La caída del Titán (Devils 2) CAPÍTULO 49 #2
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CAPÍTULO 49 #2

—Por favor, no le digas que lo admití —suplicó, aunque una pequeña sonrisa elevaba las comisuras de sus labios—. Nunca dejaría de recordármelo.

—Creo que ya lo sabe —respondió Zoe, riendo suavemente—. Fue bastante obvio para todos. Bueno, para todos excepto para ti, aparentemente.

Se quedaron así un momento, con las manos entrelazadas, sonriéndose mutuamente como si fueran dos adolescentes que acabaran de descubrir que su amor secreto era correspondido.

La tensión que había llenado la habitación al principio se había transformado en algo completamente diferente, en una energía vibrante y expectante.

—Zoe —dijo Thiago. Su voz se había vuelto de repente seria—, hay algo más que necesito decirte.

Ella inclinó la cabeza, curiosa.

—¿Qué?

—Esto —respondió Thiago, y antes de que ella pudiera reaccionar, tiró suavemente de su mano hacia él.

Zoe, sorprendida por el movimiento, perdió momentáneamente el equilibrio y tuvo que apoyarse en el borde de la cama para no caer sobre él.

Dio un pequeño gritito. Thiago sonrió.

Sus rostros quedaron a escasos centímetros de distancia, con los alientos mezclándose en el pequeño espacio que los separaba.

—Muy sutil, Calloway —murmuró Zoe, y una sonrisa jugueteó en sus labios.

—La sutileza nunca ha sido mi fuerte —respondió él, en un tono grave que contenía un motón de matices.

Y entonces, finalmente, después de semanas de tensión, malentendidos y anhelo, Thiago cerró la distancia entre ellos y la besó.

Fue un beso que comenzó con la suavidad de una pregunta. Los labios apenas rozándose, testando, explorando ese nuevo territorio. Pero cuando Zoe respondió, inclinándose más hacia él, el beso se transformó.

La mano libre de Thiago encontró su camino hasta la nuca de Zoe, enredándose en los mechones sueltos de su pelo y atrayéndola más cerca.

Sus labios se movían juntos como si hubieran sido creados específicamente para ese propósito, encontrando un ritmo que parecía tan natural como respirar.

Zoe sabía ligeramente a café y a algo dulce, tal vez al brillo labial con sabor a vainilla que siempre usaba.

Thiago profundizó el beso. Su lengua trazó el contorno del labio inferior de Zoe en una invitación silenciosa que ella aceptó sin dudarlo.

Todo lo que no fuera ellos y ese beso desapareció por completo. No existía el hospital, ni la pierna lesionada, ni el pasado complicado. Solo existía ese momento, ese punto de conexión donde finalmente reconocían lo que ambos habían sentido durante tanto tiempo.

Cuando se separaron, fue solo por la necesidad de oxígeno. Thiago mantuvo su frente apoyada contra la de Zoe. Sus ojos azules brillaban con una intensidad que hizo que su corazón saltara en su pecho.

—Llevo queriendo hacer esto desde que te vi bailar con Chris —confesó Thiago en un susurro ronco—. O tal vez antes.

Zoe soltó una risa suave. Su mirada de color miel chispeó con una expresión de travesura y con algo más profundo, más intenso.

—Deberías haberlo hecho —respondió, acariciando su mejilla con dedos ligeramente temblorosos—. Nos habríamos ahorrado un montón de drama.

—El drama es parte del paquete Calloway, o eso dice siempre Ginger —bromeó él, inclinándose para robarle otro beso rápido—. Vas a tener que acostumbrarte.

—Uhmm… no lo sé —respondió Zoe, fingiendo estar considerándolo seriamente—. Tendré que evaluar si merece la pena.

—Creo que puedo ayudarte a saber si vale la pena o no —dijo Thiago.

Sonrió contra sus labios antes de besarla nuevamente, en aquella ocasión con más intensidad, como si quisiera demostrarle exactamente lo que se perdería.

Aquel beso fue más audaz, más exigente, con Thiago tomando el control de una manera que hizo que Zoe sintiera que se derretía por dentro.

Sus labios se movían expertos contra los de ella.

Su lengua exploraba, saboreaba, reclamaba.

La mano en su nuca la sostenía firmemente, mientras la otra había encontrado su cintura, atrayéndola imposiblemente más cerca.

Cuando se separaron esa vez, ninguno de los dos era capaz de respirar con normalidad. Tenían los labios hinchados y los ojos brillantes, fruto de un deseo que no podían contener.

Si no hubiera sido porque estaban en la habitación de un hospital…

—Creo... —Zoe tragó, tratando de que su voz sonara normal y fallando miserablemente en el intento—… creo que puede que valga la pena después de todo.

La sonrisa de Thiago era amplia, mostrando la perfecta línea de dientes. Una sonrisa de pura satisfacción masculina.

—Me alegra oírlo —respondió, mientras su pulgar trazaba círculos en la cintura de Zoe.

Ella pareció recordar de pronto dónde estaban y el motivo. Se enderezó ligeramente, aunque sin alejarse del todo, y su expresión cambió a una de suave reprimenda, con el ceño ligeramente fruncido.

—Pero no creas que esto te salva de mi regañina como tu fisioterapeuta, Thiago Calloway —dijo, entrecerrando los ojos, aunque el efecto perdía autoridad por la sonrisa que no podía contener—.

Lo que has hecho ha sido increíblemente irresponsable.

Podrías haber causado un daño permanente en tu pierna.

Thiago tuvo la decencia de parecer convenientemente arrepentido, aunque sus ojos seguían brillando con una alegría que no podía ocultar.

—Lo sé —admitió—. No estaba pensando con claridad.

—Claramente no —atajó Zoe, cruzándose de brazos en un intento de parecer seria—. ¿En qué estabas pensando? Ir a trabajar sin muletas cuando apenas puedes mantenerte en pie… ¡como se te ocurre!

Thiago se encogió de hombros. Un gesto sorprendentemente juvenil en él.

—Estaba tratando de evitar pensar en ti —confesó, y su sinceridad desarmó a Zoe—. No funcionó muy bien, como puedes ver.

Zoe sacudió la cabeza, exasperada, pero al mismo tiempo conmovida por su honestidad.

—Eres imposible, ¿lo sabías? —dijo, sin embargo su tono carecía de un verdadero reproche.

—Me lo han dicho alguna vez que otra —respondió Thiago, tirando de ella nuevamente hacia sí—. Pero al parecer, te gusto así.

—Dios sabrá por qué —murmuró Zoe, pero dejó que Thiago la atrajera hacia él sin resistencia.

Volvieron a besarse. Otra vez.

Aquel beso fue más suave, más tierno, una promesa silenciosa de todas las posibilidades que se abrían ante ellos. Los labios de Thiago se movían con una delicada reverencia sobre los suyos, como si estuviera memorizando cada curva, cada textura.

Era un beso que hablaba de futuro, de segundas oportunidades, de un camino que apenas comenzaban a recorrer juntos.

Estaban tan absortos el uno en el otro que no escucharon la puerta abrirse, ni los pasos que se detuvieron abruptamente al entrar en la habitación. Solo fueron conscientes de que ya no estaban solos cuando una voz familiar exclamó con sorpresa: