La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

El amanecer llegó con dedos rosados que se colaban entre las cortinas, y que se deslizaban sobre las sábanas arrugadas.

Zoe se despertó lentamente, consciente del brazo de Thiago alrededor de su cintura y de su respiración acompasada contra su nuca.

Se permitió unos momentos de indulgencia, disfrutando del calor de su cuerpo y de la sensación de seguridad que le proporcionaba. Era extraño cómo alguien que inicialmente la había sacado de quicio, ahora representaba un refugio, un lugar donde podía bajar la guardia. Al menos parcialmente.

Con cuidado de no despertarlo, se giró para observar su rostro en reposo.

Sin el ceño fruncido que solía acompañarlo durante el día, Thiago parecía más joven, más vulnerable, más accesible. Sus pestañas oscuras proyectaban sombras sobre sus pómulos y su pelo negro caía desordenado sobre su rostro.

Sin poder resistirse, Zoe extendió una mano para apartar un mechón rebelde de su frente. El gesto fue suficiente para que Thiago abriera los ojos, revelando ese azul intenso que siempre la dejaba sin aliento.

—Buenos días —murmuró él, con la voz ronca por el sueño.

—Buenos días —respondió ella, inclinándose para darle un beso rápido en los labios—. ¿Cómo está tu pierna?

Thiago gruñó, enterrando la cara en la almohada.

—¿En serio? ¿Es lo primero que me preguntas después de la noche que hemos pasado?

—Soy una profesional comprometida —respondió Zoe—. Tu bienestar físico es mi prioridad.

—Pues mi bienestar físico requiere urgentemente más tiempo en la cama —declaró Thiago, atrayéndola más cerca de él—. Preferiblemente contigo. Sin ropa.

Sus labios encontraron el punto sensible bajo la oreja de Zoe, y ella tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no derretirse ante la caricia.

—Tentador —suspiró—. Pero tenemos una sesión de fisioterapia programada para dentro de una hora.

—Cancélala —sugirió él, mientras sus manos comenzaban a vagar por el cuerpo de Zoe—. Tengo en mente otra forma de ejercitar mis músculos.

Zoe rio, apartándose lo suficiente para mirarle a los ojos.

—No puedo cancelar la sesión. Soy la fisioterapeuta, ¿recuerdas?

—Ese es un detalle técnico —desestimó Thiago, intentando atraerla de nuevo hacia él.

—Estate quieto —dijo Zoe, tratando de sonar seria, mientras apartaba la mano de Thiago, que estaba en lugares peligrosos.

Con una fuerza sorprendente para su figura menuda y esbelta, Zoe se levantó de la cama, llevándose la sábana consigo y envolviéndose en ella como si fuera una toga improvisada.

—Arriba, Calloway —ordenó con su mejor tono de sargento de fisioterapia—. Ducha, desayuno y luego sesión. Si te portas bien, tal vez podamos retomar esto más tarde y continuar donde lo hemos dejado.

Thiago dejó caer la cabeza contra la almohada y soltó un gruñido de los suyos.

—Eres despiadada, Brooks. Una tirana sin corazón.

—Es parte de mi encanto —replicó ella, lanzándole la bata, que descansaba sobre el respaldo de una silla—. Ahora muévete. Tu pierna necesita trabajo si alguna vez quieres volver a esquiar.

—Sobre eso... —Thiago se incorporó, repentinamente serio—. He estado pensando que tal vez el esquí en pistas que están cerradas no es para mí después de todo. Hay otras formas menos peligrosas de disfrutar la nieve.

Zoe lo miró con sorpresa.

—¿Thiago Calloway considerando ser una persona prudente? Creo que acabo de presenciar un milagro —dijo, con una nota de burla en la entonación.

—No te emociones —respondió él con una sonrisa torcida—. Solo estoy reconsiderando mis prioridades.

—¿Y esquiar por una pista que está cerrada al público por su peligrosidad no era una prioridad para ti hasta este momento?

Thiago se encogió de hombros, indiferente.

—Supongo que no —contestó.

Zoe sacudió la cabeza con una mueca de desaprobación en el rostro.

—No me lo puedo creer —masculló. Sus ojos se encontraron con los de Thiago—. No se puede ser un adicto a la adrenalina las veinticuatro horas al día —dijo—. Pero me alegra oír que lo estás reconsiderando —añadió.

Después de ducharse (por separado, a insistencia de Zoe, quien predijo sin equivocarse que una ducha compartida sería contraproducente para cumplir con el horario y para la pierna de Thiago), se reunieron en la cocina para desayunar.

María, siempre intuitiva, había preparado un festín (casi literalmente): tortitas con frutos rojos, huevos revueltos, tostadas, zumo de naranja, y una jarra de café recién hecho que perfumaba toda la cocina.

—Buenos días, mis niños —saludó con una sonrisa que decía que sabía exactamente lo que habían estado haciendo—. ¿Habéis dormido bien?

—Muy bien. Gracias, María —respondió Thiago, mientras Zoe se concentraba sin levantar la cabeza en servirse café para ocultar su rubor.

Harold, inmaculado como siempre con su traje oscuro, entró en la cocina con el periódico del día.

—Buenos días, señor, señorita Brooks —saludó con su formalidad habitual, aunque había un brillo de complicidad en sus ojos—. Confío en que hayan descansado bien.

—Como un bebé —aseguró Thiago, con una expresión demasiado inocente para ser creíble—. ¿No es así, Zoe?

—El desayuno se ve delicioso, María —comentó ella, ignorando deliberadamente la pregunta—. ¿Son esas las tortitas especiales que mencionaste ayer?

Los cuatro compartieron el desayuno en un ambiente familiar que hacía que la enorme cocina de la mansión pareciera acogedora.

María contaba anécdotas de sus años trabajando para la familia Calloway, Harold ocasionalmente corregía detalles con su precisión característica, y Thiago y Zoe intercambiaban miradas que contenían conversaciones enteras.

Era una escena doméstica que ninguno de los dos hubiera imaginado posible semanas atrás, cuando Zoe obligaba a Thiago a realizar los ejercicios, y él lo único que hacía era quejarse.

Una hora después, estaban en la sala de rehabilitación. Zoe completamente en modo profesional, mientras guiaba a Thiago a través de su rutina.

—Diez más —ordenó, sosteniendo la pierna de Thiago en el ángulo correcto para maximizar el beneficio del ejercicio.

—Eres consciente de que puedo denunciarte por crueldad, ¿verdad? —jadeó él, completando otra repetición con evidente esfuerzo.

—Adelante —lo desafió Zoe con una sonrisa—. Tengo todo documentado. Tu progreso físico habla por sí solo.

Thiago gruñó, pero continuó con el ejercicio.

—¿Sabes? En momentos como este, casi extraño al gruñón que conocí el primer día —comentó Zoe, ajustando ligeramente la posición de la pierna—. Al menos ese hombre no trataba de chantajearme para no hacer tantos ejercicios.

—Puedo volver a ser ese tipo si lo prefieres —dijo Thiago con una sonrisa maliciosa, al tiempo que cogía aire—. Tengo un amplio repertorio de comentarios mordaces y miradas intimidantes guardados para ocasiones especiales.

—No, gracias —rio Zoe—. Prefiero esta versión, aunque sea igual de quejica.

—No soy quejica —protestó Thiago, completando la última repetición—. Soy... expresivo con mi incomodidad.

—Esa es la definición más elegante de quejica que he escuchado jamás —replicó Zoe, ayudándolo a cambiar de posición—. Ahora, vamos con los ejercicios de equilibrio. Y si completas toda la serie sin una sola queja, quizás considere la propuesta que me has hecho esta mañana.

Los ojos de Thiago se iluminaron con un interés renovado.

—¿La de volver a la cama y follar como si no hubiera un mañana?

—Esa misma —confirmó Zoe con una sonrisa traviesa—. Aunque con algunas variaciones... terapéuticas, por supuesto.

—¿Sabes qué? —dijo Thiago, enderezando la espalda—. Creo que acabo de encontrar la motivación perfecta para hacer estos ejercicios.

—Me he imaginado que dirías eso —rio Zoe, preparándose para la sesión más entusiasta que habían tenido hasta la fecha.