La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 53
76%

CAPÍTULO 53

El comedor de la mansión resplandecía bajo la luz dorada de la lámpara de araña de cristal.

Aquella estancia normalmente se usaba para cenas de negocios o reuniones familiares. Pero el espacio parecía extrañamente íntimo aquella noche, con solo dos lugares dispuestos en un extremo de la larga mesa de caoba.

María se había superado con la cena.

Salmón en salsa de eneldo, ensalada de quinoa con verduras de temporada, y una botella de vino blanco que brillaba como oro líquido en las copas de cristal tallado.

El personal se había retirado discretamente tras servir los platos, dejando a Thiago y Zoe solos con el suave crepitar del fuego en la chimenea como única compañía.

Thiago observaba a Zoe sentada a su derecha. El vestido verde esmeralda que llevaba hacía que sus ojos color miel parecieran más dorados, y su pelo castaño, suelto por una vez, caía en ondas suaves sobre sus hombros.

Había algo en ella esa noche (quizás la forma en que la luz jugaba con sus facciones, o cómo sostenía la copa de vino con dedos ligeramente nerviosos) que la hacía parecer más frágil y, paradójicamente, más guapa que nunca.

—¿En qué piensas? —preguntó Zoe, interrumpiendo sus reflexiones—. Llevas un rato mirándome sin decir palabra.

Thiago sonrió. Ese gesto torcido en su boca que hacía que su rostro habitualmente serio adquiriera una expresión casi juvenil.

—Estaba pensando en lo increíblemente afortunado que soy —respondió, inclinándose ligeramente hacia adelante.

Zoe arqueó una ceja con escepticismo, aunque sus mejillas se tiñeron de un tenue rosa.

—¿Afortunado por tener a una fisioterapeuta que te tortura diariamente? Interesante concepto de suerte, Calloway.

Él sonrió.

—Afortunado por tener a una chica que me hizo darme cuenta de lo imbécil que estaba siendo —corrigió. Su voz se tornó seria—. Y que aun así decidió darme una segunda oportunidad.

Zoe tomó un sorbo de vino para ocultar la sonrisa que amenazaba con extenderse por su rostro.

—Realmente, creo que fue la quinta o sexta oportunidad —señaló—. No te subestimes; fuiste un imbécil muy persistente.

Thiago dejó escapar una risotada. Ese sonido profundo que aún era una novedad en la mansión.

—Siempre tan generosa con los cumplidos, Brooks.

—Es parte de mi servicio premium de fisioterapia —replicó ella con un guiño—. Ejercicios rigurosos, masajes terapéuticos y recordatorios regulares de tus defectos de personalidad.

—Una ganga, sin duda.

La conversación fluyó fácilmente mientras disfrutaban de la cena. Hablaron de todo y de nada. Del progreso físico de Thiago, de los últimos movimientos en su empresa, de la afición recién descubierta de Zoe por los documentales de naturaleza que Thiago tenía en su colección de streaming.

Fue después del postre (un soufflé de chocolate tan ligero que parecía desvanecerse en la boca) cuando la conversación tomó un giro más personal.

—Nunca me has hablado de tu familia —comentó Thiago casualmente, mientras giraba la copa de vino entre los dedos—. No sé ni siquiera si tienes hermanos.

Zoe se tensó casi de forma imperceptible.

Sus dedos apretaron el tallo de la copa y sus ojos se fijaron en algún punto más allá del hombro de Thiago.

—No hay mucho que contar —respondió, con una ligereza que sonaba forzada incluso para sus propios oídos.

Thiago la estudió unos instantes.

—No tienes que hablar de ello si no quieres —dijo con suavidad—. Solo pensé... Bueno, conoces prácticamente toda mi historia familiar. Las excentricidades de mi madre, las locuras de Ginger, la relación con mi padre...

Zoe suspiró, dejando la copa sobre la mesa. Su mano jugueteó nerviosa con la servilleta de lino.

—Mi madre murió cuando yo tenía diecinueve años —respondió finalmente—. Un accidente de coche.

Thiago extendió la mano sobre la mesa, ofreciéndosela silenciosamente. Zoe la tomó tras un momento de vacilación, agradeciendo el ancla a la realidad que representaba.

—Lo siento mucho —dijo él con sinceridad—. No tenía idea.

—No es algo de lo que hable normalmente —confesó Zoe—. En cuanto a mi padre... digamos que nuestra relación se complicó después de eso.

Sus ojos se encontraron brevemente, antes de que ella desviara la mirada.

—No nos hablamos desde hace años —añadió—. Es lo mejor para los dos.

Thiago asintió lentamente, apretando la mano de Zoe.

No preguntó más. Había percibido las barreras invisibles que ella había levantado alrededor del tema.

—Entiendo lo que es tener una relación complicada con un padre —dijo después de un rato—. Aunque en mi caso fue diferente.

Zoe lo miró, agradecida por el cambio sutil del tema y de llevarlo a su terreno.

—Te llevabas bien con él, ¿verdad? —preguntó.

Thiago asintió. Sus ojos azules se ensombrecieron con el recuerdo.

—Era un hombre extraordinario —dijo Thiago—. Duro, pero justo. Exigente, pero generoso. Me enseñó todo lo que sé sobre negocios, sobre responsabilidad. Construyó Calloway Industries desde cero, ¿sabes? Y siempre decía que lo hizo para que Ginger y yo tuviéramos las opciones que él nunca tuvo.

Su voz se quebró ligeramente al final, y Zoe entrelazó sus dedos con los de él, ofreciéndole el mismo consuelo silencioso que él le había brindado momentos antes.

Una sonrisa melancólica se dibujó en el rostro de Thiago.

—Lo más irónico es que, a pesar de todas las opciones que me dio, terminé siguiendo sus pasos exactamente. Misma universidad, misma especialización, mismo enfoque en los negocios. Supongo que, en el fondo, siempre quise que estuviera orgulloso de mí.

—Estoy segura de que lo estaba —dijo Zoe—. Y que lo estaría ahora también.

Thiago levantó la mirada, sorprendido por la convicción en su voz.

—¿Incluso después de estrellarme en una pista de esquí por pura arrogancia?

Zoe sonrió.

—Especialmente después de eso —afirmó—. Porque te levantaste. Porque sigues intentándolo cada día, a pesar del dolor y la frustración. Eso requiere un tipo de fortaleza que no todos tienen.

Los ojos de Thiago brillaron con una emoción contenida. Se inclinó hacia adelante, y besó con dulzura los nudillos de Zoe.

—Me pregunto cómo lo haces —murmuró contra su piel.

—¿Hacer qué?

—Saber exactamente qué decir para desarmarme por completo.

Zoe sonrió, mostrando ese gesto luminoso capaz de alumbrar toda la estancia.

—Es un don natural —bromeó en tono ligero—. Además de años de práctica lidiando con pacientes cabezotas.

Thiago rio, y la tensión del momento se disipó, reemplazada por algo más cálido, más íntimo. Más sexy .

—¿Quieres subir? —preguntó. Su voz sonaba en un tono ronco y áspero que envió un escalofrío a Zoe de arriba abajo—. Podemos ver uno de esos documentales que tanto te gustan.

Zoe arqueó una ceja. Su sonrisa se volvió traviesa.

—¿Documentales? ¿Es eso lo que estás proponiéndome realmente, Calloway?

—Para empezar —respondió él con una sonrisa que prometía mucho más que lecciones sobre la vida salvaje.

Zoe fingió considerarlo, llevándose un dedo a los labios en gesto pensativo.

—No sé... ¿has completado todos tus ejercicios de fisioterapia hoy?

—Incluso los extras que añadiste como castigo por quejarme.

—¿Y has tomado la medicación?

—Cada pastilla, a la hora exacta.

—En ese caso... —Zoe se levantó lentamente, alisando su vestido con un movimiento deliberadamente lento—. Supongo que podríamos ver un episodio sobre... ¿leones marinos?

—O podríamos saltarnos directamente a la parte donde no vemos ningún documental —sugirió Thiago, maniobrado su silla hacia ella.

Zoe se inclinó y su boca quedó a centímetros de la de él.

—Siempre tan impaciente —murmuró antes de rozar sus labios suavemente—. Algunas cosas nunca cambian.

El trayecto hasta el dormitorio de Thiago en el primer piso fue una prueba de paciencia.

Thiago insistió en usar el ascensor que habían instalado después de su accidente, aunque últimamente prefería el desafío de las escaleras con muletas. Pero aquella noche, sin embargo, el deseo era prioritario.

Su habitación era un espacio que reflejaba perfectamente a su dueño: elegante sin ser ostentoso, lujoso pero funcional.

La estancia contaba con ventanales que daban a los jardines, en ese momento oscuros bajo el cielo nocturno de Manhattan.

La luz de la luna se filtraba a través de las cortinas parcialmente abiertas, bañando la habitación en una claridad plateada que daba a todo un aspecto casi etéreo.

Zoe cerró la puerta suavemente a su espalda.

Un silencio cargado de anticipación cayó sobre ellos mientras se miraban.

—Ven aquí —murmuró Thiago, extendiendo una mano hacia ella desde donde se había detenido junto a la cama.

Zoe se acercó con pasos lentos, deliberados, disfrutando de la forma en que los ojos de Thiago la seguían, oscureciéndose con cada paso que daba.

—Esta noche estás preciosa —dijo él cuando finalmente llegó a su lado—. Aunque, para ser justo, estás preciosa todas las noches. Y las mañanas. Y las tardes.

—Muy elocuente —bromeó Zoe, aunque un rubor subió por sus mejillas—. ¿Es así como conquistaste a todas esas modelos de las que un día hablaron Ginger y tu madre?

Thiago negó con la cabeza, tomando sus manos entre las suyas.

—Contigo no uso líneas ensayadas, Brooks. No funcionarían de todos modos. Eres inmune a mi encanto estándar.

—Completamente inmune —repitió ella con fingida seriedad—. Totalmente impermeable a tus encantos.

—¿A todos? —preguntó él, tirando suavemente de ella para acercarla entre sus piernas.

—Bueno, quizás no a todos —afirmó Zoe cuando las manos de Thiago se deslizaron hasta su cintura—. Tengo cierta debilidad por tu sonrisa. La verdadera, no esa que usas para las fotografías de los eventos.

Thiago sonrió, precisamente con esa sonrisa auténtica de la que hablaba Zoe, y que hacía que pequeñas arruguitas aparecieran alrededor de sus ojos.

—¿Esta?

—Esa misma —susurró Zoe, inclinándose para besarlo.

Lo que comenzó como un beso suave rápidamente se transformó en algo más profundo, más urgente.

Las manos de Thiago ascendieron por la espalda de Zoe, y encontraron la cremallera de su vestido con una destreza que hablaba de experiencia.

Zoe suspiró cuando sintió el aire fresco en su piel expuesta.