La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 52 #2
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CAPÍTULO 52 #2

Ella parpadeó un par de veces seguidas, como saliendo de un trance, y bloqueó rápidamente la pantalla del teléfono antes de guardarlo de nuevo en su bolsillo.

—Sí, sí, todo bien —respondió, abanicándose con la mano—. Es publicidad. Estoy harta de que me envíen ofertas para contratar seguros de decesos. ¿Se creen que me voy a morir mañana?

Forzó una sonrisa que esperaba que resultara convincente.

—Son muy pesados —comentó Thiago—. A mi email todas las mañanas llegan como diez.

Zoe cogió una bocanada de aire y miró a Thiago.

—Tengo sed. Las sesiones siempre me dejan sin minerales en el cuerpo. ¿Bebemos algo?

Thiago afirmó con la cabeza.

—¿Vamos a la cocina? Seguro que María tiene algo refrescante preparado —dijo.

—Sí —accedió Zoe, agradecida por el cambio de tema—. Solo déjame recoger un poco...

Sus manos temblaban ligeramente mientras ordenaba el material, colocando las cosas en su sitio con movimientos mecánicos. No podía dejar de pensar en el mensaje de su tío. Últimamente estaba insistiendo demasiado en verla.

Suspiró en silencio y se dio la vuelta.

—Listo —dijo.

Thiago colocó las manos en las ruedas y maniobró su silla en dirección a la puerta.

El trayecto a la cocina fue corto pero intenso.

Zoe empujaba la silla de Thiago (aunque él podía maniobrarla perfectamente por sí mismo) porque necesitaba hacer algo con sus manos, algo que la anclara a la realidad, mientras su mente amenazaba con sumergirse en recuerdos que prefería mantener enterrados.

María estaba inclinada sobre un cuenco, batiendo algo con vigor mientras tarareaba una canción latinoamericana. Harold, por su parte, estaba sentado en una de las sillas altas junto a la isla, con una taza de té Earl Grey humeante frente a él y el periódico del día pulcramente doblado a su lado.

Ambos levantaron la mirada cuando Zoe y Thiago entraron, y las reacciones no se hicieron esperar.

—¡Mis niños! —exclamó María, soltando la batidora y secándose las manos en el delantal con entusiasmo—. ¿Cómo ha ido la sesión? ¿Tenéis hambre? Estoy preparando galletas de avena, pero puedo hacer sándwiches si preferís algo más nutritivo.

—Solo hemos venido a por unas botellas de agua —explicó Zoe, intentando que su voz sonara normal a pesar del nudo en la garganta—. Hoy la sesión ha sido muy intensa.

—Han sido noventa minutos de tortura pura —añadió Thiago—. Esta mujer es implacable.

—Y tú eres un quejica —respondió Zoe automáticamente, agradecida por la oportunidad de caer en la rutina de bromas que había entre ella y Thiago.

Harold observó el intercambio con una pequeña sonrisa. Sus ojos grises, siempre atentos, parecían notar cada detalle, desde la sutil tensión en los hombros de Zoe hasta la forma en que Thiago no dejaba de mirarla.

—Es maravilloso —suspiró María mientras servía agua fresca en dos vasos.

—¿Qué es maravilloso? —preguntó Zoe.

—Veros así. Siempre he sabido que estabais hechos el uno para el otro, ¿verdad, Harold? Lo dije desde el principio.

—No recuerdo exactamente esas palabras —respondió Harold con diplomacia—. Pero es verdad que notamos una... química particular entre los dos.

—¿Química particular? —María puso los ojos en blanco—. ¡Por favor! Era como ver una de esas películas románticas donde los personajes se odian al principio, pero todos sabemos que van a terminar juntos. Esas donde el protagonista es un cabezota que no sabe lo que le conviene.

—María —advirtió Harold.

—¿Qué? Es la verdad —insistió ella, colocando las galletas recién sacadas del horno en un plato—. El señor Calloway era como un erizo, todo recubierto de púas por fuera, pero solo necesitaba a alguien que supiera cómo manejarlo. Y Zoe tiene ese don.

Zoe tuvo que apretar los labios para no estallar en una carcajada.

—No soy un erizo —protestó Thiago.

—Era usted peor que un erizo, señor —replicó Harold con su tono formal, pero con un rastro de humor en los ojos—. Y no es una mala comparación, los erizos al menos son adorables en ciertas circunstancias.

Zoe no pudo aguantar más y terminó dejando escapar una carcajada ante la expresión indignada de Thiago.

—¿Estáis los dos confabulados contra mí? —preguntó Thiago, mirando alternativamente a Harold y a María—. ¿Es esta la lealtad que recibo después de años dándoos trabajo?

—Oh, no se preocupe, señor —respondió Harold con la misma formalidad impecable que siempre—. Nuestra lealtad es inquebrantable. Es precisamente por esa lealtad que le profesamos que nos alegramos tanto de que la señorita Brooks haya regresado. Es lo mejor que le ha pasado en años.

—En décadas —corrigió María, colocando más galletas en el plato—. Y ahora miraos, tan enamorados, como si fuerais los protagonistas de una novela.

—María, por favor. —Zoe sintió que sus mejillas se ruborizaban—. No es para tanto.

De alguna manera tenía que parar el entusiasmo de aquella mujer.

—¿Cómo que no es para tanto? —María colocó las manos en las caderas. No iba a darse por vencida—. Niña, he vivido lo suficiente para reconocer el amor verdadero cuando lo veo. Y lo que veo entre vosotros dos... —Hizo un gesto con las manos—... es el destino.

Thiago extendió la mano para tomar la de Zoe, entrelazando sus dedos con los de ella.

—Tal vez María tiene razón —dijo—. Tal vez sea el destino.

Zoe giró el rostro para mirarlo y le sonrió.

Los ojos de María se iluminaron como si fuera Navidad, Año Nuevo y su cumpleaños al mismo tiempo.

—¿Lo ves, Harold? Están hechos el uno para el otro. Como Romeo y Julieta, pero sin el final trágico, gracias a Dios.

—Preferiría una comparación con una pareja que no termine muerta, si no te importa —comentó Thiago secamente.

—Elizabeth Bennet y Míster Darcy —sugirió Harold, sorprendiendo a todos—. El orgullo inicial, los prejuicios, la redención... hay ciertas similitudes.

Tres pares de ojos se volvieron hacia él con asombro.

—¿Qué? —se defendió Harold, levantando los hombros—. Tengo un amplio conocimiento en literatura clásica.

—Y en dramas románticos, según parece —añadió Thiago con una sonrisa burlona.

Harold se aclaró la garganta, pero una pequeña sonrisa tiraba de las comisuras de sus labios hacia arriba.

—La literatura inglesa es parte fundamental de una educación completa, señor.

María volvió a su entusiasmo inicial.

—Lo que importa es que estáis juntos. —Se llevó las manos al pecho—. Y pensad en los niños que tendréis. Con los ojos azules del señor y la sonrisa de Zoe...

—¡María! —exclamaron Thiago y Zoe al unísono, para luego mirarse y echarse a reír por la coincidencia.

La risa de Zoe era ligera, casi burbujeante, mientras que la de Thiago era profunda y resonante. Juntas formaban una armonía que parecía llenar la cocina, haciendo que incluso Harold sonriera abiertamente.

—No corras tanto —comentó Zoe.

Por un momento, el mensaje de su tío quedó olvidado. Por un momento, Zoe Brooks (o Elizabeth Whitmore, como se llamaba en el pasado) se permitió simplemente existir en aquel espacio casi familiar, rodeada de personas que la querían sin saber realmente quién era.

Pero incluso mientras reía, una parte de ella sabía que esa burbuja de felicidad era frágil, quebradiza. Que el pasado, como una sombra persistente, seguía esperando pacientemente para reclamarla.