La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 58
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CAPÍTULO 58

Las nubes se habían espesado sobre la mansión, coloreando el jardín con una luz grisácea que acentuaba la melancolía del momento.

Los árboles, sacudidos por una brisa cada vez más fría, parecían susurrar secretos mientras dejaban caer hojas doradas y rojizas que formaban una alfombra natural alrededor del banco de piedra donde Zoe seguía sentada.

Thiago observó a través de la ventana durante unos minutos más, debatiéndose internamente. El nudo en su garganta crecía con cada sollozo silencioso que sacudía los hombros de Zoe.

Nunca la había visto así, tan vulnerable, tan rota. Ella siempre había sido su ancla, la fuerza inquebrantable que lo había sostenido durante su recuperación, incluso cuando él hacía todo lo posible por alejarla con su mal humor y su sarcasmo.

Verla ahora, destrozada en ese banco solitario, era como contemplar a un ángel caído.

—A la mierda —masculló, girando la silla de ruedas con determinación.

Maniobró por los pasillos de la mansión con la destreza que había adquirido después de meses de práctica. Sus brazos, mucho más fuertes gracias a la terapia intensiva, impulsaban las ruedas con precisión mientras su mente corría a toda velocidad.

¿Quién era ese hombre que había dejado en ese estado a Zoe? ¿Qué secretos guardaba ella que nunca había compartido con él?

Un montón de preguntas sin respuesta se amontonaban en su cabeza mientras tomaba el ascensor hasta la planta baja.

Cuando las puertas del jardín se abrieron ante él, Thiago dudó un momento. El terreno no era ideal para su silla; los senderos de grava representaban siempre un desafío. Pero la imagen de Zoe, sola y llorando, era más fuerte que cualquier obstáculo físico.

Con un gruñido y resolución, comenzó a empujar las ruedas sobre la superficie irregular, maldiciendo bajo su aliento cada vez que una piedra se interponía en su camino.

El sonido de la grava crujiendo bajo las ruedas debió alertar a Zoe, porque la vio tensarse y secarse apresuradamente las lágrimas con el dorso de la mano antes de girar el rostro hacia él.

—Thiago. —Su voz sonaba ronca, quebrada, como si hubiera gritado durante horas—. ¿Qué haces aquí?

Él se detuvo a un metro y medio del banco, estudiándola con esos ojos azul glacial que ahora mostraban una calidez inusitada.

Zoe tenía los ojos enrojecidos e hinchados, las mejillas manchadas por las lágrimas secas y el labio inferior ligeramente tembloroso a pesar de sus esfuerzos por controlarse.

—¿Estás bien? —preguntó Thiago con suavidad, a pesar de que la respuesta era obviamente no—. Te he visto desde la ventana.

Zoe sonrió sin ganas, mientras se pasaba una mano por el pelo, desordenando aún más el moño informal que tenía en lo alto de la cabeza.

—No estoy en mi mejor momento —admitió, intentando mantener la sonrisa—. Lo siento, nuestra sesión debería haber empezado hace...

—Al diablo con la sesión —la interrumpió Thiago, maniobrado su silla para colocarse frente a ella—. Me importa una mierda la fisioterapia ahora mismo. Lo único que me importa en estos momentos eres tú.

El rostro de Zoe se contrajo, como si aquellas palabras hubieran tocado una herida abierta. Nuevas lágrimas amenazaban con derramarse, y apretó los labios en un intento de contenerlas.

—Zoe —insistió Thiago, inclinándose hacia adelante en su silla—. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué ha pasado?

Ella respiró profundamente, intentando recuperar la compostura. Sus manos, normalmente tan firmes y seguras cuando trabajaba en la rehabilitación de Thiago, ahora temblaban ligeramente mientras jugueteaban con el borde de su camiseta.

—Era mi tío —respondió finalmente, con la mirada fija en algún punto del jardín—. Richard. Hacía... hacía cinco años que no lo veía.

Thiago asimiló esa información en silencio.

Zoe rara vez hablaba de su familia; sabía que la relación con su padre estaba rota, que su madre había fallecido, pero poco más.

Había respetado su privacidad, entendiendo mejor que nadie el deseo de mantener ciertas partes de uno mismo protegidas del mundo.

—¿Y ha venido a buscarte después de tanto tiempo? —preguntó con cuidado, como quien camina sobre una capa de hielo fino a punto de romperse—. Debe haber sido para algo importante.

Zoe asintió lentamente, y una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla. Thiago no resistió el impulso de extender la mano y limpiarla.

—Mi padre se está muriendo —dijo ella. Las palabras salieron como piedras pesadas de su boca—. Tiene cáncer. Le quedan un par de meses de vida, según mi tío. Menos, quizás.

Thiago apretó los labios.

A pesar de las complicaciones familiares que ella había insinuado, sabía lo que significaba perder a un padre. Era un dolor que jamás desaparecía completamente.

—Lo siento mucho, Zoe —dijo con sinceridad, y bajó su mano para coger la de ella.

Sus dedos estaban fríos, y Thiago los envolvió entre los suyos, intentando transmitirle calor y apoyo a través de ese simple contacto.

—No sé cómo sentirme —confesó Zoe—. Hace años que no hablamos. Nuestra última conversación fue... —se detuvo, tragando con dificultad—... terrible.

Thiago asintió, recordando los pocos detalles que ella había compartido durante una cena semanas atrás: que su madre había fallecido en un accidente de coche y que a partir de ese momento la relación con su padre se había deteriorado hasta el punto de no hablarse con él.

—No tienes que decidir nada ahora —le aseguró, apretando suavemente su mano—. Y cualquiera que sea tu decisión, estaré aquí para apoyarte.

Zoe lo miró, realmente lo miró, y Thiago pudo ver el torbellino de emociones en esos ojos color miel que tanto le fascinaban: agradecimiento, dolor, miedo y algo más, algo que parecía culpa.

—Mi tío dice que mi padre quiere verme antes de... —Su voz se quebró—. Antes de morir.

—¿Y tú quieres verlo? —preguntó Thiago con suavidad.

Zoe sacudió la cabeza, no como negación, sino como si intentara ordenar sus pensamientos.

—No lo sé. Una parte de mí dice que debería ir, que tal vez esta sea la última oportunidad de... no sé, ¿cerrar ese capítulo? Pero otra parte...

—Tiene miedo —completó Thiago por ella—. Miedo de que vuelva a herirte.

Ella asintió, sorprendida por su conclusión.

—Exactamente.

Se quedaron en silencio un momento. El único sonido era el de las hojas secas arrastradas por el viento y los pájaros que cantaban, ajenos a lo que se desarrollaba bajo ellos.

—Cuando mi padre murió —comenzó Thiago—, estábamos enfadados. Ya lo sabes. Habíamos discutido la noche anterior por una estupidez. Una fiesta a la que yo quería ir. Le dije cosas... cosas muy feas. Incluso le dije que lo odiaba.

Zoe lo miró, comprensiva. Recordaba la pesadilla que había tenido Thiago una noche y como en un momento así, ella le había consolado.

—Aquella misma noche sufrió un infarto —continuó Thiago, con la mirada perdida en el recuerdo—. Y se fue. Sin despedidas, sin la oportunidad de pedirle perdón, sin poder decirle una última vez que, a pesar de nuestras pequeñas diferencias, lo quería.

—Thiago...

—No te cuento esto para hacerte sentir peor —aclaró él rápidamente—. Solo quiero que entiendas que te apoyaré completamente, sea cual sea tu decisión. Pero también que sepas que... —Hizo una pausa—. A veces, las oportunidades para cerrar ciclos son limitadas.

Zoe apretó su mano, agradeciendo silenciosamente su sinceridad y aquel consejo que acababa de darle.

—Tengo mucho que pensar —admitió.

—Y todo el tiempo que necesites para hacerlo —respondió Thiago. Guardó silencio unos segundos y añadió—: Podemos cancelar la sesión de hoy, Zoe. Puedo pedirle a Harold que te prepare un té, o quizás algo más fuerte.

Una pequeña sonrisa, la primera desde la aparición de su tío Richard, se dibujó en los labios de Zoe.

—No, prefiero hacer la sesión —dijo—. Necesito distraerme, mantener la cabeza ocupada. Y tú necesitas realizar tus ejercicios.

—Puedo saltármelos por un día —protestó Thiago—. No creo que mi malhumorada fisioterapeuta vaya a regañarme, dadas las circunstancias.

Eso le arrancó a Zoe una risa débil pero auténtica.

—Tu malhumorada fisioterapeuta insiste —respondió, poniéndose de pie y alisando su uniforme—. Además, me vendrá bien concentrarme en algo práctico. Algo que pueda controlar.

Thiago la estudió durante un momento, admirando una vez más su fortaleza. Incluso ahora, con el mundo desmoronándose a su alrededor, encontraba la forma de seguir adelante, de poner un pie delante del otro.

—Si estás segura... —accedió finalmente.

—Lo estoy —afirmó Zoe, con más convicción de la que probablemente sentía—. Vamos dentro. Hace frío aquí fuera.

Thiago la detuvo antes de que pudiera colocarse detrás de su silla para empujarla.

—Zoe —la llamó, esperando a que ella lo mirara—. Sabes que puedes contarme cualquier cosa, ¿verdad? Lo que sea que te preocupe, lo que sea que te esté atormentando... Estoy aquí.

Por un instante, vio algo pasar por sus ojos, una sombra, un secreto.

Zoe abrió la boca como si estuviera a punto de hablar, de confesar algo importante, pero luego pareció cambiar de opinión. En su lugar, se inclinó y depositó un beso suave en los labios de Thiago.

—Lo sé —murmuró contra su boca—. Y significa más de lo que puedo expresar.

Thiago sabía que había algo más, algo que ella no estaba lista para compartir. Pero no la presionó. Él tenía sus propios secretos, sus propios demonios, y entendía la necesidad de revelarlos cuando se estuviera listo.

—Cuando quieras hablar —dijo simplemente—, estaré aquí.

Zoe asintió, agradecida por su comprensión, y comenzó a empujar la silla hacia la casa.

El sendero de grava crujía bajo las ruedas, un sonido rítmico y constante que proporcionaba un curioso consuelo.

La sala de rehabilitación les recibió como un refugio seguro. Era un espacio donde las reglas eran claras, donde cada movimiento tenía un propósito, donde el progreso, aunque lento, era medible y concreto.

Zoe se movía por la habitación con eficiencia, preparando el equipo necesario para la sesión. Sus movimientos eran los de siempre, precisos y profesionales, pero Thiago podía notar la tensión en sus hombros, la forma en que a veces su mirada se perdía momentáneamente en la distancia.

—Empezaremos con los estiramientos habituales —anunció ella, ayudándolo a tumbarse en la colchoneta—. Y luego pasaremos a los ejercicios de fortalecimiento.

Thiago asintió, dejándose guiar a través de la rutina. Las manos de Zoe, normalmente tan seguras cuando manipulaban sus músculos y articulaciones, en ese momento parecían ligeramente vacilantes, como si una parte de su mente estuviera a kilómetros de distancia.

—Estás pensando en él —observó Thiago después de varios minutos en silencio—. En tu padre.

Zoe se detuvo unos segundos. Sus manos se quedaron inmóviles sobre la pierna de Thiago.

—Lo siento —murmuró—. Estoy intentando concentrarme.

—No te disculpes —respondió Thiago—. Es completamente comprensible.

Zoe reanudó el ejercicio, flexionando su rodilla con cuidado.

—Es extraño —confesó, al cabo de un rato—. Llevo años sin pensar mucho en él, intentando dejar todo atrás. Y ahora, de repente, es todo en lo que puedo pensar.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Thiago mientras ella ajustaba el ángulo de su pierna.

—Claro —respondió Zoe, aunque su tono sugería cierta cautela.

—¿Nunca has considerado reconciliarte con él? Antes de esto, quiero decir.

La pregunta quedó suspendida en aire, pesada como una losa. Zoe siguió trabajando, como si el movimiento la ayudara a ordenar sus pensamientos.

—No —respondió finalmente—. Lo que pasó entre nosotros... no es algo que se pueda arreglar con una disculpa. O al menos eso creía hasta hoy.

Thiago asintió, respetando su respuesta sin presionar por más detalles.

—¿Qué harías tú? —preguntó ella de repente, sus ojos buscando los de él—. Si estuvieras en mi lugar.

Era una pregunta imposible, cargada de contextos y matices que él no conocía completamente. Aun así, Thiago sabía lo que su corazón le dictaba.

—Iría —respondió con sinceridad—. No necesariamente para perdonar o ser perdonado, sino para no cargar con el «¿y si...?» el resto de mi vida. —Hizo una pausa—. Pero esa es mi respuesta desde mi experiencia. Tú debes hacer lo que sientas que es correcto para ti, lo que te pida el corazón.

Zoe lo miró un largo rato, como si estuviera viendo algo nuevo en él. Luego asintió, volviendo a concentrarse en los ejercicios.

La sesión continuó en un silencio cómodo, interrumpido ocasionalmente por instrucciones técnicas o preguntas sobre el dolor de Thiago. Era una rutina que ambos conocían tan bien que podían realizarla incluso con la mente parcialmente en otro lugar.

Cuando terminaron, Zoe ayudó a Thiago a regresar a la silla.

Sus movimientos, aunque profesionales, contenían una ternura adicional, como si a través del contacto físico pudieran expresar todo lo que querían decirse.

—Gracias —dijo Zoe, mientras recogía las pesas de tobillo—. Por entender. Por estar ahí fuera conmigo.

—Siempre que lo necesites, Zoe —respondió Thiago con una sencillez que contenía una promesa inmensa.

Ella sonrió. Una sonrisa pequeña pero auténtica que iluminó brevemente sus ojos cansados.

—¿Sabes? —dijo, guardando la última pesa en el armario—. Una vez me dijeron que la vida te da exactamente lo que necesitas, cuando lo necesitas. Nunca lo había creído, pero ahora...

Dejó la frase sin terminar, sin embargo Thiago la entendió. En medio del caos emocional que la visita de su tío había desatado, ella estaba agradecida por tenerlo a él cerca, como ancla.

—Entonces supongo que ambos hemos recibido exactamente lo que necesitábamos —respondió, tomando su mano—. Aunque haya llegado en forma de una fisioterapeuta mandona y un paciente insufrible.

Eso provocó que Zoe riera. Y se convirtió en el sonido más bonito que Thiago había escuchado en todo el día.

Y mientras salían juntos de la sala, Thiago no pudo evitar pensar que, a pesar de los secretos que aún flotaban entre ellos, a pesar del pasado que ella no estaba lista para compartir completamente, lo que tenían era real (muy real) y valía la pena.