CAPÍTULO 51
Victoria permanecía en el umbral, perfecta como siempre, con un traje sastre gris perla que acentuaba su figura. Sus ojos oscuros, normalmente calculadores, estaban abiertos con sorpresa, y fijos en las manos aún entrelazadas de Zoe y Thiago.
Durante un instante fugaz, algo visceral y doloroso cruzó por su rostro (tan rápido que, si Zoe no hubiera estado observándola directamente, no lo habría visto).
Entonces, como si alguien hubiera activado un interruptor, la expresión de Victoria se transformó en su habitual máscara de eficiencia profesional, aunque notablemente más fría.
—Disculpa la interrupción —dijo con voz controlada, avanzando por la habitación con una carpeta en la mano—. No sabía que tenías... compañía.
Thiago se aclaró la garganta, e inconscientemente enderezó la espalda en la cama, aunque sin soltar la mano de Zoe.
—Victoria —saludó. Su tono era cordial pero firme—. No te esperaba hasta mañana.
Victoria colocó la carpeta sobre la mesa auxiliar.
—Han surgido algunos asuntos que requieren tu atención inmediata —explicó, evitando cuidadosamente mirar a Zoe—. El consejo quiere respuestas sobre el proyecto de expansión en Asia antes de la reunión del jueves.
Sus ojos finalmente se posaron en Zoe, evaluándola brevemente con una frialdad que contrastaba con la agradable temperatura de la habitación.
—Zoe —la saludó, con un asentimiento mínimo de cabeza—. Qué... sorpresa verte aquí.
Zoe, incómoda, pero decidida a no mostrarlo (y menos delante de Victoria), le devolvió el saludo con una sonrisa educada.
—Hola, Victoria —respondió simplemente—. Espero que estés bien.
Un silencio tenso se instaló en la habitación.
Thiago, percibiendo la incomodidad, decidió abordar la situación directamente, como acostumbraba a hacer.
—Victoria, hay algo que debes saber —comenzó en un tono ligero—. Como te habrás dado cuenta, Zoe y yo estamos... —Hizo una pausa, buscando la palabra, antes de decidirse con una pequeña sonrisa—… juntos.
Victoria se quedó completamente inmóvil durante unos largos segundos. Solo el leve parpadeo de sus ojos delató que había escuchado. Cuando respondió, su voz era perfectamente neutra. Casi demasiado controlada, demasiado medida. Demasiado impostada.
—Ya veo —dijo, ajustando ligeramente la carpeta sobre la mesa—. Felicidades.
Zoe, sensible a las emociones de los demás, captó el dolor apenas disimulado tras la fachada profesional de Victoria. Ella, que siempre había sido consciente de los sentimientos de Victoria hacia Thiago, sintió una punzada de compasión.
—Gracias —dijo.
—Los documentos requieren tu firma —dijo Victoria rápidamente, para cambiar de tema, dirigiéndose exclusivamente a Thiago, mientras abría la carpeta y extraía varios papeles—.
Son principalmente para formalizar el aplazamiento de la reunión del consejo hasta tu regreso, y autorizar a Marshall para manejar temporalmente las negociaciones con Singapur.
Thiago frunció el ceño, molesto por el cambio abrupto de tema, pero decidió no insistir en aquel momento. Tomó los documentos que Victoria le ofrecía y comenzó a revisarlos.
—¿Marshall? —preguntó. Su atención fue momentáneamente capturada por los asuntos de la empresa—. Pensé que estábamos considerando a Miyazaki para eso.
Victoria adoptó inmediatamente su papel de asistente ejecutiva eficiente (eficientísima), como si se aferrara a esa familiar dinámica profesional.
—Miyazaki está en Tokio esta semana y le es imposible. Marshall tiene los contactos necesarios y conoce los detalles del proyecto —explicó. Su voz había recuperado algo de su cadencia normal—. Es la opción más viable dado el plazo.
Mientras discutían detalles empresariales, Zoe observaba la interacción con interés.
Era fascinante ver aquella faceta de Thiago. El CEO en acción, incluso desde una cama de hospital. La rapidez y eficiencia con la que trabajaba. Mirarlo resultaba hipnótico. Estaba claro que no era un Titán de los negocios por nada.
Después de unos minutos, Zoe se levantó discretamente, sin hacer apenas ruido.
—Voy a por un café —anunció, sintiendo que debía darles espacio para tratar aquellos asuntos—. ¿Queréis que os traiga algo?
Thiago levantó la mirada de los documentos. El rictus de su rostro se dulcificó inmediatamente al dirigirse a ella.
—Un café estaría genial, gracias —respondió, con una sonrisa que reservaba solo para Zoe—. Solo, sin...
—Sin azúcar, lo sé —completó ella, devolviéndole la sonrisa.
—El señor Calloway no debería consumir cafeína con su medicación actual —intervino Victoria bruscamente—. Está contraindicado con los antiinflamatorios que le están administrando.
Zoe parpadeó, sorprendida tanto por la información como por el tono mordaz de Victoria.
—Oh, tienes razón —dijo, recordando sus conocimientos médicos—. Quizás un descafeinado con leche sería mejor.
Thiago entrecerró los ojos, observando a Victoria con una creciente sospecha.
—Un descafeinado estará genial —le dijo a Zoe.
Zoe asintió.
—Vuelvo en un rato.
Mientras se dirigía hacia la puerta, sintió la mirada de Victoria taladrando su espalda, tan intensa que casi podía notar su calor físico. No necesitaba girarse para saber que la expresión cordial había desaparecido completamente de su rostro.
Una vez que la puerta se cerró tras Zoe, un silencio tenso se instaló en la habitación. Thiago colocó los documentos a un lado y miró directamente a Victoria.
—¿Quieres explicarme qué cojones ha sido eso? —preguntó sin rodeos.
Victoria se mantuvo imperturbable, aunque sus dedos se tensaron ligeramente alrededor de la carpeta que sostenía.
—No sé a qué te refieres —respondió, con una voz perfectamente controlada—. Solo estaba proporcionando información médica relevante.
—Victoria, te conozco desde hace años. Sé cuando algo te molesta.
Ella desvió la mirada brevemente hacia la ventana antes de enfrentar a Thiago de nuevo.
—Solo me preocupa que estés tomando decisiones precipitadas durante un momento de vulnerabilidad como en el que te encuentras ahora —dijo finalmente, eligiendo con cuidado las palabras, consciente de que estaba pisando terreno fangoso y de que podía hundirse en él—.
No creo que Zoe sea la persona indicada para tener una relación seria contigo.
Tal vez la vulnerabilidad de esta etapa por la que estás pasando, te haga ver cosas que en realidad no son como crees.
Thiago arqueó una ceja, sorprendido tanto por el argumento como por el tono condescendiente.
—Mi relación con Zoe no es asunto tuyo, Victoria —respondió, endureciendo ligeramente la voz—. Aprecio tu preocupación, pero hay límites profesionales que debes respetar.
Victoria se tensó visiblemente, como si hubiera recibido una bofetada. Durante un momento, un solo instante, su esmerada fachada se agrietó, revelando un destello de dolor antes de que la máscara volviera a ponerse en su lugar.
—Por supuesto —respondió con frialdad—. Solo pensaba en tu bienestar.
Thiago suspiró, pasándose una mano por el pelo.
—Mira, valoro mucho tu trabajo y tu preocupación. Pero mi vida personal es precisamente eso: personal.
Victoria asintió de forma mecánica con una expresión indescifrable en el rostro.
—Claro, lo entiendo perfectamente —dijo, recogiendo la carpeta—. ¿Necesitas algo más antes de que me vaya?
—No, gracias —respondió Thiago—. Te veré mañana.
—Sí, nos vemos mañana —confirmó Victoria, dirigiéndose hacia la puerta.
Justo cuando alcanzaba el umbral, la puerta se abrió y Zoe entró con dos vasos de cartón.
Durante un par de segundos, las dos quedaron frente a frente, separadas apenas por unos centímetros.
Victoria, ligeramente más alta, miró a Zoe con una expresión que ya había perdido toda pretensión de cordialidad.
—Cuídalo bien —dijo en voz baja, solo para Zoe, con un tono que convertía las palabras aparentemente amables en algo más cercano a una amenaza—. Mientras puedas.
Sin esperar respuesta, Victoria se deslizó por la puerta y desapareció por el pasillo. El sonido de sus tacones se alejó con un ritmo perfecto y controlado, como todo en ella.
Zoe se quedó momentáneamente paralizada, como una estatua, con los vasos de café en las manos.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó, mirando a Thiago confundida.
Él suspiró, extendiendo una mano hacia ella en una invitación silenciosa.
—Victoria siendo Victoria —respondió, aunque su tono sugería que era más complicado—. Ven aquí.
Zoe se acercó, entregándole uno de los vasos antes de volver a sentarse junto a la cama. Thiago lo cogió y dio un pequeño sorbo.
—Victoria…, ¿está bien? —preguntó Zoe.
Thiago tomó su mano libre, entrelazando sus dedos con los de ella en un gesto que ya parecía natural, como si llevaran años haciéndolo.
—Lo estará —respondió, aunque no sonaba completamente convencido.
Zoe asintió, pero una sensación de intranquilidad persistía en su estómago. Había visto algo en los ojos de Victoria que iba más allá de un posible despecho.
Victoria caminaba por el aparcamiento del hospital con pasos rápidos, cada tacón golpeaba el pavimento como un martillo.
La temperatura había descendido considerablemente desde la tarde, pero apenas lo notaba. El frío exterior era tibio en comparación con el hielo que circulaba por sus venas.
Llegó a su Mercedes negro. Un vehículo largo y elegante que reflejaba su personalidad, y se deslizó detrás del volante con movimientos mecánicos.
No encendió el motor de inmediato. En lugar de eso, permaneció sentada en la oscuridad del vehículo, con las manos de uñas perfectas aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Solo entonces, segura en la privacidad del coche, permitió que la máscara se desmoronara completamente.
Un sollozo ahogado escapó de su garganta, seguido de otro, y otro más, hasta que las lágrimas que había contenido durante la última hora finalmente corrieron libres por sus mejillas, arruinando el maquillaje que nunca le fallaba, incluso en los días más largos.
—Estúpida, estúpida, estúpida —murmuró para sí misma, golpeando el volante con cada palabra—. ¿Cómo has podido ser tan estúpida?
Había esperado pacientemente durante años.
Había estado ahí para Thiago en cada crisis, cada triunfo, cada momento significativo de su carrera.
Había sido su roca, su confidente profesional, la persona que anticipaba sus necesidades incluso antes de que él mismo las reconociera.
Había construido su vida entera alrededor de él, de Calloway Industries, convencida de que en algún momento él vería lo que estaba justo frente a sus ojos: que ella era la compañera perfecta, la pareja ideal tanto para su vida personal como profesional.
Y entonces había aparecido Zoe Brooks, con su pelo castaño dorado y sus ojos color miel, su risa contagiosa y su total falta de sofisticación.
Una fisioterapeuta.
Una don nadie sin influencias, sin fortuna familiar, sin nada que ofrecer a un hombre de la posición de Thiago Calloway.
Victoria se secó las lágrimas con movimientos bruscos, manchándose los dedos con el rímel corrido. La tristeza inicial estaba transformándose rápidamente en algo más oscuro, más potente: una suerte de rabia helada que estaba aclarando su mente.
Ese no podía ser el final. No podía permitirlo.
Encendió el motor con un movimiento decidido y ajustó el espejo retrovisor. La mujer que le devolvió la mirada tenía los ojos enrojecidos, pero estaban brillantes de determinación.
—Zoe Brooks —masculló mientras salía del aparcamiento—, no sabes con quién te has metido.
Mientras el Mercedes se deslizaba por las calles nocturnas de Nueva York, Victoria comenzó a trazar un plan.
Tenía recursos, tenía información, y lo más importante, tenía la ventaja de que nadie, ni siquiera Thiago, sospechaba realmente de lo que era capaz cuando sentía que le habían arrebatado lo que por derecho le pertenecía.
Una sonrisa fría curvó sus labios mientras tomaba el camino hacia su apartamento. Zoe podría haber ganado esa batalla, pero la guerra apenas había comenzado.
Y Victoria nunca perdía una guerra.