La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 53 #2
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CAPÍTULO 53 #2

—Deberíamos movernos a la cama —murmuró contra sus labios—. Tu pierna...

—Mi pierna está bien —respondió él. Sus labios trazaron un camino desde su boca hasta su cuello—. Nunca ha estado mejor, de hecho.

—Thiago —insistió Zoe, aunque su voz temblaba ligeramente—. Soy tu fisioterapeuta. Conozco exactamente el estado de tu pierna.

—¿Y qué recomienda profesionalmente, señorita Brooks? —preguntó él. Sus ojos azules brillaban con diversión y deseo a partes iguales.

Zoe lo ayudó a levantarse de la silla y a recostarse en la cama con movimientos que, aunque cuidadosos, no carecían de urgencia. Estaban al límite.

Se quitó el vestido, dejándolo caer al suelo en un susurro de tela, y se unió a él.

—Recomiendo… —dijo, colocándose sobre Thiago con cuidado de no poner peso sobre su pierna lesionada—… que me dejes llevar el control por una vez en tu vida.

La risa de Thiago se transformó en un suspiro cuando Zoe se inclinó para besarlo nuevamente.

—Si la fisioterapeuta lo recomienda —murmuró a ras de sus labios—, ¿quién soy yo para discutirlo?

Thiago la besó, y fue como un incendio.

Zoe se estremeció de la cabeza a los pies. Después de un rato, nada en el mundo le importaba salvo que ese beso no terminara nunca.

Joder con Thiago Calloway.

Una lengua de fuego se encendió dentro de ella con cada roce de su lengua contra la suya.

Deslizó las manos desde la nunca de Thiago hasta su pelo, acariciándolo y enredando sus dedos entre los mechones.

Cuando Thiago apartó la boca de la suya con un gemido, Zoe temblaba de deseo.

Jadeando se miraron.

Zoe le sujetó el rostro entre las manos. Los párpados de Thiago parecían pesarle cuando intentaba abrirlos.

Sus ojos azules, oscurecidos por el deseo, sostenían su mirada. Entonces, sin apartar los ojos de ella se llevó su mano a los labios, se metió un dedo en la boca y lo envolvió con la lengua.

Zoe tragó saliva. Sus ojos se entrecerraron hasta que lo miró a través de las pestañas. Podía oír los latidos del corazón cerca de la garganta.

—Thiago… —susurró.

Y cada sílaba de su nombre parecía contener mil enigmas.

—Zoe… —dijo él, en el mismo tono de voz.

La piel de Zoe estaba vibrando de deseo y sus pechos, con los pezones ya endurecidos, dolían encerrados dentro de la tela del sujetador.

Quería que Thiago la tocara, que la acariciara.

Quería sentir sus manos por todo su cuerpo.

Thiago le quitó el sujetador y cuando los pechos de Zoe quedaron libres, hundió la boca en ellos. Empezó a probarlos. Lamiéndolos, mordisqueándolos, llevándola al borde de la desesperación.

Zoe entreabrió los labios y un gemido salió de su garganta cuando su lengua acarició el pezón.

—Joder… —gimió.

Deseando tocar su piel, Zoe desabrochó los botones de la camisa de Thiago. Con su ayuda, se la bajó por los hombros y la lanzó a un lado cuando se la quitó.

Thiago era perfecto.

Los hombros anchos y ligeramente bronceados, el pecho fuerte, los músculos definidos…

«Madre mía», pensó Zoe.

Perdió por completo cualquier capacidad para pensar con claridad cuando sus manos acariciaron los pectorales. La yema de sus dedos juguetearon con los pezones, pellizcándolos con suavidad. Thiago emitió un sonido ronco que salió de lo más profundo de su garganta.

Finalmente, la mirada de Zoe se dirigió a su cintura y a los botones de su pantalón. El vientre de Thiago se contrajo al primer contacto de sus dedos.

El pantalón y el bóxer también desaparecieron, dejando a la vista la magnífica erección de Thiago.

—Tengo preservativos en la mesilla —dijo él, alargando la mano y abriendo el cajón superior.

Cogió uno de la cajita y Zoe le ayudó a ponérselo.

Los ojos de Zoe buscaron los de Thiago y vio el deseo en su rostro y la tensión en su mandíbula por mantener el control.

Tomó el miembro de Thiago y despacio se lo fue introduciendo. Cuando lo tuvo completamente dentro, Thiago dejó escapar un fuerte suspiro de placer.

—Santo Dios, Zoe —musitó. Las palabras salieron roncas de entre sus dientes.

Zoe empezó a bombear sus caderas de forma cadenciosa sobre Thiago, que apretaba los dientes y siseaba cada vez que Zoe iba hacia adelante y hacia atrás.

Resultaba delicioso saber que podía volverlo tan loco como él la volvía a ella.

Sentían una atracción el uno por el otro tan salvaje que la energía que desprendían cargaba el aire que había a su alrededor como si fuera electricidad.

Thiago se echó hacia adelante y comenzó de nuevo a lamer sus pechos. Zoe dejó caer la cabeza hacia atrás y aumentó el ritmo de los movimientos.

Sus cuerpos se movían en perfecta sincronía, como si hubieran estado hechos el uno para el otro desde el principio.

El aire se llenó de gemidos de placer y de ruegos pidiendo más y más…

Con cada caricia, con cada suspiro, con cada palabra susurrada en la penumbra de la habitación se fueron descubriendo, reforzando el vínculo que había crecido entre ellos a pesar de los obstáculos, o quizás debido a ellos.

La respiración de Thiago empezó a ser superficial. Finalmente, cuando el orgasmo sacudió cada una de sus fibras nerviosas, gimió ruidosamente.

Zoe se corrió apenas unos minutos después. Rodeó la nuca de Thiago con los brazos y hundió la cara en su cuello, ahogando contra su piel los fuertes gemidos.

Thiago la abrazó contra él y Zoe apoyó la frente en la suya con la respiración aún entrecortada.

—Me quedaría así para siempre —masculló Thiago.

Zoe esbozó una sonrisa.

—Yo también —dijo.

Las manos de Thiago exploraron con suavidad las cicatrices que Zoe tenía en la espalda.

—¿Qué pasó realmente? —le preguntó.

—Algún día te lo contaré —fue la respuesta de Zoe.

Thiago la miró y asintió. Todavía no estaba preparada para hablar sobre ello y lo respetó. Volvió a abrazarla contra él con fuerza.

Y en ese momento, mientras se perdían el uno en el otro, el mundo quedó momentáneamente olvidado, reemplazado por la certeza de que ese momento era real. Era suyo.