intentado hablar de ello, de mi pasado, es como si Elizabeth intentara volver a tomar el control. Y he luchado tanto por ser Zoe, por dejar atrás esa vida...

Thiago asintió lentamente, aunque la tensión en su rostro no disminuyó.

—Zoe Brooks es quien decidiste ser —dijo—. Lo entiendo. Pero Elizabeth Whitmore es quien eres. Es tu historia, tu pasado, tus raíces. No puedes simplemente borrar esa parte de ti, por mucho que lo intentes.

Caminó algunos pasos con las muletas, alejándose hacia la ventana. La luz del sol proyectaba su silueta alargada sobre el suelo de madera, como una barrera física entre ellos.

—Necesito tiempo para procesar todo esto —dijo finalmente, sin volverse para mirarla—. Para entender quién eres realmente. Quién es la mujer con la que he estado.

Las palabras sonaron como una sentencia. Zoe sintió que su corazón se encogía dolorosamente.

—Lo entiendo —logró decir, a pesar del nudo en su garganta—. Tómate el tiempo que necesites. Yo... estaré aquí.

Thiago se giró entonces, y la intensidad de su mirada casi la hizo retroceder.

—Ese es el problema —dijo con una sonrisa triste—. No sé si estarás aquí. No sé si mañana decidirás que ya no quieres ser Zoe Brooks. No sé si hay más secretos, más partes de ti que has decidido ocultar.

—No hay más secretos —aseguró ella con vehemencia—. Te lo juro. Y no voy a desaparecer, Thiago. No a menos que tú me lo pidas.

Él la estudió durante unos segundos, como si estuviera tratando de ver a través de ella, de reconciliar a la Zoe que conocía con aquella nueva realidad que acababa de descubrir.

—Dame un par de días —dijo finalmente—. Para asimilarlo todo. Para reflexionar sobre... sobre quién eres realmente. Sobre nosotros.

Zoe asintió en silencio, incapaz de hablar por miedo a que su voz se rompiera completamente. Sentía como si estuviera perdiendo algo precioso, algo que apenas había comenzado a construir.

Thiago maniobró con sus muletas hacia la puerta con una destreza que hablaba de todas las semanas de rehabilitación. Se detuvo en el umbral, como si estuviera a punto de decir algo más, pero finalmente salió sin mirar atrás, con el sonido de las muletas contra el suelo alejándose por el pasillo.

Cuando el silencio volvió a envolverla, Zoe se dejó caer en una de las sillas, y las lágrimas que había estado conteniendo con tanto esfuerzo finalmente se liberaron.

Una retahíla de sollozos silenciosos sacudía su cuerpo mientras las implicaciones de lo ocurrido la golpeaban con toda su fuerza.

Victoria lo había descubierto. Había desenterrado el secreto que Zoe había guardado tan celosamente durante cinco años. Y lo que era peor aún, lo había revelado de la manera más fría y cruel posible, frente a Thiago, sin darle la oportunidad de explicarse en sus propios términos.

Pero más allá de la rabia hacia Victoria, Zoe sentía una culpa aplastante.

Thiago tenía razón.

Ella le había ocultado una parte fundamental de su identidad mientras él le abría cada rincón de su vida. ¿Cómo podía esperar que confiara en ella ahora?

La sala de rehabilitación parecía burlarse de ella con sus equipos silenciosos y su luz demasiado brillante. Los mismos aparatos que habían ayudado a Thiago a recuperar su movilidad física no podían hacer nada por la fractura emocional que acababa de abrirse entre ellos.

«¿Quién eres realmente?» La pregunta de Thiago resonaba en su mente como un eco interminable.

¿Quién era ella? ¿Elizabeth Whitmore, la heredera marcada por la tragedia? ¿Zoe Brooks, la fisioterapeuta que había construido una nueva vida desde cero? ¿O alguna combinación de ambas que aún no había terminado de definir?

Secándose las lágrimas con el dorso de la mano, y sorbiendo por la nariz, Zoe se levantó y comenzó a recoger el equipo disperso por la sala, buscando en la rutina un ancla a la que aferrarse mientras su mundo parecía desmoronarse a su alrededor.

El futuro, que apenas unas horas antes parecía tan prometedor con Thiago caminando sin ayuda por primera vez, en aquel momento se extendía ante ella como un camino incierto.

Lo único que sabía con certeza era que, fuera quien fuese realmente, estaba enamorada de Thiago Calloway. Y por primera vez en cinco años, tendría que enfrentar su pasado si quería tener alguna esperanza de un futuro junto a él.

Pero de momento tenía que respetar su decisión y darle los días que le había pedido para que asimilara todo lo que le había contado.