CAPÍTULO 52
La luz de media mañana se filtraba por los amplios ventanales del estudio reconvertido en sala de rehabilitación.
La mansión parecía diferente aquel día, como si el mismo edificio respirara aliviado después de semanas de tensión.
Zoe acomodaba las bandas elásticas por colores mientras tarareaba distraídamente una canción de Blackpink.
Llevaba su uniforme de trabajo de siempre (pantalones y camisa de color fucsia), pero había algo diferente en ella.
Quizás era la forma en que la luz jugaba con las mechas rubias naturales de su pelo castaño recogido en una cola de caballo alta.
O tal vez era ese brillo especial en sus ojos color miel, que parecían casi dorados cuando sonreía.
Y vaya si sonreía.
La puerta se abrió con un suave crujido, y Thiago entró impulsándose en su silla de ruedas.
Llevaba pantalones cortos negros que dejaban a la vista sus piernas musculosas (una de ellas marcada por las cicatrices de la operación) y una camiseta blanca que se ajustaba perfectamente a su torso, revelando años de disciplina en el gimnasio.
Su pelo caía en mechones rebeldes sobre su frente, dándole un aspecto más juvenil, menos CEO y más chico malo.
—Buenos días, señorita Brooks —dijo con una sonrisa. Sus ojos azul ártico, normalmente fríos, en esos momentos brillaban con algo cercano a la felicidad.
Zoe se giró, intentando mantener una expresión profesional, pero una sonrisa se le escapó entre los labios como agua entre los dedos.
—Buenos días, señor Calloway —respondió con deliberada formalidad—. Llega puntual. Eso es nuevo.
—Tengo motivos para no retrasarme —respondió él, acercándose hasta quedar a centímetros de Zoe—. Resulta que mi fisioterapeuta es increíblemente estricta con los horarios.
—Y con muchas otras cosas. —Zoe arqueó una ceja, manteniendo la distancia profesional a pesar de que todo su cuerpo parecía querer gravitar hacia Thiago—. Como, por ejemplo, con que sus pacientes no intenten saltarse ejercicios.
Thiago se llevó una mano al pecho en un gesto teatral.
—¿Yo? ¿Saltarme ejercicios? Me ofendes profundamente, Brooks.
—Ayer, nada más salir del hospital, intentaste convencerme de que algunos ejercicios eran «innecesarios para tu particular formación ósea». Esas fueron tus palabras exactas. ¿Acaso te crees que eres el Increíble Hulk?
—Casi —dijo Thiago, con una sonrisa que hacía que se le formaran pequeñas arruguitas en las comisuras de los ojos—. Pero es que soy un hombre de investigación y datos.
Zoe puso los ojos en blanco, aunque la sonrisa no abandonó sus labios.
—Pues hoy, señor «Científico», vamos a tratar de saber cuántas repeticiones puedes hacer antes de empezar a quejarte como un niño de cinco años.
Thiago se acercó aún más. Rodó su silla silenciosamente sobre el parqué hasta que quedó justo frente a Zoe. Con un movimiento sorprendentemente rápido para alguien en silla de ruedas, tomó su mano y tiró suavemente de ella, haciéndola inclinarse.
—¿Y qué gano si supero tus expectativas? —murmuró. Su voz bajó a un tono que hizo que Zoe sintiera un estremecimiento por la columna vertebral.
—La satisfacción del trabajo bien hecho —respondió ella, intentando mantener una actitud profesional mientras su corazón hacía piruetas en su pecho.
—Estaba pensando en una recompensa más... tangible —murmuró Thiago, sugerente.
Antes de que Zoe pudiera reaccionar, Thiago levantó su mano libre y la colocó suavemente en su nuca, atrayéndola hacia él para atrapar sus labios en un beso que, aunque breve, contenía una promesa (sexual) que hizo que las rodillas de Zoe se debilitaran.
—Thiago —protestó cuando se separaron, aunque sin muchas ganas—. Estamos en una sesión. Soy tu fisioterapeuta.
—Y mi novia —añadió él con una sonrisa arrogante—. No olvides esa parte.
La palabra «novia» aún sonaba extraña, nueva, como una prenda de ropa que no habían terminado de estrenar.
—Durante las sesiones, soy solo tu fisioterapeuta —insistió Zoe, retrocediendo un paso para recuperar la compostura—. Y ahora, señor Calloway, es hora de trabajar.
—Eres muy cruel —se quejó Thiago—. ¿Sabías que algunas culturas consideran que la tortura es una violación de los derechos humanos?
—Hasta donde yo sé, la fisioterapia no está clasificada como tortura por las Naciones Unidas —respondió Zoe mientras colocaba la colchoneta en el suelo—. Aunque estoy segura de que intentarás cambiarlo después de hoy.
Thiago dejó escapar una risilla. Un sonido profundo y rico que hasta hace poco era extremadamente raro en la mansión Calloway. Ahora, sin embargo, las risas de Thiago resonaban por los pasillos con frecuencia, para deleite del personal.
La sesión comenzó como siempre: estiramientos suaves para calentar los músculos, ejercicios de movilidad para las articulaciones, y luego el trabajo más intenso.
Zoe guiaba a Thiago con manos firmes, ayudándolo a realizar los ejercicios con paciencia y optimismo.
A pesar de las bromas, las sonrisas y las miradas coquetas, Zoe mantenía su profesionalidad con una determinación férrea. Esa era la parte de la relación que no negociaría. La recuperación de Thiago era demasiado importante como para comprometerse por unos momentos de diversión.
—Vamos, una más —lo animó, mientras Thiago realizaba elevaciones de pierna con el sudor perlando su frente—. Has progresado muchísimo, pero necesitamos mantener la constancia.
—Eres un sargento de hierro —protestó él, completando la repetición con un jadeo—. Un sargento de hierro increíblemente atractivo, pero un tirano, al fin y al cabo.
—Ahora quince con la otra pierna —respondió Zoe, ignorando deliberadamente el cumplido—. Y si te quejas, añadiremos cinco más.
—Casi prefiero al gruñón que era antes de que aparecieras en mi vida —murmuró Thiago mientras cambiaba de posición—. Al menos ese tío tenía ratos libres.
Zoe no pudo contener una carcajada.
—¿Me estás diciendo que prefieres volver a ser el ogro que aterrorizaba al personal y hacía llorar a los fisioterapeutas?
—No he dicho eso —aclaró él, con una media sonrisa—. Solo digo que ese tío probablemente estaría ahora tomando un whisky con algún cliente, en lugar de sudando como un caballo en esta colchoneta.
—Ese tío también estaría atrapado en una silla de ruedas —le recordó Zoe, ajustando la posición de su pierna—. Y, según varios testimonios muy muy fiables, era bastante miserable.
—Detalles que no vienen a cuento. —Thiago movió la mano en un gesto de indiferencia, pero sus ojos estaban llenos de humor—. Además, no era un miserable. Solo perfeccionista.
—Eras un capullo —corrigió Zoe sin pestañear.
— Touché , señorita Brooks —dijo Thiago con una risa—. Touché .
La sesión continuó con el mismo ritmo. Zoe dirigiendo con firmeza profesional y Thiago alternando entre quejas teatrales y cumplidos que buscaban hacerla sonrojar (y que muchas veces lo conseguían).
Cuando llegaron a los ejercicios de equilibrio, Thiago se puso de pie con la ayuda de las barras paralelas. Sus brazos tensos sostenían la mayor parte de su peso, mientras sus piernas trabajaban para mantenerlo erguido.
Era un progreso notable desde aquel primer día en el que apenas podía soportar su propio peso durante más de unos pocos segundos.
—Estás mucho más fuerte —observó Zoe, no pudiendo ocultar el orgullo en su voz—. Tu control sobre la pierna derecha ha mejorado considerablemente.
—Tengo una excelente motivación —respondió Thiago, mirándola con una intensidad que hizo que el corazón de Zoe diera un vuelco—. Quiero poder bailar contigo sin necesitar las malditas muletas.
La imagen mental de Thiago bailando con ella, completamente recuperado, hizo que Zoe sintiera un nudo en la garganta.
—Entonces trabaja esos cuádriceps —dijo, manteniendo su tono ligero a pesar de la emoción—. Porque no pienso dejar que me pises los pies cuando bailemos.
—¿Estás sugiriendo que no sé bailar? —Thiago fingió indignación—. Te recuerdo que tengo un máster en Harvard. El vals estaba incluido en el plan de estudios.
—¿Junto con «Arrogancia Avanzada» y «Principios de Gruñidos Ejecutivos»? —bromeó Zoe.
—Eran asignaturas optativas —respondió él con una sonrisa torcida—. Yo me especialicé.
Zoe sacudió la cabeza, riendo sin poder evitarlo.
A veces aún le costaba creer cómo habían cambiado las cosas entre Thiago y ella. Cómo habían pasado de las peleas y la tensión a... lo que tenían en aquel momento. Esa confianza, esa complicidad, esa sensación de pertenecer a algo más grande que a ellos mismos.
—Bien, creo que es suficiente por hoy —anunció cuando Thiago completó su última serie de ejercicios—. Has trabajado duro.
—¿Eso significa que merezco un premio? —preguntó él, con esa sonrisa traviesa que hacía que sus ojos brillaran como zafiros bajo el sol.
—Significa que tu fisioterapeuta está oficialmente fuera de servicio —respondió Zoe, ayudándolo a sentarse de nuevo en la silla de ruedas—. Y que ahora puedo hacer esto...
Se inclinó y lo besó suavemente, permitiéndose por fin el lujo de mostrar las ganas que había estado conteniendo durante toda la sesión.
Thiago respondió inmediatamente. Levantó las manos para sujetar el rostro de Zoe, mientras profundizaba el beso y su lengua buscaba la de ella para enredarse en una danza sin fin.
Fue el pitido de un teléfono lo que finalmente los separó.
Zoe se enderezó, ligeramente aturdida, y buscó su móvil en el bolsillo de sus pantalones. Al ver la pantalla, toda la calidez que sentía se evaporó instantáneamente.
«Elizabeth, necesitamos hablar. Es sobre tu padre. Por favor, llámame. Tío Richard.»
El color abandonó el rostro de Zoe tan rápidamente que parecía que alguien hubiera abierto un grifo y drenado toda la sangre de sus mejillas. El latido del corazón se le disparó.
Sus dedos se tensaron alrededor del teléfono, tanto que los nudillos se le pusieron blancos.
Thiago notó el cambio inmediato.
—¿Zoe? —preguntó. La preocupación era evidente en su voz—. ¿Está todo bien?