CAPÍTULO 59
Aquella mañana, aunque fría, el sol resplandecía contra un cielo de un azul limpio.
En la sala de rehabilitación, Thiago, apoyado en sus muletas, avanzaba con determinación por el perímetro de la habitación.
Con el rostro sudoroso y una expresión de concentración absoluta, completaba su quinta vuelta del día. Ya no caminaba arrastrando el pie como en semanas anteriores. Ahora había ritmo, había fuerza, había propósito en cada paso.
Su cuerpo atlético, que había perdido algo de masa muscular durante los meses de inmovilidad, comenzaba a recuperar su forma. La camiseta negra con el logotipo de los Chicago Bulls se le pegaba al torso, revelando sus hombros anchos y sus brazos tonificados por el constante uso de las muletas.
Zoe lo observaba desde la colchoneta donde preparaba el siguiente ejercicio, sin poder evitar que una sonrisa de orgullo profesional (y algo más) iluminara su rostro.
Llevaba su uniforme habitual, pero había añadido una pulsera fina de oro blanco en su mano derecha, un pequeño capricho que Thiago le había regalado la semana anterior «por la infinita paciencia que has tenido con un paciente tan insufrible como yo».
—Estás sonriendo como la entrenadora cuyo equipo va ganando la final —comentó Thiago, notando su expresión mientras completaba la vuelta.
—Es que mi equipo va ganando —respondió ella. Sus ojos brillaron con satisfacción—. Y por goleada.
Thiago se detuvo frente a ella, apoyando su peso en las muletas con una confianza que hubiera sido impensable hace solo unas semanas.
—¿Me estás diciendo que estás impresionada, Brooks? —preguntó con esa media sonrisa que hacía que pequeñas arruguitas se formaran alrededor de sus ojos azul glacial—. Porque suena sospechosamente a que estás impresionada.
Zoe se cruzó de brazos, adoptando una expresión seria.
—Estoy profesionalmente satisfecha con los avances demostrados por mi paciente —respondió en un tono formal exagerado—. Aunque debo señalar que su actitud sigue siendo un desafío constante.
—Mi actitud es parte de mi encanto, ya lo sabes —replicó Thiago, inclinándose ligeramente hacia ella—. O eso me han dicho.
—¿Quién te ha dicho semejante mentira? —Zoe alzó una ceja, pero no pudo mantener la fachada de seriedad cuando los ojos de Thiago, llenos de humor y algo mucho más profundo, se fijaron en los suyos.
—Una fisioterapeuta muy mandona —respondió él, bajando la voz a un tono más íntimo—. Creo que sus palabras exactas fueron «tu insufrible testarudez es extrañamente atractiva cuando no la diriges hacia mí».
Zoe sintió el calor subiendo a sus mejillas. Recordaba perfectamente ese comentario, murmurado entre besos una noche muy… memorable.
—Tu fisioterapeuta debería mantener la profesionalidad en todo momento —murmuró, aunque la sonrisa traicionera seguía tirando de las comisuras de sus labios.
—Mi fisioterapeuta es muy profesional —contradijo Thiago, apoyando una de las muletas en la camilla para liberar su mano y acariciar suavemente la mejilla de Zoe—. Y muy guapa. Y brillante. Y…
—Vale, vale —lo interrumpió ella, riendo—. Vas a hacer que mi ego no quepa por la puerta.
Thiago sonrió, con esa sonrisa amplia y limpia que antes de su accidente rara vez mostraba y que ahora aparecía con mucha frecuencia.
—Lo digo en serio, Zoe —aseveró. Su tono se volvió más solemne—. Mírame. Estoy caminando. Hace unos meses los médicos dudaban de que pudiera sostenerme sobre mis propios pies, y ahora... —Hizo un gesto hacia sus piernas, estables bajo su peso—. Esto es gracias a ti.
Zoe sacudió la cabeza, aunque la emoción amenazaba con atrapar su voz.
—Es gracias a tu trabajo duro y a tu determinación. Yo solo te guie.
—Nos guiaste a ambos —corrigió él—. A través de mis quejas, mi mal humor, de mis momentos de desesperación. Nunca te rendiste conmigo, incluso cuando yo estaba dispuesto a rendirme.
La sinceridad en su voz tocó algo profundo dentro de Zoe. Impulsivamente, dio un paso adelante y se puso de puntillas para besarlo. Un beso suave y tierno pero cargado de todo lo que sentía y que no siempre podía expresar con palabras.
Cuando se separaron, Thiago había dejado caer la segunda muleta para poder rodearla con ambos brazos, manteniéndose perfectamente en equilibrio sobre sus piernas. Los ojos de Zoe se abrieron con sorpresa al darse cuenta.
—¡Thiago! —exclamó, consciente de lo que acababa de ocurrir—. ¡Estás de pie! ¡Sin apoyo!
El rostro de Thiago se iluminó como un amanecer. Durante unos segundos, se quedó totalmente quieto, como si temiera que el más mínimo movimiento rompiera el hechizo.
Luego, lentamente, aflojó su abrazo y dio un pequeño paso atrás, manteniendo solo una mano ligeramente apoyada en el hombro de Zoe.
—Estoy de pie —repitió. La incredulidad y la alegría se mezclaban en su voz—. Estoy realmente de pie.
—Lo estás —confirmó Zoe. Su mirada destellaba con lágrimas contenidas de satisfacción, tanto profesional como personal—. Sabía que lo lograrías, pero has superado todas mis expectativas en cuanto al tiempo.
Thiago soltó una risa, mitad asombro, mitad felicidad, y dio otro pequeño paso experimental, para probar. Su pierna derecha, la más afectada por el accidente, respondió con firmeza. Sin temblar y sin apenas esfuerzo.
—Es como si algo hubiera hecho clic —explicó, maravillado—. De repente, todo se siente... perfecto. Los músculos, los nervios, todo está funcionando junto.
Zoe asintió, reconociendo el fenómeno desde su perspectiva y experiencia profesional.
—A veces ocurre así. El cerebro y el cuerpo finalmente sincronizan todos los circuitos después de semanas de trabajo constante.
Con cuidado, se agachó para recoger las muletas, pero mantuvo distancia, permitiendo que Thiago experimentara aquel momento plenamente, sin apoyo.
—Unos pasos más y luego volvemos a las muletas —advirtió, sin poder evitar el tono profesional—. No queremos arriesgarnos a una caída.
—Sí, señora —respondió Thiago con una sonrisa traviesa, dando otro paso y luego otro, cada uno más seguro que el anterior.
Después de completar un pequeño círculo, extendió los brazos hacia Zoe en un gesto triunfal. Ella dejó las muletas apoyadas en la camilla y caminó hacia él, fundiéndose en un abrazo que era tanto celebración como promesa.
—Lo logramos —murmuró Thiago contra su pelo. Su voz estaba tomada por la emoción.
—Lo lograste tú —corrigió Zoe, apretando su abrazo—. Yo solo estuve ahí para animarte y amenazarte en alguna que otra ocasión.
Thiago se echó a reír. El sonido reverberó a través de su pecho contra la mejilla de Zoe.
—Un método muy efectivo, por cierto. El miedo a tu ira fue un gran motivador.
Zoe se apartó lo suficiente para mirarlo a los ojos.
—No me creo que Thiago Calloway temiera la ira de una fisioterapeuta —comentó.
—Resultó… inspiradora —respondió él, inclinándose para besarla nuevamente.
Aquel beso fue diferente, más profundo, cargado de promesas y posibilidades que antes parecían lejanas y ahora estaban al alcance de la mano.
Zoe se perdió en él, en la sensación de sus brazos fuertes alrededor de su cintura, en el calor de su cuerpo, en la certeza de que lo que habían construido juntos, contra todo pronóstico, era real y firme.
Tan absortos estaban el uno en el otro que no escucharon la puerta abrirse.
—Parece que la rehabilitación está siendo todo un éxito…
La voz fría y ligeramente burlona de Victoria cortó el momento como un hachazo. Zoe se separó instintivamente de Thiago, aunque él mantuvo un brazo protector alrededor de su cintura.
Victoria estaba en el umbral, impecable como siempre, con una falda de cuero negra y un jersey de color burdeos que resaltaba su escultural figura.
—Victoria —saludó Thiago. Su tono era cordial, pero notablemente más frío—. No te esperaba hoy.
—Ya veo —respondió ella, entrando en la sala con pasos largos y seguros. Sus tacones de aguja resonaban contra el suelo de madera—. Pero ha surgido algo urgente con los contratos surcoreanos. Necesito tu firma en varios documentos.
Sus ojos se posaron en Zoe, evaluándola de arriba abajo con un escrutinio apenas disimulado.
—Zoe, qué bueno verte de nuevo —dijo con una cordialidad impostada y falsa—. O debería llamarte... ¿Lizzie?
El nombre cayó como una bomba en la habitación.
Zoe sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies, como si estuviera siendo sacudido por un terremoto, y si no hubiera sido por el brazo de Thiago, podría haber trastabillado un par de pasos.
Su rostro perdió todo color, y sus ojos se abrieron con horror.
—¿Cómo me has llamado? —preguntó. Su voz salió estrangulada de su garganta.
Victoria fingió confusión, aunque el brillo calculador en sus ojos revelaba su satisfacción ante la reacción que había tenido Zoe.
—¿Lizzie? ¿No es ese el diminutivo de tu verdadero nombre, Elizabeth Whitmore?
Thiago miró a Zoe con desconcierto. Su ceño se frunció con gravedad mientras intentaba procesar lo que estaba escuchando.
—¿De qué está hablando, Zoe? —preguntó, con una confusión evidente en su voz.
Zoe se había quedado petrificada, incapaz de articular palabra.
Su mente corría frenéticamente, intentando entender cómo Victoria podía saber algo tan íntimo, algo que había dejado atrás hacía cinco años.
Solo su familia la había llamado así, y la única persona que había utilizado ese nombre recientemente era su tío Richard durante su visita.
Victoria dio un paso más, saboreando el momento.
—Oh, ¿todavía no le has contado la verdad a Thiago? —preguntó—. ¿No le has dicho que en realidad no eres Zoe Brooks, sino Elizabeth Whitmore, heredera de un imperio farmacéutico de Boston?
Thiago quitó lentamente su brazo alrededor de la cintura de Zoe, girándose para mirarla directamente.
—¿Zoe? —Su tono de voz era cauteloso, como si estuviera tanteando un terreno inestable—. ¿De qué está hablando?
Pero Zoe apenas podía escucharlo. El zumbido en sus oídos se intensificaba, y sentía que el aire se volvía demasiado denso para respirarlo.
Todo lo que había construido tan cuidadosamente durante los últimos años (su nueva identidad, su carrera, su relación con Thiago) parecía desmoronarse ante sus ojos.
—¿Cómo...? —logró articular finalmente, mirando a Victoria con una mezcla de horror y furia—. ¿Cómo sabes eso?
Victoria se encogió de hombros con indiferencia, como si estuviera hablando del clima y no desmantelando la vida de alguien.
—Boston no es tan grande cuando te mueves en ciertos círculos. Y tu tío Richard es bastante accesible cuando se le ofrece la información correcta.
Las piezas encajaron en la mente de Zoe con claridad. Estaba segura de que había sido Vitoria quien le había facilitado la dirección de la mansión Calloway a su tío Richard y quien le había dicho que actualmente residía allí.
Maldita hija de puta.
¿Con qué derecho se creía para hacer algo así?
Thiago, que había permanecido paralizado unos instantes por aquella revelación, pareció recuperar su capacidad de reacción.
Su rostro se endureció, tensando la línea de su mandíbula visiblemente.
—Suficiente, Victoria —ordenó. Su voz había adoptado ese tono de autoridad incuestionable que usaba en la sala de juntas—. Sea lo que sea que estés haciendo, para ahora mismo.
—Solo te estoy informando de que tu adorada fisioterapeuta no es quien dice ser —respondió Victoria—. Pensé que apreciarías la verdad, considerando lo mucho que valoras la sinceridad de la gente.
Thiago dio un paso hacia ella, sorprendentemente estable sin sus muletas. Una furia sorda emanaba de él en oleadas que casi eran palpables.
—He dicho que basta —repitió. Cada palabra cortaba como el hielo—. Deja los documentos y vete. Hablaremos de esto más tarde.
Victoria pareció evaluar la situación, sopesando si debía presionar más o retirarse estratégicamente. Al final, optó por lo segundo. Sacó un sobre del maletín que llevaba y lo depositó sobre una mesa cercana.
—Como desees —concedió, dirigiéndose hacia la puerta—. Los contratos necesitan tu firma antes de mañana.
Se detuvo en el umbral, girándose para lanzar una última mirada a Zoe.
—Por cierto, tu padre te ha estado buscando desesperadamente.
Está bastante ansioso por verte antes de...
bueno, ya sabes. —Su sonrisa era dulce como veneno.
Zoe tuvo ganas, muchas ganas de arrancarle la cabeza de un puñetazo.
Esa tía era más hija de puta de lo que parecía—. Qué tengas un buen día, Elizabeth.
Y sin más se fue.
El sonido de sus tacones se alejaba por el pasillo como el eco de una tormenta que acababa de desatarse.
El silencio que siguió era tan denso que parecía tener peso propio.
Zoe seguía inmóvil, sin casi respirar, con la mirada fija en el espacio que Victoria había ocupado, como si pudiera borrar lo ocurrido solo con la fuerza de su voluntad. Lo había vomitado absolutamente todo sin ningún pudor.
Joder.
Thiago fue el primero en romper el silencio.
—Zoe —dijo suavemente, dando un paso hacia ella—. Mírame, por favor.
Ella giró lentamente la cabeza hacia él, temiendo lo que encontraría en sus ojos. Para su sorpresa, no vio acusación, pero sí confusión, preocupación y algo que parecía dolor.
—¿Es cierto? —preguntó simplemente Thiago.