La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 66
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CAPÍTULO 66

El sol de la tarde se derramaba generosamente a través de los ventanales del salón principal de la mansión Calloway, bañando la estancia en una luz dorada.

Habían pasado apenas tres días desde la muerte de Frederick Whitmore, pero para Zoe y Thiago, el tiempo transcurrido parecía al mismo tiempo como un parpadeo y como una eternidad.

El viaje de regreso a Nueva York había sido tranquilo, ambos procesando los intensos acontecimientos de los últimos días.

Zoe, con los ojos cansados pero serenos, había permanecido gran parte del trayecto con la cabeza apoyada en el hombro de Thiago.

Sus dedos entrelazados en un silencioso recordatorio de que, pasara lo que pasara, ahora estaban juntos.

Harold los había recibido con su habitual formalidad, pero Zoe no había pasado por alto la mirada de preocupación en sus ojos grises cuando la vio, ni la forma en que sus labios habitualmente apretados se habían curvado en una sonrisa casi imperceptible al notar sus manos unidas.

—Me alegra verlos de vuelta, señorita Brooks, señor Calloway —había dicho el mayordomo, con esa mezcla única de formalidad y calidez que solo él sabía lograr—. La señorita Francesca y la señora Ginger han estado preguntando por ustedes. Están en el salón.

Y así, tras un breve momento para refrescarse, Zoe y Thiago se dirigieron a su encuentro.

Ginger fue la primera en verlos entrar. Estaba de cara a la puerta, en plena discusión animada con Francesca sobre unos nuevos consejos sobre bienestar mental que había publicado la página web de Goop, la empresa fundada por Gwyneth Paltrow, y a la que su madre era tan asidua.

Sus ojos, tan expresivos como siempre, se iluminaron.

—¡Ya están aquí! —exclamó, levantándose de un salto, con la energía que caracterizaba todos sus movimientos.

Vestía un sencillo conjunto de pantalón y blusa en tonos crema que, en cualquier otra persona, habría parecido básico, pero que en ella parecían como de alta costura.

Cruzó la habitación en tres zancadas y, sin previo aviso, envolvió a Zoe en un abrazo tan intenso que casi la levantó del suelo.

—¡Zoe, cariño! Lo siento mucho —murmuró contra su pelo—. Harold nos ha contado lo de tu padre.

Francesca, mientras tanto, se había levantado con más calma, pero su expresión reflejaba la misma calidez.

—Mi querida niña —dijo, acercándose con los brazos extendidos hacia Zoe una vez que Ginger la liberó—. Qué prueba tan difícil has tenido que enfrentar.

Zoe se encontró envuelta en un nuevo abrazo, aquel más suave pero igualmente reconfortante. El aroma a lavanda y a ese perfume francés exclusivo que Francesca siempre usaba la envolvió como una manta.

—Estoy bien —logró decir, aunque su voz traicionaba la emoción que sentía ante tal recibimiento—. De verdad. Ha sido... difícil, pero también necesario.

Francesca se apartó ligeramente. Sus manos enmarcaron el rostro de Zoe, mientras la estudiaba con esa mirada penetrante que parecía ser una característica de la familia.

—Por supuesto que lo ha sido —asintió, con la sabiduría de quien ha vivido lo suficiente para entender los complejos matices del dolor—. Las reconciliaciones son siempre las batallas más duras, pero también las más necesarias.

Ginger, mientras tanto, se había vuelto hacia su hermano, dándole un puñetazo ligero en el hombro antes de abrazarlo también.

—Y tú, idiota —dijo, con ese afecto brusco tan característico de su relación—. Por fin has hecho algo bien.

Thiago puso los ojos en blanco, pero había el inicio de una sonrisa en sus labios mientras devolvía el abrazo a su hermana.

—También me alegro de verte —respondió, con un toque de sarcasmo que no lograba ocultar su cariño.

—Pero sentaos, parecéis agotados —intervino Francesca, guiándolos hacia los sofás con esa autoridad suave pero indiscutible que siempre ejercía—. Harold ya viene con el té, y creo que todos necesitamos ponernos al día.

Efectivamente, apenas se habían acomodado cuando el mayordomo apareció con una bandeja de plata que contenía una elegante tetera de porcelana, tazas a juego y una selección de pequeños sándwiches y pastelillos que parecían sacados de un hotel de cinco estrellas, y que seguro que había preparado María.

—Gracias, Harold —dijo Zoe con una sonrisa cálida, captando su mirada—. Por todo.

El mayordomo inclinó ligeramente la cabeza, un gesto que en otro habría parecido meramente formal, pero que en él transmitía un mundo de comprensión.

—Es un placer, señorita Brooks —respondió, antes de retirarse discretamente.

Un silencio lleno de expectación se instaló en el salón mientras Francesca servía el té. Finalmente, fue Ginger quien rompió el hielo, con su característica franqueza.

—Entonces —dijo, tomando su taza y mirando alternativamente a Zoe y a Thiago—, ¿alguien va a contarnos qué demonios ha pasado estos días?

Porque según Harold, nuestra fisioterapeuta favorita ha resultado ser en realidad una heredera millonaria con una identidad secreta, mi hermano tuvo una especie de revelación romántica digna de una película de amor, y ambos acabáis de volver de un viaje a Boston donde ha habido reconciliaciones y declaraciones de amor.

—Hizo una pausa teatral, arqueando una ceja—. ¿Me falta algo?

Thiago y Zoe intercambiaron una mirada. Fue Thiago quien finalmente tomó la palabra. Su mano buscó instintivamente la de Zoe.

—Creo que eso resume bastante bien la situación, aunque omite algunos detalles importantes —dijo, con una sonrisa torcida—. Como el hecho de que Victoria fue quien destapó toda la historia, con la esperanza de sabotear mi relación con Zoe.

Francesca soltó un bufido de indignación.

—Por supuesto que fue Victoria —murmuró, poniendo los ojos en blanco—. Esa mujer nunca superará que no correspondas su amor.

—Su obsesión, más bien —intervino Ginger—. Porque lo que siente por ti es pura obsesión.

Zoe observaba aquel intercambio familiar con una mezcla de asombro y alivio. No había hostilidad, ni acusaciones, ni siquiera el interrogatorio que tanto había temido. Solo había una aceptación natural y cálida, como si su «revelación» fuera simplemente un dato curioso.

—No parecéis... sorprendidas —se aventuró a decir, mirando especialmente a Francesca—. O enfadadas.

Ella agitó una mano en un gesto airado. Las numerosas pulseras que adornaban su muñeca tintinearon suavemente.

—Querida, he vivido lo suficiente para saber que las personas rara vez son exactamente lo que parecen a primera vista —respondió con una sonrisa—. Todos tenemos capas, historias ocultas, partes de nosotros mismos que elegimos mostrar u ocultar según las circunstancias.

—Además —intervino Ginger, inclinándose hacia adelante—, yo estoy mucho más interesada en la historia real que hay detrás, que en el hecho de que hayas usado otro nombre.

Thiago apretó suavemente la mano de Zoe, ofreciéndole apoyo.

Ella respiró hondo, sorprendida por lo difícil que seguía siendo hablar de aquello, incluso después de haberse reconciliado con su padre, incluso después de que la verdad ya hubiera salido a la luz.

—Mi verdadero nombre es Elizabeth Whitmore —comenzó, y su voz salió más firme de lo que esperaba—. Sí, de los Whitmore de Boston. Mi padre era Frederick Whitmore, dueño de Whitmore Pharmaceuticals.

—Conocí a tu padre, hace muchos años —comentó Francesca—. En una gala benéfica para el Hospital Infantil de Boston, creo. Un hombre brillante. —Hizo una pausa, y estudió a Zoe con más atención—. Ahora que lo pienso, hay cierto parecido entre vosotros. Tenéis los mismos ojos.

Zoe asintió, y una pequeña sonrisa melancólica curvó sus labios.

—Eso dicen —confirmó—. Aunque tengo la personalidad de mi madre. Al menos, eso decían ellos.

Zoe comenzó a desentrañar su historia: el accidente que había cambiado todo, la muerte de su madre, las devastadoras acusaciones de su padre, las operaciones interminables para reparar su espalda destrozada, su decisión de estudiar fisioterapia inspirada en su propia recuperación, y finalmente, su huida y reinvención como Zoe Brooks.

—Las cicatrices —murmuró Ginger. Sus ojos brillaban con una expresión de comprensión—. Las que siempre ocultas, incluso en la piscina. Son de ese accidente.

No era una pregunta, pero Zoe afirmó con la cabeza igualmente.

—Siete operaciones —confirmó en voz baja—. Estuve a punto de no volver a caminar. A veces todavía duelen, especialmente cuando cambia el tiempo.

Thiago la miró sorprendido. Era un detalle que ella nunca había compartido durante sus sesiones de fisioterapia. Cuántas veces, se preguntó en aquel momento, habría estado trabajando con él, empujándolo más allá de sus límites, mientras aguantaba su propio dolor en silencio.

—Por eso eres tan buena en lo que haces —comentó Ginger, con una sonrisa que mezclaba admiración y tristeza—. No solo conoces la teoría; has vivido la recuperación desde el otro lado.

—Supongo que sí —admitió Zoe—. Quería convertir toda esa experiencia en algo positivo, ayudar a otros a atravesar lo que yo atravesé. O algo similar, al menos.

—Y vaya que lo has hecho —intervino Thiago, con una vehemencia que atrajo todas las miradas hacia él—. Yo no estaría caminando hoy si no fuera por ti, Zoe. O Elizabeth. O de la manera que quieras que te llamemos ahora.

Zoe tomó su mano entre las suyas, mirándolo directamente a los ojos.

—Zoe está bien —dijo con suavidad—. He sido Zoe durante tanto tiempo que me siento más identificada en estos momentos que con Elizabeth.

—Puedes ser quien quieras ser con nosotros —dijo Francesca—. Después de todo, ya eres parte de esta familia, independientemente del nombre que uses.

La emoción hizo un nudo en la garganta de Zoe.

«Familia».

Otra vez.

Un concepto que había perdido su significado durante tanto tiempo para ella, y que ahora tenía por partida doble.

—Pero… —intervino Ginger, con una sonrisa pícara que presagiaba problemas—, lo que realmente quiero saber es cómo pasamos de «Thiago es el paciente más insufrible del mundo» a... esto. —Señaló sus manos entrelazadas con un gesto de la barbilla.

Thiago gruñó, dejando caer la cabeza hacia atrás con una exasperación teatral.

—Ginger, en serio...

—No, no, yo también quiero oír esa parte —lo interrumpió Francesca—. Después de estar semanas viéndoos revolotear alrededor del otro como adolescentes, creo que merecemos los detalles jugosos.

Zoe no pudo evitar reír, con un sonido ligero, sorprendiéndose a sí misma. ¿Cuándo había sido la última vez que había reído así, libre de secretos y máscaras?

—No hay mucho que contar, la verdad —respondió, intercambiando una mirada cómplice con Thiago—. Simplemente... sucedió. A pesar de todos mis esfuerzos por mantener las cosas en el terreno profesional.

—Por favor —bufó Ginger—. La tensión entre vosotros dos podía cortarse con un cuchillo desde que te vi gritarle a este cabezota que dejara de autocompadecerse y de comportarse como un niño caprichoso. Nunca había visto a nadie ponerlo en su lugar así.

—Fue muy impresionante —confirmó Francesca con una sonrisa.

—Supongo que tengo debilidad por las mujeres fuertes que no se dejan intimidar por mí —admitió Thiago, con una media sonrisa en los labios.

—O quizás simplemente necesitabas a alguien que viera más allá de la fachada de magnate arrogante —sugirió Zoe, devolviéndole la sonrisa—. Alguien que entendiera que debajo de toda esa actitud de «soy Thiago Calloway y el mundo es mi patio de juegos» hay un hombre con miedo de que lo hirieran.

Un silencio siguió a sus palabras.

Ginger observaba a su hermano con expresión de sorpresa, como si estuviera viendo una verdad que siempre había estado ahí, pero que nunca había sido verbalizada de esa manera.

—Joder —murmuró—. Realmente lo entiendes.

—Sí —confirmó Zoe simplemente—. Como él me entiende a mí.

—Bueno, menos mal que por fin te has dado cuenta de lo que todos veíamos desde hace semanas —dijo Ginger—. Empezaba a preocuparme que fueras tan tonto como parecías.

Thiago puso los ojos en blanco.

—Gracias por la fe, hermanita —respondió en tono seco.

—Aunque tengo que admitir —continuó Ginger, ignorando el sarcasmo de Thiago—, que la parte donde viajas de pronto a Boston para estar con ella en sus momentos más difíciles eleva considerablemente tu puntuación romántica. No sabía que podías ser así, Thiago.

—Yo tampoco —admitió él, con sinceridad—. Supongo que Zoe saca lo mejor de mí.

Ginger fingió un desmayo teatral sobre el sofá.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi hermano? —exclamó—. ¿Thiago Calloway haciendo declaraciones románticas? Debo de estar soñando.

Todos se echaron a reír, y la tensión inicial se disipó.

Zoe sintió que algo dentro de ella se aflojaba. Un nudo de ansiedad que había estado tan presente durante tanto tiempo que casi había olvidado cómo era vivir sin él.

—Estamos muy felices por vosotros —dijo Francesca después de un momento. Su tono era serio, pero igual de cálido—. Y Zoe, bienvenida oficialmente a la familia Calloway. Aunque, para ser honesta, has sido parte de ella desde hace tiempo, mucho antes de que mi hijo recuperara el sentido común.

—Gracias —respondió Zoe, con una sonrisa que dejaba a la vista las blancas filas de dientes—. Significa mucho para mí.

Ginger tomó un sorbo de su té, observándolos por encima del borde de la taza con una expresión juguetona.

—Bueno —dijo, con una sonrisa traviesa en la comisura de los labios—, ¿y para cuándo es la boda?

Thiago se atragantó con el té, y Zoe casi dejó caer su taza. Ambos miraron a Ginger con los ojos abiertos como platos.

—¡Ginger! —exclamó Thiago, una vez que recuperó la capacidad de hablar—. Por el amor de Dios, apenas estamos em...

—Lo que mi hermano está tratando de decir —lo interrumpió ella—, es que aún no habéis elegido la fecha. Lo entiendo, estas cosas llevan tiempo.

Francesca dejó escapar una carcajada, disfrutando del momento.

—No los presiones, Ginger —le reprendió, pero su tono sugería que estaba más divertida que molesta—. Aunque debo decir que el anillo de compromiso de la abuela quedaría perfecto en esa mano. Solo lo dejo caer.

—Oh, por favor —gimió Thiago, pasándose una mano por el pelo en un gesto de exasperación que Zoe encontraba adorable —. No le hagas caso, Zoe. Las dos están locas.

Zoe no pudo evitar reír ante la expresión de absoluto horror en el rostro de Thiago. Era refrescante verlo, por una vez, sin el control absoluto que generalmente ejercía en todas las situaciones.

—Creo que vamos a tomarnos las cosas con calma —intervino, salvando a Thiago de su miseria—. Ha sido una semana... muy intensa. Y ambos tenemos mucho que procesar todavía.

Thiago le lanzó una mirada de agradecimiento tan sincera que casi resultaba cómica.

—Exactamente —asintió con énfasis—. Poco a poco.

—Ajá —murmuró Ginger, nada convencida—. Lo que vosotros digáis. A ver si decís lo mismo dentro de un año.