CAPÍTULO 49
Zoe permanecía de pie junto a la cama de Thiago. El corazón le latía con tanta fuerza que temía que él pudiera escucharlo.
Thiago, por su parte, no podía apartar la mirada de ella. Zoe se veía diferente de alguna manera. Más delgada, quizás, con unas pequeñas ojeras bajo sus ojos que hablaban de noches sin dormir, pero para él, nunca había estado más guapa.
—Tu pierna está hecha un desastre —dijo Zoe—. La inflamación es considerable, aunque Ginger me dijo que iba remitiendo.
Thiago se aclaró la garganta, buscando desesperadamente las palabras adecuadas.
Había ensayado aquel momento cientos de veces en su mente durante las largas noches en las que no podía dormir del tirón desde que ella se había ido, pero ahora que la tenía frente a él, todas esas elaboradas disculpas se habían esfumado.
—Zoe, yo... —comenzó. Su voz sonó más ronca de lo que pretendía.
—El doctor Sullivan es excelente —continuó ella, como si no lo hubiera escuchado, mientras se acercaba para examinar la tabla médica colgada al pie de la cama—. Su tratamiento es muy apropiado en este caso. Antiinflamatorios, reposo absoluto, mantener la pierna en alto...
—Zoe —intentó nuevamente Thiago. Aquella vez con más firmeza.
Ella levantó la mirada de la tabla, y sus ojos de color miel se encontraron con los de él. Lo que Thiago vio en ellos le provocó un pellizco en el pecho: cautela, dolor y algo más, algo que parecía cercano a la esperanza.
—¿Qué, Thiago? —preguntó Zoe con suavidad, dejando caer momentáneamente la fachada profesional.
Él respiró hondo, decidido a no arruinar aquella oportunidad. Sabía que no merecía una segunda, y ciertamente no habría una tercera.
—Lo siento —dijo simplemente. Las palabras salieron de lo más profundo de su ser—. Lo siento mucho, Zoe.
Ella permaneció inmóvil. Su rostro tenía una expresión deliberadamente neutral mientras colocaba la tabla médica de vuelta en su lugar.
—¿Por qué lo sientes exactamente? —preguntó, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto inconsciente de autoprotección—. ¿Por ignorar todos mis consejos profesionales y casi joderte permanentemente la pierna? ¿O por acusarme de ser una cazafortunas que intentaba «atrapar» a un Calloway?
Había un dolor apenas disimulado en la voz de Zoe que hizo que Thiago se encogiera internamente. Merecía cada gramo de ese resentimiento, y lo sabía.
Tenía tantas cosas por las que pedirle perdón.
—Por todo —respondió, sosteniéndole la mirada a pesar de la vergüenza que sentía—. Por las cosas horribles que dije, por cómo te traté, por... por todo.
Hizo una pausa, buscando las palabras, consciente de que ese era posiblemente el momento más importante de su vida.
—Nunca pensé esas cosas de ti, Zoe. Ni por un segundo —continuó. Su voz sonaba firme, rotunda—. Sé que eres la persona más auténtica, honesta y desinteresada que he conocido. Sé que no te importa mi apellido o mi cuenta bancaria.
Zoe desvió la mirada hacia la ventana, donde la lluvia seguía cayendo incansablemente sobre la ciudad.
—Entonces, ¿por qué lo dijiste? —preguntó en un susurro.
Thiago cerró los ojos un momento, reuniendo el valor que necesitaba. Cuando los abrió nuevamente, la determinación brillaba en ellos.
—Porque estaba celoso —admitió, y las palabras parecían quemarle en la garganta—. Estaba ridícula y patéticamente celoso de Chris y de cómo vosotros... habíais conectado. De lo bien que se os veía juntos en la gala, bailando y riendo. De lo fácil que parecía todo entre los dos.
Las cejas de Zoe se elevaron con sorpresa. Estaba claro que no era la respuesta que esperaba.
No, ni mucho menos.
—¿Celoso? ¿De Chris? —repitió, desconcertada—. Pero si apenas lo conozco, solo tuvimos una cita. Y bailamos juntos en la gala porque tú estabas ocupado con...
—Con gente que no importaba ni la mitad de lo que tú me importas —terminó Thiago. La culpa se hizo evidente en su voz—. Lo sé. Fui un idiota. Te invité a esa gala y luego te abandoné toda la noche mientras jugaba a ser el importante CEO.
Una pequeña sonrisa irónica curvó los labios de Zoe.
—En realidad, iba a decir «con gente muy importante para tu negocio», pero tu versión es mucho mejor —comentó, y el destello del humor que siempre había existido entre ellos (incluso cuando Thiago no hacía otra cosa más que gruñir) se asomó brevemente a sus ojos.
Thiago esbozó una sonrisa tímida. Algo tan raro en él que transformaba su rostro, suavizando sus rasgos habitualmente severos y quitándole unos cuantos años de encima.
—Estaba celoso —continuó, aprovechando el momento distendido—.
De veros bailar, de cómo te hacía reír, de lo naturales que os veíais juntos, de la conexión que parecía que había entre los dos.
Y en lugar de comportarme como un adulto y simplemente admitirlo, reaccioné como un auténtico cabrón.
Exploté de la peor manera posible sin medir las consecuencias.
Zoe se acercó lentamente, sentándose en el borde de la silla que Chris había ocupado minutos antes. Sus ojos estudiaban el rostro de Thiago como si buscara algo, alguna señal de que estaba siendo sincero.
—Chris es solo un amigo, Thiago —dijo—. Un amigo que fue amable conmigo cuando me sentía invisible e incómoda. Nada más.
Thiago asintió, con una mezcla de alivio y vergüenza atravesándolo.
—Lo sé —admitió—. Y en el fondo lo sabía incluso entonces. Pero verte con él... —Tragó saliva, luchando contra las palabras—. Fue como si algo dentro de mí se rompiera. Algo que ni siquiera sabía que estaba ahí hasta que sentí que podía perderte.
Zoe lo miró fijamente. La sorpresa asomó a sus grandes ojos color miel.
—¿Perderme? —repitió con voz tenue—. ¿Cómo ibas a perderme si nunca me has tenido, Thiago?
La pregunta flotó entre ellos, cargada de un extraño significado.
Thiago respiró hondo, sabiendo que había llegado el momento de la verdad. De hablar.
—Te tenía, Zoe —dijo—. Tal vez no de la manera que ahora sé que quiero, pero te tenía en mi vida.
Eras... eres... la primera persona con la que quiero hablar cuando despierto.
La única que puede hacerme reír incluso en mis peores días.
La que me conoce, la que realmente me conoce, no al CEO o al heredero Calloway, sino a mí.
Hizo una pausa, observando cómo las palabras impactaban en ella.
Zoe se había quedado completamente inmóvil, con los labios ligeramente entreabiertos por la sorpresa.
—Y la idea de que pudieras preferir a Chris, o a cualquier otro...
—continuó Thiago, sacudiendo levemente la cabeza—.
Me aterrorizó. Así que hice lo que siempre hago cuando algo me asusta: ataqué primero.
Y te dije cosas horribles, imperdonables, para alejarte antes de que tú pudieras alejarte de mí.
Zoe bajó la mirada hacia sus manos, que descansaban entrelazadas sobre su regazo. Cuando volvió a mirarlo, había una especie de fragilidad en sus ojos que Thiago nunca había visto antes.
—¿Por qué te asustó tanto que me pudiera interesar Chris? —preguntó, aunque algo en su tono sugería que ya conocía la respuesta.
Thiago sintió que su corazón se aceleraba. Era ahora o nunca.
—Porque me gustas, Zoe —confesó. Las palabras salieron finalmente después de contenerlas tanto tiempo—. Me gustas de una manera que nunca había experimentado antes. Me gustas tanto que me aterra, porque no sé qué hacer con estos sentimientos. No estaban en mi plan quinquenal, como diría Chris.
Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Zoe, iluminando poco a poco su rostro hasta alcanzar sus ojos.
—¿Tienes un plan quinquenal? —preguntó, pero no le dejó responder—. Por supuesto que tienes un plan quinquenal —murmuró, sacudiendo ligeramente la cabeza con una mezcla de exasperación y afecto.
—Tenía un plan quinquenal —corrigió Thiago, sonriendo a su vez—. Creo que quedó invalidado en el momento en que una fisioterapeuta de ojos color miel entró en mi habitación y me dijo que dejara de comportarme como un «niño mimado».
Zoe soltó una risa suave. El sonido llenó la habitación como si fuera música.
—No puedo creer que todavía recuerdes eso —dijo. Un leve rubor coloreó sus mejillas—. Fue muy poco profesional de mi parte.
—Fue exactamente lo que necesitaba escuchar —dijo Thiago—. Nadie me había hablado así en años. Fue... refrescante. Te lo confieso.
Se miraron otra vez durante un largo rato, sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para mirarse. Y el aire entre ellos se cargó de un montón de cosas. Después, Zoe se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Tú también me gustas, Thiago —confesó en un susurro—. Probablemente desde que te vi intentar levantarte de la camilla por primera vez, demasiado cabezota para pedir ayuda, aunque la necesitabas.
El corazón de Thiago dio un vuelco. Un resquicio de esperanza floreció en su pecho como un incendio incontrolable.
—¿En serio? —preguntó—. Incluso después de cómo me comporté...
—No estoy diciendo que no me doliera lo que dijiste —aclaró Zoe. Su rostro se volvió serio—. Me dolió muchísimo, Thiago. Sobre todo, porque venía de ti.
—Lo sé —respondió él—. Y pasaré el tiempo que sea necesario compensándotelo, si me das la oportunidad.
Zoe lo estudió unos segundos, como si estuviera tomando la decisión más importante de su vida. Quizás lo era.
—Estoy dispuesta a intentarlo —dijo finalmente—. Pero necesito que seas honesto conmigo, Thiago. Siempre. Incluso cuando sea difícil. Especialmente cuando sea difícil.
Thiago asintió con gesto solemne, sintiendo que por primera vez en mucho tiempo podía respirar.
—Te lo prometo —respondió, extendiendo su mano hacia ella—. Sinceridad total.
Zoe miró su mano y, tras un momento de duda, entrelazó sus dedos con los de él, que eran suaves y tibios. El simple contacto envió una corriente eléctrica a través de ambos.
—Así que… —comenzó ella, con una sonrisa juguetona iluminando su rostro—, estabas celoso de Chris, ¿eh? Eso explica esas miradas asesinas que le lanzabas en la gala.
Thiago gruñó, un sonido de vergüenza exagerada.