La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

El crepúsculo se cernía sobre Nueva York, tiñendo el cielo con franjas de naranja y púrpura que se filtraban a través de las persianas parcialmente cerradas de la habitación de Thiago.

Las luces creaban un ambiente acogedor, casi íntimo, que contrastaba con la atmósfera aséptica que siempre tienen los hospitales.

Hacía apenas una hora que Francesca y Ginger se habían marchado, no sin antes extraer de Zoe la promesa de una cena familiar en cuanto Thiago recibiera el alta.

«Para celebrarlo de manera oficial», había insistido Francesca, con una expresión en sus ojos azules que dejaba claro que ya estaba planeando algo mucho más elaborado que una simple cena.

A saber si no estaba pensando ya en la boda.

Zoe y Thiago disfrutaban de un momento de tranquilidad a solas.

Ella estaba ajustando con delicadeza la almohada bajo la pierna de Thiago, mientras repasaba mentalmente el plan de rehabilitación que implementarían una vez que regresaran a la mansión.

Los médicos habían confirmado que recibiría el alta en dos días, y ella ya estaba organizando las sesiones, los ejercicios y las rutinas que necesitarían retomar.

—He estado pensando en tu programa de rehabilitación —comentó, sentándose en el borde de la cama con una tablet en la que había estado tomando notas—.

Vamos a tener que empezar prácticamente desde cero después de este retroceso, pero creo que podemos recuperar el tiempo perdido si somos disciplinados.

Thiago la observaba con una sonrisa que suavizaba completamente su rostro habitualmente serio. Le encantaba verla en modo profesional, con el ceño ligeramente fruncido de concentración y la determinación brillando en sus preciosos ojos.

—¿Disciplina? —respondió con una ceja arqueada—. Soy el epítome de la disciplina. No he conseguido dirigir un imperio empresarial siendo un vago.

Zoe soltó una risita, sin levantar la vista de su tablet.

—Tu definición de disciplina y la mía deben diferir considerablemente. Te recuerdo que estás en esa cama precisamente por ignorar mis instrucciones.

—Esos son detalles menores —respondió él, agitando la mano en un gesto despreocupado que arrancó otra sonrisa a Zoe.

—¿Detalles menores? —Bufó ella—. No quiero tener tan pronto nuestra primera discusión.

Y continuó deslizando el dedo por la pantalla, revisando sus notas.

—Estaba pensando en incorporar más ejercicios de estabilidad. Y necesitamos aumentar gradualmente los períodos de resistencia, pero con supervisión constante —levantó la mirada brevemente para lanzarle una mirada de advertencia—. Supervisión constante, Thiago.

Él asintió solemnemente, aunque sus ojos azules brillaban con una nota de diversión.

—Sí, señora. Lo que usted ordene, señora.

Zoe puso los ojos en blanco ante su tono burlón, pero no pudo evitar sonreír. Negó con la cabeza.

Esa nueva dinámica entre ellos, donde la tensión profesional se mezclaba con la personal, era todavía territorio inexplorado, pero a Zoe le resultaba sorprendentemente cómodo.

—También estaba pensando en ajustar tu ambiente de terapia —continuó ella, volviendo a sus notas—. La música puede ser un gran motivador durante las sesiones más intensas. Ayuda a mantener el ritmo y distrae del dolor.

—Mientras no me pongas una sesión de K-pop —comentó Thiago.

Zoe levantó la mirada,

—¿Perdón? —respondió, llevándose dramáticamente una mano al pecho.

Thiago se incorporó ligeramente, adoptando lo que Zoe había llegado a reconocer como su «postura de negociación» que consistía en espalda recta, barbilla ligeramente elevada y ojos directos y enfocados (en ella).

—De verdad espero que no se te ocurra poner música K-pop en nuestras sesiones de fisioterapia —dijo Thiago, como si estuviera discutiendo los términos de una fusión multimillonaria.

Zoe parpadeó, antes de que una expresión de indignación se apoderara de su rostro.

—Por supuesto que voy a poner K-pop. ¿Qué tiene de malo? Está muy de moda y es alegre.

Thiago soltó un gruñido que parecía sacado directamente de su repertorio de oso malhumorado.

—Precisamente por eso. Es... ruidoso y repetitivo y tienen esos bailes imposibles y...

—Oh, Dios mío —lo interrumpió Zoe, entrecerrando los ojos con una leve sospecha en ellos—. ¿Acaso el gran Thiago Calloway está admitiendo que sabe algo sobre K-pop?

Un ligero calor comenzó a subir por el cuello de Thiago.

—Solo sé lo que tuve que soportar durante semanas de tortura auditiva contigo —se defendió, cruzándose de brazos—. Era prácticamente imposible no absorber algo cuando lo ponías a todo volumen.

La sonrisa de Zoe se ensanchó, adquiriendo un cariz casi depredador mientras dejó la tablet a un lado y se inclinó hacia él.

—¿Sabes qué? No te creo —dijo, con los ojos llenos de diversión—. Creo que el K-pop te gusta más de lo que estás dispuesto a admitir.

—Eso es ridículo —protestó Thiago, aunque evitó hábilmente el contacto visual.

—¿En serio? —Zoe se inclinó aún más. Sus ojos brillaban llenos de una malicia traviesa—. Porque me pareció escucharte tararear Dynamite al acabar una de las sesiones de rehabilitación la semana antes de que... bueno, antes de que me fuera.

El calor de Thiago se intensificó visiblemente, y Zoe supo que había dado en el clavo.

—Eso es... —comenzó Thiago, buscando una excusa plausible—. Esa canción es muy pegadiza. Está diseñada para implantarse en el cerebro y que no salga de él. Debería estar prohibida.

Zoe soltó una carcajada, incapaz de contenerse ante su elaborada justificación.

—¿Y qué me dices de Jump de BTS? —presionó, disfrutando muchísimo de su incomodidad—. Porque estoy bastante segura de que te vi moviendo la cabeza a ritmo del estribillo cuando creías que estaba concentrada ajustando las pesas de tu tobillo.

Thiago abrió la boca para protestar, pero luego la cerró, reconsiderando su respuesta. O su estrategia.

—Esa canción es de Blackpink, no de BTS —murmuró finalmente, con un tono resignado—. Si vas a acusarme, al menos ten la decencia de especificar correctamente el grupo.

La risa de Zoe resonó por toda la habitación. Se dejó caer en la silla junto a la cama, sujetándose el estómago mientras las carcajadas sacudían su cuerpo.

—¡Lo sabía! —exclamó entre risas—. ¡El Titán Thiago Calloway, terror de Wall Street, es fan secreto del K-pop!

Thiago la observó con irritación, esperando pacientemente que terminara de reírse.

—No soy fan —aclaró cuando las risas de Zoe finalmente empezaron a ceder—. Simplemente tengo un oído musical educado que puede apreciar ciertos... elementos rítmicos.

Zoe se secó una lágrima de risa de la esquina del ojo, sacudiendo la cabeza con incredulidad. Se estaba descojonando.

—Elementos rítmicos… —repitió, apretando los labios para contener una nueva oleada de risas—.

Por supuesto. Y supongo que también aprecias los «elementos rítmicos» de Boy With Luv , que casualmente estaba en la playlist de tu Spotify el día que te pedí prestado el portátil para mirar unos ejercicios en YouTube porque mi ordenador se había quedado sin batería.

Thiago entrecerró los ojos, sorprendido por aquella nueva información.

—¿Husmeaste en mi Spotify? —preguntó, fingiendo indignación—. Eso es una grave violación de mi privacidad, Brooks. Podría despedirte por ello.

—Técnicamente, ya estoy despedida —señaló ella, encogiéndose de hombros con una sonrisa llena de picardía—.

Y yo no husmeé, como dices. Tu Spotify estaba abierto en la pantalla con la lista de las últimas canciones que habías escuchado.

Y, además, ahora soy tu novia, no tu empleada, así que las reglas han cambiado, Calloway.

La palabra «novia» flotó entre ellos, nueva y brillante.

Era la primera vez que cualquiera de los dos la usaba para definir la relación que había entre ellos, y durante unos segundos, ambos se quedaron en silencio, asimilando el peso y la ligereza que tenía al mismo tiempo ese término.

Thiago fue el primero en romper el silencio, extendiendo su mano para tomar la de Zoe.

—Novia, ¿eh? —dijo, mientras su pulgar trazaba pequeños círculos en la palma de Zoe—. Supongo que eso te da ciertos privilegios especiales.

—Sí, como el derecho a burlarme de tus gustos musicales secretos —comentó ella, entrelazando sus dedos con los de Thiago—. Es parte del contrato no escrito.

Thiago tiró suavemente de su mano, atrayéndola hacia la cama hasta que Zoe quedó sentada junto a él. Sus rostros estaban a pocos centímetros de distancia.

—Supongo que podría soportar algo de K-pop durante las sesiones de rehabilitación —concedió con un suspiro exagerado—. Si realmente insistes.

—Oh, insisto. Sí, insisto mucho —aseguró Zoe, inclinándose para depositar un beso ligero en sus labios—. De hecho, estoy considerando crear una playlist especial. «K-pop para CEOs gruñones». Será un éxito.

Thiago respondió profundizando el beso brevemente antes de apartarse con una sonrisa maliciosa.

—Solo si prometes incluir Blood, Sweat & Tears —murmuró contra sus labios—. Por un propósito puramente terapéutico, por supuesto.

Zoe se apartó, mirándolo con sorpresa.

—¿Conoces Blood, Sweat & Tears de BTS? Esa ni siquiera es una de las canciones más populares fuera del fandom —señaló. Se incorporó un poco, estudiándolo con suspicacia—. Thiago Calloway, ¿exactamente cuántas canciones de K-pop has estado escuchando a mis espaldas?

Thiago tuvo la decencia de parecer ligeramente avergonzado, aunque la expresión de su rostro era divertida.

—Digamos que me sentí un poco solo algunas noches después de que te fueras —admitió, sorprendiéndola con su sinceridad—. Y puede que encontrara cierto... consuelo en algunas de las canciones que solías poner.

La confesión, tan simple pero tan significativa, hizo que el corazón de Zoe diera un vuelco. La imagen de Thiago, solo en su enorme mansión, escuchando la música que a ella le gustaba, llevaba consigo un peso emocional que ninguno de los dos había pensado.

—Bueno —dijo—, supongo que tendré que renovar tu repertorio musical. Hay muchos grupos nuevos que aún no conoces.

—Dios me ayude —murmuró Thiago, poniendo los ojos en blanco, aunque su media sonrisa desmentía cualquier actitud seria.

—Sí, que nos ayude —asintió Zoe—. Y empezaremos con una maratón de videos musicales de TXT. Sus coreografías son excelente inspiración para tus ejercicios de movilidad.

Thiago la atrajo nuevamente hacia él, callando sus planes con otro beso.

—Estás disfrutando mucho con esto —se quejó contra sus labios.

Zoe fingió considerarlo seriamente, arrugando la nariz en un gesto que Thiago encontraba inexplicablemente adorable.

—No tienes idea —confirmó, sonriendo mientras le devolvía el beso—. Espera a que le cuente a Ginger que su hermano mayor puede reconocer canciones de BTS.

La expresión de horror que cruzó el rostro de Thiago fue tan cómica que Zoe no pudo contener otra carcajada.

—No te atreverás —dijo, aunque ambos sabían que era una amenaza vacía.

—Pruébame —lo desafió ella, arqueando una ceja con picardía.

Thiago se inclinó para capturar sus labios en un beso suave. Zoe respondió de inmediato.

La mano de Thiago subió hasta el cuello de ella, y enredó los dedos en los mechones de su pelo.

Lo que comenzó como un beso juguetón pronto se transformó en algo más intenso, más urgente. Zoe se dejó llevar durante un momento, permitiendo que el calor que Thiago despertaba en ella se expandiera por su cuerpo como una marea lenta pero imparable.

Fue el sonido de la puerta abriéndose lo que hizo que se separaran.

Zoe se incorporó de golpe. Sus mejillas, sin saber muy bien por qué, se tiñeron de un rosa intenso, mientras Thiago dirigía una mirada irritada hacia la interrupción.