CAPÍTULO 57
El otoño había teñido los árboles del jardín de la mansión Calloway con tonos dorados y rojizos, creando un contraste perfecto con el verde esmeralda del césped meticulosamente cuidado.
Una brisa suave mecía las hojas, provocando ese sonido característico que anunciaba la llegada inminente del invierno.
Harold, como cada mañana, se encontraba supervisando la limpieza del vestíbulo.
Su traje negro no mostraba ni una sola arruga, y su postura erguida hablaba de décadas de servicio.
Su cabello canoso, perfectamente peinado hacia atrás, y sus ojos grises, atentos a cada detalle, completaban la imagen del mayordomo perfecto.
El timbre resonó en el vestíbulo de mármol, interrumpiendo la tranquilidad de la mañana.
Harold se dirigió hacia la puerta con pasos medidos, ni demasiado apresurados ni demasiado lentos. La puntualidad y la discreción eran sus señas de identidad. Pero tampoco era ya un chaval de veinte años para estar corriendo.
Al abrir la puerta principal, se encontró con un hombre de aspecto distinguido.
Alto, con el porte elegante que solo las mejores escuelas de Nueva Inglaterra podían proporcionar.
Su pelo, un desvaído rubio ceniza con canas elegantemente distribuidas, enmarcaba un rostro de facciones aristocráticas.
Vestía un traje negro que sin duda había sido confeccionado a medida, y sostenía un paraguas a pesar de que el cielo apenas mostraba algunas nubes dispersas.
—Buenos días —saludó Harold con su tono profesional—. ¿En qué puedo ayudarle?
El hombre, que debía rondar los cincuenta y tantos años, estudió brevemente a Harold antes de hablar. Sus ojos, de un tono miel dorado sorprendentemente familiar para el mayordomo, reflejaban determinación.
—Buenos días. Busco a… Zoe Brooks —anunció Richard Whitmore con su inconfundible acento de Boston.
Decidió utilizar su nuevo nombre. De nada servía buscarla por su nombre real, allí nadie la conocía por Elizabeth Whitmore.
Harold mantuvo su expresión imperturbable, pero algo en su interior se tensó ligeramente.
Años trabajando para los Calloway le habían enseñado a detectar posibles problemas, a olerlos a kilómetros de distancia, y aquel hombre elegante con sus modales refinados activaba todas sus alarmas internas.
—¿De parte de quién? —preguntó, sin moverse un centímetro de su posición en la puerta.
—Dígale que su tío Richard está aquí —respondió el hombre.
Su voz revelaba un ligero matiz de impaciencia bajo la capa de cortesía.
Harold asintió levemente, evaluando la situación.
La señorita Brooks nunca había mencionado tener familia en la zona, y ciertamente nunca había hablado de un tío. De hecho, había evitado hábilmente cualquier conversación sobre su familia durante todo el tiempo que llevaba en la mansión.
—Por supuesto, señor. ¿Puede esperar mientras voy a avisarla?
—Claro —contestó Richard.
—Si es tan amable de esperar en el recibidor, iré a informar a la señorita Brooks de su visita —indicó Harold, haciéndose a un lado para permitirle entrar.
—Se lo agradezco —respondió Richard, entrando al imponente vestíbulo con la familiaridad de alguien acostumbrado a los espacios lujosos.
Harold lo condujo hasta una pequeña sala de espera adyacente al vestíbulo principal, ofreciéndole asiento en uno de los sofás tapizados en seda de damasco.
—¿Puedo ofrecerle algo mientras espera? ¿Café, té, quizás?
—Estoy bien, gracias —declinó Richard la invitación, sentándose con la espalda perfectamente recta—. Preferiría ver a mi sobrina lo antes posible.
—Claro.
Harold asintió y salió de la sala con pasos silenciosos, dirigiéndose hacia la sala de rehabilitación donde sabía que encontraría a Zoe. Era su horario habitual para preparar los ejercicios matutinos del señor Calloway.
Al entrar en la sala, encontró a Zoe mirando unas pesas de tobillos, mientras tatareaba distraídamente.
Vestía su uniforme de trabajo habitual: pantalones de algodón y una camiseta azul marino que resaltaba el tono dorado de su pelo, que estaba recogido en una coleta alta, dejando al descubierto su rostro de facciones delicadas y esos ojos color miel que, ahora que Harold lo pensaba, eran idénticos a los del hombre que esperaba en el recibidor.
—Señorita Brooks —llamó suavemente.
Zoe se giró, y una sonrisa amable iluminó su rostro.
—¡Harold! Buenos días. ¿Thiago ya está listo para la sesión?
Harold vaciló, algo inusual en él.
—No es eso, señorita. Tiene una visita.
La sonrisa de Zoe se congeló.
—¿Una visita? No espero a nadie.
—Un caballero que dice ser su tío está en el recibidor —explicó Harold, observando atentamente su reacción—. Richard dice llamarse.
El efecto fue instantáneo y alarmante. Toda la sangre pareció abandonar el rostro de Zoe. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y sus labios se entreabrieron en una expresión de puro shock. La pesa de tobillo que sostenía casi se le cayó de las manos.
Durante un segundo que pareció eterno, permaneció inmóvil, como si le hubieran clavado los pies al suelo.
—¿Señorita Brooks? —Harold dio un paso hacia ella, preocupado—. ¿Se encuentra bien?
Zoe intentó responder, pero solo consiguió emitir un sonido ahogado. Sus rodillas parecieron ceder, como si fueran de plastilina, y tuvo que apoyarse en la camilla que había al lado para no caer.
Harold se apresuró a acercase a ella, sosteniéndola por el codo con firmeza.
—Siéntese un momento —le indicó, guiándola hacia una silla—. Está pálida como un fantasma. Permítame traerle un vaso de agua.
—No... —logró articular Zoe finalmente. Su voz apenas musitada—. No hace falta, Harold. Estoy bien. Solo ha sido... la sorpresa. Hace muchos años que no veo a mi tío.
Pero no estaba bien. Su respiración era superficial y rápida, y un temblor sutil recorría sus manos. Harold había visto suficientes ataques de pánico en su larga carrera para reconocer los signos.
—Permítame insistir —dijo con suavidad, pero firmeza—. Solo llevará un momento.
Sin esperar respuesta, se dirigió al dispensador de agua situado en la esquina de la sala y llenó uno de los vasos de plástico. Cuando regresó, Zoe parecía haber recuperado algo la compostura, aunque su rostro seguía ligeramente pálido.
—Gracias —murmuró, aceptando el vaso con la mano un poco temblorosa—. Siento haber reaccionado así. No esperaba... Ha pasado mucho tiempo.
Harold asintió, sin presionar, sin curiosear. No era nadie para hacer preguntas, aunque ciertamente tenía unas cuantas.
—¿Desea que le diga que no puede recibirlo? —sugirió, manteniendo un tono neutro—. Puedo excusarla diciendo que está indispuesta.
Zoe bebió un sorbo de agua, considerando seriamente la oferta. Sin embargo, pensándolo bien, de poco le iba a servir. Su tío había dado con su paradero e insistiría en verla. Si no era ese día, sería otro. Y sino, otro.
Sus ojos, habitualmente cálidos y expresivos, en esos momentos parecían distantes, perdidos en algún lugar del pasado. Finalmente, negó con la cabeza.
—No, está bien. Lo veré —decidió, poniéndose de pie con una nueva determinación—. Pero preferiría hablar con él en privado. ¿Podríamos usar el jardín?
—Por supuesto —respondió Harold—. ¿Quiere que lo conduzca ahí y le indique que usted se reunirá con él en un momento?
—Te lo agradecería, Harold —dijo Zoe, y añadió después de una pausa—: Y Harold... gracias. Por todo.
Había algo en su tono, una especie de despedida velada, que no pasó desapercibido para el experimentado mayordomo. Pero simplemente asintió con la cabeza y salió de la sala, dejando a Zoe con sus pensamientos.
Cinco minutos después, Zoe caminaba por el sendero de grava que serpenteaba entre los macizos de flores otoñales. Había optado por no llevar chaqueta a pesar del aire fresco, como si el frío pudiera ayudarla a mantener la claridad mental que tanto iba a necesitar para aquella conversación.
Richard Whitmore la esperaba junto a una fuente ornamental, observando los chorros de agua como si le interesaran. Al escuchar sus pasos, se giró, y durante unos segundos ambos se quedaron inmóviles, estudiándose mutuamente a través de la distancia de cinco años y mil secretos.
—Elizabeth —pronunció finalmente Richard. Su voz estaba cargada de una emoción contenida durante mucho tiempo.
Zoe se tensó visiblemente al escuchar ese nombre, como si le hubieran dado una pequeña descarga eléctrica.
—Ese no es mi nombre. Ya no —respondió con firmeza, deteniéndose a unos metros de él.
Richard la observó detenidamente, registrando los cambios: el pelo más claro, el cuerpo más tonificado, la postura más segura, los rasgos más maduros.
Pero los ojos, esos ojos color miel que había heredado de su padre, de los Whitmore, seguían siendo los mismos.
Aunque la expresión que contenían quizá también se hubiera transformado.
—Sigues siendo mi sobrina —dijo con suavidad—. Y la heredera de Industrias Farmacéuticas Whitmore.
Zoe soltó una risa amarga, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto defensivo.
—Renuncié a todo eso. Legalmente. Ya no soy una Whitmore —declaró, elevando la barbilla en una suerte de desafío—. ¿Cómo me has encontrado?
Richard desvió la mirada hacia los árboles, como si la respuesta estuviera escrita en sus hojas doradas.
—Eso no importa ahora —dijo, evadiendo la pregunta—. Lo importante es que estás bien. Nos has tenido muy preocupados, Lizzie.
—No me llames así. —La voz de Zoe se quebró ligeramente—. Por favor. Ese nombre... esa persona... ya no existe.
Un silencio pesado se instaló entre ellos, cargado de palabras que nunca se habían pronunciado y de recuerdos dolorosos.
Una ráfaga de viento agitó las hojas caídas a sus pies, creando pequeños remolinos que bailaban alrededor de ellos.
—¿A qué has venido? —quiso saber Zoe.
—Tu padre se está muriendo —respondió Richard de forma directa, sin paños calientes. No había tiempo—. Tiene cáncer. Quiere verte.
Las palabras cayeron pesadas como piedras.