La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 57 #2
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CAPÍTULO 57 #2

Zoe palideció aún más, si eso era posible. Sus manos se cerraron en puños a sus costados, y durante un momento pareció que iba a dar media vuelta y a salir corriendo. Pero en lugar de eso, levantó la cabeza y miró directamente a los ojos de su tío.

—¿El mismo padre que me culpó por la muerte de mamá? —preguntó. Su voz apenas se escuchaba como un susurro cargado de dolor.

Richard dio un paso hacia ella, pero se detuvo cuando Zoe retrocedió instintivamente.

—Estaba loco de dolor —intentó explicar, extendiendo las manos en un gesto conciliador—. Caroline era su mundo entero.

—Yo también estaba loca de dolor, mi madre acababa de morir, y yo había sobrevivido a ese maldito accidente de milagro —contraatacó Zoe.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos—.

Me tuvieron que operar siete veces, tío Richard.

Siete. Tengo la espalda llena de clavos y de tornillos. Y él apenas vino a verme al hospital.

Richard bajó la mirada, incapaz de negar aquella verdad.

Era dolorosa, cruel y brutal. Pero era real.

—Lo sé —admitió—. Y no hay excusa para eso. Pero Frederick está arrepentido, Lizzie... Zoe —rectificó—. Ha pasado todos estos años buscándote.

—¿Para qué? ¿Para seguir torturándome, echándome en cara que mi madre murió por mi culpa?

—No, para tratar de hacer las paces —dijo Richard.

—¿Hacer las paces? —Zoe sacudió la cabeza con incredulidad—. Me culpó del accidente. Me dijo que yo había matado a mi madre. Mil veces. Un millón de veces. Tantas que perdí la cuenta.

Las lágrimas corrían ya sin ningún tipo de contención por sus mejillas, pero no hizo ningún intento por ocultarlas.

—El conductor de esa furgoneta invadió nuestro carril. Iba borracho. No fue mi culpa. ¡Tenía diecinueve años, por Dios santo! ¿Qué clase de padre culpa a su hija por algo así? Nos podríamos haber matado las dos.

Richard parecía haber envejecido diez años en los últimos minutos. Las arrugas alrededor de sus ojos se habían profundizado, y sus hombros se hundían bajo el peso de recuerdos que claramente preferiría olvidar, pero que era imposible.

—Tu padre no es perfecto, Zoe —dijo con voz cansada—. Cometió errores terribles, imperdonables. Pero se está muriendo. Los médicos le dan tres meses, como mucho. Esta podría ser tu última oportunidad de...

—¿De qué? —lo interrumpió Zoe—. ¿De perdonarlo? ¿De pretender que no me destrozó cuando más lo necesitaba? ¿De fingir que no pasé dos años de mi vida en psicólogos intentando convencerme de que no era una asesina?

Richard no tenía respuesta para eso. Ni para muchas cosas. Entendía perfectamente que su sobrina estuviera enfadada con su padre. Le había fallado cuando más lo necesitaba.

En lugar de palabras (había poco más que decir ya), sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta, alargó el brazo y se la ofreció.

—Por si cambias de opinión —dijo simplemente.

Zoe miró la tarjeta como si fuera una serpiente cascabel, pero finalmente la tomó con dedos temblorosos.

—No prometo nada —advirtió a su tío.

—No te pido que lo hagas —respondió Richard—. Solo que lo pienses.

Se quedaron en silencio un rato, con el peso de cinco años de ausencia y un montón de tiempo de dolor familiar suspendido entre ellos, amenazante como una nube de tormenta en el cielo.

—Bonita vida nueva, Lizzie —dijo finalmente Richard, utilizando el apodo que le daba cuando era niña—. Pero no puedes huir para siempre.

Y con esas palabras, se inclinó para besar su mejilla.

Zoe se quedó rígida, pero no se apartó. El contacto duró apenas un segundo, pero pareció transmitir todo lo que las palabras no podían: preocupación, arrepentimiento, amor incondicional a pesar de todo.

Richard se alejó por el sendero sin mirar atrás. Sus pasos crujían sobre la grava como un recordatorio físico de la distancia que había abierta entre ellos.

Zoe lo observó marcharse, inmóvil como una estatua, con la tarjeta aún en su mano y las lágrimas deslizándose por sus mejillas.

Cuando la figura de su tío desapareció de su vista, Zoe se derrumbó. Sus rodillas cedieron y se encontró sentada en el banco de piedra que había al lado de la fuente. Su cuerpo empezó a sacudirse por los sollozos silenciosos pero devastadores que recorrían su cuerpo.

Años de emociones cuidadosamente contenidas se desbordaron de repente, como una presa que finalmente cede ante la presión del agua.

No supo cuánto tiempo permaneció así, perdida en recuerdos que había intentado enterrar: el sonido del metal del coche retorciéndose, los gritos, el silencio aterrador que siguió, las luces de los vehículos de la policía, de las ambulancias, y después, el dolor.

El dolor físico de huesos rotos y órganos dañados, pero sobre todo, el dolor infinitamente peor de despertar en un hospital y descubrir que su madre nunca volvería a abrazarla.

Y luego la mirada de su padre.

Esa mirada de odio y acusación que la perseguiría durante años, incluso después de cambiar su nombre y construir una nueva vida a miles de kilómetros de distancia.

Alzó la cabeza y se enjugó las lágrimas con los dedos.

Desde la ventana de su despacho en el segundo piso, Thiago observaba la escena con una mezcla de confusión y preocupación.

Había visto la llegada del elegante desconocido, el intercambio claramente tenso, las lágrimas de Zoe, el beso de despedida…

A esa distancia no podía escuchar las palabras, no podía saber qué se habían dicho, pero no necesitaba oírlas para entender que algo había ocurrido.

Sus manos se tensaron alrededor de los apoyabrazos de su silla de ruedas mientras veía a Zoe, su Zoe, normalmente tan fuerte y risueña, desmoronarse en ese banco de piedra como si fuese una niña pequeña. Cada sollozo que sacudía sus hombros era como un golpe para él.

El impulso de bajar, de ir a su lado, de consolarla, era casi abrumador. Pero algo lo detuvo. La intensidad de la conversación que intuía que había habido entre ella y ese desconocido, y la intimidad evidente, incluso en el enfrentamiento que habían tenido, le hizo sentir como un intruso.

¿Quién era ese hombre que podía causar tal efecto en ella? ¿Y por qué Zoe nunca lo había mencionado?

Mientras observaba a Zoe llorando sola en el jardín, Thiago se enfrentó a una verdad incómoda: a pesar de todo lo que habían compartido, de la intimidad física y emocional que habían construido, había partes de Zoe Brooks que seguían siendo un completo misterio para él.