CAPÍTULO 55
El otoño en Manhattan había decidido mostrar su cara más gris aquella mañana. Las fuertes gotas de lluvia golpeaban las ventanas del apartamento de Victoria, ubicado en un edificio de cinco plantas.
Era el tipo de vivienda que aparecía en revistas de decoración: pequeña, minimalista, con líneas limpias y tonos neutros, y todo perfectamente ordenado para proyectar sofisticación.
Victoria estaba sentada en su sofá de diseño, con las piernas cruzadas elegantemente, contemplando la calle a través de los cristales. Su pelo perfectamente liso caía como una cortina sedosa sobre sus hombros.
Llevaba un conjunto beige y, como siempre, su maquillaje era impecable incluso estando en casa.
Su expresión, sin embargo, contradecía la serenidad de su entorno. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla tóxica de rabia y frustración, mientras sus dedos golpeteaban rítmicamente contra la superficie de cristal de la mesa auxiliar.
Frente a ella había una carpeta. Una simple carpeta que había recibido aquella misma mañana, tras días de búsqueda y una cantidad considerable de dinero invertido en las personas adecuadas.
Victoria volvió a abrirla.
Sus ojos recorrieron la limitada información que contenía sobre Zoe Brooks.
Era frustrante lo poco que había logrado encontrar.
Registros de empleo que se remontaban a solo cinco años atrás.
Una Licenciatura en Fisioterapia. Un apartamento alquilado en Queens, y un historial de créditos sorprendentemente escaso para alguien de su edad.
Todo el mundo se tiraba pagando los préstamos de la Universidad media vida. Sin embargo, ella no.
Era como si Zoe Brooks hubiera emergido de la nada cinco años atrás, sin pasado, sin historia.
—Nadie surge de la nada —murmuró Victoria, cerrando la carpeta con un golpe seco—. Todo el mundo tiene un pasado. Solo necesito encontrar el tuyo, querida Zoe.
El sonido de su teléfono interrumpió sus pensamientos. Miró la pantalla y una sonrisa lobuna se dibujó en sus labios pintados de rojo.
—Detective Lewis —contestó con una voz deliberadamente suave—. Qué agradable sorpresa.
—Victoria. —La voz del hombre al otro lado sonaba cautelosa—. Tengo algo para ti. Aunque no estoy seguro de que sea lo que esperas.
Victoria se enderezó, y la anticipación tensó cada uno de sus músculos.
—Soy toda oídos, Michael. ¿Qué has encontrado?
Hubo un breve silencio, como si el detective estuviera sopesando lo que iba a decir.
—Hice lo que me pediste. Revisé registros federales, bases de datos de carnés de conducir anteriores, récords universitarios... Zoe Brooks aparece oficialmente por primera vez hace cinco años y medio.
—Eso ya lo sabía —respondió Victoria, dejando que la irritación se filtrara en su voz—. Necesito saber quién era antes de eso.
—Ese es el asunto —continuó Lewis—. Utilicé el reconocimiento facial en bases de datos más amplias. El software dio una coincidencia del 98.7%.
Victoria contuvo la respiración.
«Te tengo», pensó.
—¿Y bien? ¿Quién es realmente?
—El nombre que apareció es Elizabeth Whitmore. De Boston.
Victoria frunció el ceño. El apellido le sonaba vagamente familiar, pero no podía ubicarlo.
—¿Whitmore? ¿Debería conocer ese apellido? —preguntó.
La risa del detective se escuchó áspera a través del teléfono.
—Si te mueves en círculos adinerados, probablemente sí. Los Whitmore son prácticamente realeza en Boston. Whitmore Pharmaceuticals. Un imperio familiar farmacéutico valorado en varios miles de millones.
Victoria sintió que le faltaba el aire. Sus dedos se tensaron alrededor del teléfono mientras su mente procesaba la información.
—¿Estás diciéndome que Zoe Brooks es... una heredera multimillonaria?
—Exactamente —confirmó Lewis—. Elizabeth Whitmore, única hija de Frederick Whitmore, actual CEO de Whitmore Pharmaceuticals.
Su madre, Caroline Whitmore, falleció en un accidente de tráfico cuando Elizabeth tenía diecinueve años.
Hay muy poca información pública sobre ella después de eso.
Asistió a la Universidad de Nueva York, se graduó en Fisioterapia, y luego...
nada. Como si hubiera desaparecido. Como si se la hubiera tragado la Tierra.
Victoria se levantó casi de un salto de la silla, incapaz de contener la energía que aquella revelación había desatado en ella. Comenzó a caminar por su sala de estar. Su mente trabajaba a toda velocidad.
—¿Hay alguna razón conocida por la que Elizabeth Whitmore quisiera desaparecer? ¿Problemas legales? ¿Escándalos?
—Nada obvio —respondió Lewis—. Pero he conseguido un contacto en Boston. Un tío, Richard Whitmore, hermano del padre. Ha estado buscándola activamente durante los últimos años. Según he podido saber, fue bastante insistente con la policía local.
Victoria se detuvo frente a la ventana, observando la lluvia que caía sobre la ciudad. Una sonrisa lenta, depredadora, se extendió por su rostro.
—¿Tienes forma de ponerte en comunicación con él?
—Victoria... —La voz del detective adoptó un tono de advertencia—. Te he dado esta información porque me ayudaste con aquel asunto de mi hijo el año pasado. Pero si estás planeando algo...
—Solo quiero ayudar a reunir a una familia, detective —respondió ella con una falsa inocencia—. ¿No es eso una buena acción?
El silencio al otro lado de la línea revelaba que el detective no estaba convencido.
—Te enviaré su información de contacto al WhatsApp —dijo finalmente—. Pero esto es todo, Victoria. Estamos en paz.
—Por supuesto —ronroneó ella—. Y Michael, gracias. Esto significa mucho para mí.
Después de colgar, Victoria permaneció inmóvil, analizando cada ángulo de esa nueva e inesperada información.
Zoe Brooks, la sencilla fisioterapeuta que había llegado de la nada a ganarse el corazón de Thiago Calloway, era en realidad Elizabeth Whitmore, heredera de un imperio farmacéutico.
La mujer a la que Thiago había acusado injustamente de ser una cazafortunas resultaba ser posiblemente más rica que él mismo.
La ironía era tan deliciosa que Victoria casi podía saborearla.
Pero más importante aún: Zoe —Elizabeth— estaba escondiendo su verdadera identidad. ¿Por qué? ¿Qué la había hecho abandonar su nombre, su fortuna, su vida entera para convertirse en una fisioterapeuta común y corriente en Nueva York?
Y lo más crucial: ¿sabía Thiago quién era realmente la mujer con la que compartía su cama?
Victoria sospechaba que no. El siempre astuto Thiago Calloway, tan orgulloso de su habilidad para leer a las personas, había sido engañado como un niño pequeño.
Su teléfono vibró con un WhatsApp. Michael Lewis había cumplido su palabra, enviándole la información del teléfono de Richard Whitmore.
Con dedos ágiles, Victoria marcó el número.
No podía perder ni un segundo de tiempo.
Tres días después, Victoria estaba sentada en una discreta cafetería situada un par de calles más allá de donde estaba su apartamento.
Había elegido ese lugar estratégicamente, porque era lo suficientemente exclusivo para no ser molestados, y no tan reconocido como para encontrarse con alguien del círculo social de Thiago.
A diferencia de su habitual estilo agresivamente sofisticado, aquel día había optado por un look más discreto: un traje pantalón azul marino, maquillaje sutil y joyas mínimas. Quería proyectar seriedad y franqueza. Que Richard Whitmore confiara en ella.
La campanilla de la puerta sonó, y Victoria levantó la vista.
No tuvo problemas para identificar a Richard Whitmore.
Era un hombre de unos cincuenta y tantos años, alto y distinguido, con el tipo de presencia que solo el dinero puede otorgar.
Su pelo, que había sido rubio, ahora se encontraba salpicado de gris, y perfectamente cortado.
Sus ojos, de un color miel dorado idéntico a los de Zoe, escudriñaron el local de un lado a otro hasta dar con ella.
Victoria levantó ligeramente la mano, y él se dirigió hacia su mesa con pasos medidos.
—¿Señorita Chamberlain? —preguntó con un acento de Boston inconfundible, ese tono peculiar de la élite de Nueva Inglaterra.
—Señor Whitmore. —Victoria se puso de pie, extendiendo su mano—. Gracias por venir.
Richard estrechó su mano brevemente antes de tomar asiento frente a ella. Sus ojos, cansados pero intensamente observadores, no dejaban de estudiarla.
—Su llamada fue... inesperada —comenzó. Su voz era educada pero cauta—. Dijo que tiene información sobre mi sobrina.
Victoria asintió, manteniendo una expresión de preocupación (teatralizada, por supuesto).
—Así es. Pero primero, ¿puedo ofrecerle algo? ¿Un café, quizás?
—No estoy aquí por cortesías, señorita Chamberlain —respondió él con una firmeza que dejaba claro que no era un hombre acostumbrado a andarse con rodeos—. Si sabe algo sobre Elizabeth, le agradecería que fuera directa.
Victoria sonrió para sus adentros. Le gustaba la gente directa; hacía que las manipulaciones fueran más interesantes.
—Por supuesto —accedió—. Conozco el paradero de su sobrina, señor Whitmore. Sé dónde ha estado viviendo durante los últimos cinco años, qué ha estado haciendo, y dónde puede encontrarla ahora.
El rostro de Richard se tensó. Una mezcla de esperanza y al mismo tiempo sospecha cruzó sus facciones.
—¿Cómo? Hemos contratado a los mejores investigadores privados. ¿Cómo es posible que usted, una completa desconocida, haya encontrado lo que ellos no han podido?
Victoria tomó un sorbo de su café, disfrutando del momento. El poder de poseer información que otros desesperadamente querían era uno de sus placeres favoritos.
—A veces, señor Whitmore, la casualidad juega un papel importante. Su sobrina, que ahora se hace llamar Zoe Brooks, trabaja como fisioterapeuta para un... amigo cercano mío.
Richard se inclinó hacia adelante, olvidándose de su compostura aristocrática durante un momento.
—¿Zoe Brooks? ¿Está segura?
—Completamente —confirmó Victoria—. Tengo pruebas, por supuesto. Fotografías recientes, si desea verlas.
Sin esperar respuesta, deslizó sobre la mesa una tablet donde había guardado varias imágenes que había hecho disimuladamente a Zoe con el teléfono. Una saliendo de la mansión Calloway, incluso una se la había hecho durante una de las sesiones de fisioterapia.
Richard las miró en silencio.
Sus dedos temblaban ligeramente al deslizarse por la pantalla. Cuando finalmente habló, su voz sonaba estrangulada.
—Es ella. Es Lizzie.